23. Los 65 (I)
La casa de Susana a la una y media del sábado catorce es una máquina en marcha.
Y hay un cartel en la puerta de la calle, escrito a mano por un mellizo:
¡FELICIDADES ABUELA!! NO ENTRES TODAVIA
Que es, técnicamente, la advertencia más útil que va a recibir nadie hoy.
Llegamos a la una cuarenta con Milagros en el asiento de atrás, con la blusa de lentejuelas verde turquesa y el bolso de charol, y con esa cara de las ocasiones que ya no sé si es alegría o es armadura.
—Qué guapa vas, mamá.
—Voy como voy.
Y me busca los ojos por el retrovisor un segundo. Uno solo.
Dos y cuarto. Primera mina.
La casa está llena. Están los primos de Antequera, la tía Loli, la Manoli y su marido, Maribel —que ha venido por su cuenta, como ella dijo, y que a Susana la ha saludado con una corrección de embajadora—, Encarna, el tito Paco y catorce personas más que yo no sé quiénes son.
Y a las dos y cuarto, mientras yo estoy en la cocina ayudando con el hielo, oigo a Susana en el porche:
—¡Que ya está aquí! ¡Que ya viene!
Y a Óscar, en un tono raro:
—Susana, ven un momento.
—¡Que no, que ahora no!
—Susana, ven un momento ahora .
Salgo detrás de ella. Y por la ventana del garaje veo un taxi parado en la puerta, y bajando del taxi a un hombre de sesenta y seis años con una camisa de manga corta planchada, y sacando del maletero una maleta.
Una maleta grande. De ruedas. De las de irse.
—Papá —dice Susana, y se le ilumina la cara entera—. ¡PAPÁ!
Y sale corriendo.
Y yo me quedo en la ventana del garaje. Veo a mi cuñada abrazar a su padre en la acera.
Veo a mi suegro dejar la maleta en el suelo y palmearle la espalda.
Y veo —esto lo veo perfectamente, desde diez metros— cómo ese hombre mira hacia la casa por encima del hombro de su hija.
Con la cara de alguien que no sabe muy bien a qué ha venido.
Y que ha traído los zapatos buenos otra vez.
Voy a la cocina. Milagros está de espaldas, colocando servilletas que ya estaban colocadas.
—Ha llegado.
—Ya lo he oído.
—Milagros.
—Ya lo he oído, hija.
Y se gira, y se coloca el broche de la blusa, y sale al porche con la barbilla exactamente en el ángulo en que la lleva siempre.
—Hola, Julián.
—Hola, Milagros.
—Qué bien te veo.
—Tú sí que estás bien.
Y se dan dos besos.
Dos besos como los que se dan en un tanatorio. Yo he estado en treinta tanatorios por trabajo, aunque solo por escrito, y sé perfectamente cómo son esos besos. Son los de la gente que se aprecia mucho y no tiene absolutamente nada que decirse.
Y treinta personas aplauden.
Tres menos cuarto. Segunda mina.
Estoy sacando bandejas cuando me suena el móvil en el bolsillo. Es un mensaje de un número que no tengo guardado.
Hola Irene!! soy Patri 😊 me ha dado tu numero Milagros x si me perdia. llego en 20 min con la tarta!! 🎂
Me quedo con una bandeja de croquetas en la mano en mitad de un porche con treinta personas.
Voy a buscar a Milagros. Está sentada al lado de la tía Loli.
—Milagros. Un momento.
—Estoy con Loli.
—Un momento.
En la cocina, con el grifo abierto:
—Viene. Y trae tarta.
—¿Quién?
—Milagros.
—Ah. Ya.
—¡Y le has dado mi número!
—Es que a mí el WhatsApp se me lía.
—¡Milagros!
—Baja la voz, hija.
—¿Tú sabes lo que va a pasar cuando entre por esa puerta, con una tarta, la mujer con la que tu hijo estuvo cuatro años? ¿Delante de su mujer? ¿Y de treinta personas de tu familia?
Y Milagros Carmona, con la blusa de lentejuelas y el paño de cocina en la mano, me dice la frase más asombrosa de todo el mes de junio:
—Mi niña, esa niña me trae flores por mi santo desde hace catorce años. Y hoy están aquí mi marido, con el que llevo un año sin vivir, y mis dos hijos, que no lo saben. —Deja el paño—. Si yo me pongo a decidir hoy quién sobra en esta casa, no queda nadie.
Y sale.
Tres y diez. La mesa.
Se sientan treinta y una personas y el orden de la mesa lo ha hecho Susana con papelitos.
Y Susana, que lleva cuatro meses con esto, ha puesto a sus padres juntos. En el centro del lado largo. Uno al lado del otro.
Yo los miro durante la comida entera. Se pasan el pan. Julián le sirve agua a ella y ella le acerca el aceite a él, y lo hacen con una coordinación de cuarenta y un años, sin mirarse, sin rozarse, sin dirigirse la palabra en toda la comida más que dos veces:
—¿Quieres?
—No, gracias.
Y:
—Está bueno esto.
—Sí.
Nadie lo nota. Nadie. Treinta personas comiendo paella y hablando a gritos. Y en el centro de la mesa, un matrimonio que se acabó hace un año y que sigue funcionando como un mecanismo antiguo, engrasado y perfectamente inútil.
Cuatro y veinte. La tarta que no toca.
Suena el timbre.
Y en ese momento pasan tres cosas a la vez:
Susana se levanta a abrir. Rubén se levanta a por hielo. Y yo, que llevo hora y media con el móvil en la mano, hago la única jugada que se me ocurre y que va a resultar catastrófica.
Cojo del brazo a Rubén.
—Ven un momento al garaje.
—¿Al garaje?
—Al garaje.
—Irene, que voy a por hielo.
—Rubén, ven al garaje.
Y se viene, y bajamos los tres escalones, y allí, entre dos bicicletas y una lavadora vieja, con la puerta entornada, hago lo que llevo tres días sabiendo que tendría que haber hecho el miércoles.
—Escúchame. Tienes que saber una cosa.
—¿Qué pasa?
—Va a venir Patri.
—¿Qué Patri?
—La Patri.
Y a mi marido se le pone una cara que yo no había visto nunca.
—¿La Patri de la Patri?
—Sí.
—¿Aquí?
—Está en la puerta.
—¿Y quién la ha invitado?
—Tu madre.
Y ahí, en el garaje de su hermana, entre dos bicicletas, mi marido dice:
—Mi madre está mal de la cabeza.
—Rubén.
—No, es que está mal de la cabeza, Irene. Es que esto ya...
—Rubén, escúchame, todavía hay otra cosa.
Y me mira.
Y yo tengo delante, en ese preciso segundo, en un garaje, la oportunidad de contarle a mi marido tres cosas antes que nadie.
Que sus padres llevan trece meses separados.
Que su madre lleva tres días con una oferta de trescientos cincuenta y cuatro mil euros en el bolsillo de la bata.
Y que ahí arriba hay un vídeo de seis minutos a punto de proyectarse.
Y no lo hago.
No lo hago porque le di mi palabra a una mujer encima de un mantel de hule. Y no lo hago —esta es la parte que me voy a tragar durante un mes— porque en ese segundo pienso: si se lo digo aquí, sube y la revienta .
—¿Qué? —dice.
—Nada. Que no montes un número.
—¿Yo?
—Tú.
Y sube. Y sube deprisa.
Cuatro y media. El brindis del tito Paco.
Cuando llegamos al porche, la Patri ya está dentro, con una tarta de la pastelería de su madre, saludando a la tía Loli, y la tía Loli le está diciendo «¡ay, hija, cuánto tiempo!», y Susana está a dos metros con una cara de cálculo que es un poema.
Y el tito Paco, que lleva cuatro horas bebiendo, se pone de pie con una copa y da golpecitos con un cuchillo.
—¡Un momento! ¡Un momento, familia!
—Paco, no.
—¡Que solo son dos palabras!
—Paco, que va el vídeo.
—¡Dos palabras nada más!
Y las dos palabras son once minutos.
Once minutos. Brinda por Milagros. Por su hermano.
Por «esta familia, que es lo único que hay».
Por los sobrinos. Por la difunta madre de Milagros, que en paz descanse.
Y a los siete minutos, cuando ya todo el mundo mira al suelo, por «Julián y Milagros, cuarenta y un años, que eso ya no lo hace nadie».
Y treinta y una personas levantan la copa.
Y Milagros levanta la suya.
Y Julián levanta la suya.
Y yo miro a mi suegra por encima del borde de un vaso de tinto de verano. Tiene los ojos brillantes y la barbilla exactamente donde la ha tenido todo el día. Está haciendo, en directo, delante de treinta y una personas, el trabajo más duro que le he visto hacer a nadie.
—¡Y ahora, el vídeo! —dice Susana—. ¡Óscar, las luces!
Fe de erratas: donde dije «tenemos que impedir que esto pase», léase «hemos tenido cuatro días para impedirlo, y las dos hemos preferido ir bien vestidas».