Mi suegra es un dragón 22. La víspera
71%

22. La víspera

La carta la abre el jueves y me la enseña el viernes, y entre las dos cosas hay veintiocho horas en las que intenta que la ayuden las personas que llevan cuarenta años debiéndoselo.

Lo sé porque me lo cuenta ella después, y porque una parte la oigo yo desde el rellano.

Jueves, seis y media de la tarde. Llamada a Susana.

—Hija, ¿tú tienes un momento?

—Dime, mamá, que estoy con el catering.

—Es que me ha llegado una carta.

—¿Qué carta?

—De una inmobiliaria. De esa, la Urbania.

—Ay, mamá, tíralas.

—Es que esta trae un plazo.

—Mamá, esas cartas son publicidad. Te ponen un plazo para que llames.

—Es que esta viene con un burofax dentro.

—¿Con un qué?

—Con un papel de esos con acuse.

—Mamá, ahora no puedo, ¿vale? Que estoy con la de las bandejas y me está diciendo que el lunes cierran. Lo vemos el sábado.

—El sábado hay treinta personas.

—Pues el domingo.

—Susana.

—Que el domingo lo vemos, mamá, que no se va a caer la casa en tres días.

Jueves, siete y diez. Llamada a Rubén.

Esta la oigo entera porque estoy en el sofá.

—Dime, mamá. —Pausa—. ¿Una carta de qué? —Pausa—. Ya, ya. —Pausa larga—. Mamá, eso son cartas que mandan a todo el mundo. A la del cuarto le llegó una y la tiró. —Pausa—. Que sí. Que sí, mamá. —Pausa—. Ya si eso el domingo la miramos con calma, ¿vale? Un beso. Que sí. Un beso.

Cuelga.

—¿Qué quería? —digo.

—Nada. Una carta de una inmobiliaria.

—¿Y qué pone?

—Yo qué sé. Publicidad.

—¿La has visto?

—Irene, mi madre se agobia con todo. La semana pasada me llamó porque el recibo de la luz venía en un formato nuevo.

Y vuelve al partido.

Y ahí está: la factura. Trece años de «me va a dar algo» por una gotera, por un retraso, por un examen.

Trece años gastando la misma bala en tonterías.

Y ahora esta mujer coge el teléfono y dice una cosa verdadera, con un plazo dentro, y sus dos hijos le contestan lo mismo con distintas palabras: no ahora, mamá .

Viernes, doce del mediodía. Mi puerta.

Timbre. Ella respeta la norma desde el nueve de mayo con una exactitud humillante.

—¿Estás liada?

—Estoy entregando.

—Vengo luego.

—Milagros, pasa.

Pasa. Y saca del bolsillo de la bata el sobre, doblado por la mitad, muy manoseado.

—Léelo tú, anda. Que yo lo he leído cuatro veces y cada vez pone una cosa.

Lo leo dos veces. La primera como nuera. La segunda como profesional.

Y a la segunda me siento.

DOCUMENTO 5 — Urbania Living S.L. — extracto

Estimada Sra. Carmona:

Como continuación a nuestros anteriores contactos [ninguno; ella no devolvió una sola llamada] y en el marco del proceso de adquisición del inmueble sito en calle Amargura n.º 4, le trasladamos oferta formal por sus unidades registrales (2.

º A, 2.º B y local en planta baja) por importe conjunto de TRESCIENTOS CINCUENTA Y CUATRO MIL EUROS (354. 000 €).

Le informamos de que la presente oferta tiene una vigencia de QUINCE (15) DÍAS NATURALES desde la recepción de la presente.

Asimismo, le comunicamos que a fecha de hoy contamos con acuerdo alcanzado o en fase avanzada de negociación con la propiedad de CINCO (5) de las OCHO (8) unidades del inmueble [afirmación sin acreditar] , por lo que la operación se encuentra próxima a completarse con independencia de su decisión.

Le recordamos que, conforme al acuerdo adoptado en junta de propietarios de fecha 3 de junio, el inmueble tiene aprobada una derrama extraordinaria por importe de 13.

400 € para la sustitución de la columna general, correspondiendo a sus tres unidades una cuota de 4.

875 € [dato correcto: alguien de dentro se lo ha dado] , cantidad que quedaría asumida por esta parte en caso de acuerdo.

—Milagros.

—Dime.

—¿Tú sabes lo que es esto?

—Es que me quieren comprar.

—No. —Pongo el dedo en el tercer párrafo—. Esto es una carta escrita para que tú creas que ya has perdido.

—¿Cómo?

—«Con independencia de su decisión.» Eso no es información, eso es una frase para que te quedes quieta.

Y esto de aquí, lo de las cinco unidades de ocho: no dice que las tengan.

Dice «acuerdo alcanzado o en fase avanzada de negociación ».

Eso puede significar que dos han dicho que sí y a tres les han dejado un buzón de voz.

—¿Y eso se puede poner en una carta?

—Se puede poner cualquier cosa en una carta, Milagros. Yo me gano la vida quitando cosas de las cartas.

Y ella se sienta enfrente, muy recta, con las manos encima del bolso, como en la consulta de un médico.

—Sigue.

—El plazo de quince días no obliga a nada. Es un plazo suyo. Tú no tienes que contestar en quince días ni en quince meses.

—Ellos dicen que sí.

—Ellos dicen muchas cosas. Y esto —y aquí es donde a mí se me pone algo frío en la nuca— esto es lo que no entiendo.

—¿El qué?

—La derrama. Aquí viene la cifra exacta de tu cuota. Cuatro mil ochocientos setenta y cinco.

—Es la que dijo Óscar.

—Es la que dijo Óscar en tu mesa camilla, Milagros. En mayo. Con Fran delante.

Silencio.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que la junta fue el tres de junio y el acta no está ni firmada. Yo lo sé porque Encarna la está esperando para reclamar lo suyo. Y esta gente tiene tu cuota calculada por unidades.

—A lo mejor se lo ha dicho el administrador.

—A lo mejor.

Y las dos nos quedamos calladas encima de esa palabra, porque las dos sabemos que en esta finca hay ocho propietarios y que uno de ellos lleva desde marzo diciendo en voz alta que este portal es un dineral.

—Yo eso no lo pienso —dice Milagros.

—Yo tampoco lo he dicho.

—Mi hija no me haría eso.

—Tu hija cree que te está cuidando.

—Es peor —dice ella—. Lo sé.

Se levanta. Se coloca el bolso en el antebrazo. Y ya en la puerta pasa lo que yo llevo cinco meses esperando sin saber que lo esperaba.

—¿Tú me lo miras?

—¿El qué?

—Todo esto. Los papeles. —No me mira—. Yo entiendo de género y de gente. De esto no entiendo. Y a mis hijos no se lo puedo dar porque me lo arreglan.

—Milagros.

—Que me lo arreglan, hija. Que me lo arreglan como me arreglaron lo del móvil, que ahora no sé ni dónde tengo las fotos.

Y ahí, en el marco de mi puerta, una mujer de sesenta y cuatro años y trescientos sesenta y tres días me está pidiendo ayuda por primera vez en su vida, y lo está haciendo el único día de la semana en que no le queda nadie más a quien pedírsela.

—Te lo miro.

—Sin decírselo a nadie.

—Sin decírselo a nadie.

—Ni a él.

—Ni a él.

Y me deja el sobre encima de la mesa y se va a preparar la ropa para mañana.

Rubén sube del Mercadona a la una y cuarto y ve el sobre.

—¿Y esto?

—Es de tu madre.

—¿La carta esa?

—La carta esa.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que se la mire yo.

—¿Por qué tú?

Y ahí hay una pregunta debajo de la pregunta, y los dos la oímos.

—Porque es lo que hago, Rubén. Leer papeles.

—Ya. —Guarda la leche—. Pero es mi madre.

—Pues coge la carta.

Y no la coge.

Se queda de pie delante de la nevera abierta con un brik en la mano, tres segundos, cuatro, y luego dice:

—El domingo la miramos.

—El domingo.

—Después de la fiesta.

Y cierra la nevera.

Esa tarde bajo a por hielo y Encarna está en el escalón con el bolso y la cara de las malas noticias.

—A la del cuarto le han hecho oferta.

—¿Y la ha cogido?

—La ha cogido.

—¿Cuándo?

—El martes. Y el del quinto está en ello, que me lo ha dicho la mujer.

Me siento a su lado en el mármol.

—Encarna, ¿cuántos van?

—Con esos dos, y con los del primero, que se fueron en marzo... —Cuenta con la mano, muy despacio—. Tres. Tres seguros.

—La carta dice cinco.

—La carta dice lo que le da la gana. —Y se agarra al pasamanos para levantarse—. Pero tres de ocho es la mitad menos uno, mi niña. Y en el catorce empezó igual.

Subo con el hielo a las nueve. Rubén está en el sofá con el portátil, montando la última versión del vídeo, y desde la puerta oigo la canción que han elegido, que es de los ochenta y que a mí, en ese preciso momento, me parece la música más siniestra que he oído nunca.

—Mira qué bien ha quedado el final —dice.

—Ahora lo veo.

Y me voy a la cocina con el hielo y con un sobre en el bolsillo de atrás, y me quedo de pie delante del fregadero calculando cuántas horas faltan para mañana a las dos.

Diecisiete.

Fe de erratas: donde dije «esa mujer exagera siempre», léase «esa mujer ha exagerado tantas veces que ha gastado el único aviso que le quedaba».