21. El patio de luces
En junio, en Málaga, se abren las ventanas y se acaba la vida privada.
Pero antes del patio hay un buzón.
El miércoles once, a las nueve y media de la mañana, bajo a por el pan y me encuentro a Milagros en el portal, delante de los buzones, con un sobre en la mano y las gafas puestas.
Un sobre blanco, grande, con ventanilla.
—Buenos días.
—Buenos días, mi niña.
—¿Qué es eso?
—Nada.
Y se lo mete en el bolsillo de la bata.
Y aquí hay que decir una cosa: llevo cinco meses viendo a esta mujer coger correspondencia en este portal. Facturas, propaganda del bazar, una revista de la parroquia. Nunca se ha guardado nada en el bolsillo.
—Milagros.
—Que no es nada, hija.
—Es de la inmobiliaria.
—Es de una inmobiliaria, no de la inmobiliaria.
—¿Cuál?
—Y a ti qué más te da.
Y sube. Sube deprisa, con las zapatillas de estar en casa, sin pan y sin bolsa, que es lo que había bajado a por.
Encarna está en el escalón de mármol. No ha dicho una palabra en toda la escena y tiene las dos manos encima de las rodillas.
—A mí me llegó el jueves —dice, cuando la puerta del segundo A se cierra arriba.
—¿A ti también?
—A mí y a la del cuarto y al del quinto. —Se ajusta el asa del bolso—. Uno igualito. Con la ventanita.
—¿Y qué pone?
—Yo qué sé lo que pone, mi niña. Yo esas cartas no las abro.
—¿Cómo que no las abres?
—Que no las abro. Que las meto en el cajón de la cocina, con las otras.
—Encarna, ¿cuántas tienes en ese cajón?
Y Encarna Ruiz, setenta y un años, cuarenta y seis en esta finca, doscientos once euros de renta antigua, se levanta apoyándose en el marco de la puerta.
—Las que hagan falta —dice.
Y ese miércoles yo debería haber subido detrás de mi suegra a preguntarle qué ponía en ese sobre.
Y no subí, porque tenía una entrega el jueves y la fiesta era el sábado y porque a esas alturas yo ya había aprendido de esta familia el arte de dejar una cosa fea encima de la mesa y pasar por al lado sin mirarla.
El jueves doce, a las once y media de la noche, mi marido intenta besarme en la cocina y yo le tapo la boca con la mano.
—¿Qué haces?
—Ventana.
—¿Qué ventana?
—Esa. La del baño.
—Está en el baño.
—Está abierta, Rubén. Y ahí se oye todo.
Y él, con esa mezcla exacta de indignación y ganas que tienen los hombres de treinta y siete años, dice:
—Pues cerramos la del baño.
Y vamos a cerrar la del baño. Y al llegar al baño descubrimos que la ventana del baño no cierra desde marzo, porque tiene una hoja descolgada que Curro dijo que arreglaba «un día de estos» y que sigue exactamente igual.
—La tapamos.
—¿Con qué?
—Con una toalla.
—Rubén, una toalla no insonoriza.
—Es que tampoco vamos a...
—Ayer oí a Encarna abrir un yogur.
Silencio.
—¿Un yogur?
—Un yogur, Rubén. El sonido del papel de aluminio. Desde el tercero.
Y así es como llegamos a la coreografía.
La coreografía se desarrolla íntegramente en el dormitorio, que da a la calle. Ventana entreabierta doce centímetros. Persiana bajada tres cuartos. Y un sistema de señas que improvisamos sobre la marcha y que en veinte minutos alcanza una complejidad que ya quisiera el lenguaje de signos.
Palma abierta hacia abajo: más despacio.
Dos dedos hacia la ventana: ha entrado alguien en el patio.
Puño cerrado: quieto.
La mano en horizontal, moviéndose de lado a lado: la cama hace un ruido en el travesaño izquierdo que yo no había detectado hasta esta noche. Suena exactamente como una puerta.
—Espera —susurra él.
—¿Qué?
—Que se ha encendido una luz.
—¿Dónde?
—En el patio.
Los dos quietos. Como dos conejos.
Y por el patio entra un sonido inconfundible: una regadera de plástico llenándose en un fregadero. Después, pasos. Y después, a cuatro metros de mi cabecera, con una claridad absoluta, la voz de mi suegra hablándoles a los geranios:
—Ay, cómo estáis, criaturas. Si es que se me olvida.
Y Rubén hunde la cara en la almohada.
Y yo me tapo la boca con las dos manos.
Y los dos nos reímos en silencio, con el cuerpo entero, con esa risa que duele más que la otra. En mi recuerdo son cuatro minutos. Probablemente sean cuarenta segundos. Hasta que él consigue decirme al oído:
—Son las doce de la noche.
—Ya.
—Está regando a las doce de la noche.
—Ya.
—¿Tú crees que...?
—Rubén, tu madre riega a las doce de la noche porque se le ha olvidado a las ocho. No hay nada más.
Y él se queda callado un momento en la oscuridad, y luego dice, en un tono distinto:
—Antes regaba a las ocho.
Después nos quedamos boca arriba, con el ventilador de pie moviéndose de un lado a otro y la sábana por la cintura, y hablamos como se habla a esas horas, en frases sueltas y sin puntuación.
—Ha estado bien —dice él.
—Ha estado muy bien.
—A pesar de los geranios.
—Gracias a los geranios.
Y me río otra vez, y él me busca la mano por debajo de la sábana, y durante unos minutos, en este piso que no es nuestro, con la puerta cerrada con una llave que hizo Nico un martes de abril, somos exactamente lo que éramos en enero en el suelo del salón entre cajas.
Y entonces dice:
—Oye.
—Dime.
—El sábado, en la comida de los sesenta y cinco. Susana va a decir lo de siempre.
—¿Lo de siempre?
—Lo de para cuándo.
—Ah.
Porque sí. Porque Susana lleva desde marzo con la pregunta, y ya la ha hecho tres veces en dos formatos: el directo («¿y vosotros no os animáis?») y el envolvente («los mellizos necesitan primos, ¿eh?»).
Y la última vez, hace tres semanas, pasó una cosa que yo todavía no sé dónde archivar.
Estábamos en el segundo A. Susana lo dijo con el café. Y antes de que yo pudiera contestar, Milagros dejó la cuchara y dijo, a la mesa entera:
—Ni caso, hija. Espérate.
—Mamá.
—Que se espere. Que los hijos son cuarenta años, y lo digo con datos.
Y se hizo un silencio de esos, y Óscar se rio, y Susana dijo «mamá, qué cosas tienes», y se cambió de tema.
—Tu madre me defendió —le digo ahora, en la oscuridad.
—Mi madre dice esas cosas.
—Tu madre dijo «los hijos son cuarenta años» delante de sus dos hijos.
—Es una forma de hablar.
—Rubén, tu madre no tiene formas de hablar. Tu madre tiene frases y todas significan algo.
Y él se queda callado. Y al rato:
—Y nosotros, ¿qué?
—¿Nosotros qué?
—Que si tú quieres.
Y ahí está la conversación de verdad. La que llevamos ocho meses sin tener. Servida a las doce y cuarto por un hombre que ha necesitado un patio de luces, una regadera y cuarenta segundos de risa para poder preguntarla.
—Yo quiero —digo.
—¿Sí?
—Yo quiero, pero no ahora.
—Vale.
—No en un piso que no es nuestro y sin saber de qué vamos a vivir.
Y noto perfectamente, en la oscuridad, cómo se le tensa el brazo debajo de mi cabeza.
—Ya.
—Rubén.
—Que ya, que tienes razón.
—No lo digo por ti.
—Ya sé por quién lo dices.
Y no dice nada más.
Y yo tampoco.
Y nos quedamos los dos boca arriba, con el ventilador dando vueltas, y en esa cama hay tres cosas que sabe uno y no sabe el otro, y dos que sé yo y no sabe él: que su madre lleva un año separada, y que en mi cuenta hay mil trescientos euros que se llaman «lotería».
Y a la mañana siguiente, viernes trece, hago una cosa que no le he contado a nadie hasta ahora.
Cojo un folio. Y escribo una lista.
No es una lista de la compra ni un guion. Es lo que en mi oficio se llama un mapa de riesgos, que es lo que yo le hago a un texto largo antes de entregarlo para saber por dónde se puede romper.
SÁBADO 14 — puntos críticos
1. Llegada de J. con maleta. ¿Dónde duerme? (Nadie lo ha preguntado.)
2. Vídeo. 22 fotos. J. sale en 4. Ninguna posterior a 2017. Se va a ver.
3. Patri confirmada. Trae tarta. Nadie lo sabe menos M. y yo.
4. Discurso de Susana. Va a hablar de «estar todos juntos».
5. Tito Paco. Va a brindar. Siempre brinda.
6. Tía Loli. Pregunta cosas. Es la única que pregunta cosas.
Riesgo mayor: que dos de estos coincidan en la misma hora.
Doblo el folio en cuatro y me lo meto en el bolso.
Y no hago absolutamente nada más.
Ni llamo a Susana. Ni le digo a Rubén lo del vídeo. Ni bajo al segundo A a decirle a mi suegra que cancele.
Once años corrigiendo textos ajenos me han enseñado exactamente una cosa: que ver dónde se rompe una cosa y arreglarla son dos oficios distintos, y que a mí me pagan por el primero.
Y en algún momento me duermo pensando que dentro de un día, un sábado, en un salón de Fuengirola, con treinta invitados y un proyector, todo esto se va a poner de pie a la vez.
Fe de erratas: donde dije «somos los mismos que en enero», léase «somos los mismos que en enero y ahora yo llevo dos cosas encima que en enero no llevaba, y pesan».