20. El ensayo del vídeo
El montaje del vídeo se hace en casa de Susana el sábado siete, una semana antes, y yo voy porque me lo pide Rubén y porque llevo tres semanas queriendo ver esas fotos.
Llegamos a las cinco. Abre Susana con un delantal puesto y la casa en un silencio raro.
—¿Y los niños?
—Con Óscar, en el fútbol.
—¿Y vuelven?
—A las nueve.
Cuatro horas. Cuatro horas para montar un vídeo de seis minutos, y ella lo ha calculado así.
En el salón hay un portátil, dos cajas de zapatos con fotos, un vaso de vino a medias que no es el primero y un cuadernito con una lista de canciones descartadas.
—He puesto una tabla de quesos.
—Susana, somos tres.
—Es que si no, luego pican y no hay nada.
Empezamos por lo fácil: el pueblo, los cincuenta, la abuela con un delantal delante de una puerta encalada.
Milagros de niña en unos escalones con un lazo.
Milagros de doce años detrás del mostrador del Botón de Oro, con los brazos cruzados, mirando a la cámara con una cara que ya es exactamente la misma cara.
—Mírala —dice Rubén—. Si ya está pidiendo el DNI.
Nos reímos los tres.
Y a los veinte minutos llega la primera.
—Esta no.
Rubén acaba de poner en pantalla una foto de una boda: Milagros de veintitrés años, vestido blanco sencillo, ramo pequeño, y al lado un chico con el pelo repeinado y las orejas coloradas.
—¿Cómo que esta no? Es la boda, Susana.
—Ya, pero es que ahí papá sale raro.
—Papá sale con veinticinco años.
—Sale con la boca abierta.
—Está hablando.
—Pues eso. —Susana se sirve más vino—. Busca otra de la boda.
—Solo hay tres de la boda.
—Pues pon la del banquete.
Y ahí, señoras y señores, empieza la sesión de censura más eficiente que he presenciado nunca, ejecutada por dos personas que no saben que están censurando nada.
Foto 2 — Nerja, 1994. Los cuatro en la playa. Julián con un niño en brazos.
—Esta sí.
—Esta sí.
Foto 3 — algo con una tarta, 2003.
—Esta no.
—¿Por qué no?
—Porque mamá sale con esa permanente.
—A mamá le encantaba esa permanente.
—A mamá le horroriza esa permanente, Rubén. En esa época papá le dijo que parecía la de Falete y estuvo dos años sin ir a la peluquería.
—¿Papá dijo eso?
—Papá dice muchas cosas.
Y sigue buscando en la caja, y esa última frase se queda flotando en el salón sin que nadie la recoja.
Foto 4 — Nochevieja de 1998. Jersey de rombos. Los dos sentados en un sofá con un cotillón de plástico.
—¡Esta! —dice Rubén—. Esta es la mejor foto de la historia de nuestra familia.
—Esa no.
—Susana, es la del jersey.
—Que esa no, Rubén.
—¿Por qué?
—Porque esa es del noventa y ocho.
—Ya sé que es del noventa y ocho.
—Que esa es la Nochevieja del noventa y ocho.
Y Rubén se queda con el ratón en la mano.
—Ah.
—Ya.
—No me acordaba.
—Pues por eso.
Y nadie —nadie— explica al espectador qué pasó en la Nochevieja de 1998.
Ni ahora ni después. Yo llevo un año en esta familia y no lo sabré nunca.
Sé que hay un año entero de fotos que están en la caja y que no van a salir en la pared el sábado, y sé que los dos hermanos lo han decidido en cuatro segundos sin mirarse.
Foto 11 — un viaje a Portugal, 2007.
—Esta no, que ahí ya no se hablaban.
—Susana, en Portugal se lo pasaron muy bien.
—Se lo pasaron muy bien en el noventa y siete. En 2007 fueron a Portugal a ver si arreglaban algo.
—¿Y no lo arreglaron?
—Fueron a Portugal, Rubén.
Y sigue.
Foto 14 — una comida familiar, 2012. Doce personas alrededor de una mesa.
—Esta sí.
—Esta no.
—¿Ahora por qué no?
—Porque sale el tito Paco.
—El tito Paco es tu tío.
—El tito Paco nos debe cuatro mil euros desde 2015 y va a estar sentado en el sofá el sábado.
—¿Y qué más da?
—Que si sale en la pared, brinda.
Y Rubén, que evidentemente conoce a su tío, la quita sin decir nada más.
Foto 19 — cumpleaños de Milagros, 2016. Una tarta con velas y ella soplando.
—Esta es perfecta.
—Esta es perfecta.
—¿Seguro?
—¿Qué pasa ahora?
—Que la tarta la trajo la Patri.
—La tarta no se ve.
—Se ve la caja, Rubén. Ahí en el aparador. Y esa caja es de la pastelería de la madre de la Patri.
—Susana, en esta ciudad hay cuatro pastelerías.
—Y esa caja es de una.
Y la aparta.
Y yo, con un trozo de queso a medio camino de la boca, entiendo que en esta familia se puede identificar a una ex por el cartón de una caja ocho años después.
Foto 23 — el bautizo de los mellizos, 2017.
—Esta sí.
—Esta sí.
—Y sale papá.
—Sale papá de espaldas.
—Sale papá.
—Vale, vale. Va.
A las siete menos cuarto llevamos hora y media, tres cuartos de la caja revisada y treinta y ocho fotos descartadas. Rubén las va apartando en un montón a la derecha del portátil, y ese montón, a estas alturas, es más alto que el de las elegidas.
Y yo, sentada al lado, con un trozo de queso en la mano, llevo hora y media haciendo la única cosa que sé hacer: contar.
Fotos elegidas: veintidós.
Fotos con Julián: cuatro.
Fotos con Julián de los últimos quince años: cero.
—Chicos —digo.
—Dime.
—¿Vosotros os habéis dado cuenta de que en el vídeo casi no sale vuestro padre?
Silencio de tres segundos.
—Es que papá no sale en las fotos —dice Susana—. Papá es el que hacía las fotos.
Y suena el telefonillo, y es un repartidor, y se acabó la conversación.
A las siete y media llega la discusión de la música, que dura veinticinco minutos y que es, técnicamente, la mejor conversación que he presenciado en esta familia.
—Yo había pensado esta —dice Susana, y pone una balada de los noventa.
—Esa es muy triste.
—Es emotiva.
—Es de un entierro, Susana.
—¡Es de una película!
—De una película en la que se muere alguien.
—Pues pon tú una.
Y Rubén pone una de Los Panchos.
—Rubén, que mamá tiene sesenta y cinco años, no ochenta y cinco.
—A mamá le gustan Los Panchos.
—A la abuela le gustaban Los Panchos. A mamá le gusta Nino Bravo.
—¿Nino Bravo no es más triste todavía?
—Nino Bravo es otra cosa.
—Nino Bravo se mató en un coche.
—¡Rubén!
Y yo, desde el sillón, con el tercer trozo de queso:
—¿Y algo alegre?
Se giran los dos.
—¿Alegre? —dice Susana.
—Alegre. Que es un cumpleaños.
Y los dos hermanos se quedan mirando el portátil como si les hubiera propuesto una lengua muerta.
Al final eligen una de los ochenta que a mí me parece perfecta y a la que Susana le pone una condición:
—Pero que empiece en el minuto uno con veinte, que la parte del principio no dice nada.
A las ocho menos veinte, Rubén baja a por hielo y nos quedamos Susana y yo solas en el salón con el portátil, la caja y el vino.
Y aquí es donde pasa lo que yo no esperaba de este sábado.
—Se está haciendo largo esto —digo.
—Es que hay muchas fotos.
—Podemos dejarlo y terminarlo el lunes.
—No.
Y lo dice muy deprisa.
—Susana, faltan siete días.
—Ya, pero es que el lunes ya no está Rubén, y Óscar el lunes tiene el turno, y los niños...
Y se para.
Se para a mitad de frase, con una foto en la mano, y se queda mirando la caja.
Y yo miro el salón. Miro de verdad, por primera vez en cuatro horas.
Una casa de ciento veinte metros en Fuengirola, ordenadísima, con una tabla de quesos para tres personas, una lista de canciones descartadas escrita a mano, dos cajas de fotos de una vida que no es la suya y una mujer de cuarenta y un años que ha calculado que su marido y sus hijos no vuelven hasta las nueve.
—Está muy bien la tabla —digo.
—Ay, no es nada.
—Está muy bien, Susana.
—Es que si viene gente hay que poner algo.
Y sigue buscando fotos.
Y no dice nada más, y yo tampoco, y esa es la única cosa decente que hago en todo el mes de junio.
A las nueve menos diez, cuando ya estamos recogiendo y Rubén ha subido el hielo que ya no hacía falta, Susana pone en pantalla la última.
Es del bajo. Del Botón de Oro. 1993 o así.
Milagros detrás del mostrador con una bata azul. Y al lado, con las gafas colgando de la cadena, con una cinta métrica al cuello, Maribel Guzmán riéndose de algo que ha pasado fuera de cuadro.
—Esta —digo, antes de pensarlo.
—¿Esta?
—Esa es de las buenas.
—Es que esa es la tienda.
—Ya.
—Y la tienda cerró fatal, Irene. Con deudas y con la Maribel de por medio, que se llevó un dinero.
—¿Eso quién lo dice?
—Eso lo dice todo el mundo.
—¿Eso lo dice tu madre?
Y Susana se queda con el ratón en la mano, y por primera vez en toda la tarde no tiene una respuesta preparada.
—Mi madre de eso no habla.
—Ya.
—Mi madre de eso no ha hablado nunca.
Y quita la foto.
Y la deja en el montón de la derecha, que a las nueve menos diez de la noche del sábado siete de junio tiene sesenta y una fotografías y es, con diferencia, la mejor película que se ha hecho nunca sobre esta familia.
—Yo ya me callo —dice Susana, cerrando el portátil—, pero ese vídeo va a hacer llorar a mamá.
Fe de erratas: donde dije «hemos montado un vídeo de seis minutos», léase «hemos apartado cuarenta años en un montón y hemos puesto música a lo que quedaba».