Mi suegra es un dragón 19. La fiesta se planea
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19. La fiesta se planea

El plan lo anuncia Susana un domingo, en su casa, de pie, con un cuaderno.

Con un cuaderno.

—Bueno. Como el catorce de junio mamá cumple sesenta y cinco...

—Susana, que estoy delante —dice Milagros.

—Ya lo sé, mamá, si esto no es la sorpresa. Esto es la reunión de la sorpresa.

—Entonces me voy.

—No te vayas.

—Si es una sorpresa me tengo que ir.

—Mamá, siéntate, que la sorpresa es lo de dentro. Tú ya sabes que hay fiesta.

—Ah.

—La sorpresa es el contenido.

Y Milagros se sienta, con una cara que yo he aprendido a leer en cinco meses y que dice, aproximadamente: me van a hacer algo y no puedo pararlo sin quedar mal.

Yo estoy en el sillón, con un café, mirando esto como se mira una operación de desactivación de explosivos en directo por televisión.

—Punto uno —dice Susana—. Fecha. Sábado catorce a las dos.

—Vale.

—Punto dos. Sitio: aquí.

—Vale.

—Punto tres: los invitados. —Pasa página—. Nosotros cinco, mamá, Irene y Rubén, Encarna, la Manoli y su marido, tía Loli, los primos de Antequera, Maribel...

—Maribel no.

—Mamá, Maribel es tu amiga de toda la vida.

—Maribel viene por su cuenta o no viene.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que a Maribel la invito yo.

Y Susana apunta algo en el cuaderno con una cara que dice que esto lo va a hablar luego con su marido.

—Punto cuatro. —Y aquí sonríe—. El vídeo.

—¿Qué vídeo?

—Un vídeo con fotos de toda tu vida. Lo estamos montando Rubén y yo. Con música.

—Ay, qué horror.

—Mamá.

—Que no quiero fotos mías de joven en una pared.

—No son solo tuyas. Son de toda la vida. Del pueblo, de la boda, de cuando nacimos nosotros, de las vacaciones de Nerja...

Y yo miro mi café.

Porque acabo de entender qué es exactamente ese vídeo.

Ese vídeo es cuarenta y un años de matrimonio proyectados en una pared delante de treinta personas, para una mujer que lleva uno separada de un hombre al que sus hijos no saben que ha dejado.

—Y punto cinco —dice Susana, y aquí baja el cuaderno y hace una pausa de las que hacen los presentadores—. Papá.

—¿Qué pasa con tu padre?

—Que viene.

Silencio.

—¿Cómo que viene?

—Que le he llamado yo y le he dicho que se coja el autobús el viernes y que se venga, y que no te diga nada. Que es una sorpresa.

—Susana.

—¿No te alegras?

—¿Y la Puri?

—La Puri lleva ocho meses igual, mamá. Y son tus sesenta y cinco.

Y ahí Milagros Carmona, de sesenta y cuatro años y trescientos sesenta días, hace la única cosa que puede hacer en un salón de Fuengirola con seis personas mirándola.

—Qué detalle —dice.

Yo me levanto a por agua a la cocina. Y a los cuarenta segundos aparece ella con dos vasos que no necesita.

Nos quedamos las dos delante del fregadero, de espaldas al salón, con el grifo abierto para que no se oiga.

—El vídeo —digo.

—El vídeo.

—Y él.

—Y él.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Ahora nada. Ahora sonreímos.

—Milagros, ese vídeo lo van a poner delante de treinta personas.

—Ya.

—Y él va a venir con una maleta creyendo que es una reconciliación.

—Él va a venir con una maleta porque le ha llamado su hija y él a su hija no le dice que no. —Cierra el grifo—. Como todo el mundo en esta casa.

—Hay que decírselo.

—A quién.

—A tus hijos. Antes del catorce.

Y Milagros me mira, y esta vez el segundo de más no es una técnica: es que se lo está pensando de verdad.

—¿Y qué les digo?

—La verdad.

—La verdad es que llevo un año separada y no se lo he dicho a nadie. Eso no es una noticia, mi niña. Eso es una confesión.

—Milagros...

—Y si se lo digo esta semana, la fiesta se cancela.

—Pues que se cancele.

—No.

Y esa negativa sale seca, y sale antes de que yo termine, y es la primera vez en toda esta historia que oigo a esta mujer decir que no a algo sin adornarlo.

—¿Por qué no?

—Porque llevan cuatro meses organizándola.

—¿Y qué?

—Que mi hija lleva cuatro meses llamando a los primos de Antequera. —Deja los vasos—. Y si yo cancelo eso, el disgusto no es que yo esté separada. El disgusto es que yo se lo he estropeado.

Y se va al salón.

Y a mí me deja en la cocina de mi cuñada con el grifo cerrado y el descubrimiento más incómodo de todo el mes: que mi suegra va a dejar que ocurra un desastre de treinta invitados con proyector antes que estropearle una fiesta a su hija.

Lo intentamos igual. Durante seis días, las dos, cada una por su lado y sin coordinarnos, ejecutamos la campaña de sabotaje más torpe de la historia de esta familia.

Lunes. Milagros llama a Susana para decirle que a lo mejor el catorce llueve.

—Mamá, es junio.

—En junio ha llovido.

—En junio no ha llovido en Málaga desde que yo tengo uso de razón.

—En el noventa y siete.

—Mamá.

Martes. Yo le sugiero a Rubén, con una naturalidad de actriz de instituto, que igual el vídeo es mucho.

—¿Mucho por qué?

—Mucho de emociones. Que a tu madre no le gustan esas cosas.

—A mi madre le va a encantar.

—¿Tú crees?

—Mi madre va a llorar como una Magdalena y luego va a decir que qué tontería.

Y ahí, en esa frase, hay treinta y siete años de conocer a alguien y no entenderlo en absoluto.

Miércoles. Milagros insinúa en el grupo que igual son muchos invitados.

Milagros: ¿No son muchos? Con la casa llena y el calor.

Susana: mamá ya está todo dicho

Susana: vienen los de antequera y ya han cogido hotel

Y ahí se acaba el miércoles.

Jueves. Yo pruebo el ángulo logístico, que es el mío.

—Susana, ¿y el proyector? ¿De dónde lo sacáis?

—Nos lo deja el cuñado de Óscar.

—¿Y funciona?

—Funciona perfectamente.

—Porque si no funciona igual mejor lo dejamos para...

—Irene, cariño. —Y aquí Susana usa un tono que no le había oído nunca conmigo, un tono de directora de colegio—. Llevo cuatro meses con esto. ¿Vale?

—Vale.

—Que yo sé que tú y mamá ahora sois muy amigas y todo eso, pero esta fiesta es de sus hijos.

Y cuelga.

Y yo me quedo con el móvil en la mano entendiendo dos cosas: que nos ha calado, y que ha interpretado exactamente al revés lo que está pasando.

Viernes. El viernes es cuando encuentro la mina.

Estoy en el segundo A ayudando a doblar unas servilletas que Milagros va a llevar el sábado, y el móvil de ella suena encima de la mesa camilla, y yo miro sin querer, como se mira todo en esta casa.

Y en la pantalla pone: Patri .

Milagros lo coge, sale al pasillo y vuelve a los dos minutos.

—¿Todo bien?

—Sí, hija.

—¿Era Patri?

—Era Patri.

—¿La Patri?

—La Patri.

—Milagros, ¿tú hablas con la ex de tu hijo?

—Yo hablo con esa niña desde 2011.

—Rubén lo dejó con ella en 2017.

—Y yo seguí hablando con ella en 2018. —Dobla una servilleta—. Que la niña no me hizo nada a mí.

Me siento.

—¿Y qué quería?

—Confirmar.

—Confirmar qué.

—Lo del sábado.

Y ahí se me para el aire en un sitio del pecho.

—Milagros.

—Dime.

—¿Tú has invitado a Patri al cumpleaños?

—Yo la invité en marzo.

—¿En marzo?

—En marzo, cuando lo empezó a organizar Susana. Yo dije un nombre y ella me dijo que sí a todo, porque en marzo ella decía que sí a todo.

—¿Y Susana sabe que es esa Patri?

Y Milagros levanta la vista de la servilleta con la cara completamente relajada.

—Susana tiene la lista, hija. En la lista pone «Patri».

—¡Milagros!

—¿Qué?

—¡Que tu hijo va a estar allí con su mujer!

—Y con su madre —dice—, que también estaba en el 2011 y nadie pregunta cómo lo lleva.

Y sigue doblando servilletas.

Y yo me quedo mirando a una mujer de sesenta y cuatro años que tiene un vídeo de su matrimonio a punto de proyectarse, un marido en camino con una maleta y una ex de su hijo confirmada para el sábado, y que dobla servilletas.

—¿Y no vas a desinvitarla?

—Ahora no puedo. Sería un feo.

—¿Y lo otro no es un feo?

—Lo otro no es mío.

Volviendo a Málaga, en el coche, Rubén va contentísimo.

—El vídeo va a quedar de puta madre. Tengo fotos escaneadas del pueblo, de los sesenta.

—Qué bien.

—Y he encontrado una de mis padres en la Nochevieja del noventa y ocho que es la mejor foto de la historia. Mi padre lleva un jersey de rombos.

—Ajá.

—¿Tú estás bien?

—Estoy bien.

—Estás rara desde hace dos semanas.

—Estoy trabajando mucho.

Y pongo la radio.

Y a la altura de Torremolinos, con las luces naranjas pasando por el techo, hago una lista mental de todo lo que hay dentro de esa fiesta y que puede explotar:

Un vídeo de cuarenta y un años de matrimonio.

Un marido que llega con una maleta.

Una hija que quiere quedar bien.

Un hijo sin trabajo desde hace once meses.

Una nuera con dos secretos.

Y una mujer que va a cumplir sesenta y cinco años sonriendo.

Y luego, en Benalmádena, me acuerdo de una cosa que me deja fría.

—Rubén.

—Dime.

—La lista de invitados de tu hermana. ¿Tú la has leído entera?

—Por encima.

—¿Y no había ninguna Patri?

—¿Patri? —Se ríe—. Habrá alguna Patri. Patris hay muchas.

—Ya.

—Mi madre tiene una amiga del aquagym que se llama Patri, creo.

—Ah.

—¿Por?

—Por nada.

Y me giro hacia la ventanilla.

Porque hay una lista con un nombre suelto en una hoja de un cuaderno, escrito hace cuatro meses por una mujer que decía que sí a todo, y porque el sábado va a haber treinta personas en un salón de ciento veinte metros cuadrados, y porque mi suegra no dice ningún nombre por decir.

Fe de erratas: donde dije «reunión de la sorpresa», léase «acta de constitución de un desastre, con cinco puntos, aprobada por unanimidad y con dos abstenciones que no constan».