18. Maribel
La llave del bajo baja del llavero un jueves de junio, y la baja ella.
—Vístete, que nos vamos.
—¿Adónde?
—Abajo. —Ya está en mi puerta con el bolso—. Y ponte algo que se pueda ensuciar.
Son las diez de la mañana. Yo tengo entrega el viernes y llevo dos semanas escribiendo textos para una clínica dental que ha decidido, por consejo de una agencia de Madrid, que su valor diferencial es «la calidez».
Voy.
La persiana del Botón de Oro tiene un candado y la persiana no ha subido en quince años, así que lo primero es un cuarto de hora de aceite tres en uno, dos golpes con la palma de la mano y una frase de Milagros que me guardo para siempre:
—Estas persianas son como las personas. Si las mueves todos los días no dan guerra, y si las dejas quince años sin tocar, luego quieren una conversación.
Sube. Sube entera, con un ruido de tren.
Y dentro está el olor.
No es olor a cerrado. Es otra cosa. Es olor a cartón, a polvo asentado, a algodón viejo y a algo dulce que tardo veinte minutos en identificar y que resulta ser una caja de caramelos de menta de 2009 que sigue en el mostrador.
—Ea —dice Milagros—. Pues esto es.
Son cuarenta metros cuadrados con el mostrador todavía puesto. Detrás del mostrador, la pared entera de cajoncitos: doscientos, trescientos, con una etiqueta escrita a mano en cada uno. Ojales. Corchetes. Hilo 40. Hilo 60. Cintas 1 cm. Botón nácar peq.
Y en el suelo, cajas. Cincuenta o sesenta cajas de cartón apiladas hasta la altura del pecho, con una capa de polvo que en las de arriba es una manta.
Milagros pasa el dedo por el mostrador.
—Aquí despachaba mi madre.
—¿Tu madre también?
—Mi madre lo abrió en el cincuenta y ocho. —Se limpia el dedo en un pañuelo—. Yo empecé aquí con catorce años, en agosto, midiendo cinta.
—¿Con catorce?
—Con catorce.
Abre un cajoncito al azar. Está lleno. Todos están llenos. Quince años cerrado y ahí siguen los corchetes, ordenados por número, esperando.
—Milagros, ¿esto se puede vender?
—Esto se podía vender en el noventa.
—¿Y ahora?
—Ahora la gente no cose, mi niña. Ahora la gente compra una camisa por doce euros y cuando se le cae un botón la tira.
Y lo dice sin nostalgia. Lo dice como quien lee un dato en un periódico, que es la forma en que esta mujer dice todo lo que le duele de verdad.
Y entonces se sienta en una banqueta detrás del mostrador —se sienta como quien ha hecho ese gesto cuarenta mil veces— y dice:
—Yo quiero abrir esto otra vez.
—¿La mercería?
—La mercería no. La mercería está muerta. —Pone las dos manos encima del mostrador—. Un taller de arreglos.
—¿Arreglos de ropa?
—Bajos, cremalleras, meter de cintura, forros. Y una máquina buena. Y ahí —señala el rincón de la entrada, donde hay tres cajas y una escalera de aluminio— dos mesitas y una cafetera.
—¿Un taller con cafetería?
—Un taller donde la gente pueda sentarse mientras espera. —Y me mira—. Porque a los arreglos la gente viene sola, mi niña, y a la gente sola le gusta sentarse en un sitio donde haya alguien.
Me quedo callada.
Porque acabo de oír, en cuarenta metros cuadrados que huelen a caramelo de menta de 2009, el plan de negocio más sensato que he oído en cinco meses, dicho por una mujer que según su hija «de dinero no tiene ni idea».
—¿Y cuánto costaría eso?
—Once mil. Doce.
—¿Tú tienes once mil euros?
—Yo tengo seis mil ochocientos.
—Ah.
—Y por eso vamos a ir a ver a Maribel.
Maribel Guzmán vive en un tercero sin ascensor a diez minutos andando, y cuando abre la puerta y ve a Milagros Carmona en su descansillo, se queda quieta cuatro segundos largos.
—Vaya.
—Vaya.
—¿Qué quieres?
—Hablar de negocios.
—Yo contigo no tengo negocios.
—Todavía.
Y Maribel, que tiene sesenta y tres años, el pelo teñido de un rubio ceniza muy bien hecho y unas gafas colgando de una cadena idéntica a la de mi suegra, se aparta de la puerta.
—Pasa, anda. Y la niña también.
El salón de Maribel tiene un maniquí. Un maniquí de costurera, en el rincón, con una chaqueta a medio hilvanar.
—Sigues cosiendo —dice Milagros.
—Yo no he dejado de coser en mi vida.
—Ya lo veo.
—Yo coso para la gente del barrio y para la sobrina de la Manoli, que se casa en septiembre. —Deja tres vasos en la mesa sin preguntar qué queremos—. ¿Y tú?
—Yo no he cosido desde 2010.
—Ya lo sé.
Silencio.
Y aquí es donde yo aprendo cómo se reconcilian dos mujeres de esta generación, y no se parece a nada de lo que yo había visto en ninguna película.
—Yo te debo cuatro mil doscientos euros —dice Milagros.
—Cuatro mil trescientos.
—Cuatro mil doscientos, Maribel, que yo tengo la libreta.
—Y yo también tengo la libreta.
—Pues las dos libretas están mal, porque en la mía no está la máquina de ojales.
—En la mía tampoco.
—¿Y por qué son cuatro mil trescientos?
—Porque yo puse la fianza del local de la calle Alta.
Y Milagros se calla.
Se calla tres segundos y luego dice, con una limpieza que a mí me deja sin aire:
—Es verdad. Cuatro mil trescientos.
Y Maribel asiente una vez. Una sola vez.
Y eso, señoras y señores, es todo el perdón que va a haber en esta habitación. Ahí acaban de resolver quince años de no hablarse, no con una disculpa, no con un abrazo, sino con una cifra corregida al alza contra su propio interés.
—¿Y qué quieres?
—Abrir el bajo. Arreglos y café.
—¿Con qué dinero?
—Con seis mil ochocientos míos.
—Eso no llega.
—No llega. Faltan cinco mil.
—¿Y tú qué te crees, que yo tengo cinco mil euros?
—Yo creo que tú tienes cinco mil euros —dice Milagros—, porque tú desde el ochenta y dos no te has gastado un duro en tonterías y porque tu Antonio te dejó el piso pagado.
Maribel se echa hacia atrás en la silla.
—¿Y qué me llevo yo?
—La mitad.
—La mitad de un local que es tuyo.
—La mitad del negocio. El local lo pongo yo y no cobro alquiler.
—Eso hay que ponerlo en un papel.
—Eso lo vamos a poner en un papel.
—Con la niña, que la niña escribe.
Y las dos me miran.
Y yo, que llevo veinte minutos sentada en un sofá de Maribel Guzmán sin abrir la boca, con un vaso de agua en la mano, digo la única cosa que se puede decir:
—Yo os lo escribo.
El papel lo redacto el domingo y lo llevo el lunes, y el lunes descubro que redactar un contrato para dos mujeres de sesenta y tantos que se han pasado quince años sin hablarse es el trabajo más difícil que me han encargado nunca.
—«Primera. Doña Milagros Carmona aporta el local sito en calle Amargura número 4, bajo, libre de cargas...»
—Eso no.
—¿Qué no, Maribel?
—«Libre de cargas» no. Que ese local tiene una derrama encima de trece mil euros.
—La derrama es del edificio, no del local.
—La derrama la paga el propietario.
—El propietario soy yo, no el negocio.
—El negocio está dentro del edificio, Milagros.
Y yo, con el boli en la mano, entiendo que estas dos mujeres se han pasado quince años sin hablarse por dinero y que ese es exactamente el idioma en el que se están reconciliando ahora mismo.
—Lo pongo aparte —digo—. Cláusula específica: las derramas del inmueble corren a cargo de la propiedad y no afectan al negocio.
—Eso.
—Eso está bien.
—Sigo. «Segunda. Doña Maribel Guzmán aporta cinco mil euros...»
—Cinco mil doscientos.
—¿Doscientos más? —dice Milagros.
—La máquina de ojales la pongo yo. Y la tengo.
—¿Tú tienes una máquina de ojales?
—Yo tengo la máquina de ojales desde 2010, Milagros.
Silencio.
—¿Tú te llevaste la máquina de ojales?
—Yo me llevé lo que era mío.
—La máquina de ojales la compramos entre las dos en el noventa y seis.
—Y estuvo diez años en mi casa arreglada por mi Antonio.
—Que en paz descanse.
—Que en paz descanse.
Y las dos se santiguan al mismo tiempo, sin dejar de mirarse, y siguen.
Tardamos dos horas y cuarto en cinco cláusulas.
Discuten el reparto de horas (Maribel de mañanas, Milagros de tardes, los sábados a medias). Discuten quién compra la cafetera. Discuten, durante veinte minutos, si el letrero de fuera debe poner los dos nombres o ninguno, y ahí es donde por fin se ponen de acuerdo a la primera:
—Ninguno —dice Maribel.
—Ninguno.
—Que ponga «El Botón de Oro» y ya está.
—Eso es lo que iba a decir yo.
—Pues eso.
Y al final, cuando lo imprimo el martes y se lo llevo, y las dos lo leen con las gafas puestas y las dos cadenitas de bolitas doradas colgando, Maribel dice:
—Está muy bien escrito, mi niña.
—Gracias.
—Se nota que es tu oficio.
Y Milagros, sin levantar la vista del folio, dice:
—Es que escribe muy bien. Yo se lo he dicho.
Y a mí me sube por la garganta una cosa completamente desproporcionada para un lunes por la mañana en un salón con un maniquí.
Volvemos andando. Milagros va deprisa, más deprisa de lo que va normalmente, y en la cuesta de la calle Amargura tiene que pararse a coger aire y no lo reconoce.
—Milagros.
—Dime.
—¿Por qué yo?
—¿Cómo que por qué tú?
—Que por qué me has llevado a mí. Podías haber llevado a Susana. O a Rubén.
Y ella se sujeta un momento en la barandilla de la rampa del portal, mirando la persiana verde levantada, con esa cosa que le hace la barbilla cuando va a decir algo que ha pensado antes.
—Porque a mis hijos, si les enseño esto, me lo tasan.
Y sube.
Fe de erratas: donde dije «cuarenta metros llenos de cajas», léase «cuarenta metros llenos de una cosa que ella no le ha enseñado a nadie de su sangre».