17. Aliadas a la fuerza
La primera vez que miento por mi suegra es un domingo a las nueve y diez de la noche y tardo cuatro segundos en descubrir que se me da bien.
—¡Papá!
Y pone el manos libres.
Este hombre pone el manos libres siempre. Este hombre pondría el manos libres en una consulta médica.
—Hola, hijo.
—¿Qué tal por Zamora?
—Aquí andamos.
—¿Y la tía?
—Regular. —Una pausa de las de allí—. ¿Está tu madre?
Y Milagros, que está sirviendo la sopa, sirve la sopa.
—Está aquí, sí.
—Ponme con ella.
—Hola —dice Milagros, sin acercarse al teléfono, desde la sopera.
—Hola, Milagros.
—¿Qué tal.
—Aquí andamos.
Y hay tres segundos de nada. Tres segundos de dos personas que llevan cuarenta y un años casadas y a las que no se les ocurre absolutamente nada que decirse delante de su hijo.
—Papá, ¿y para el cumple de mamá te vienes o qué? —dice Rubén.
Y yo, que estoy sentada enfrente con la cuchara en el aire, veo lo que va a pasar dos segundos antes de que pase, que es la primera vez en mi vida que me ocurre.
—Pues no sé, hijo. Depende de cómo esté la Puri.
—Hombre, papá, son los sesenta y cinco.
—Ya, ya.
—Que es un número redondo.
—Que sí, hijo.
—Julián —dice Milagros.
Y con dos sílabas, con el nombre nada más, se acaba la conversación. No hay orden. No hay reproche. Es como esas palabras que se les dicen a los perros de trabajo.
—Bueno, que te dejo, que vamos a cenar —dice Julián—. Un beso a todos.
Cuelga.
Y Rubén se queda con el móvil en la mano y dice, con un desconcierto absolutamente sincero:
—¿Qué le pasa a papá, que está muy raro?
Y ahí es donde miento.
—Estará cansado —digo—. Con lo de tu tía, el pobre.
—Ya.
—Y en Zamora ya es de noche.
—En Zamora es la misma hora que aquí, Irene.
—Es la misma hora pero es más de noche.
Y Rubén se queda pensándolo. Se queda pensándolo de verdad, con el ceño fruncido, y acaba diciendo «pues sí», y sigue con la sopa.
Milagros, desde la sopera, no me mira. Pero me sirve a mí la segunda, antes que a su hijo.
Y así empieza la peor temporada de mi vida y también, en secreto, una de las más divertidas.
Porque resulta que mentir en equipo es entretenidísimo.
Descubro que las cosas de mi suegra que llevaba cinco meses odiando son, exactamente las mismas, maravillosas cuando juegan en tu equipo.
Su capacidad para cambiar de tema sin que se note.
Su forma de contestar preguntas con otra pregunta.
Su manejo del tiempo verbal: nunca dice «Julián está en Zamora», dice «Julián anda con lo de la Puri», que es un presente sin lugar, imposible de desmentir.
Y su técnica maestra, que yo bautizo en secreto como el desvío por catástrofe menor :
—Mamá, ¿y papá cuándo vuelve? —pregunta Susana un martes por teléfono.
—Ay, hija, no me hables. ¿Tú sabes lo que me ha pasado hoy con la del cuarto?
Y veinte minutos de la del cuarto.
Yo tomo notas. Literalmente. Tengo un archivo en el portátil que se llama «tanatorio_web_v4_FINAL_2.docx» donde no hay nada de la web del tanatorio.
Lo que hay es esto:
Frases operativas (M.)
— «anda con lo de la Puri» (presente continuo sin sujeto de lugar)
— «eso lo hablamos cuando estemos todos» (aplaza con apariencia de convocar)
— «¿tú has comido?» (desvío total, funciona el 90 % de las veces con S.)
— nunca decir «no». Decir «ya veremos», que es un no con calendario.
Mi trabajo, en esta sociedad, es otro. Yo soy la de los detalles.
Yo soy la que se da cuenta de que en el grupo «Familia Carmona ⚡» Julián lleva desde marzo sin escribir un solo mensaje, y de que eso, en un grupo donde todo el mundo felicita todos los cumpleaños, es un agujero que se va a ver.
—Hay que escribir algo con su cuenta.
—Yo no sé escribir con la cuenta de tu suegro.
—No hace falta escribir con su cuenta. Hace falta que alguien diga que él ha dicho algo.
Y esa misma tarde, en el grupo:
Milagros: He hablado con Julián. Dice que os felicita a todos por lo del colegio de los niños y que ya llamará él.
Susana: ay que bien
Susana: dale un beso
Óscar: 👍
Cuarenta y cinco palabras. Cero mentiras técnicas. Julián sí ha hablado. Julián sí dijo algo de los niños en algún momento de la última década. Es la clase de frase que yo corrijo diez veces al día en textos de empresas y que nunca había visto usar en una familia.
—Esto lo has escrito tú —le digo, en el rellano, con la bolsa de la basura.
—Lo he escrito yo.
—«Ya llamará él» es muy bueno.
—Es que va a llamar.
—¿Cuándo?
—Algún día.
Y se mete en su casa.
La prueba de fuego llega el domingo siguiente, en Fuengirola, con catorce personas en la mesa y una tía Loli que ha venido de Antequera y que lleva sin ver a Julián desde la comunión de los mellizos.
—¿Y tu marido, Milagros?
—Anda con lo de la Puri.
—¿Todavía?
—Todavía.
—Ay, qué barbaridad. ¿Y cuánto lleva ya?
Y ahí, en la palabra «cuánto», yo veo el precipicio con una nitidez absoluta, porque «cuánto» es la única pregunta de esta conversación que tiene una respuesta numérica y comprobable, y la respuesta es trece meses.
—¿Tú has probado esto, Loli? —dice Milagros, empujando una fuente.
—¿El qué?
—El salmorejo de mi nuera.
Catorce cabezas se giran hacia mí.
—Yo no he traído salmorejo —digo.
Y Milagros me mira desde el otro lado de la mesa con la cara completamente relajada.
Y yo, señoras y señores, en ese medio segundo, tomo la decisión que me va a definir el resto del verano.
—...Lo hice el viernes —digo—. Y me lo dejé en la nevera, con las prisas.
—¡Ay, qué pena! —dice tía Loli.
—Es que le pone naranja —dice Milagros.
—¿Naranja al salmorejo?
—Un poco de ralladura —digo—. Muy poca. Es de mi madre.
—Eso lo tengo que probar.
—Yo se lo mando en un táper con Susana.
—Ay, qué maja.
Y ya está. Y la tía Loli no vuelve a preguntar por Julián en toda la tarde, y a mí me queda pendiente inventar en algún momento de mi vida un salmorejo con ralladura de naranja que me va a salir bueno, porque estas cosas siempre acaban saliendo bien y esa es la parte que da miedo.
Fregando, en la cocina, con el agua abierta, Milagros dice sin mirarme:
—Le pones media cucharadita, no más.
—¿Al salmorejo?
—A la ralladura. Que si te pasas amarga.
Y me pasa un plato.
Encarna se entera un jueves y se entera porque Encarna se entera de todo.
Sube al segundo A a las siete de la tarde con un plato hondo tapado con un plato llano y se sienta sin que nadie se lo diga, que es su forma de anunciar que viene a hablar de algo.
—Milagros.
—Dime.
—Que yo he visto la carpeta azul.
Milagros no se inmuta. Sirve dos cafés y luego, mirándome, sirve un tercero.
—Siéntate, mi niña —me dice.
Y me siento, y las tres nos quedamos calladas alrededor de una mesa camilla con tres cafés, como una junta de accionistas.
—Yo no voy a decir nada —dice Encarna.
—Ya lo sé.
—Yo lo digo porque lo sepas.
—Ya lo sé, Encarna.
—Porque yo llevo cuarenta y seis años en esta finca y a mí lo que le pase a esta finca me importa más que lo que le pase a mi cuñada.
—Encarna, que ya lo sé.
—Bueno. —Encarna se echa azúcar—. Pues ya está dicho.
Y ya está dicho. Ese es el trámite entero. Cuarenta años de rencores, competiciones de tortillas, comentarios en el mercado y guerras de balcón, resueltos en once frases de cuatro palabras alrededor de un azucarero.
—¿Y él lo sabe? —dice Encarna, al rato.
—¿Julián? Julián lo sabe mejor que nadie.
—Digo si sabe que lo saben los niños.
—Los niños no lo saben.
—Pues eso es lo que hay que arreglar.
—Eso se arregla solo.
—Milagros, eso no se arregla solo.
—Encarna, todo se arregla solo si esperas lo suficiente.
Y Encarna me mira a mí. Por primera vez en la conversación, me mira a mí, buscando algo que yo no puedo darle porque acabo de firmar un pacto encima de este mismo hule.
Salgo de allí a las ocho y cruzo el rellano y entro en mi casa, donde mi marido está viendo un programa de reformas.
—¿Dónde estabas?
—Tomando café con tu madre.
—¿Con mi madre?
—Y con Encarna.
—¿Vosotras tres?
—Nosotras tres.
Y Rubén baja el volumen de la tele, que es lo máximo que hace este hombre cuando algo le parece grave.
—Irene, ¿tú estás bien?
—¿Por qué lo dices?
—Porque hace dos meses llamaste a la policía.
—La policía la llamó ella.
—Ya me entiendes.
Y me río. Me río y le digo que la gente cambia, y me voy a la cocina a por agua, y desde la cocina, con el grifo abierto, me oigo a mí misma pensar una cosa que me deja quieta con el vaso debajo del chorro:
Que llevo dos semanas sin discutir con Milagros Carmona.
Ni una vez. Ni por el escurridor, ni por la ventana, ni por el felpudo. Dos semanas de paz absoluta en un rellano de dos metros y medio.
Y que la paz no ha llegado porque hayamos arreglado nada.
Ha llegado porque tenemos un enemigo común, y el enemigo común es la familia entera, incluido el hombre que está en mi sofá viendo cómo unos ingleses tiran un tabique.
Fe de erratas: donde dije «no soporto a esa mujer», léase «no soporto a esa mujer, y trabajamos muy bien juntas, y las dos cosas caben».