16. El pacto
Subo a las seis en punto.
Llamo al timbre, que es lo que dice la norma que firmamos hace nueve días con una rúbrica de las de antes, y ella tarda en abrir lo suficiente para que yo entienda que ha esperado a que llamara.
—Pasa, mi niña.
La mesa camilla está puesta. Dos tazas, el azucarero, un plato con mantecados de los que sobraron y la carpeta azul en el centro, cerrada, con las gomas puestas.
—Siéntate.
Me siento.
—¿Café o poleo?
—Milagros...
—Café o poleo.
—Café.
Sirve. Se sienta enfrente. Y hace una cosa que me descoloca por completo, que es que no empieza por lo mío.
—Julián y yo llevamos separados un año.
Y lo dice así. Sin preámbulo, sin dramatismo, con el mismo tono con el que me dijo que el escurridor mojaba el enchufe.
—...Vale.
—Vale, dice.
—Es que no sé qué...
—No hace falta que digas nada. Bébete el café.
Me bebo el café. Ella se sirve el suyo y le pone azúcar, una cucharada, y remueve durante mucho rato.
—El veintitrés de mayo del año pasado, tu suegro se levantó, desayunó y me dijo que se iba a Zamora una temporada a echarle una mano a su hermana con la Puri. Y yo le dije que muy bien. Y le hice la maleta.
—¿Y no volvió?
—Vino en Navidad, seis días, y se volvió el veintisiete.
—¿Y desde entonces?
—Desde entonces, nada. Hablamos los domingos por la noche, quince minutos. Él me cuenta lo de la Puri y yo le cuento lo del portal.
—¿Y eso es estar separados?
Y Milagros deja la cuchara en el plato, sin ruido, y me mira.
—Mi niña, yo llevo cuarenta y un años haciéndole la comida a ese hombre. Yo sé perfectamente cuándo alguien hace una maleta para un mes y cuándo la hace para siempre. Él metió los zapatos buenos.
—¿Los zapatos buenos?
—Los de las bodas. —Se encoge de hombros—. En Zamora no hay bodas para él.
Y aquí es donde yo, por fin, después de cinco meses, hago la única cosa útil que he hecho en esta casa: me callo.
—No me dejó ni lo dejé —dice—. Me jubilé.
—Milagros...
—Cuarenta y un años cotizados. —Y coge un mantecado y lo parte por la mitad, con las dos manos, con muchísimo cuidado—. Los tienes que cotizar todos, ¿eh? No valen los buenos nada más.
—¿Y no lo pasas mal?
—¿Mal por qué?
—Por estar sola.
Y Milagros deja las dos mitades en el platito y se me queda mirando como si acabara de decir una tontería enorme, que probablemente es lo que he hecho.
—Mi niña, yo llevo sola desde el ochenta y cuatro.
—¿Cómo que desde el ochenta y cuatro?
—Que tu suegro es un hombre muy bueno y muy callado. —Se limpia el azúcar—. Muy bueno. Que conste. No ha levantado la voz en su vida y no me ha faltado nunca.
—Pero.
—Pero yo llevo cuarenta años hablando con la radio.
Silencio.
—Cuando abrí el Botón de Oro con la Maribel, en el ochenta y cuatro, aquello era mi casa.
Aquello era donde yo hablaba. Entraba gente todo el día, y yo sabía la vida de este barrio entero, y este barrio entero sabía la mía.
—Remueve el café que ya no tiene azúcar—.
Y luego cerré, y me vine aquí arriba con él, y me puse a esperar.
—¿A esperar qué?
—A que llegara la hora de hacer la comida.
Y lo dice sin ninguna pena, con una precisión de inventario, y a mí se me queda una cosa en el pecho que no sé dónde poner.
—¿Y tus hijos no lo saben?
—Mis hijos no lo saben.
—¿Ninguno?
—Ninguno.
—¿Ni Susana?
—Susana menos que nadie.
—¿Por qué?
Y ahí Milagros Carmona se ríe. Se ríe de verdad, con un ruido corto por la nariz, y es la primera vez que la oigo reírse sin nadie más delante.
—Porque me organizaría —dice.
Y en dos palabras acaba de explicarme a su hija mejor de lo que yo la voy a entender en un año.
—Me apuntaría a algo. Me buscaría un grupo. Me traería folletos de un sitio de esos donde te enseñan a hacer collares. Y vendría los domingos con los niños a ver cómo estoy, y se llevaría un disgusto cada vez que yo estuviera bien, porque si yo estoy bien es que no me hace falta.
—Milagros, eso es muy duro.
—Es mi hija y la quiero con locura. —Se come la mitad del mantecado—. Las dos cosas caben.
—¿Y Rubén?
—Rubén se pondría de mi parte y luego llamaría a su padre para preguntarle si está bien.
—¿Y eso es malo?
—Eso no es malo, mi niña. Eso es que mi hijo tiene dos padres y ninguno soy yo.
Nos quedamos calladas.
Y entonces, cuando yo ya estoy pensando cómo se sale de una habitación después de esto, ella se limpia el azúcar de los dedos, uno detrás de otro, y dice:
—Bueno. Y ahora lo tuyo.
—¿Lo mío?
—¿Cuándo lo echaron?
El café se me queda a medio camino.
—...¿A quién?
—Mi niña.
—Milagros, Rubén trabaja...
—Rubén no trabaja desde junio del año pasado. —Y lo dice sin ninguna dureza, que es lo peor—. Lo echaron un jueves. Vino a comer aquí el viernes y se comió tres platos, y ese niño cuando está bien come uno.
Me quedo mirando el mantel de hule.
—¿Desde el primer mes?
—Desde el primer mes.
—¿Y no has dicho nada en once meses?
—¿Y qué iba a decir? —Se levanta a por la cafetera—. Si le digo que lo sé, se muere de la vergüenza y no vuelve a esta casa en dos años. Ese niño es como su padre: a él no le puedes dar nada de frente.
Y ahí, en ese momento exacto, con ella de espaldas sirviendo café, se me cae encima el edificio entero.
—El piso.
—El piso.
—El piso no era...
—El piso estaba vacío y vosotros necesitabais un techo.
—Milagros, el piso lo ofreciste tú tres semanas después de que a nosotros nos echaran de la Carretería. Tú no sabías que nos iban a echar.
—No sabía que os iban a echar. Sabía que él no cobraba. —Se sienta—. Y lo del casero me lo dijo Encarna, que es prima segunda de la mujer del casero, cosa que en este barrio lo sabe todo el mundo menos tú.
—O sea, que...
—Bébete el café, que se te enfría.
—Los bizums.
—Ea.
—Los bizums de la lotería.
—La lotería la juego con las del mercado y ese año no tocó nada. —Remueve—. Pero es un concepto que no admite pregunta.
Y ahí me tengo que reír. Me río sola, en la mesa camilla del segundo A, con las manos en la taza, con una risa fea que me sale del mismo sitio del que salen otras cosas.
—Eso lo pensé yo —digo—. Lo del concepto. Palabra por palabra.
—Pues claro que lo pensaste. Si eres lista. —Y por primera vez en cinco meses me mira sin ese segundo de más—. Lo que pasa es que llevas aquí desde enero pensando que la tonta era yo.
No contesto. No hay contestación.
—Milagros, ¿por qué me lo cuentas ahora?
—Porque me has seguido hasta la Alameda con Encarna, y Encarna no aguanta un secreto ni tres días. —Deja la taza—. Y porque en la carpeta hay una cosa que va a salir tarde o temprano, y prefiero que salga cuando yo diga.
—¿Qué hay en la carpeta?
—Cosas mías.
—Milagros.
—Cosas mías, hija. Que no todo es de todos.
Y ahí está. La frase entera de esta mujer, dicha por ella, en su casa, sobre su mesa, cinco meses después de que yo me mudara enfrente creyendo que la que tenía que aprender algo era ella.
Se echa hacia atrás en la silla.
—Ahora te digo lo que vamos a hacer. Tú no le dices a nadie lo mío. Ni a mis hijos, ni a Encarna, ni a tu marido. Y yo no le digo a nadie lo del niño.
—Ya lo estabas haciendo.
—Ahora lo hacemos las dos.
Y estira la mano por encima de la mesa camilla.
Yo miro esa mano. Es una mano de sesenta y cuatro años con las uñas cortas y un anillo de casada que sigue puesto, y he visto esa mano bajarme el fuego de la vitrocerámica, corregirme el título de un acuerdo con lápiz y sostener tres escrituras delante de dos policías.
Se la doy.
Y nos damos la mano como se la dan dos socias, con dos sacudidas, encima de un mantel de hule, en un salón con la radio apagada.
—Ea —dice.
Me levanto para irme a las siete y cuarto. Ya en la puerta, me giro.
—Milagros.
—Dime.
—¿Tú qué quieres?
Y ella se para. Se para de verdad, con el paño de la cocina en la mano, y se le queda una cara que no le había visto: la cara de alguien a quien le acaban de hablar en un idioma que conoce pero que no oye desde hace mucho.
—¿Que qué quiero de qué?
—De nada. Tú. Qué quieres.
Y me mira tres segundos. Cuatro. Cinco.
—Vete, anda, que estará el niño esperando la cena.
Y cierra la puerta.
Cruzo dos metros y medio de rellano. Entro en mi casa. Rubén está en el sofá viendo un partido y levanta la vista.
—¿Qué quería?
Y yo, que llevo cinco meses siendo la única persona de esta familia sin nada guardado, y que el lunes pasado conseguí un cajón, acabo de conseguir el segundo.
—Nada —digo—. Hablar.
No te digo nada.
Eso es lo que pienso, exactamente, cerrando la puerta de mi casa con la llave que hizo Nico. Y por primera vez en cinco meses lo pienso en el sentido bueno, en el sentido en que lo dice ella cuando le da la gana, que es este: te lo estoy diciendo todo, pero tú y yo sabemos que aquí no se habla.
Fe de erratas: donde dije «somos dos mujeres que no se soportan», léase «somos dos mujeres que no se soportan y que a partir del martes tienen la misma información».