Mi suegra es un dragón 15. El seguimiento
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15. El seguimiento

La blusa aparece un miércoles.

Es una blusa verde turquesa con lentejuelas cosidas en el canesú, de manga tres cuartos, y yo la conozco porque la he visto dos veces desde enero: en el cumpleaños de los mellizos y en la boda de la sobrina de Encarna.

Es la blusa de las ocasiones. Es la blusa que se cuelga en el armario con una funda de plástico de la tintorería.

Y hoy es miércoles. Y son las once y diez de la mañana. Y no hay ocasión ninguna.

La veo desde la ventana del salón, bajando la cuesta con el bolso bueno, el de charol, y con el pelo hecho.

—Rubén.

—¿Qué?

—Tu madre se ha puesto la blusa verde.

—Ah.

—Un miércoles.

—A lo mejor va al médico.

—Al médico se va en rebeca, cariño. Al médico se va vestida para que te vean por dentro. A esto se va vestida para que te vean por fuera.

—Pues no sé.

Bajo a por el pan a las once y veinte, que es una casualidad completamente sincera, y en el escalón de mármol está Encarna con la bolsa a los pies.

No dice hola. Va directa.

—Se ha puesto la de las lentejuelas.

—Ya lo he visto.

—Y se ha pintado.

—¿Mucho?

—De labios. —Encarna me mira—. Mi niña, tu suegra se ha pintado los labios un miércoles a las once de la mañana.

Nos quedamos las dos calladas un momento, con el peso de la información.

—¿Tú qué crees? —digo.

—Yo no creo nada.

—Encarna.

—Yo no creo nada porque yo no me meto. —Coge la bolsa—. Pero coge la chaqueta, que refresca.

Y así es como una mujer de treinta y cuatro años y otra de setenta y uno acaban subiendo al mismo autobús que Milagros Carmona.

Voy a decir en mi defensa —y esta es la última vez que digo «en mi defensa» en toda esta historia, porque a partir de aquí se acaban las defensas— que yo subo al autobús pensando en el bajo.

Eso es verdad. Yo llevo desde febrero con el Botón de Oro en la cabeza. Yo pienso que va al bajo, o que va a ver a alguien del bajo, o que va a hacer algo con el bajo, y quiero saberlo porque en este edificio hay una llave que yo no controlo.

Encarna no. Encarna piensa en otra cosa desde el minuto uno y no lo disimula ni tres paradas.

—Yo tuve una vecina en el 82 que se ponía guapa los martes —dice, agarrada a la barra, mirando hacia adelante—. Y era un señor de Correos.

—Encarna.

—Un señor de Correos con bigote.

—Encarna, estamos hablando de mi suegra.

—Yo estoy hablando del 82.

Milagros va sentada seis filas delante, con el bolso en las rodillas y la espalda muy recta. No mira el móvil. No mira por la ventana. Va como va la gente que va a algún sitio.

Se baja en la Alameda.

Y aquí empieza la parte de la mañana que yo no puedo contar sin que suene a lo que es, así que la cuento tal cual: dos mujeres siguiendo a una tercera por el centro de Málaga a las doce menos cuarto, escondiéndose detrás de un puesto de flores, entrando en un portal que no es el suyo para dejarla pasar, y una de las dos con una rodilla mala que la obliga a parar cada cincuenta metros y a decir «tira tú, mi niña, que yo te alcanzo», que es la frase menos operativa de la historia del espionaje.

—Encarna, así no podemos.

—Es que si voy más deprisa se me sale.

—¿El qué se te sale?

—La rodilla, hija. ¿Qué se me va a salir?

Milagros no va al bajo, evidentemente. Va calle Larios arriba, con ese paso suyo, saludando a una mujer en una parada, entrando dos minutos en una farmacia y saliendo sin bolsa.

—Ha entrado en la farmacia —dice Encarna, jadeando, apoyada en un escaparate.

—Y ha salido sin nada.

—Eso es que ha ido a preguntar.

—O a saludar.

—O a preguntar.

—Encarna, la gente entra en las farmacias por mil motivos.

—La gente entra en las farmacias por dos motivos: porque le duele algo o porque quiere saber una cosa sin que se entere nadie.

Y se me queda mirando con las cejas levantadas, esperando a que yo entienda algo que ella cree evidente y que a mí no me cabe todavía en la cabeza.

Un chico con un reparto de una app se para a nuestro lado a mirar el móvil.

—Perdona, ¿tú ves a esa señora de verde? —le dice Encarna.

—Encarna.

—¿La de las lentejuelas? —dice el chico.

—Esa. ¿Hacia dónde va?

—Está cruzando.

—¿Hacia arriba o hacia la catedral?

—Hacia la catedral.

—Gracias, mi niño.

—De nada.

Y se va tan tranquilo, sin hacer una sola pregunta, y a mí me parece en ese momento la persona más elegante de Málaga.

Sube por Molina Lario. Cruza. Se para delante de un escaparate de una tienda de ropa de comunión durante casi un minuto, mirando un vestido blanco con muchísima atención, y a mí se me ocurre —y me da un vuelco— que a lo mejor todo esto es lo que parece desde fuera: una mujer de sesenta y cuatro años que se ha puesto guapa un miércoles para darse una vuelta sola por el centro, mirar escaparates y tomarse un café en un sitio donde no la conozca nadie.

Y que nosotras somos dos personas siguiéndola.

—Encarna, vámonos.

—¿Ahora?

—Vámonos, que esto está mal.

—Ahora no.

—Encarna...

—Ahora no, mi niña, que se ha parado.

Y a las doce y cinco se para delante de un portal de piedra, con una placa dorada al lado del telefonillo, y llama.

Yo veo la placa desde treinta metros y no la leo.

Encarna sí.

—Notaría —dice.

Y le cambia la cara. Se le cambia entera, y esto lo digo porque yo, en ese momento, sigo sin entender nada, y ella lo entiende todo en dos segundos y tarda cuatro días en contármelo.

—¿Notaría de qué? —digo.

—De notario, mi niña.

—Ya, pero ¿a qué se va a un notario?

—A muchas cosas. —Se agarra al escaparate—. A vender. A comprar. A un testamento. A un poder.

—¿A la separación de bienes?

Y Encarna no contesta.

Nos quedamos cuarenta minutos en la acera de enfrente, sentadas en el banco de una parada de autobús, dejando pasar tres autobuses seguidos delante de un conductor que a la tercera nos hace un gesto con la mano.

—¿Y si tarda dos horas? —digo.

—Los notarios son rápidos.

—¿Tú has estado?

—Yo estuve cuando se murió Paco. —Se ajusta el asa del bolso—. Media hora. Y firmé cuatro veces sin entender nada.

—¿Y qué firmaste?

—Que renunciaba a no sé qué.

—¿Y por qué firmaste?

Encarna se ríe con la boca cerrada.

—Porque estaba el hombre esperando con el boli.

Milagros sale a la una menos veinte.

Sale con una carpeta azul de gomas. Igual que la del rellano. Igual que la de las escrituras.

Y se para en la puerta, en el escalón, y hace una cosa rarísima que no le he visto hacer nunca: se queda quieta. Diez segundos. Con la carpeta contra el pecho y la barbilla un poco levantada, mirando la calle como se mira un mar que no es el tuyo.

Después baja el escalón y echa a andar hacia la Alameda.

Y a los seis pasos, sin girarse del todo, mirando el reflejo del escaparate de una zapatería, dice, en un volumen perfectamente calculado para llegar a la acera de enfrente:

—Encarna, coge el bolso, que se te va a caer.

Nos quedamos las dos de piedra.

Ella se gira. Cruza. Cruza la calle andando despacio, con la carpeta azul en la mano, con la blusa de lentejuelas dándole la luz del mediodía, y se planta delante del banco de la parada donde estamos sentadas dos mujeres que llevan hora y cuarto haciendo el ridículo.

—Buenas.

—Milagros...

—¿Vosotras habéis comido?

—Milagros, nosotras...

—Porque yo no he comido y son la una y media.

Encarna, a mi lado, tiene la vista clavada en el suelo como una niña de ocho años.

—Nosotras pasábamos por aquí —digo.

Y en cuanto lo digo, en cuanto oigo mi propia voz decir esa frase de manual, con esas seis palabras, sé exactamente el tamaño de lo que acaba de pasar.

Milagros me mira. La cara completamente relajada. Un segundo más de lo normal.

—Mi niña, me habéis seguido desde el 33 —dice—. Yo os he visto en la puerta del autobús. Yo os he visto en el puesto de las flores. Y a esta —señala a Encarna con la barbilla— la he oído decir «se me sale» desde la otra acera.

—Es la rodilla —dice Encarna, en un hilo de voz.

—Ya sé que es la rodilla, criatura.

Silencio.

Y entonces Milagros Carmona se coloca la carpeta azul debajo del brazo, se sube el asa del bolso, y dice:

—Subid, anda. Que vais a coger frío haciendo el ridículo.

Y echa a andar hacia la parada.

Y nosotras la seguimos, que es lo que llevábamos haciendo toda la mañana, pero ahora en fila y con permiso.

En el autobús, de vuelta, Encarna se sienta sola dos filas delante porque dice que se marea, y no se marea. Milagros se sienta a mi lado, con la carpeta azul en las rodillas y las dos manos encima.

No dice nada en veinte minutos.

Y a la altura del Corte Inglés, mirando al frente, dice:

—A las seis subes a mi casa.

—Milagros.

—A las seis. Y sin Encarna.

Fe de erratas: donde dije «yo iba por lo del bajo», léase «yo iba por lo del bajo, y también iba por lo otro, y las dos cosas son verdad, y una me deja mejor que la otra».