Mi suegra es un dragón 14. La norma
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14. La norma

La junta la convoco yo.

Por escrito, en el grupo «Familia Carmona ⚡», el martes por la mañana, con este texto exacto que redacto en dieciocho minutos y en el que trabajo más que en la web del tanatorio:

Irene: Hola a todos. El sábado, cuando estemos comiendo en casa de Milagros, me gustaría que dedicáramos veinte minutos a organizar una cosa práctica de la convivencia en el rellano. Nada grave. Traigo yo una propuesta escrita y la vemos entre todos. Un beso.

Y luego me quedo mirando la pantalla treinta segundos con el corazón en la garganta.

Óscar: 👍

Susana: ¿pasa algo?

Irene: No pasa nada.

Susana: ah vale

Susana: pq si pasa algo se dice

Irene: No pasa nada, Susana. Es organización.

Susana: vale vale

Milagros: Muy bien, hija. Yo hago un guiso.

Que Milagros escriba en el grupo con mayúsculas al principio y punto al final, cuando los demás escribimos como bárbaros, es una cosa que debería haberme dicho algo mucho antes de la enmienda a boli.

He aprendido tres cosas del tribunal de Fuengirola y las tres las aplico aquí.

Uno: quien convoca, dirige. Susana no ganó por tener razón; ganó porque puso el azucarero en el centro de la mesa.

Dos: hay que llegar con una pregunta cerrada, no con una defensa. Mi error fue ir a explicar once semanas. Se gana preguntando algo que solo se pueda contestar sí o no.

Tres: nunca, jamás, hay que dejar que el asunto se llame «lo de la cerradura». Hay que ponerle nombre uno mismo antes de que se lo pongan los demás.

El sábado a las dos y media estamos los siete en la mesa del segundo A: Milagros, Susana, Óscar, Rubén, los mellizos y yo. Hay guiso. El guiso está espectacular y no pienso decirlo en voz alta hasta el postre, por táctica.

A las cuatro menos veinte, con el café, saco el folio.

—Bueno. Lo que os decía.

—Ay, madre —dice Susana—. Otro papel.

—Otro papel, sí.

—Es que tú con los papeles...

—Susana, yo con los papeles me gano la vida. Tú con los presupuestos de las cocinas y yo con los papeles.

—Ya, mujer, si era broma.

—Ya. —Pongo el folio en el centro de la mesa. En el centro—. Es una sola cosa. Un punto. No es un acuerdo, no son cláusulas, no hay que firmar nada. Es una norma de convivencia para el rellano.

—A ver.

Y leo:

—«Antes de entrar en la vivienda del otro, se llama. Timbre o nudillos. Se espera. Si no abren, se vuelve luego.»

Silencio.

—¿Ya está? —dice Óscar.

—Ya está.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Pues eso es lo normal —dice Óscar.

Y ahí, en cuatro palabras, mi cuñado acaba de hacer más por mí que mi marido en cinco meses.

—Hombre, es que depende —dice Susana.

—¿Depende de qué? —pregunto.

—De la situación. Si hay una urgencia...

—«Si no abren, se vuelve luego.» Las urgencias no están en el papel porque las urgencias no necesitan papel. En una urgencia se entra por la ventana si hace falta.

—Ya, pero es que mamá tiene sesenta y cuatro años y a lo mejor un día...

—Un día tu madre se puede caer —digo—. Y ese día yo quiero tener llave del segundo A. ¿Me la vais a dar?

Pausa.

—Bueno, eso es distinto.

—¿Por qué es distinto?

—Porque ella es la propietaria.

—Susana, estamos hablando de caerse, no de escriturar.

—Es que tú lo pones todo muy tajante.

—Yo lo pongo por escrito, que es distinto de ponerlo tajante.

—Es que a mí eso de los papeles...

—A ti lo de los papeles ¿qué?

—Nada, hija, que parece que estamos en una notaría.

Y en el otro extremo de la mesa, Milagros se atraganta con el café.

Se atraganta de verdad, tose dos veces, se da golpecitos en el pecho y dice «se me ha ido por otro lado», y yo soy la única persona de esta mesa que sabe lo que acaba de pasar y me tengo que meter medio mantecado en la boca.

—¿Estás bien, mamá?

—Estoy bien.

—Bebe agua.

—Que estoy bien, hija.

—Bueno —dice Rubén, que lleva veinte minutos siendo un mueble—. Tampoco hace falta darle tantas vueltas, ¿no?

—Nadie le está dando vueltas —digo.

—Digo que es una tontería.

—Si es una tontería, la aprobamos y ya está.

—Si es que ya está aprobada de por sí, Irene. Si es que eso lo hace todo el mundo.

—Rubén, cariño —digo, muy despacio—: si eso lo hiciera todo el mundo, no estaríamos los siete aquí sentados a las cuatro menos veinte hablando de una puerta.

Uno de los mellizos, que lleva media hora debajo de la mesa con una consola, dice sin levantar la cabeza:

—La yaya entra en nuestra casa sin llamar.

Y se hace un silencio de tres segundos.

—Eso es distinto —dice Susana—, porque esa es la casa de mi madre también.

—Susana, esa casa es tuya y de Óscar y está en Fuengirola.

—Es que ella tiene llave por si pasa algo.

—Como aquí.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo —digo—, con la diferencia de que a ti te separan cuarenta kilómetros y a mí dos metros y medio.

Y aquí es donde ocurre lo que no había ocurrido nunca en esta familia, que es que interviene Óscar y no es para hablar de un taladro.

—Yo creo que Irene tiene razón.

Todo el mundo se gira.

—Óscar.

—Es que sí, Susana. —Se pone el codo en la mesa—. Nosotros nos morimos si tu madre entra en nuestra casa cuando quiera.

—Nosotros vivimos en Fuengirola.

—Por eso te digo. Si viviéramos enfrente, nos moríamos.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo. —Y entonces Óscar, que mide un metro noventa y que no ha levantado la voz en su vida, dice la cosa que le va a costar a Susana tres días de silencio en el coche—: Y a Milagros tampoco le gustaría, ¿eh?

Que yo la conozco. A Milagros no le gustaría que su hija le entrara en casa a las nueve y veinte de la mañana a fregarle la vitro.

Y se hace un silencio distinto a todos los anteriores.

—Eso es verdad —dice Milagros.

Se gira todo el mundo otra vez.

—Mamá.

—Que es verdad, hija. Que a mí que me entren en casa me pone mala. —Se levanta a por la fuente de los mantecados—. Que a mí tu abuela me tuvo cuatro años con la llave puesta por dentro para que no pudiera meter la suya.

—¿Qué?

—Cuatro años. Del setenta y nueve al ochenta y tres. Y no nos hablábamos por eso, y luego se murió y ya está.

Se sienta. Reparte mantecados. Y no dice nada más.

Y yo, con el folio en el centro de la mesa y el café frío, entiendo dos cosas a la vez, y una de ellas es que acabo de ganar.

—Entonces, ¿lo aprobamos? —digo.

—Por mí, sí —dice Óscar.

—Por mí también —dice Rubén, tres segundos después de que sea seguro.

—Bueno, vale —dice Susana—. Si es lo normal.

—Yo lo firmo si quieres —dice Milagros.

—No hay que firmar nada.

—Pues yo lo firmo igual.

Y coge el folio. Y coge un boli del cajón de la cocina, el mismo boli azul, y firma abajo a la derecha, con una rúbrica larga de las de antes, de las que se hacían con la muñeca.

Y me devuelve el papel.

—Ea —dice—. Ya está.

Y me sonríe.

Y esa sonrisa, señoras y señores, no es una sonrisa de derrota.

Yo he visto cuatro derrotas de esta mujer en cinco meses y ninguna se parece a esto.

Esa sonrisa es de una mujer que acaba de firmar un documento delante de testigos y que ya está pensando en cómo va a cumplirlo exactamente al pie de la letra y en cómo eso me va a doler mucho más que incumplirlo.

Bajo a tirar el vidrio a las ocho y media, con el folio firmado todavía en la mano porque no sé dónde ponerlo, y Encarna está en el escalón.

—¿Qué, mi niña? ¿Ya está la paz firmada?

—¿Tú cómo sabes eso?

—Yo estaba regando.

—Encarna, tú vives dos pisos por encima.

—Yo estaba regando mucho .

Me siento. Le enseño el folio. Se pone las gafas, lo lee, asiente despacio.

—Está bien.

—¿Verdad que sí?

—Está bien y no vale para nada.

—Encarna.

—Que sí, mi niña, que está muy bien escrito. —Me lo devuelve—. Pero es que ella no entra porque no lo tenga escrito. Ella entra porque es su casa.

—Ya no.

—Ya no es su casa el jueves. El viernes vuelve a serlo.

Y se queda mirando la calle. Y luego, sin cambiar de tono, dice:

—A mí me ha llegado una carta.

—¿Qué carta?

—De la administración de fincas. Que van a hacer «una revisión de los contratos antiguos del inmueble».

—¿Y eso qué es?

—Eso, mi niña, es que quieren saber cuántos años me quedan.

Y se levanta agarrada al pasamanos.

—Y a mí me quedan los que me dé la gana.

Fe de erratas: donde dije «hemos aprobado una norma», léase «he conseguido que la firme, que es distinto, y ella lo sabe, y por eso ha firmado tan a gusto».