Mi suegra es un dragón 13. La contabilidad
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13. La contabilidad

El lunes no trabajo.

Esto no me había pasado nunca. Yo trabajo siempre: con gripe, con resaca, el día que se murió mi abuelo entregué una corrección de dieciocho páginas porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.

Pero este lunes abro el portátil a las nueve, miro el texto de la clínica dental —«en nuestra clinica apostamos por una odontologia cercana», dos tildes, doce euros— y no puedo.

Así que hago otra cosa.

Abro la aplicación del banco.

Es una cuenta conjunta. La abrimos en 2019 con una idea muy sana de la vida en común y desde entonces funciona así: yo ingreso mis facturas, él ingresaba su nómina, y ahora él ingresa lo que llama «lo del paro», que es una prestación que se acabó en enero y que los dos hemos seguido nombrando así por comodidad y por otra cosa.

Yo no miro esta cuenta. Nunca la miro. La mira él, porque siempre la ha mirado él, porque en algún momento de 2019 decidimos sin decidirlo que la contabilidad era suya y las palabras eran mías, y eso a mí me pareció durante seis años un reparto elegante.

Hoy la miro.

Y lo primero que veo es que no cuadra.

No cuadra desde hace tiempo. No cuadra desde febrero. Porque en febrero se acabó el finiquito, y en marzo se acabó lo que quedaba del finiquito, y en abril esta cuenta debería estar en números que yo conozco muy bien de mis primeros años de autónoma, esos números que se miran de reojo.

Y no está.

Está en mil cuatrocientos euros. Tranquilamente. Como si tal cosa.

Lo primero que pienso es que me he equivocado de cuenta. Salgo. Vuelvo a entrar. Es la nuestra.

Lo segundo que pienso —y esto sí que es humillante— es que a lo mejor he facturado más de lo que creía.

Abro la carpeta de facturas del año. Sumo.

Cuatro mil ochocientos treinta euros en cinco meses, que es exactamente lo que yo sabía que llevaba, porque yo mis números me los sé, porque los números que dependen de mí me los sé todos.

Lo tercero que pienso ya no es un pensamiento.

Bajo. Y ahí están.

BIZUM RECIBIDO — CARMONA GARCIA, MILAGROS — 300,00 € — «lotería»

Nueve de febrero.

BIZUM RECIBIDO — CARMONA GARCIA, MILAGROS — 300,00 € — «te lo debía»

Once de marzo.

BIZUM RECIBIDO — CARMONA GARCIA, MILAGROS — 400,00 € — «para el coche»

Dos de abril.

BIZUM RECIBIDO — CARMONA GARCIA, MILAGROS — 300,00 € — «lotería»

Nueve de mayo.

Mil trescientos euros. En cuatro meses. Con cuatro conceptos.

Me quedo mirando la pantalla del móvil sentada en el suelo del pasillo, que es donde me siento yo cuando pasan las cosas importantes en esta casa, y hago lo que sé hacer, que es leer.

Porque los conceptos son un texto. Y los textos tienen autor.

«Lotería.» Dos veces, febrero y mayo, los días nueve. Ese es un concepto de mujer que compra un décimo en el mercado con las de siempre y reparte los pellizcos. Es verosímil. Es incluso probable. Y está elegido precisamente por eso: porque no admite pregunta.

«Te lo debía.» Ese es mejor. Ese es de nivel superior. Porque si tú recibes un «te lo debía» y no le debes nada a nadie, la deuda que aparece no es de dinero: es que se supone que tú sabes de qué va. Y no vas a preguntar «¿el qué?», porque preguntar «¿el qué?» es admitir que no te acuerdas.

«Para el coche.» Cuatrocientos euros. Abril. En abril pasamos la ITV.

Yo pagué la ITV. Con mi tarjeta. Cuarenta y siete euros con veinte, en la estación de la carretera de Cártama, un jueves.

Me levanto. Voy a la cocina. Vuelvo. Me siento otra vez en el mismo sitio.

Y ahora sí, ahora que ya sé lo que estoy buscando, hago la lista. En el móvil, en las notas, con dos dedos, como una idiota. La lista de los «ya si eso».

Ya si eso esta tarde se lo comento. (Enero. Lo de que no entre. No se lo comentó.)

Ya si eso esta tarde se lo bajo. (Marzo. El Acuerdo. Se lo bajé yo.)

Ya si eso mañana lo hablamos. (Mayo. Por teléfono, con ella, sobre mí.)

Ya si eso llamo yo al del baño. (Abril. No llamó.)

Ya si eso miro lo de las ofertas esta semana. (Todas las semanas desde julio del año pasado.)

Y las miro puestas en fila —en fila, como me dijo ella— y entiendo que llevo un año entero creyendo que mi marido es un hombre que aplaza las cosas.

Y no es eso.

«Ya si eso» no aplaza nada. «Ya si eso» cierra .

Es un archivador. Es una frase que coge un asunto, lo mete en una carpeta, la carpeta se sube a un altillo y el altillo no existe.

Y funciona porque tiene forma de compromiso: lleva un adverbio de tiempo dentro.

Yo he estado once semanas esperando en la puerta de un «esta tarde» que no era una hora, era un cerrojo.

Y con lo mismo con lo que cierra las conversaciones conmigo, cierra las otras.

Ya si eso se lo digo a Irene. Ya si eso se lo cuento.

Y luego coge el teléfono y le cuenta a su madre lo que hemos hablado en la cocina, no por traición, sino porque hablar con su madre es lo único que en esta vida no le cuesta nada.

Y su madre paga.

Y paga con conceptos escritos por una profesional.

A la una y media entra por la puerta con la bolsa del Mercadona.

—Hay pollo a buen precio.

—Vale.

—Le he cogido dos bandejas. Una la congelamos.

—Vale.

—¿Estás bien?

—Estoy trabajando.

Miento con el portátil abierto en una página de la clínica dental que llevo cuatro horas sin tocar.

Comemos. Y esta es la parte de este lunes que peor llevo, y por eso la cuento entera.

—El del quinto ha puesto una maceta en el descansillo —digo.

—La he visto. Es una monstera.

—¿Eso es una monstera?

—Eso es una monstera y vale sesenta euros. —Se sirve—. Mi primo Fali se compró una hace dos años.

—Tu primo Fali no existe.

—Mi primo Fali se compró una monstera y se le murió en cinco semanas, que es exactamente lo que le pasaría a alguien que no existe.

Y me río. Me río de verdad, con la boca llena, y me odio por dentro mientras lo hago, y las dos cosas caben perfectamente en el mismo segundo.

—Oye —dice él, a mitad de plato.

—Dime.

—¿Tú cómo vamos de dinero?

Y el tenedor se me queda parado.

—¿Cómo que cómo vamos?

—Digo que si vamos bien.

—Vamos como siempre.

—Ya.

Y ahí, si yo levanto la vista, si yo digo «no, no vamos como siempre, vamos con mil trescientos euros de tu madre y una ITV que pagué yo», este hombre lo suelta todo.

Lo tengo delante. Lo veo mirándose las manos con la mandíbula apretada, buscando por dónde entrar, y sé perfectamente que le faltan cuatro segundos.

Yo tengo cuatro segundos y me los gasto.

—Está bueno el pollo —digo.

—¿Verdad que sí? Estaba a cuatro euros la bandeja.

Y se acabó.

Fregamos los dos, él lava y yo seco, como siempre, con la radio puesta. Me cuenta que en el Mercadona ha coincidido con la del cuarto y que le ha preguntado por la derrama. Yo le paso los platos. Él los coloca en el escurridor.

En el escurridor de la izquierda.

Y no le digo nada.

Y esto es lo importante de este lunes, y es lo que me va a costar caro en julio: que yo, a las dos y veinte de la tarde, con toda la información delante y con mi marido a punto de contármelo él solo, decido no decir nada.

No lo decido por miedo. Que conste. Lo decido por otra cosa, y la voy a escribir aquí aunque no me deje bien: lo decido porque durante once semanas he sido la única persona de esta familia sin nada guardado. La única. Todos los demás tenían un cajón y yo tenía la boca abierta.

Y a las dos y veinte de un lunes de mayo, secando un plato, acabo de conseguir uno.

Esa tarde bajo a por el pan y me cruzo con Milagros en la escalera, que sube con la compra.

—¿Bajas?

—Bajo.

—Súbeme una barra, anda, que se me ha olvidado.

—Claro.

—Y coge tú también, que os hace falta.

Y sigue subiendo, y yo bajo, y en el segundo tramo de escalera me paro y me agarro a la barandilla, porque acabo de darme cuenta de que esa mujer sabe perfectamente qué días hay pan en mi casa.

Esa noche, en la cama, Rubén dice:

—Mi madre pregunta si el sábado bajamos a comer.

—Dile que sí.

—¿En serio?

—En serio.

—Qué bien. —Se gira—. ¿Estás mejor?

—Estoy perfectamente.

Y me duermo enseguida, cosa que no me pasaba desde abril, y eso también lo apunto, porque dormir bien la noche en que te vuelves como ellos debería estar prohibido.

Fe de erratas: donde dije «yo aquí no tengo secretos», léase «yo aquí no tenía secretos».