10. La cerradura (I)
La idea me la da el propio Curro, el fontanero del cuarto del número seis, mientras me arregla la humedad con forma de Portugal en cincuenta minutos y ciento diez euros, exactamente como había dicho Milagros.
—Esto ya está —dice, recogiendo—. Y la puerta, ¿qué?
—¿Qué le pasa a la puerta?
—Que se ha abierto sola tres veces esta mañana. Que la cerradura está vencida. —Le da un golpecito con el nudillo—. Estas de bombillo antiguo se sacan con un destornillador. Yo que tú la cambiaba.
—¿Y eso es caro?
—Ochenta euros y veinte minutos. Te lo hace cualquier cerrajero.
Se va. Y yo me quedo en el recibidor mirando una puerta.
Quiero dejar constancia de una cosa antes de seguir, porque después de lo que pasa en este capítulo y en el siguiente todo el mundo va a tener una opinión, y las opiniones se forman siempre con el final delante.
La constancia es esta: yo lo pensé cuatro días.
No fue un arrebato. Fue una decisión meditada, tomada por una mujer adulta, en su sano juicio, que llevaba once semanas viviendo en una casa donde otra persona entraba cuando quería.
Lo pensé el jueves, el viernes, el sábado y el domingo.
Y el lunes llamé al cerrajero.
—Sería para un cambio de bombillo. Segundo B.
—¿Es usted la propietaria?
Y ahí, en la primera pregunta, en los primeros veinte segundos, aparece la grieta por la que se va a colar todo lo demás.
—Soy la inquilina.
—Ah, vale. Con que tenga usted contrato...
—Tenemos un acuerdo verbal. Es de mi suegra.
Silencio de cerrajero.
—Ya. Bueno. —Ruido de papeles—. Yo lo que le digo es que, si hay algún problema con la propiedad, eso ya es cosa de ustedes.
—No va a haber ningún problema.
—Vale. Pues el martes a las diez.
El martes a las diez es una hora que yo he elegido con la precisión de un ingeniero.
Los martes, a las diez menos veinte, Milagros baja a la piscina municipal.
Aquagym. Vuelve a la una y cuarto, sin excepción, desde hace cuatro años, con la bolsa de rafia y el pelo con ese olor a cloro que le dura hasta el jueves.
Los martes son la única ventana de este edificio.
Rubén sale a las nueve y media.
—¿Tú hoy no tienes call? —le digo.
—A las once.
—¿Y no te da tiempo de ir al Mercadona antes?
Me mira. Cinco segundos. Yo sostengo la mirada con una taza en la mano y la cara más neutra de mi repertorio profesional.
—¿Qué vas a hacer?
—Trabajar.
—Irene.
—Tengo que entregar la web del tanatorio el jueves.
—Vale —dice.
Y se va. Y esto es importante y lo voy a decir sin adornos: mi marido sabe perfectamente que algo pasa, y elige irse al Mercadona a las nueve y media de la mañana.
Esa es su participación en los hechos. Después dirá que no sabía nada, y será verdad en el sentido en que son verdad las cosas que uno se organiza para no saber.
El cerrajero se llama Nico, tiene veintiséis años y tarda dieciocho minutos.
—Esto es de los setenta —dice, con el bombillo viejo en la mano, mirándolo como se mira un fósil—. Con esto entra cualquiera.
—Ya.
—No, en serio. Con esto entra cualquiera con un destornillador y ganas. —Lo deja en el suelo—. ¿Usted ha tenido algún problema?
—¿Problema de qué tipo?
—De robo. De okupas. De un ex.
—No.
—Vale. —Empieza a montar—. Es que lo digo porque a veces la gente me llama con prisa y luego resulta que hay una historia.
—No hay ninguna historia.
—Mejor.
Trabaja tres minutos en silencio. Y luego, sin levantar la vista, con el destornillador en la mano:
—Yo tuve uno el mes pasado en Huelin que era una señora de ochenta y dos años y el hijo. Y el hijo me estaba diciendo que sí y la señora me estaba diciendo desde el sofá que no.
—¿Y qué hizo?
—Me fui.
—¿Se fue?
—Me fui, sí. Yo, si hay dos personas y una dice que no, me voy. —Prueba la llave. Entra suave—. Que luego se lía y el que ha puesto la cerradura soy yo.
—Aquí no hay nadie diciendo que no.
—Ya. —Prueba otra vez—. Aquí no hay nadie.
Y esa frase, dicha sin ninguna intención, por un chico de veintiséis años que solo estaba comprobando que el bombillo girase, se me queda dando vueltas todo el día como una mosca en una habitación cerrada.
—¿Cuántas copias quiere?
Y esa pregunta se me queda flotando en el recibidor de una manera curiosa.
—Dos.
—¿Dos nada más?
—Dos.
—Es que lo normal son tres. Una para cada uno y una de repuesto.
—Dos está bien.
—Como quiera.
Me da dos llaves plateadas, nuevas, con el filo todavía áspero.
Me cobra ochenta y cinco euros. Me da un albarán.
Barre él mismo la limadura del suelo con un cepillo pequeño que lleva en la caja, y ese detalle —el cepillo pequeño— me parece en ese momento la señal inequívoca de que estoy haciendo las cosas bien, con profesionales, dentro de la legalidad.
Se va a las diez y veinte.
Y yo me quedo sola en mi casa, con una llave nueva en cada mano, y siento algo que no había sentido desde el catorce de enero: siento que estoy dentro.
Es una sensación física. Se me nota en los hombros. Voy al salón y me siento en el sofá, en medio, con las piernas cruzadas, y miro la puerta durante un minuto entero como se mira el mar.
Después trabajo cinco horas seguidas. Cinco. Entrego la web del tanatorio dos días antes de plazo, con la home entera reescrita, y les cambio el lema «servicios funerarios integrales» por «acompañamos», que era lo que quería decir la empresa desde el principio y no sabía cómo.
A la una y veinte suenan los cascabeles en la escalera. Subiendo. Bolsa de rafia, pelo mojado.
Se paran en el rellano.
Y no pasa nada.
Nada durante cuatro o cinco segundos. Ni un ruido de llave. Ni un intento. Nada.
Y luego los cascabeles se van hacia la derecha, entra en su casa y cierra su puerta.
Me quedo mirando mi puerta con el corazón dándome en el cuello. ¿Lo ha intentado? ¿No lo ha intentado? Yo no he oído la llave, pero es que la llave de una cerradura nueva no hace el mismo ruido al no entrar que al entrar, y yo no tengo ni idea de qué ruido hace no entrar.
Le escribo a Rubén: hecho.
Contesta a los siete minutos: hecho el qué
Y luego, a los dos minutos: irene
Y luego, a los cuatro: voy para allá
Sube a la una menos cuarto con la bolsa del Mercadona y se queda parado en el felpudo con la llave vieja en la mano.
—No entra.
—No.
—Irene, no entra la llave.
—Ya. Toma.
Le doy la nueva. La mira como se mira una radiografía.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Y por qué no me has dicho nada?
—Porque me habrías dicho que ya si eso.
Entra. Deja la bolsa en la encimera. Se apoya con las dos manos, de espaldas, y se queda así un rato largo.
—¿Tú sabes lo que has hecho?
—He cambiado una cerradura.
—Has cambiado la cerradura de la casa de mi madre.
—He cambiado la cerradura de la casa en la que vivo.
—Que es de mi madre.
—Que es de tu madre, sí. Y que ella entra a las nueve y veinte de la mañana.
—Podías habérmelo dicho.
—Te lo he dicho catorce veces desde enero. Con esas mismas palabras. «Habla con tu madre.» Catorce.
—Yo iba a hablar con ella.
—¿Cuándo?
—Estas cosas hay que hacerlas en el momento adecuado.
—Rubén, llevamos once semanas. Si el momento adecuado no ha llegado en once semanas es que no existe.
Se gira. Y aquí, para que conste, mi marido dice una cosa que es verdad y que le costará un año entero volver a decir:
—Es que a mí me da miedo mi madre.
Silencio.
—Ya lo sé.
—No es que no quiera. Es que se me pone una cosa aquí y no me sale.
—Ya lo sé, cariño.
—¿Y entonces?
—Entonces he llamado a un cerrajero.
Y él se ríe. Se ríe de golpe, sin querer, con la nariz, y en cuanto se oye reírse pone otra vez la cara seria porque le parece que no toca.
—Menuda eres.
—Menuda soy.
—Esto se va a saber.
—Esto ya se sabe. Encarna vio la furgoneta.
—Ay, Dios.
Las siguientes veinticuatro horas son las mejores que he pasado en la calle Amargura número 4, y las voy a defender siempre.
Cenamos con la puerta cerrada. Vemos una película entera, los dos, sin que nadie entre a dejar un táper a las diez y veinte. A las once y media Rubén se levanta a por agua y en el pasillo dice, en voz alta, sin motivo:
—Qué gusto.
Y a mí se me llenan los ojos de una manera absurda, y me alegro de estar en el sofá y a oscuras.
—Ella va a decir algo —dice él, al meterse en la cama.
—Que lo diga.
—Va a decir algo, Irene.
—Rubén, es una cerradura. Es un trozo de metal de ocho centímetros. Las cerraduras se cambian todos los días en todas las casas del mundo.
—En esta no.
Y se duerme, como se duerme él, en cuarenta segundos, boca abajo, con un brazo colgando, con la conciencia de un hombre que ha ido al Mercadona a las nueve y media de la mañana.
El miércoles no pasa nada.
El miércoles Milagros baja al mercado a las nueve, sube a las once, y a las once y cinco llama a mi puerta.
Con los nudillos.
Abro. Está ahí con una bolsa.
—Te he cogido pimientos, que estaban a euro veinte.
—Gracias.
—De nada, mi niña.
Y se va.
Cierro la puerta y me quedo apoyada en ella con la bolsa de pimientos en la mano, y lo que siento —y esto no se lo he contado a nadie hasta ahora— no es alivio.
Es decepción.
Una decepción pequeñita, en el fondo del estómago, del tamaño de una lenteja.
Porque una parte de mí, la parte fea, la que llevaba once semanas perdiendo, quería la escena.
Quería la cara. Quería el momento en que la llave no entrase y ella entendiese, con el llavero en la mano, que se había acabado.
Y en lugar de eso me han traído pimientos a euro veinte.
Esa tarde bajo a tirar el vidrio y me encuentro a Encarna en el escalón de mármol, con la bolsa a los pies y las manos en las rodillas.
—Ay, mi niña. ¿Qué, ya está la humedad?
—Ya está.
—Menos mal. —Se echa a un lado. Me siento—. Oye, ¿y quién era el chico de la furgoneta amarilla del martes?
Y yo, que llevo dos meses aprendiendo a jugar en esta liga, contesto con toda la naturalidad del mundo:
—El de la caldera.
—Ah. —Encarna asiente despacio, mirando la calle—. Pues Milagros me preguntó ayer si yo había visto una furgoneta amarilla.
—Ah, ¿sí?
—Ayer por la tarde. En el descansillo. Que si yo había visto una furgoneta amarilla en la puerta el martes por la mañana.
—¿Y qué le dijiste?
—Que yo los martes por la mañana estoy en misa.
Y se queda mirando la calle. Y yo me quedo mirando la calle. Y las dos sabemos perfectamente que Encarna Ruiz no ha pisado una misa desde el entierro de su marido en el 97.
—Encarna.
—Dime, mi niña.
—Gracias.
—Yo no he dicho nada. —Coge su bolsa. Se levanta como se levanta ella, en dos tiempos—. Y tú tampoco.
Sube. Y a mitad de escalera, sin girarse, con esa voz que en este patio llega a todas partes:
—Pero yo que tú tenía una copia guardada en algún sitio, ¿eh? Que en esta finca se cortan mucho las luces.
Fe de erratas: donde dije «no ha pasado nada», léase «ha pasado todo, y todavía no se ha caído nada».