9. Sandra, de Urbania Living
El buzón de voz entra un lunes a las once y cuarto de la mañana, en el móvil de Milagros, y yo lo escucho el martes porque ella baja a mi casa con el teléfono en la mano y el brazo estirado, como quien trae un animal muerto.
—¿Tú entiendes esto?
—¿El qué?
—Esto. Que me lo ponen y no lo entiendo.
Le doy al play. Es una mujer joven. Habla como habla la gente que ha hecho un curso.
DOCUMENTO 4 — transcripción del buzón de voz
«Hola, buenos días, ¿hablo con Milagros Carmona?
Le llamo de Urbania Living, mi nombre es Sandra, encantada.
[Encantada de nada; le ha salido el contestador.
] Le contacto porque estamos identificando oportunidades en la zona de la Victoria y su edificio nos encaja mucho en perfil.
No sé si sabe que en este momento hay una ventana de mercado muy interesante para propietarios como usted, sobre todo si el inmueble tiene cierta antigüedad y prevé usted derramas importantes a medio plazo.
Nosotros trabajamos de forma muy transparente, sin ningún compromiso, y le podemos hacer una valoración gratuita, sin coste, solo para que usted tenga la información.
Que la información nunca está de más, ¿verdad?
Cuando pueda me devuelve la llamada y lo vemos con calma.
Un saludo muy cordial y que tenga un feliz día. »
—¿Y bien? —dice Milagros.
—Quiere comprarte el piso.
—Eso ya lo sé, mi niña. Yo tengo sesenta y cuatro años, no ochenta y cuatro.
—¿Entonces?
—Digo que qué es lo que ha dicho. Porque ha estado hablando cuarenta segundos y no ha dicho nada, y eso no lo hace una persona sin querer.
Y tiene razón. Vuelvo a poner el audio, con el papel y el boli, y lo transcribo, y cuando lo tengo delante en tinta se ve perfectamente lo que es: un texto donde no hay una sola cifra, no hay una sola obligación, no hay una sola palabra que comprometa a nadie, y sin embargo hay tres cosas metidas con calzador.
—Mira. —Le señalo con la punta del boli—. Aquí dice «propietarios como usted».
—¿Y?
—No dice viejos. Dice «propietarios como usted». Y aquí dice «si prevé usted derramas importantes».
—La columna.
—La columna. Lo sabe. O lo supone, que para el caso es lo mismo. Y aquí, al final, dice «que la información nunca está de más». Eso es para que te sientas mal si no llamas.
Milagros me quita el papel de las manos. Se pone las gafas. Lee mi transcripción entera, con el dedo, dos veces.
—Qué bien escribes —dice.
—Yo no lo he escrito. Lo he copiado.
—Ya. Pero lo has puesto en fila.
Y esa frase — lo has puesto en fila — me la voy a quedar. Es la primera cosa amable que me dice sobre mi trabajo, y es exactamente lo que hago para ganarme la vida, y ni el dentista ni el tanatorio lo han descrito nunca tan bien en once años.
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada.
—¿No vas a devolverle la llamada?
—¿Para qué?
—Para saber cuánto ofrecen.
Milagros se quita las gafas y me mira con la cara relajada, ese segundo de más.
—Mi niña, en el momento en que yo sé cuánto ofrecen, ya estoy vendiendo. —Se levanta—. Lo demás es regatear.
Y se va con su teléfono. Y a mí me deja ahí sentada, con la sensación —que ya no es la primera vez— de haber recibido una lección de un sitio del que yo creía que no venían lecciones.
Susana llama esa misma tarde. A mí. Que Susana me llame a mí es un acontecimiento astronómico.
—¿Le ha llamado la de la inmobiliaria?
—Le ha dejado un buzón.
—¿Y?
—Y no piensa devolverlo.
—Ay, esta mujer.
—Susana, es su piso.
—Son sus pisos, Irene. Dos y un bajo. —Ruido de cocina, un cajón—. Y ella ahí, con la columna picada y una derrama de trece mil euros encima de la mesa, y con una pensión de novecientos veinte.
—Novecientos veinte —repito.
Y me lo apunto sin querer, como se apuntan las cifras cuando llevas dos meses viviendo gratis en casa de alguien.
—Yo no digo que venda mañana. Yo digo que escuche. Escuchar es gratis.
—Ella dice que escuchar ya es vender.
—¿Eso ha dicho?
—Eso ha dicho.
—Es que no tiene ni idea, Irene. Es que mi madre de dinero no tiene ni idea.
—Yo no diría eso.
—¿Cómo que no?
—Le desmontó un presupuesto de un baño en once minutos. Partida por partida.
Silencio de dos segundos al otro lado, y en esos dos segundos oigo la cocina de Fuengirola: un extractor, un dibujo animado lejos, un mellizo pidiendo algo.
—Bueno, eso es otra cosa.
—¿Por qué es otra cosa?
—Porque eso son cuatro mil euros y esto son cuatrocientos mil.
Y ahí, dicho así, con esa naturalidad, con el extractor de fondo, es la primera vez que alguien pronuncia delante de mí una cifra por este edificio.
—¿Cuatrocientos mil?
—Por lo bajo. Con los tres. —Un cajón que se cierra—. Y con el bajo a pie de calle, que eso ahora es oro.
—El bajo está lleno de cajas.
—El bajo lleva quince años lleno de cajas, Irene.
Quince. —Y aquí sube medio tono, y ese medio tono es todo lo que va a pasar en esta novela dentro de siete meses—.
¿Tú sabes lo que renta un local en la Victoria?
¿Con el turismo que hay? Ahí se pone un sitio de café de especialidad y te lo quitan de las manos.
—¿Y ella qué dice del bajo?
—Ella no dice nada del bajo.
—¿Nunca?
—Nunca. —Pausa—. Yo llevo desde 2015 diciéndole que lo alquile. Desde 2015. Y ella pone la cara esa y me dice que ya se verá.
—Igual le tiene cariño.
—Igual. —Y entonces baja el tono, y dice la frase que llevaba en la boca desde el principio de la llamada—: Y luego pasará lo que pasa siempre, que cuando haya que pagar la derrama la que aparecerá con el talonario seré yo.
Y ahí, por primera vez, oigo debajo de Susana algo que no es Susana. Dura dos segundos. Se le pasa enseguida.
—Que yo lo digo por ella, ¿eh?
—Ya.
—Que a mí lo que me preocupa es que esté bien.
—Ya.
—Que yo la quiero mucho.
—Susana, si no hace falta que me lo expliques.
—Es que a veces parece que...
—No lo parece.
Un mellizo grita algo. Ella grita algo de vuelta, tapando el micrófono con una mano que no tapa nada.
—Bueno, mi vida, que te dejo. Un besito. Dile al niño que me llame.
El niño no la llama. El niño hace otra cosa.
Pero antes de eso, esa misma tarde, bajo a tirar el cartón y me encuentro a Encarna en el escalón de mármol.
—Ay, mi niña. ¿Tú sabes lo del catorce?
—¿Qué catorce?
—El portal de ahí abajo, el de la esquina. El del bar.
—No.
—Que lo han vendido.
Me siento.
—¿Entero?
—Entero. Los siete pisos. —Se acomoda, porque esto es una conferencia y ella lo sabe—.
Empezaron por la del segundo, que estaba sola y con el hijo en Bélgica.
Le pusieron un dinero encima de la mesa y la mujer dijo que sí, y en cuanto una dice que sí, ya está.
Porque la siguiente ya no negocia con la inmobiliaria: negocia con las vecinas.
—¿Y qué pasó?
—Que en año y medio se fueron seis. Y quedó Maruja, la del ático, que dijo que de allí no salía.
—¿Y salió?
—Salió. —Encarna mira la calle—. Le hicieron obra debajo, encima y al lado. Ocho meses. Con la radial a las ocho de la mañana. Y un día se cayó en el descansillo por el polvo y la hija se la llevó a Alhaurín.
Silencio.
—Ahora aquello es todo apartamentos. Con las cajitas grises esas de los números. —Se toca la rodilla—. Y yo tengo renta antigua, mi niña. Yo pago doscientos once euros.
—¿Doscientos once?
—Doscientos once desde el 78, con las actualizaciones. —Y me mira por primera vez en toda la conversación—. ¿Tú sabes lo que me pasa a mí si esta finca se vende?
—Encarna...
—Que a mí no me tienen que echar. A mí me esperan.
Y se levanta empujándose del escalón con las dos manos.
—Por eso yo lo que le digo a Milagros es que no coja el teléfono.
—¿Y ella qué dice?
—Ella no coge el teléfono.
Sube. Y yo me quedo en el portal con una caja de cartón doblada, entendiendo por primera vez que en este edificio hay dos mujeres mayores que llevan cuarenta años sacándose los ojos y que en esto —solo en esto— están exactamente en el mismo bando.
Yo estoy en el pasillo, a las ocho y media de la tarde, doblando la ropa encima de la cama con la puerta del dormitorio entornada. Rubén está en el salón. Y oigo esto:
—...que no, mamá, que ella no ha dicho eso. —Pausa—. Que no. Que lo ha dicho Susana. —Pausa—. Que sí, que lo del talonario lo ha dicho Susana. —Pausa larga—. Yo qué sé, mamá. Yo creo que Irene no se mete en eso.
Y me quedo con un pantalón en las manos.
Porque la conversación que yo he tenido esta tarde con Susana la he tenido en mi cocina, sola, con la puerta cerrada, y se la he contado a una única persona en este mundo, hace hora y media, mientras cenábamos.
—Que sí. —Rubén otra vez—. Que sí, mamá, que ya si eso mañana lo hablamos. Un beso. Que no. Que sí. Un beso.
Cuelga.
Y yo salgo del dormitorio con la ropa doblada y digo, con una voz absolutamente normal:
—¿Quién era?
—Mi madre.
—¿Qué quería?
—Nada. Cosas de la finca.
Y sigue viendo la tele. Y yo pongo la ropa en el armario, cajón por cajón, muy despacio, calcetines a la derecha, camisetas a la izquierda, donde siempre, donde las pongo yo.
Fe de erratas: donde dije «se lo cuento todo a mi marido», léase «se lo cuento todo a mi marido».