Mi suegra es un dragón 8. Fuengirola
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8. Fuengirola

Las comidas familiares en casa de Susana empiezan a las dos y media y hay que estar a las dos.

Esto no está escrito en ningún sitio. Es una de esas normas que se transmiten por vía oral y por vía de castigo: la primera vez llegas a las dos y media, que es la hora que te han dicho, y te encuentras a todo el mundo ya sentado y a una cuñada diciendo «bueno, ya están aquí» con un alivio que no era alivio.

Así que llegamos a las dos menos cinco, con el gazpacho.

El gazpacho es mío. Es una decisión táctica que he tomado el jueves y que Rubén ha intentado desactivar tres veces.

—Lleva ella el gazpacho.

—Ya lo sé.

—Es que mi hermana lo hace siempre.

—Ya lo sé, Rubén, por eso lo llevo.

—Es que va a haber dos gazpachos.

—Va a haber dos gazpachos, sí.

—¿Y eso no es raro?

—Eso es lo normal en cualquier casa del mundo menos en la tuya.

Y hay un motivo más, que no le digo, y es que llevo cinco semanas oyendo hablar de la Patri.

La Patri es la ex de Rubén. Estuvieron cuatro años.

La Patri no aparece en las conversaciones como un tema: aparece como una unidad de medida.

La Patri sabía dónde estaba el cortacircuitos.

La Patri conducía muy bien marcha atrás.

Y, sobre todo, en una comida de marzo, dicho por Susana sin ninguna maldad y por eso mismo peor:

—La Patri sí sabía hacer el gazpacho sin que supiera a cebolla.

Yo llevo cinco semanas con esa frase clavada en un sitio del cuerpo que no tiene nombre anatómico.

La casa de Susana es un adosado en la parte alta de Fuengirola con un porche cerrado con toldo, dos mellizos de nueve años, un perro llamado Tyson que tiene el tamaño de un mando a distancia y una mesa que se estira hasta doce.

—¡Ya están aquí!

Nos abraza en la puerta. Susana abraza mucho y abraza bien, con las dos manos en la espalda, y esa es una de las cosas que hacen que sea imposible tenerle rencor más de cuarenta minutos seguidos.

—¿Y eso? —dice, mirando mi fiambrera.

—Gazpacho.

—¡Ay! Si he hecho yo.

—Ya. Por si acaso.

Y en cuanto lo digo, y en cuanto la veo abrir un poco la boca, me doy cuenta de que acabo de usar su idioma. Me lo he aprendido en dos meses. Se me ha pegado como un acento.

Comemos catorce personas contando a los mellizos, a un primo de Óscar que ha venido a arreglar el aire acondicionado y se ha quedado, y a Milagros, que está sentada en el centro del lado largo de la mesa, que es donde se sienta ella siempre y donde acaba estando el centro de gravedad de cualquier reunión a la que asista.

Se sirven los dos gazpachos en dos jarras. La de Susana, con hielo. La mía, sin, porque el hielo lo aguada y eso lo sabe todo el mundo en Jaén y aparentemente nadie más.

—Están los dos buenísimos —dice Óscar, que es un hombre de paz.

—El de Irene está más espeso.

—El de Irene tiene más pan.

—El mío tiene el pan justo.

—Yo el pan se lo quito.

—¿Cómo le vas a quitar el pan al gazpacho, Encarna?

—Encarna no está, mamá.

—Ah. Es verdad.

—Se te va la cabeza —dice Susana.

—A mí no se me va nada. Es que a Encarna la tengo metida en la cabeza de tanto oírla por el patio.

—Eso es verdad —dice Rubén—. Yo también la oigo y vivo enfrente.

—Tú vives enfrente de mí, no de Encarna.

—Yo vivo enfrente de todo, mamá.

Y todo el mundo se ríe menos Milagros, que sirve más gazpacho y dice, sin levantar la vista de la jarra:

—Pues antes vivías dentro.

Y aquí es donde interviene Óscar, y donde Óscar, sin proponérselo, sin ninguna intención, con la inocencia catastrófica de los hombres tranquilos, cambia el rumbo de toda la tarde:

—Oye, ¿y por qué no lo probamos a ciegas?

—¿Qué dices?

—A ciegas. Como en la tele. —Ya se está levantando—. Cogemos dos vasos iguales, se los damos a mamá y que diga cuál es cuál.

—Óscar.

—Es un momento.

—Óscar, cariño.

—Si es una tontería. Es por reírnos un rato.

—¿Y si se equivoca? —dice Rubén.

—Pues si se equivoca, se equivoca.

—Mi madre no se equivoca.

—Pues entonces no hay riesgo, ¿no?

Y aquí hay que decir una cosa: a mí me da tiempo a pararlo.

Me da tiempo perfectamente. Podría decir «qué tontería», encogerme de hombros, coger otro trozo de pan. Esta escena no existiría.

No lo hago.

No lo hago porque llevo dos meses perdiendo.

Porque el escurridor está a la izquierda.

Porque la sartén era de su madre. Porque el presupuesto lo desmontó ella y a mí no me ha salido bien nada desde enero.

Y porque en algún sitio de mi cabeza, en un sitio pequeño y feo, hay una mujer llamada Patri que sabe hacer el gazpacho sin que sepa a cebolla.

Así que digo:

—Por mí, bien.

Óscar trae dos vasos iguales. Los llena de espaldas, en la cocina, con una seriedad de notario que a los mellizos les parece lo más divertido que ha pasado en esa casa en meses. Los trae. Los deja delante de su suegra.

Y la mesa se calla.

Se callan catorce personas. Se calla hasta el primo del aire acondicionado. Los niños se ponen de rodillas en las sillas.

Milagros se limpia las manos en la servilleta. Se pone las gafas. Coge el primer vaso.

Y bebe como bebe la gente que sabe beber: un sorbo corto, y luego espera. No dice nada durante cuatro segundos. Coge el segundo. Sorbo corto. Espera.

Vuelve al primero.

—Este es el tuyo —le dice a su hija.

—¿Segura?

—Segura.

Óscar levanta el vaso, mira debajo —ha puesto una marca con el dedo en la condensación, este hombre es un profesional— y asiente.

—Es el suyo.

—Ea.

—Vale, pero eso no vale —dice Susana, riéndose—. Eso es que conoce el mío.

—Claro que conozco el tuyo. Si te enseñé yo.

—Entonces la prueba está mal hecha —dice Rubén, buscando la salida como busca él todas las salidas.

—La prueba está perfectamente hecha —dice su madre.

Y coge el otro vaso. El mío. Y bebe otra vez, otro sorbo, con las gafas puestas y toda la mesa mirándola.

Y aquí, señoras y señores, es donde ocurre.

—Este está mejor.

Silencio.

Silencio de verdad. De los que se ponen en los partes de guerra.

—Mamá.

—¿Qué?

—Que estás diciendo que el de Irene está mejor que el mío.

—Estoy diciendo que este está mejor. —Deja el vaso—. Tiene menos vinagre y tiene el pan bien remojado, y no sabe a cebolla, que es lo difícil.

—¿Y cómo se hace eso? —pregunta Óscar, que quiere saberlo de verdad.

—Eso lo tendrá que decir ella.

Y catorce personas se giran hacia mí.

Y yo, que llevo dos meses preparando este momento sin saber que lo preparaba, oigo mi propia voz decir, en un tono absolutamente plano:

—Se pone la cebolla en agua con hielo veinte minutos y luego se escurre. Pierde el picor y no repite.

—Ea —dice Milagros—. Eso yo no lo he hecho en mi vida.

Y entonces hace la cosa que no me esperaba, la cosa que me deja sin defensa ninguna, la cosa que llevo desde marzo dándole vueltas.

Levanta su vaso —el mío— y mira a la mesa.

—Va por la niña, que ha ganado.

Y la mesa aplaude.

Aplaude. Con los mellizos dando golpes en el hule y el primo del aire acondicionado gritando «¡ole!

» y Susana riéndose y diciendo «madre mía, mamá, tú es que no tienes vergüenza», y Rubén mirándome con una sonrisa que no había visto desde diciembre, y yo con las orejas ardiendo y una servilleta hecha una pelota debajo del muslo.

He ganado. Es la primera vez.

Y ha organizado el aplauso ella.

Ahí es cuando empiezo a entender —y todavía no lo digo con palabras, todavía me faltan meses— que perder un asalto y perder no son lo mismo, y que hay gente que gestiona sus derrotas con más autoridad de la que yo voy a tener nunca gestionando mis victorias.

La sobremesa se alarga hasta las siete.

Y sobre las seis, con el café y una caja de mantecados de un cumpleaños que fue en enero, Susana dice, en el tono con el que se habla de las cosas que se han hablado mucho antes de decirlas en voz alta:

—Oye, mamá, ¿y a ti no te ha llamado nadie del portal?

—¿Quién me va a llamar?

—De una inmobiliaria. Una que se llama Urbania o Urbanía, no sé.

—A mí no me llama nadie.

—A la del cuarto la han llamado tres veces.

—Pues a mí no.

—Es que están comprando fincas enteras por ahí. —Susana remueve el café—. Y la vuestra es de las buenas, ¿eh? Con esa fachada y a dos calles de la Victoria.

—La nuestra es del setenta y dos y tiene la columna picada.

—Ya, pero el suelo es el suelo, mamá.

—El suelo es el suelo —repite Milagros.

Y se hace un silencio de tres o cuatro segundos que no es incómodo para nadie más que para mí, porque yo soy la única de esta mesa que no sabe todavía en qué consiste una conversación entre hermanos sobre el patrimonio de su madre.

—Bueno, ¿y papá qué tal? —dice Rubén.

Y la mesa hace una cosa rarísima.

No se calla. Eso sería sospechoso y esta familia no comete errores de ese calibre. Lo que hace la mesa es contestar todos a la vez, en dos segundos, con tres frases distintas que se pisan:

—Está allí liado.

—Con lo de la tía Puri, que está malísima la mujer.

—Óscar, ¿tú quieres más café?

Y ya está. Se acabó. Como una puerta con muelle: nadie la cierra, se cierra sola.

Yo miro a Milagros. Milagros está partiendo un mantecado por la mitad con las dos manos, con muchísimo cuidado, como si el mantecado fuese lo único que hay encima de esta mesa.

—¿Y va a venir para tu cumpleaños? —pregunto.

Y no sé por qué lo pregunto. Lo pregunto en un tono normal, con la taza en la mano, y en cuanto sale entiendo que acabo de hacer algo que no se hace, porque Susana me mira, y Rubén me mira, y hasta el primo del aire acondicionado, que no sabe nada de nada, mira su plato.

Milagros termina de partir el mantecado. Deja las dos mitades en el platito. Se limpia el azúcar de los dedos, un dedo detrás de otro.

—Pues claro que sí, hija —dice.

Y luego, más bajo, sin mirarme:

— No te digo nada.

Y esta vez no sé lo que significa. Y eso es nuevo. Llevo dos meses catalogando sus frases como quien cataloga una lengua muerta, y esta no me encaja en ninguna categoría: no es reproche, no es victoria, no es aviso.

Es la primera vez que le oigo decir esa frase con algo dentro que no va dirigido a mí.

Volvemos a Málaga a las ocho, por la costa, con la ventanilla bajada.

—Le has ganado el gazpacho a mi madre —dice Rubén, a la altura de Benalmádena—. Eso no lo ha hecho nadie.

—Ya.

—Nadie, Irene. En treinta y siete años.

—Ya.

—Deberías estar contenta.

—Estoy contenta.

—Pues no lo pareces.

—Estoy contentísima.

Kilómetro y medio de autovía.

—Rubén.

—Dime.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a tu padre?

Y noto perfectamente cómo cambia el aire dentro de un coche.

—En Navidad.

—¿En Navidad de este año?

—En Navidad.

—O sea, hace cinco meses.

—Está en Zamora.

—Ya sé que está en Zamora.

—Es que mi tía Puri está muy mal, Irene. Es que eso es una cosa de meses.

—¿Y tú has hablado con él?

—Le mando cosas por el WhatsApp.

—¿Qué cosas?

—Vídeos.

—¿Vídeos de qué?

—De cosas. —Adelanta a un camión—. De perros, y eso.

—Le mandas vídeos de perros a tu padre.

—Le gustan.

—¿Y él te contesta?

—Me pone el pulgar.

Y ya no digo nada más, porque hemos llegado a la altura de Torremolinos y porque hay preguntas que si las haces dos veces seguidas dejan de ser preguntas y se convierten en otra cosa.

Pero pienso, en los quince kilómetros que quedan, en un hombre de sesenta y seis años que está a seiscientos kilómetros cuidando de una cuñada y que recibe vídeos de perros y contesta con un pulgar. Y pienso en cinco cajas encima de una cama.

Y en una mesa de catorce personas que contesta a la vez.

Fe de erratas: donde dije «he ganado», léase «me han dejado ganar en el único sitio donde perder no le costaba nada».