7. El reventón
El agua se va un martes a las siete y diez de la tarde, en mitad del segundo aclarado de mi pelo.
Lo primero que hace uno es no creérselo.
Uno gira el grifo hacia un lado y hacia el otro, como si el grifo fuese un interlocutor razonable con el que se puede negociar.
Y luego, del grifo, sale ese ruido: el ruido del aire subiendo por una tubería vacía, que es un ruido antiguo y desagradable, como una tos.
—¡Rubén!
—¡Se ha ido el agua en toda la finca! —grita desde el pasillo—. ¡Encarna está en la escalera!
Encarna está en la escalera. Encarna está siempre en la escalera. Encarna, en las emergencias de esta finca, funciona como una radio de onda corta durante un golpe de Estado.
—¡Ha reventado la bajante del patio! —informa desde el descansillo, a un volumen que llega perfectamente al quinto—. ¡Ha dicho el del bajo que está el patio hecho una piscina!
Salgo del baño con el champú puesto y una toalla. En el rellano hay ya cuatro vecinos y mi suegra, que ha salido de su casa con las llaves en la mano y las zapatillas de estar por casa, y que en dos minutos ha establecido un centro de mando.
—Antonio, tú llama a la compañía. Encarna, tú no bajes que están las escaleras mojadas. Rubén, cierra la llave de paso de tu casa y de la mía.
—¿Por qué de la tuya?
—Porque cuando vuelva el agua va a venir con presión y te lo va a reventar todo por la junta. —Y me mira a mí, y ve el champú—. Ay, mi niña. Ven para acá.
—No, si yo...
—Que vengas, mujer, que tengo un cubo lleno de la fregona limpio.
Y ahí empieza.
La avería dura tres días. Tres. Con un aviso pegado en el portal en un folio impreso que dice «DISCULPEN LAS MOLESTIAS.
AVERIA EN COLUMNA GENERAL. PLAZO ESTIMADO 24-48H» y en el que yo, la primera noche, con un rotulador, le pongo una tilde a «AVERIA», porque hay cosas que uno no puede evitar y porque necesito ganar algo esa semana.
Al día siguiente alguien ha escrito debajo, con otro boli: «Y 48-72 SEGURO». La vida de comunidad es un diálogo.
Durante esos tres días, el segundo A y el segundo B se convierten en una sola vivienda con dos puertas.
No lo decide nadie. Es un fenómeno físico, como la ósmosis.
Milagros tiene un depósito de doscientos litros en la azotea que instaló Julián en el 2004 «por si acaso» —esa expresión otra vez, esa expresión es el sistema operativo de esta familia— y ese depósito le da un hilo de agua en la cocina. Nosotros no tenemos nada.
Así que la logística queda así:
- Se cocina en su casa.
- Se friega en su casa.
- Nos duchamos en su casa, por turnos, con un calentador eléctrico pequeño que da agua templada durante cuatro minutos y medio exactos.
- El váter se llena con cubos que se suben del portal, donde el del bajo ha puesto una manguera enganchada a la boca de riego con un permiso que nadie ha pedido a nadie.
Y las puertas se quedan abiertas. Las dos. Todo el día. Porque cerrarlas y abrirlas cuarenta veces al día es absurdo, y porque a partir de la segunda vez que cruzas un rellano con una olla de agua hirviendo entiendes que la propiedad privada es un lujo de las sociedades con presión de red.
Los turnos de ducha se organizan la primera noche, en la mesa camilla del segundo A, con un boli y el reverso de un folleto de una óptica.
—Yo a las siete y media —dice Milagros.
—¿De la mañana?
—De la mañana.
—Yo no me puedo duchar a las siete y media —digo.
—¿Por qué?
—Porque trabajo hasta las dos y me ducho a mediodía.
—¿Y a mediodía qué haces?
—Ducharme, Milagros.
—Digo antes.
—Trabajar.
—¿En pijama?
—En pijama.
Milagros anota algo en el folleto de la óptica y no dice nada más, y en ese silencio hay una tesis completa sobre la gente que trabaja en pijama que ella tendrá la decencia de no desarrollar hasta agosto.
—El calentador da cuatro minutos y medio —dice.
—¿Cuatro y medio exactos?
—Cuatro y medio exactos. Yo lo he cronometrado.
—¿Con un cronómetro?
—Con el del móvil, hija, que soy vieja pero no tonta.
—¿Y qué pasa a los cuatro y medio?
—Que sale fría.
—¿Muy fría?
—Que te quedas ahí quieta con el jabón puesto pensando en tu vida. —Se levanta a por el azucarero—. Yo esos cuatro minutos y medio los conozco mejor que a mis hijos.
Y así, en tres días, aprendo más de mi suegra que en los dos meses anteriores.
Aprendo que se levanta a las siete y diez sin despertador.
Que desayuna de pie. Que tiene la radio puesta desde que se levanta hasta que se acuesta y que la apaga solo cuando llama alguien por teléfono, y que la apaga a propósito, para escuchar bien, cosa que a mí me parece una forma de respeto que no he visto en ningún despacho.
Aprendo también que el segundo A está lleno de cosas de dos personas y ordenado para una.
Óscar aparece el miércoles con una caja de herramientas del tamaño de un frigorífico pequeño y un manual.
—Yo lo miro —dice.
—Óscar, es la columna general del edificio.
—Ya, ya. Pero yo lo miro.
—Es que ya hay un fontanero de la compañía.
—Por eso. Para hacerle compañía.
Lo mira una hora y cuarenta minutos. Baja al patio con una linterna. Sube. Vuelve a bajar. Habla con el fontanero de la compañía, que se llama Fran y que a los diez minutos ya lo trata como a un compañero, porque a Óscar todo el mundo lo trata a los diez minutos como a un compañero.
Suben los dos a las siete de la tarde y se sientan en la mesa camilla del segundo A como dos peritos.
—Cuéntaselo tú —dice Óscar.
—Es del setenta y dos —dice Fran—. Hierro galvanizado. Eso por dentro está como una arteria mala.
—¿Y no se puede parchear?
—Se puede parchear.
—Pues se parchea.
—Se parchea y revienta por otro sitio en cuatro meses. —Se encoge de hombros—. Yo lo he parcheado en esta calle tres veces este año.
—¿Y cambiarla?
—Cambiarla es levantar el patio y abrir las cocinas de las ocho viviendas.
—¿Las ocho? —digo yo.
—Las ocho. Una por una.
—¿Y mi cocina también?
—Su cocina también.
—Es que me la acaban de...
—Que no la ha tocado nadie, mi niña —dice Milagros desde el fregadero, sin girarse—. Que esa cocina está igual que en el noventa y cinco.
—¿Y cuánto es eso? —pregunta Rubén.
—Doce mil, catorce mil.
—¿Por vivienda?
—Por escalera.
—Ah, bueno.
—Trece mil entre ocho propietarios —dice Óscar, que ya lo tiene hecho—. Mil seiscientos veinticinco cada uno. Más IVA.
—¿Y quién lo paga? —pregunta Rubén.
—La comunidad —dice Milagros, todavía de espaldas—. Derrama.
Y esa palabra —derrama— cae encima de la mesa camilla como una piedra en un charco.
—Bueno, pero eso es de los propietarios —dice Rubén, con una ligereza estudiada.
—Eso es de los propietarios —confirma su madre.
—Claro.
—Y aquí el propietario del segundo A, del segundo B y del bajo es el mismo —dice Fran, que no sabe nada de nada y que por eso lo dice—. O sea que usted paga tres veces, señora.
Silencio.
—Cuatro mil ochocientos setenta y cinco —dice Óscar—. Más IVA.
—Óscar.
—Es que lo tengo aquí, Susana.
—Susana no está, cariño.
—Ah, es verdad.
Y Milagros cierra el grifo, se seca las manos en el paño, y no dice absolutamente nada. Recoge dos tazas que no ha usado nadie. Y Rubén y yo nos miramos exactamente medio segundo, ese medio segundo que tienen los matrimonios con un problema de dinero y una audiencia, y desviamos los dos a la vez.
Ella deja el dato encima de la mesa, y el dato dice: este piso no es vuestro, y en las cosas caras eso se nota .
El jueves, a las ocho de la tarde, es cuando yo entro en su dormitorio.
No es una intrusión. Que conste. Es la clase de cosa más inocente del mundo: me estoy duchando en su baño, con mis cuatro minutos y medio de calentador, y descubro que no he traído toalla.
—¡Milagros!
Nada. La tele puesta. Un programa de la tarde donde alguien le grita a alguien.
—¡MILAGROS!
Nada.
Así que salgo, envuelta en la cortina de la ducha como una estatua griega de mal gusto, cruzo el pasillo dejando un rastro y abro la puerta del armario del pasillo, que es donde estaría la ropa de casa en una casa normal.
En el armario del pasillo hay latas. Cuarenta o cincuenta latas de conserva, ordenadas por altura.
La segunda puerta es el dormitorio.
Y ahí me quedo.
Es un dormitorio de matrimonio grande, con una cama de matrimonio grande, con un cabecero de esos de madera oscura con dos mesillas incorporadas, de los que se compraban por juegos.
Colcha de ganchillo. Una foto de boda en la pared, en blanco y negro, de una chica de veintitrés años con una permanente que parecía un casco.
Y en el lado derecho de la cama, el lado de la ventana, hay cajas.
Cinco cajas de cartón, de las de mudanza, apiladas encima de la colcha. Y una plancha. Y una bolsa de tela con lanas. Y una caja de zapatos con papeles. Todo colocado ahí con cuidado, sin prisa, con la seguridad absoluta de que nadie va a necesitar ese metro de colchón esta noche ni ninguna otra.
En la mesilla de ese lado hay un vaso con dos bolígrafos.
Y en la mesilla del otro lado hay un despertador, un blíster de pastillas, un libro de sopa de letras y unas gafas de leer.
Me quedo mirando eso quince segundos, envuelta en una cortina de ducha, con el pelo chorreando en el suelo de su pasillo.
No entiendo lo que estoy viendo. Esa es la verdad y la voy a defender: no lo entiendo. Lo que pienso, exactamente, es «qué desorden» y «pues sí que hace tiempo que no viene». Lo pienso con la parte tonta de la cabeza, con la parte que ordena el mundo para que siga funcionando.
Cierro la puerta.
—¡Ay, mi niña, que te vas a coger un aire! —dice Milagros detrás de mí, con una toalla en las manos, salida de la nada como sale ella de todas partes—. Que te la iba a llevar yo.
—Estaba buscando...
—Que ya lo sé. Toma. Sécate el pelo bien, que con la humedad que hay en esta casa se coge una otitis en dos horas.
Cojo la toalla. Está caliente. La ha tenido encima del radiador.
—Milagros.
—Dime.
Y aquí tengo tres segundos para hacer la pregunta. Los tengo. Está a metro y medio, con las manos vacías, sin nadie más en la casa.
—Nada. Gracias.
—Pues eso.
El viernes vuelve el agua. Vuelve a las once de la mañana con un golpe seco en toda la finca, y en el patio de luces se oye un aplauso desde el cuarto y a Encarna gritando «¡YA ESTÁ, MARI!
». Y ese mismo viernes por la tarde, en el grupo de WhatsApp que yo no sé que existe, pero que veré cuatro meses después por encima del hombro de mi marido, aparece esto:
DOCUMENTO 3 — grupo «Logística mamá» (Rubén, Susana)
Susana: ¿ha llamado ya lo de la derrama?
Susana: porque yo se lo dije en enero
Rubén: dice q lo de la columna son 13 mil
Susana: madre mia
Susana: ¿y ella lo tiene?
Rubén: no lo se
Susana: rubén
Susana: ella tiene DOS pisos y un bajo en ese portal. dos pisos y un bajo. eso no es una señora con una pensión, eso es un patrimonio
Rubén: ya
Susana: ya digo yo
Susana: y con vosotros ahí sin pagar nada
Rubén: susana
Susana: que lo digo por ella eh
Susana: que yo lo digo por ella
Esa noche cenamos en nuestra casa por primera vez en tres días. Con nuestra agua. Con nuestra puerta cerrada.
Y a las diez y veinte se abre.
—Os traigo el táper de las albóndigas, que si no se me van a poner malas.
Entra. Deja el táper. Barrido de salón: cortinas, enchufes, la humedad con forma de Portugal que sigue ahí porque Curro viene el sábado.
—Qué gusto tener agua, ¿eh?
—Un gusto.
—Bueno, pues yo me voy, que estáis cenando.
Y ya en la puerta, con el llavero sonando, me sale. Me sale sola, con una sonrisa de anfitriona de hotel, con un tono que sabe Dios de dónde lo he sacado:
—Milagros.
—¿Qué, mi niña?
—Como si estuvieras en tu casa.
Y ella se para. Medio segundo. Un solo medio segundo, con los dedos todavía en la puerta.
Y sonríe. Sonríe de verdad, con los ojos y todo, con una alegría que no le había visto nunca y que me da un miedo espantoso.
—Ay, qué graciosa eres —dice—. Si es que eres muy graciosa.
Y cierra.
Fe de erratas: donde dije «cinco cajas encima de la cama», léase nada. Léase que no vi nada. Léase que aquella semana yo tenía otras cosas en la cabeza.