6. El presupuesto
Es un baño marrón. Marrón el plato de ducha, marrón el lavabo, marrón la cenefa de flores geométricas que recorre la pared a media altura como una manifestación que nunca se disolvió. Y detrás de la puerta, en la esquina que da al patio, hay una mancha de humedad con forma de Portugal.
—Hay que arreglar eso —digo.
—Ya lo arreglará mi madre.
—No.
—Es su piso.
—Rubén, escúchame bien: eso lo pagamos nosotros.
—¿Con qué?
Buena pregunta, y me la hace a las nueve de la mañana con la boca llena, que es cuando este hombre hace sus mejores preguntas.
Con esto: llevo seis semanas encadenando encargos.
La clínica dental ha ampliado a dos localizaciones y quiere textos nuevos, y el tanatorio me ha pedido que les rehaga la web entera, porque la web actual dice «servicios funerarios integrales» tres veces en la misma página y en una de ellas pone «integarles».
Suman mil doscientos euros. Es dinero de verdad, ganado por mí, y lleva quince días en la cuenta quemándome.
—Con mil doscientos.
—Mil doscientos no da para un baño.
—Da para lo básico. Da para quitar la humedad, cambiar el plato y alicatar la pared del fondo.
—Yo se lo digo a mi madre y ella...
—Ella lo paga. Ya lo sé. Y luego tenemos un baño nuevo y una deuda nueva, y las deudas con tu madre no vienen con cuadro de amortización.
Rubén deja la taza.
—Eso es un poco fuerte.
—Es un poco exacto.
—Es que ella no te lo va a echar en cara.
—No me lo va a echar en cara. Me lo va a mencionar. Que es distinto y es peor, porque a lo que se echa en cara puedes contestar y a lo que se menciona no. —Cojo el móvil—. Yo lo pago y ya está.
Busco tres presupuestos. El primero no contesta. El segundo me pasa una cifra por WhatsApp sin haber visto el baño, lo cual me parece una forma de arte conceptual. Y el tercero viene un miércoles a las diez y se llama Jandro.
Jandro tiene cuarenta y muchos, una camiseta de una empresa que no es la suya y una simpatía inmediata y total, de esas que te desarman en el descansillo. Se descalza sin que se lo pidan. Se descalza. Nadie se descalza.
—Uy, uy, uy —dice, en el baño—. ¿Y esto lo habéis tenido así?
—Es que acabamos de llegar.
—Menos mal, mi niña, menos mal. Porque esto es humedad de bajante, ¿eh? Esto no es condensación. Esto viene de dentro.
—¿Y eso es malo?
—Malo no, laborioso.
Está cuarenta minutos. Mide con un metro láser que hace un ruidito de nave espacial. Da golpecitos en la pared con los nudillos y escucha, con la cabeza inclinada, como un médico.
—¿Y esto lo queréis quitar entero o dejamos la cenefa?
—Quitar entero.
—Yo también. —Se ríe—. Mira que hay gente que me dice de dejarla, ¿eh?
—¿En serio?
—Mi niña, yo he tenido una señora en el Palo que lloró por una cenefa.
—¿Lloró?
—Lloró. Que se la puso su marido en el 82. —Golpecito, golpecito—. Y yo qué le digo. Yo se la dejé.
Me enseña una foto en el móvil de un baño precioso que ha hecho en Teatinos y me dice que este puede quedar igual o mejor.
—¿Y cuánto tardaríais?
—Diez días.
—¿Diez?
—Diez, mi niña, pero de los míos. Que yo no soy de esos que te empiezan la obra y desaparecen. Yo empiezo y no me voy hasta que termino.
—Eso me lo han dicho otras dos personas esta semana.
—Ya. —Se ríe otra vez, encantado—. Y de esas dos, ¿cuántas se han descalzado?
Me llama «mi niña» dieciséis veces y a la doceava ya me cae bien.
—Yo te lo paso esta noche y lo ves con calma, ¿vale? Sin compromiso.
Lo pasa esa noche. Cuatro mil ochocientos veinte euros.
Me siento a leerlo con una copa de vino, que es lo que hace uno cuando quiere que una cifra cambie por la vía espiritual.
—Es mucho —dice Rubén.
—Es cuatro veces lo que tengo.
—¿Y no puede hacer menos cosas?
—Aquí pone «partida única, obra completa».
—Pídele que la desglose.
Le pido que la desglose. Contesta a los diez minutos con un audio de dos minutos y medio, muy cariñoso, en el que me explica que él trabaja así, a partida cerrada, por transparencia, para que luego no haya sorpresas, y que si quiero él me quita cosas pero entonces no responde del conjunto, mi niña, y que él lo que quiere es que yo esté tranquila.
Escucho el audio tres veces. A la tercera me doy cuenta de que en dos minutos y medio no ha dicho un solo número.
Y el viernes por la mañana, mientras yo estoy en la cocina con el papel del presupuesto encima de la mesa y el segundo café, entra Milagros.
Sin llamar. Con la llave. A las nueve y veinte.
—Vengo a por el cubo, que se me ha roto el mío.
—Milagros, hemos hablado de esto.
—El cubo azul, el de la fregona.
—Hemos hablado de que llames.
—Si llamo y estás en la ducha no me oyes.
—Entonces vuelves luego.
—¿Y con la fregona en la mano me vuelvo a mi casa?
Y en ese momento, mientras yo formulo mentalmente la frase que llevo tres días redactando, ella pasa por delante de la mesa, ve el folio, se para, y hace algo que no había hecho hasta hoy: se pone las gafas sin pedir permiso.
—¿Esto qué es?
—Un presupuesto.
—¿Del baño?
—Del baño.
—A ver.
—Milagros...
—A ver, mujer.
Y lo coge. Y yo la dejo, porque tengo una parte de mí que quiere que lo vea, y esa parte es la que va a ganar hoy y no me lo va a perdonar en un mes.
Lee de pie. Con el papel a un palmo. Los labios se le mueven un poco, como a la gente que aprendió a leer contando.
—«Demolición y retirada de escombro, seiscientos ochenta.»
—Sí.
—¿Aquí cabe un contenedor?
—¿Cómo?
—Que si aquí cabe un contenedor, en la calle. En la puerta. —Se quita las gafas—. Porque la calle Amargura es de un carril y de sentido único, y aquí no te dejan poner un contenedor sin permiso del Ayuntamiento, y el permiso lo pide él y lo pagas tú, y no está puesto aquí en ninguna parte.
—A lo mejor está incluido.
—A lo mejor. —Se vuelve a poner las gafas—. «Alicatado, mil doscientos.» ¿Cuántos metros?
—No lo pone.
—Pues eso es lo primero que tiene que poner. —Pasa el dedo—. «Plato de ducha de resina, cuatrocientos noventa.»
—Es que es de resina.
—Mi niña, yo he vendido botones cuarenta años, pero he comprado de todo.
Un plato de ducha de resina de este tamaño está en ciento sesenta euros en el almacén de la carretera de Cádiz, y si se lo pides tú te lo dejan en ciento cuarenta porque están de saldo desde febrero.
Que lo sé porque la hija de Encarna se hizo el baño en marzo.
—Ya, pero él lo trae y lo instala.
—Instalar está en otra partida. Mira. —Y me pone el dedo encima—: «Instalación de sanitarios, trescientos veinte.» Está cobrado dos veces.
Silencio.
—Sigue —digo.
—«Fontanería, ochocientos.» ¿Va a tocar la bajante?
—Dice que la humedad viene de dentro.
—La humedad viene de la Loli, que tenía una lavadora en el baño con el desagüe metido en el bidé con una goma. Yo lo he visto veinte años. Eso se arregla con una hora y una llave inglesa.
—Milagros.
—Y esta de aquí. —Da un golpecito con la uña—. «Imprevistos, quinientos.»
—Bueno, imprevistos hay siempre.
—Imprevistos hay siempre. Pero los imprevistos, mi niña, no se presupuestan. Los imprevistos, si salen, se hablan. Si tú me pones los imprevistos en el papel es que ya sabes lo que son, y si ya sabes lo que son, no son imprevistos: son cosas que no me quieres decir.
Y deja el folio en la mesa.
Y yo me quedo con la taza en la mano y una sensación exacta y muy poco agradable: la sensación del que llega a la reunión con los deberes hechos y descubre que había otra reunión.
—O sea, que me está clavando.
—Yo no he dicho eso.
—Pero es lo que has dicho.
—Yo he dicho lo que pone el papel. —Coge el cubo azul, el de la fregona, que era a lo que venía y a lo que efectivamente venía, y se lo pone en la cadera—. Lo que hagas es cosa tuya.
—Milagros.
—Que sí.
—¿Cuánto costaría de verdad?
—Con material de saldo, un contenedor pequeño y un fontanero decente, mil setecientos. Y el fontanero decente se llama Curro y vive en el cuarto del número seis.
Mil setecientos. Yo tengo mil doscientos. Está a quinientos euros de distancia, que es una distancia salvable, que es la primera cosa salvable que me han enseñado en dos meses.
Y ahora viene la parte incómoda.
Tengo que darle las gracias.
—Gracias —digo.
Y me sale con una voz que no reconozco, como de locutora de aeropuerto.
—No hay de qué.
—De verdad. Gracias.
—Que no hay de qué, mujer.
—Es que me habría gastado tres mil euros de más.
—Ya.
Y ahí, entonces, es cuando Milagros Carmona hace la única cosa que podría haber empeorado este momento, que es no aprovecharlo. Se va hacia la puerta con el cubo. Y ya en el marco, sin girarse del todo, dice:
—Yo os dije que os lo pagaba y no quisisteis. —Pausa—. Pero yo ya me callo .
Y cierra.
Me quedo sola en la cocina con el presupuesto, el café frío y una información que no sé dónde archivar: que la mujer que me quita el escurridor de sitio acaba de ahorrarme tres mil ciento veinte euros en once minutos, sin gafas de leer buenas, con un cubo de fregona en la cadera.
Llamo a Jandro esa tarde.
—¡Mi niña! ¿Qué, ya lo has visto?
—Ya lo he visto, Jandro.
—¿Y qué te parece?
—Que es mucho dinero.
—Es que es mucha obra.
—Ya.
—Es que ahí hay que picar, hay que sacar escombro, hay que...
—Jandro, ¿el contenedor está incluido?
Un segundo. Un solo segundo, pero está.
—El contenedor lo pone el Ayuntamiento.
—El Ayuntamiento da el permiso. El contenedor lo pones tú.
—Bueno, sí, eso va aparte.
—No pone que vaya aparte.
—Es que eso yo lo hablo siempre cuando empezamos.
—¿Y el plato de ducha? Cuatrocientos noventa.
—Es que es de resina, mi niña.
—Está a ciento sesenta en el almacén de la carretera de Cádiz. Y en saldo, a ciento cuarenta.
Silencio de tres segundos. Y luego, la cosa más asombrosa de toda la conversación: no se enfada. No se pone a la defensiva. No sube el tono.
—Ay, mi niña, qué lista eres.
Y lo dice con un cariño verdadero, con una admiración profesional de un artesano por otro, y por un momento —lo juro— estoy a punto de darle las gracias.
—Entonces lo dejamos, Jandro.
—Lo dejamos.
—No es nada personal.
—Si yo lo entiendo perfectamente. Tú tienes que mirar por lo tuyo. —Pausa—. Oye, y si algún día necesitas cualquier cosa, aunque sea una tontería, me llamas, ¿eh?
—Te llamo.
—Que yo para vosotros estoy siempre.
Cuelgo pensando que la mala soy yo. Tardo cuarenta minutos en quitármelo. Esa capacidad de hacerte sentir culpable por no dejarte cobrar tres mil euros de más no es un defecto de carácter: es su cualificación profesional, y probablemente le da de comer mejor que el alicatado.
Después llamo a Curro, el del cuarto del número seis.
—Dígame.
—Hola, ¿Curro? Soy Irene, del segundo B del cuatro.
—¿La de Milagros?
Y ahí lo tengo. Tres semanas después de haberme mudado, ya soy la de Milagros. No soy la nueva, no soy la del segundo, no soy Irene. Soy un complemento del nombre.
—La de Milagros, sí.
—Dígame, mi niña.
—Es por una humedad en el baño.
—¿La de la esquina que da al patio?
—...Sí.
—Eso es el desagüe de la lavadora de la Loli, que lo tenía metido en el bidé con una goma.
Me siento en el taburete de la cocina.
—¿Eso lo sabe todo el mundo?
—Eso lo sabe el que ha subido a arreglárselo cuatro veces. —Ruido de fondo, una tele—. El sábado a las diez, ¿te va bien?
—Me va bien.
—Y no me pagues desplazamiento, que vivo a treinta metros.
Fe de erratas: donde dije «lo pago yo y ya está», léase «lo iba a pagar yo tres veces y ya no está».