5. El Acuerdo
Los lunes escribo el pésame de la semana para el tanatorio y luego facturo. Es un día ordenado. Este lunes, en lugar de facturar, abro un documento en blanco y escribo un título en negrita y centrado:
ACUERDO DE CONVIVENCIA
Lo escribo con la sensación física de estar haciendo algo por fin. Que conste que soy consciente, incluso mientras lo hago, de que redactar un documento no es lo mismo que resolver un problema. Pero es lo que tengo. Un albañil tiene una paleta y yo tengo el Times New Roman a doce.
Me sale en cuarenta minutos. Cinco cláusulas. Encabezado. Espacio para dos firmas.
—¿Qué es eso? —dice Rubén, por encima de mi hombro, a las dos de la tarde.
—Un marco de referencia.
—¿Un qué?
—Un documento de mínimos para regular la convivencia entre viviendas colindantes con vínculo familiar.
—Léemelo.
—«Primera. Las visitas entre viviendas se anunciarán previamente mediante llamada telefónica o mensaje, con un margen razonable de antelación.»
—¿Un margen razonable?
—No he querido poner un número.
—Pon un número.
—Si pongo un número parece un contrato.
—Es que es un contrato.
—Es un acuerdo.
—Irene, tiene cláusulas numeradas y dos rayitas para firmar.
Sigue leyendo por encima de mi hombro. Le veo llegar a la tercera y hacer con la boca un gesto que consiste en apretar los labios hacia dentro, que es exactamente el gesto que hace su madre, el mismo, y que él no sabe que hace.
—Esto es como del trabajo.
—Es que es un trabajo.
—Ya, pero es que a mi madre le vas a dar un papel.
—Le voy a dar un papel, sí.
—Es que no se le dan papeles a tu madre.
—Hablando no funciona, Rubén. Hablando ella dice «ay, mi niña, si yo no toco nada» y a las dos horas el escurridor está a la izquierda. Un papel se lee. Un papel se queda. Un papel no se puede reinterpretar el jueves.
—Todo se puede reinterpretar el jueves.
Y aquí, otra vez, este hombre suelta una frase de un peso específico enorme y se va a por un yogur.
—¿Se lo llevas tú? —le digo, cuando vuelve.
Silencio de dos segundos. Uno solo tiene que fijarse en los silencios de dos segundos.
—Es que ahora tengo una call.
—Rubén.
—Es que...
—Rubén.
—Ya si eso esta tarde se lo bajo. —Coge la bolsa de tela—. Voy al Mercadona.
—Son las dos y cuarto.
—Es cuando menos gente hay.
Se lo bajo yo, a las seis. Llamo al timbre. Al timbre. Me abre con el trapo en el hombro y la tele puesta de fondo, con un programa de la tarde donde alguien le está gritando a alguien.
—¿Pasa algo?
—No, no. Te traigo una cosa.
—¿Qué cosa?
—Un papel.
—¿Un papel de qué?
—Para que lo leas con calma.
Coge el folio. Se pone las gafas, que lleva colgadas del cuello con una cadenita de bolitas doradas. Lo mira por delante. Lo gira. Lo mira por detrás, que está en blanco. No lo lee delante de mí, cosa que agradezco y que temo a partes iguales.
—¿Y esto qué es?
—Son unas pautas.
—¿Pautas?
—Para organizarnos. Para que estemos todos cómodos.
—Yo estoy comodísima.
—Ya. —Trago—. Para que lo estemos todos.
Milagros se baja las gafas hasta la punta de la nariz y me mira por encima. Un segundo más de lo normal. Ya conozco ese segundo. Ya sé lo que se hace en él.
—¿Esto lo sabe Rubén?
—Lo hemos hablado.
—Eso no es lo que te he preguntado, mi niña.
Y ahí me tiene. Delante de su puerta, a las seis y diez de la tarde, con la tele gritando de fondo y sin nada que contestar que no sea exactamente lo que ella ya sabe.
—Lo hemos hablado —repito.
— Tú verás —dice.
Y cierra la puerta. Sin dar un portazo. Ese es el problema con Milagros: nunca hay portazo. Si hubiera portazo yo tendría algo que contarle a alguien.
Pasan dos días. Dos días de calma tan absoluta que empiezo a inquietarme. No hay tupper. No hay ajo. No hay radio. El miércoles me atrevo a decirle a Rubén que a lo mejor ha funcionado, y lo digo en voz baja y tocando madera, como una idiota supersticiosa.
—¿Ves? —dice él—. Si mi madre entiende las cosas.
—No ha dicho nada.
—Eso es que lo ha entendido.
—O eso es que está redactando.
El jueves por la mañana, a las ocho y diez, hay un folio por debajo de la puerta.
Es mi folio. El mío, el que le di, con mi encabezado y mi Times New Roman a doce. Y sobre él, en bolígrafo azul, con una letra inclinada, redonda, escolar, de las que se aprendían en cuadernos con pauta, están las enmiendas.
DOCUMENTO 2
ACUERDO DE CONVIVENCIA
Primera. Las visitas entre viviendas se anunciarán previamente mediante llamada telefónica o mensaje, con un margen razonable de antelación.
Enmienda: ¿y si no coges el teléfono, como el domingo? Pongo «se avisará al entrar». Avisar es decir «soy yo». Llevo cuarenta años avisando así.
Segunda. El uso de las llaves de la vivienda del segundo B por parte de terceros quedará limitado a casos de urgencia.
Enmienda: «terceros» soy yo. Ponlo con mi nombre, mujer, que no muerdo. Y una fuga de agua a las once de la noche también es una urgencia, y para eso hay que estar dentro antes de que sea urgencia.
Tercera. Los alimentos, enseres y objetos personales se mantendrán en la ubicación elegida por los residentes de cada vivienda.
Enmienda: el escurridor a la derecha del fregadero moja el enchufe; míralo tú misma y luego me dices. Yo lo pongo donde quieras, pero que conste.
Cuarta. Se respetará el espacio personal de cada miembro de la familia.
Enmienda: el espacio personal se limpia.
Quinta. Este acuerdo podrá revisarse de mutuo acuerdo entre las partes.
Enmienda: eso ya lo dice la palabra «acuerdo». Sobra la mitad de la frase.
Fdo.: [espacio en blanco]
P. D.: en la primera línea pusiste «convivenvia». Te lo he corregido con lápiz para que no se note.
Me siento en el suelo del pasillo, con la espalda contra la puerta y el folio en las rodillas, y lo leo entero tres veces.
Y a la tercera me doy cuenta de la cosa que me va a quitar el sueño esta noche y varias noches más.
Está bien puntuado.
Todas las comas están donde tienen que estar.
Los incisos van cerrados por los dos lados.
La abreviatura de la posdata lleva su punto y su espacio.
Ha usado, en la enmienda tercera, un punto y coma.
Un punto y coma correcto, en una nota manuscrita a bolígrafo, hecha en la mesa camilla de un salón con la tele puesta, por una mujer que dejó el colegio a los catorce para ponerse detrás de un mostrador a vender botones.
Yo cobro por poner comas. Yo he cobrado cuarenta euros esta semana por quitarle a un dentista de Teatinos catorce comas que sobraban en un texto de dieciocho líneas.
Y en la primera línea de mi acuerdo, en negrita, centrado, en el título mismo, yo había escrito convivenvia .
Con uve. En el título. En negrita.
Y ella no lo ha marcado en rojo, ni lo ha subrayado, ni lo ha rodeado con un círculo, ni me lo ha dicho a la cara delante de su hijo. Lo ha corregido con lápiz. Con lápiz. Para que se pueda borrar. Para que no se note.
Eso, señoras y señores, es misericordia. Y la misericordia, cuando viene del enemigo, es lo que más duele de todo el arsenal.
Me levanto. Voy a la cocina. Miro el enchufe que está a la derecha del fregadero, justo detrás de donde yo tenía el escurridor, y compruebo que en el marco de plástico blanco hay dos manchitas de cal, secas, viejas, de gotas que llevan cayendo ahí desde antes de que yo llegara a esta casa.
Vuelvo al pasillo. Cojo el folio. Lo doblo por la mitad y lo dejo encima de la mesa, y ahí se va a quedar cuatro días, boca arriba, en el sitio donde uno pone las cosas que no ha decidido si son un ataque o un regalo.
Cuando Rubén llega del Mercadona con la bolsa y la camisa por fuera, ni se lo enseño.
—¿Le diste lo del papel?
—Se lo di.
—¿Y qué te ha dicho?
—Ha contestado.
—¿Cómo que ha contestado?
—Por escrito.
Rubén se queda con el brik de leche a medio camino de la nevera.
—¿Mi madre te ha contestado por escrito?
—Punto por punto.
—¿Dónde está?
—Encima de la mesa.
Lo coge. Se sienta. Y hace una cosa que no le había visto hacer nunca, que es leer despacio.
—«Llevo cuarenta años avisando así» —lee en voz alta.
—Sigue.
—«Terceros soy yo. Ponlo con mi nombre, mujer, que no muerdo.» —Levanta la vista—. Esto es mi madre.
—Ya sé que es tu madre, Rubén, no me la ha suplantado nadie.
—No, digo que esto es mi madre. Esto es ella hablando. Yo lo estoy oyendo.
—Yo también.
—«El espacio personal se limpia.» —Se ríe. Se ríe con la nariz, un bufido corto, y en cuanto se oye reírse me mira para ver si tenía permiso—. Perdón.
—No, si tiene gracia.
—Es que tiene gracia.
—Tiene muchísima gracia. Es la mejor frase que he leído este mes y me la ha escrito la persona que me organiza el frigorífico sin consultarme.
Sigue leyendo. Llega a la tercera y frunce el ceño.
—¿Esto del enchufe es verdad?
—Es verdad.
—¿Lo has mirado?
—Lo he mirado esta mañana. Hay dos manchas de cal. Llevan ahí desde antes que nosotros.
—O sea, que tiene razón.
—Tiene razón en el escurridor, tiene razón en el enchufe y tiene razón en la quinta, que sobraba media frase.
—¿Y en las llaves?
—En las llaves no.
—Ya.
—En las llaves no tiene ninguna razón, Rubén, y esa era la única cláusula que importaba. Las otras cuatro eran acompañamiento.
Rubén deja el folio en la mesa, lo alinea con el borde —lo alinea, este hombre no alinea nada en la vida— y se queda mirándolo.
—Es que ella lo que quiere es que no la dejes fuera.
—Yo no la he dejado fuera. Yo le he pedido que llame al timbre.
—Para ella es lo mismo.
—No puede ser lo mismo.
—Para ella es lo mismo, Irene. —Se encoge de hombros—. Mi madre no distingue entre «llama antes de entrar» y «no vengas».
—Pues alguien tendrá que enseñarle a distinguir.
Y ahí lo dejo caer, en mitad de la cocina, con el brik de leche todavía fuera de la nevera, y espero.
Espero cuatro segundos. Los cuento.
—Voy a poner la leche —dice.
Y pone la leche.
Yo me quedo con las dos manos en el respaldo de la silla rota, que sigue rota, y con una cosa nueva en el pecho que no es rabia y no es vergüenza y que tardaré meses en saber nombrar: es respeto.
Es respeto y no lo pienso decir en voz alta.
Porque lo que ha pasado esta semana no es que mi suegra haya entrado en mi cocina. Lo que ha pasado esta semana es que le he mandado un documento a una mujer de sesenta y cuatro años que dejó el colegio a los catorce, y me lo ha devuelto mejor de lo que se lo mandé.
Fe de erratas: donde dije «un marco de referencia», léase «la primera carta de un intercambio de correspondencia que va a durar veinte años».