4. La inauguración (II)
La alarma de humos salta a las nueve menos cuarto.
Conviene decir que la alarma de humos del segundo B es un aparato blanco, redondo, del tamaño de un plato de postre, que estaba en el techo el día que llegamos y que yo di por decorativo, como el marco de fotos vacío del pasillo.
Y conviene decir también, en mi descargo, que salta cuando el humo no es mío.
El humo es del pan.
Yo he metido unas rebanadas a tostar en el horno.
Cuatro minutos. Está anotado en mi cabeza con la exactitud con que anoto los plazos de entrega.
Lo que no está anotado en mi cabeza es que a los dos minutos y medio Milagros ha abierto el horno para meter una fuente con el resto de la naranja «que se calienta ahí, que no estorba», y que al abrir el horno la temperatura ha bajado, y que al bajar la temperatura yo he subido el grill, y que el pan ha pasado de tostado a carbonizado en el intervalo exacto en que Óscar me estaba explicando la diferencia entre un taladro percutor y un taladro normal.
Óscar es el marido de Susana. Trabaja en una empresa de climatización, mide un metro noventa y tiene la conversación de un manual de instrucciones bien intencionado. Lo digo sin maldad. Es, con diferencia, la persona más tranquila de esta familia y eso lo hace sospechoso.
—Es que el percutor lleva un mecanismo que va dando golpecitos hacia delante mientras gira, ¿sabes? Entonces en pared de ladrillo hueco tú...
PIIIIIIIP. PIIIIIIIP. PIIIIIIIP.
—...tú no lo necesitas —termina Óscar, tranquilamente, porque Óscar termina las frases.
Lo que ocurre en los siguientes noventa segundos es difícil de contar en orden porque no lo tiene.
—¡El pan! —digo yo.
—¡Abrid las ventanas! —dice Susana.
—¡No abráis las ventanas, que entra frío! —dice Milagros.
—¡Mamá, es humo!
—¡Es humo del pan, no es humo de fuego!
—¡Es humo!
Rubén se sube a una silla. La silla es de las de asiento de rejilla que compramos en un mercadillo y que ya había dado señales de no querer soportar a nadie.
—¿Cómo se quita esto?
—¡Con el botón!
—¡No tiene botón!
—¡Todas tienen botón, Rubén!
—¡Pues esta no tiene botón!
—Eso lleva una pila de nueve voltios —dice Óscar, desde su silla, sin levantarse—. Si le quitas la pila, se para.
—¿Y dónde está la pila?
—Dentro.
—¿Dentro de qué?
—Dentro de la alarma.
Susana abre las ventanas. Todas. Todas las de la casa, incluida la del baño, que da al patio de luces.
Aquí hay que hacer una nota técnica sobre el patio de luces de la calle Amargura número 4.
Es un patio de cuatro por tres, de suelo a azotea, con paredes de gotelé y ocho ventanas.
Es, acústicamente, el Teatro Cervantes. Un estornudo en el segundo se oye en el quinto con matices.
En este patio yo he oído a un señor del cuarto discutir con su hermano por una herencia con tal nitidez que sé la superficie exacta de la parcela y el nombre del notario.
Y por ese patio, a las nueve menos cuarto de un sábado, sale ahora, amplificado, en directo y con reverberación de catedral:
PIIIIIIIP. PIIIIIIIP. PIIIIIIIP.
Se encienden luces. Se abren dos ventanas.
—¿QUÉ PASA AHÍ? —dice una voz desde arriba.
Encarna, que se ha levantado y ha ido al baño con una velocidad impropia de sus rodillas, contesta hacia el techo del patio con las manos alrededor de la boca:
—¡NADA, MARI! ¡QUE LA NUERA DE MILAGROS HA QUEMADO EL PAN!
—¡AY, PObrECILLA!
—¡NO, SI ELLA COCINA BIEN!
—¿QUÉ?
—¡QUE COCINA BIEN! ¡QUE LO DEL PAN HA SIDO UNA COSA APARTE!
Y ahí, señoras y señores, es donde se me acaba la cena.
No en el pan. El pan es material. El pan se tira y se compra otro. Se me acaba en esa frase, dicha a las nueve menos cuarto por una señora de setenta y un años hacia el interior de un sistema de megafonía municipal, y en la que aparecen, en este orden: la nuera , de Milagros , y ha quemado .
No aparece mi nombre. Ni una vez.
Rubén consigue desmontar la alarma tirando de ella hasta arrancarla del techo con dos cables colgando, que es la solución que yo habría elegido también, y la silla, cumplida ya su misión histórica, se rompe.
No se rompe entera. Se rompe una pata, lo justo para que Rubén caiga sentado en el suelo con la alarma en la mano y siga pitando en su regazo cuatro segundos más, como un pollo al que se le ha quitado la cabeza y todavía no lo sabe.
—Le has arrancado el cable —dice Óscar.
—Ya.
—Eso ahora hay que empalmarlo.
—Ya, Óscar.
—Yo te lo hago un día de estos. Es un momento.
Y en ese momento —en ese momento exacto, cuando todavía hay humo en la cocina, una silla rota, dos ventanas abiertas, un vecino del quinto pidiendo información y yo de pie en mitad del salón con una manopla en cada mano— Milagros Carmona se agacha, coge su bolso del suelo, lo abre y saca una fuente.
Una fuente redonda de Duralex, tapada con papel de plata, todavía templada.
—Bueno —dice—. Pues nos comemos esto y ya está.
Es una tortilla de patatas.
Nadie dice nada durante unos segundos. Es un silencio importante, de los que se ponen en los partes de guerra.
Óscar mira la tortilla. Susana mira a su madre con una expresión de admiración pura, sin doblez, la cara de un aficionado que ve un pase de pecho.
Encarna vuelve del baño y se sienta como quien se sienta en la segunda parte de un partido que ya sabía cómo iba a acabar.
—Milagros.
—Dime, mi niña.
—¿Tú traías una tortilla en el bolso?
—Yo traía una tortilla en el bolso.
—Desde el principio.
—Desde mi casa.
—Desde las siete de la tarde.
—Desde las siete menos diez, que la hice a las seis y media.
—O sea, que tú has bajado a cenar aquí con una tortilla dentro del bolso.
—Mi niña, yo salgo de mi casa a las siete para cenar a las ocho y media. —Se encoge de hombros, apenas—. ¿Qué iba a hacer, esperar sentada?
—Podías haber esperado sentada.
—Podía.
—Es lo que hace la gente cuando la invitan.
—Ya. —Empieza a quitar el papel de plata—. ¿Alguien quiere plato o nos la comemos así?
Nos comemos la tortilla.
Está de muerte. Está poco cuajada por dentro y con la cebolla pochada durante cuarenta minutos, hasta el punto en que la cebolla deja de ser una verdura y se convierte en una idea. Está tan buena que Óscar repite dos veces y a la segunda pide perdón.
—Mamá, esta te ha salido de las buenas —dice Susana.
—Es la patata.
—Es la mano.
—Es la patata, que era de Sanlúcar.
—Ay, qué gusto —dice Rubén, mi marido, el hombre con el que me casé, con los ojos cerrados y el polvo del techo todavía en el hombro.
También se comen mi ajoharina, que estaba buena, y el bacalao, que estaba muy bueno, y el lomo de orza, que llevaba curando desde el jueves.
—Esto está muy rico, Irene —dice Susana—. ¿Cómo se llamaba?
—Ajoharina.
—Ajoharina. ¿Y es como unas migas?
—No.
—Porque tiene un aire.
—Tiene harina. Las migas tienen pan.
—Ah, claro.
—Es otra cosa.
—Ya, ya. Si está riquísima. Óscar, ¿verdad que está riquísima?
—Riquísima —dice Óscar—. Y lo de la naranja con el bacalao, eso yo no lo había comido nunca.
—Eso es del sur —dice Encarna.
—Nosotros somos del sur, Encarna.
—Del otro sur.
—Es de Jaén —digo yo—. Lo hacía mi madre en Semana Santa.
—¿Y tu madre está bien? —pregunta Milagros.
Y la pregunta me llega de lado, porque es la única de la mesa que la hace, y porque hace cuatro meses que no llamo a mi madre y esa información no está en esta habitación ni tiene por qué estarlo.
—Está bien.
—¿Y no viene a veros?
—Vendrá.
—Pues que venga, mujer. Que aquí hay sitio.
—Sí.
—Aquí hay sitio de sobra —dice, y mira alrededor, a mi salón, calculando plazas—. En el sofá cabe una persona perfectamente.
—En el sofá se hunde uno, mamá —dice Susana.
—Una persona de Jaén no se hunde.
Y todos se ríen menos yo, que también me río, pero tres cuartos de segundo tarde.
Pero al final de la mesa, cuando ya solo queda el mantel manchado, la conversación no es sobre eso.
—Yo con la de Sanlúcar no me aclaro —dice Encarna—. Se me deshace.
—Porque la cortas muy fina.
—La corto como toda la vida.
—Pues por eso.
—¿Y tú cuánto la tienes al fuego?
—Cuarenta minutos la cebolla.
—¡Cuarenta!
—Cuarenta, Encarna. Y a fuego bajo. Y tapada.
—Yo no tengo cuarenta minutos.
—Tú tienes todos los minutos del mundo, criatura.
—Yo tengo la vida hecha un lío.
—Tú tienes el bingo los jueves.
—El bingo es una cosa social.
—El bingo es una cosa de dinero.
—Mamá, no empieces —dice Susana.
—Si yo no empiezo. Si yo lo digo por Encarna, que se deja allí la pensión y luego cena una manzana.
—¡Una manzana no! ¡Una manzana y un yogur!
Y se ríen otra vez, las dos, y Óscar se ríe con ellas y Susana pone los ojos en blanco de una manera que se ve que lleva haciéndola desde los catorce años.
Y después viene la docena de huevos, lo que costaba antes y lo que cuesta ahora, y aquella vez, en el 96, que Milagros hizo doce tortillas para el autobús de la romería y se le olvidó una en el maletero hasta septiembre.
—¡Hasta septiembre!
—Hasta septiembre, hijo. Aquello no era una tortilla, aquello era un ser vivo.
Yo he cocinado tres platos en cinco horas y he perdido la cena por un huevo batido que ha viajado en un bolso.
A las once y media se van todos. Encarna la primera, con el plato hondo vacío y el plato llano encima, y una despedida en el rellano de cuatro minutos con las dos manos en el pomo. Susana y Óscar después, con la tarta a medias envuelta.
Y a las doce menos veinte, cuando yo estoy fregando y Rubén está intentando arreglar la silla con la parte de atrás de un tenedor, suena el teléfono de la casa. El fijo. Ese teléfono que nadie ha usado nunca y del que ni siquiera sabía el número.
—Es Susana —dice Rubén, mirando la pantallita—. Desde el coche.
Lo pone en manos libres, por costumbre, porque este hombre no ha aprendido nada.
—Nada, que os llamo un momento —dice la voz de Susana, con ruido de autovía detrás—. Que ha estado todo muy rico, Irene, de verdad. La cosa esa de la harina, buenísima.
—Ajoharina.
—Eso. Oye, y una cosita, ya que estamos. Lo del pan.
—Se me quemó el pan, Susana.
—Que no, que si no pasa nada. Si a todos se nos quema el pan. Pero mamá se ha llevado un disgusto.
Suelto el estropajo. Muy despacio, como se sueltan las cosas en las películas antes de decir algo importante.
—¿Mamá se ha llevado un disgusto?
—Es que ella lo pasa fatal, Irene, con la alarma esa y la vecina gritando por el patio y el niño ahí subido en la silla, que tu marido se podía haber matado.
—El niño tiene treinta y siete años.
—Tú ya me entiendes.
—Susana, la alarma saltó porque tu madre abrió el horno.
—Ay, no sé, yo eso no lo he visto.
—Estabas allí.
—Yo estaba en el baño con las ventanas.
—Antes de las ventanas.
—Antes de las ventanas yo estaba hablando con Óscar.
—Óscar estaba conmigo hablándome de taladros.
—Pues entonces no sé, hija. —Un intermitente. Óscar diciendo algo de fondo sobre la salida—. Mira, Irene, yo te lo digo con todo el cariño del mundo, ¿eh? Lo digo por vosotros.
—Ya.
—Que mamá lo único que quiere es echar una mano y a veces se la queréis dejar fuera. Y ella se calla, ¿eh? Ella no dice nada. Pero se le nota.
—¿En qué se le nota?
—¿Cómo?
—Que en qué se le nota, Susana. Porque yo llevo cinco semanas enfrente de tu madre y a mí no se le ha notado nada nunca.
Silencio. Autovía. Un intermitente que se apaga.
—Bueno, mi vida, que descanséis. Un besito. Rubén, la silla no la arregles con un tenedor, que te conozco.
Y cuelga.
Me quedo un rato con la mano en el grifo. Rubén, en el sofá, con la pata de la silla en una mano y el tenedor en la otra, tiene el buen criterio de no decir absolutamente nada durante casi un minuto entero.
—Estaba muy buena la ajoharina —dice, al rato.
—Estaba muy buena, sí.
—Es que la tortilla de mi madre...
—Rubén.
—Vale.
Fe de erratas: donde dije «mi cocina», léase «la cocina».