Mi suegra es un dragón 3. La inauguración (I)
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3. La inauguración (I)

La idea de la cena la tengo un domingo por la mañana, que es cuando se tienen las peores ideas de la vida con la mejor cara.

—Vamos a invitarlos —digo.

—¿A quién?

—A tu madre. A tu hermana. A Óscar.

—¿Aquí?

—Aquí.

—¿Para qué?

—Para cenar, Rubén, que es lo que hace la gente cuando se muda.

Rubén deja la cuchara en el bol y me mira con una prudencia que no le conocía.

—¿Y cocinas tú?

—Cocino yo.

—¿Todo?

—Todo.

—¿Y mi madre qué hace?

—Tu madre se sienta.

—Ya.

—En una silla. Del lado de fuera de la barra. Una vez en la vida.

—Irene.

—¿Qué?

—Que mi madre para estas cosas...

—Rubén, tu madre lleva cinco semanas entrando en mi cocina a apagar fuegos que yo no había encendido todavía. Necesito una noche. Una. Con ella sentada y yo de pie.

—Tú lo que quieres es ganar.

Y me lo dice sin maldad, mientras rebaña, y yo me quedo con la boca abierta porque de vez en cuando este hombre suelta una verdad como quien deja caer un vaso.

Diseño el menú como se diseña una campaña.

Nada de tortillas, nada de guisos, nada de terreno que ella conozca: ahí me mata.

Me voy a lo mío, a lo de mi madre, a lo de Jaén.

Ajoharina. Y de segundo, un lomo de orza que llevo curando desde el jueves en la fiambrera grande, y una ensalada de bacalao con naranja, que es un plato que en Málaga desconcierta lo justo para ganar por sorpresa.

Y de postre, algo comprado, para que se note que no me hace falta ganar en todo. La generosidad del vencedor.

Esto lo escribo el jueves. El sábado, a las once de la mañana, entro en la cocina y en la encimera hay una cabeza de ajos, un manojo de perejil y una nota:

por si te hace falta. no se compra ajo suelto que viene picado de dentro

Sin firmar. No hace falta firmar. Es como el Papa.

—Ha entrado —le digo a Rubén.

—Habrá entrado a dejarte el ajo.

—Ha entrado a dejarme el ajo.

—Pues ya está.

—Rubén, escúchame bien: el ajo es el mensaje.

—El ajo es ajo.

—El ajo es una nota diplomática. El ajo dice: «sé lo que vas a cocinar, sé qué día es hoy, y he estado aquí».

—Yo creo que el ajo dice que te ha traído ajo.

A las siete de la tarde estoy en la cocina con el pelo recogido, la ajoharina empezada y una sensación fisiológica de bienestar que no tenía desde diciembre.

Cocinar bien es una de las tres o cuatro cosas que hago bien y de las que no dudo.

Suena la radio, la mía esta vez, con mi música.

Tengo el aceite en la sartén. Tengo el mundo controlado.

A las siete y diez suena la puerta. No es un timbre. Es ese ruidito de llave que ya sé identificar entre todos los ruidos del mundo, como una madre identifica el llanto de su hijo en un parque lleno de niños.

—Vengo a ayudarte.

Milagros Carmona en el marco de mi cocina con una bata de estar por casa y las manos ya lavándose en mi fregadero. No pregunta si necesito ayuda. No sería honrado por su parte: sería una pregunta con una sola respuesta posible y ella no hace trampas de esas.

—No hace falta, de verdad. Está todo controlado.

—Si yo no toco nada.

Toca todo.

No lo hace en tromba. Milagros no invade: anexiona . La anexión ocurre en fases y cada fase es defendible por separado. Ese es su genio.

Fase uno: el aceite.

—¿Eso es aceite de la garrafa?

—Es aceite.

—Ya, pero de la garrafa.

—De la garrafa, sí.

—¿De cuál, del de cinco litros del súper?

—Del de cinco litros del súper.

—Ah.

—Milagros, es aceite de oliva virgen extra.

—Si yo no he dicho nada.

—Has dicho «ah».

—«Ah» no es nada.

—«Ah» es muchísimo. «Ah» es un diagnóstico.

Se va. Vuelve. Trae una botella de cristal oscuro sin etiqueta, de esas que solo tiene la gente que conoce a alguien.

—Este es de la Loma. Me lo trae un primo de Encarna que tiene allí a la hija casada. Pruébalo y me dices.

—Milagros...

—Pruébalo y me dices.

Lo pruebo. Es mejor. Es indiscutiblemente mejor. Es de mi tierra, además, cosa que me parece una jugada de un cinismo que ya quisiera Talleyrand.

—Está bueno.

—¿A que sí?

—Está muy bueno.

—Pues eso.

Fase dos: la sartén.

—Con esa no.

—Es una sartén.

—Es una sartén de las de teflón, mi niña.

—Funciona perfectamente.

—Para hacer un huevo, sí. Para la ajoharina te hace falta hierro, que agarra el calor y lo suelta despacio. Con esa te va a subir de golpe y se te queda cruda por dentro.

—Milagros, esta receta la hacía mi madre.

—¿Y con qué la hacía?

Silencio.

—...Con una de hierro.

—Pues eso.

Se va. Vuelve. Sartén negra, pesada, con un mango que tiene el brillo de las cosas que han sido tocadas por cuatro generaciones de manos.

—Esta era de mi madre.

Y aquí es donde yo empiezo a perder, aunque tarde una hora en enterarme.

Porque no se puede rechazar la sartén de la madre de nadie.

Rechazar la sartén de la madre de nadie es un delito tipificado en el código no escrito de la península ibérica y se castiga con veinte años de comentarios en comidas familiares.

Cojo la sartén. La sartén, encima, está mejor.

La ajoharina agarra el calor de otra manera.

Yo, que soy profesional en detectar cuándo un texto ajeno ha mejorado con mis correcciones, tengo que reconocer que mi plato ha mejorado con las suyas, y a esto se le llama, en mi oficio, sentirse becaria en tu propio manuscrito.

Fase tres: el fuego.

Esta es la definitiva, y es la más pequeña de las tres, y por eso es la definitiva.

Voy a coger las servilletas del cajón del salón. Cuatro segundos. Cinco, si el cajón se atasca, que se atasca. Cuando vuelvo, ella tiene la mano en el mando de la vitro y el número ha pasado del siete al cinco.

—Que se te agarra.

No se me estaba agarrando.

Se me agarró en cuanto lo dijo, por obediencia. Hasta el aceite le hace caso.

—Estaba en siete a propósito.

—Ya, mi niña.

—La receta lleva ese golpe fuerte al principio.

—Ya, ya.

—Es que si no, no coge color.

—Que sí. —Aparta la mano del mando. La levanta. Levanta las dos, en un gesto de rendición que en realidad es una anotación en un acta—. Tú misma. Si es tu cocina.

Y ahí lo dice. Con esas palabras exactas y con una entonación absolutamente neutra: si es tu cocina .

Subo el fuego otra vez al siete. Con dos dedos.

Muy digna. Y lo dejo ahí, y me quedo mirando la sartén como una idiota, porque ahora ya no puedo bajarlo aunque haga falta, porque bajarlo sería darle la razón, y esa es la trampa entera: Milagros no necesita ganar la discusión.

Le basta con quedarse dentro de mi cabeza haciendo de termostato.

A las siete y cuarenta llaman a la puerta.

Llaman. Con los nudillos. Tres golpes. Es tan insólito que Rubén y yo nos miramos como si hubiera sonado una alarma antiaérea.

Es Encarna, la del tercero. Setenta y un años, bata de flores, zapatillas de estar en casa y un plato hondo tapado con un plato llano encima, que es el sistema de transporte de alimentos más extendido en esta finca y probablemente en el hemisferio.

—Que os traigo unas papas aliñás, que he hecho de más.

—Ay, Encarna, no hacía falta.

—De más, de más. Como para seis.

—¿Y usted come sola?

—Yo como sola desde el 97, mi niña, pero cocino para seis. Eso no se quita.

Nadie hace papas aliñás de más. Lo que ha hecho Encarna es fabricarse una acreditación de prensa.

—¿Quiere quedarse a cenar?

—Uy, no, no. Yo un momentito nada más, que yo no molesto.

Y se sienta.

Y se queda.

Se queda una hora y cuarenta minutos con las manos cruzadas encima de la mesa camilla del salón y una copa de vino que no se acaba nunca, en un ángulo desde el cual se domina la cocina, la puerta de entrada y una porción considerable del rellano.

No participa. No opina. Observa. Es una misión de la ONU.

Está aquí para verificar el alto el fuego y para poder contarlo mañana en el mercado con base documental.

En un momento dado, mientras yo escurro el bacalao y Milagros —que ya está oficialmente en la cocina, con delantal, con MI delantal— corta la naranja en gajos limpios y perfectos que yo no sé hacer, oigo esto:

—Está muy apañada tu mujer —dice Encarna.

—Sí que lo está —dice Rubén.

—Y cocina.

—Y cocina.

—Con la suegra al lado. —Pausa. Sorbito—. Eso es lo difícil.

—Bueno, Encarna, tampoco...

—Yo tuve la mía enfrente veintidós años, niño.

—¿Veintidós?

—Veintidós. Que en paz descanse.

Y desde la cocina, sin girarse, sin subir la voz, con el cuchillo en el aire y el gajo de naranja a medio caer, mi suegra dice:

—Ea, Encarna. Descansa ella y descansamos todos.

Y Encarna se ríe. Se ríen las dos. Se ríen juntas, con una carcajada corta y compartida que dura exactamente lo que dura un relámpago, y en ese segundo yo entiendo con una claridad espantosa dos cosas: la primera, que estas dos mujeres se conocen desde hace cuarenta años y se detestan con muchísimo cariño.

La segunda, que en esta cena hay dos bandos y que el mío tiene un solo miembro, que soy yo, y que está en la cocina de espaldas.

Susana y Óscar llegan a las ocho y cuarto. Susana con una tarta de la pastelería buena.

—Para no venir con las manos vacías —dice, y me la pone en las manos con las dos suyas, como se entrega una condecoración—. ¿Ayudo?

—No hace falta.

—¿Seguro? Que yo ayudo.

—Está todo hecho.

—Uy, mamá, qué bien te veo en la cocina.

—Yo no estoy en la cocina —dice Milagros, en la cocina, con mi delantal puesto—. Estoy de paso.

—Está de paso desde las siete y diez —digo yo.

—Es que yo si me siento me duele la espalda.

—Pues siéntate en el sofá, mamá —dice Susana—, que ahí no te duele.

—En el sofá me hundo.

—Mamá.

—Que me hundo, hija. Que me hundo y luego para levantarme necesito una grúa.

Óscar, que ha entrado detrás con una garrafa de agua de ocho litros que nadie le ha pedido, deja la garrafa en el suelo, mira el techo del salón y dice:

—Aquí lo que hay que hacer es cambiar esa lámpara.

—Óscar.

—Digo yo. Que esa da muy poca luz.

—Es la que había.

—Ya, ya. Por eso lo digo. —Se acerca. La mira desde abajo—. ¿Esto lo pusieron los de antes?

—Esto lo puso la Loli en el noventa y algo —dice Milagros desde la cocina.

—¿Ve? Eso son treinta años.

—Óscar, cariño, la luz está bien —dice Susana.

—La luz está bien —repito yo.

—Yo un día me traigo la escalera y la cambio en veinte minutos.

—No hace falta.

—Si es un momento.

Y esa frase, «si es un momento», dicha por dos personas distintas en la misma habitación en menos de una hora, es cuando entiendo que no es una costumbre de mi suegra. Es un idioma. Y todos lo hablan menos yo.

—¿Y qué has hecho de cenar? —dice Susana, asomándose a la cocina con las manos en la espalda, sin tocar nada, con esa forma de asomarse que tiene la gente que ha aprendido a asomarse.

—Ajoharina.

—¿Ajo qué?

—Ajoharina. Es de mi tierra.

—Ah, qué bien. ¿Y eso lleva ajo?

—Lleva ajo, sí.

—¿Mucho?

—Lleva el que lleva, Susana.

—Es que a Óscar el ajo por la noche...

—A mí el ajo por la noche me repite —dice Óscar, desde debajo de la lámpara.

Y el mapa está terminado.

Y en el mapa yo estoy sujetando una sartén que no es mía, con un aceite que no es mío, en una cocina que hace cuatro semanas era mía, a fuego siete, que es el número que puse yo, y que ya no sé si es el correcto.

Fe de erratas: donde dije «me van a ver cocinar», léase «me van a ver de ayudante en una demostración».