2. Las llaves
Los cascabeles empiezan a las ocho menos veinte.
No todos los días, que sería previsible y por tanto defendible.
Unos días a las ocho menos veinte y otros a las once y cuarto, y algún jueves a las cinco y media de la tarde, y esa aleatoriedad es lo que convierte el sonido en un sistema.
Los cascabeles bajan, los cascabeles suben, los cascabeles se paran en el rellano.
Cuando se paran es cuando hay que ponerse el sujetador.
—Es su casa —dice Rubén.
—Es nuestra casa.
—Es su casa que es nuestra casa.
—Eso es una oración subordinada.
—¿Y?
—Que las oraciones subordinadas son donde se esconden los problemas. Lo importante siempre está en la principal y la principal aquí es «es su casa».
—Tú es que le das muchas vueltas a las cosas.
—Yo es que me gano la vida dándole vueltas a las cosas, Rubén. Es literalmente la factura.
Al cuarto día encuentro el escurridor donde Milagros cree que Dios quiere que estén los escurridores.
Yo lo tenía a la derecha del fregadero, porque soy diestra y porque el mundo se organiza alrededor de esa clase de datos.
Ahora está a la izquierda, encajado entre la encimera y la pared, en una posición que —lo reconozco, y me duele reconocerlo— aprovecha mucho mejor el espacio.
Las tazas, por familias. Las de Ikea juntas. La de Rubén del Málaga, sola, en primera fila, como un cristo en un paso.
Y en el frigorífico, un tupper nuevo con un pósit pegado: guisantes, para el niño .
El niño tiene treinta y siete años, un metro ochenta y tres y una hipoteca emocional del tamaño de la Alcazaba.
Me siento en el taburete con el tupper en la mano y redacto mentalmente, porque es lo que hago cuando no sé qué hacer: «Nuestra intimidad, que falleció ayer martes por la mañana, fue una señora discreta que jamás molestó a nadie.
La familia agradece los guisantes y ruega una oración por el escurridor, que sigue con vida pero desorientado. »
Trescientos me gusta. Corazones. Una prima lejana que comenta «DEP» con una vela.
El problema —y esto tardo dos semanas en formularlo con precisión— no es que Milagros entre.
El problema es que Milagros no entra: habita .
Entrar implica salir. Entrar tiene un principio, un final y un gesto de despedida en la puerta.
Milagros ejerce sobre el segundo B un derecho de uso continuado que se manifiesta en fases: el tupper mientras estamos, la colada recogida mientras no estamos, la ventana abierta «que huele a cerrado», el felpudo cambiado por uno que no pone nada porque el que teníamos ponía HOLA y a ella le parece que un felpudo no tiene por qué opinar.
En eso, si soy sincera, tiene toda la razón. Y no pienso decirlo en voz alta hasta el capítulo veintiocho de mi vida.
—Habla con ella —le digo a Rubén el martes.
—Sí.
—Hoy.
—Sí, sí.
—Dilo con un verbo.
—¿Cómo?
—Que me contestes con un verbo conjugado, Rubén, que llevas tres «sí» y ningún sujeto.
—Hablo con ella.
—¿Cuándo?
—Ya si eso esta tarde, cuando baje a por el pan, se lo comento.
Ya si eso. Tres palabras. Yo entonces las oigo como se oye una gotera al principio, o sea, como una cosa que se arreglará sola porque tampoco hace tanto ruido.
Rubén tiene una rutina laboral impecable para un hombre sin trabajo. Se levanta a las ocho. Se ducha. Se pone una camisa. Se sienta con el portátil delante de la ventana del salón, que da al rellano por el montante, y dice en voz alta, a un volumen calibrado con precisión de artillero:
—...pues ese deadline yo lo veo justito, ¿eh?
Silencio.
—Ya, ya. Pero es que si nos metemos ahí sin cerrar el alcance, luego pasa lo de siempre.
Silencio.
—Totalmente. Yo lo que digo es que hay que alinear expectativas.
No hay nadie al otro lado. Yo lo sé porque estoy en el pasillo con la cesta de la ropa y desde el pasillo se ve la pantalla, y en la pantalla hay un documento de Word en blanco y una pestaña con el Marca.
Es teatro. Es teatro para una espectadora que está a dos metros y medio en línea recta y a la que jamás se le vería aplaudir.
—Muy bien lo del alcance —le digo cuando cuelga con nadie.
—Gracias.
—Especialmente cuando has dicho «pero es que si nos metemos ahí». El «pero es que» ha estado muy conseguido.
—Vale.
—Un poco largo el silencio del segundo turno. Cinco segundos. Nadie escucha cinco segundos seguidos en una reunión de verdad.
—¿Tú te vas a quedar ahí?
—Yo me voy a quedar aquí.
A las once cierra el portátil, coge la bolsa de tela y se va al Mercadona.
Vuelve a la una. Si su madre lo intercepta en la escalera —y su madre lo intercepta en la escalera— la conversación es siempre la misma y siempre se oye entera desde el rellano, porque yo estoy en el rellano, porque en esta casa la única intimidad posible es la de espiar:
—¿Y tú a estas horas por la calle?
—He salido entre call y call.
—¿Entre qué?
—Entre reunión y reunión, mamá.
—Ah. Qué bien, hijo. Se te ve muy responsable. —Ruido de bolsa—. Toma, llévate estas aceitunas.
—No me hace falta.
—Que te las lleves, que las he cogido de más.
Nadie coge aceitunas de más. En el mercado, a Milagros hay cosas que no le cobran, y las cosas que no le cobran siempre acaban en la bolsa de otro. Nadie miente tan bien como una familia entera colaborando.
—Un día te va a pillar —le digo cuando sube.
—No me va a pillar.
—Rubén, tu madre tiene once llaves.
—Doce —dice él, sin levantar la vista de la bolsa—. Tiene una del bajo también.
Ahí levanto yo la mía.
—¿Qué bajo?
—El de la mercería.
—¿La mercería de la esquina? ¿La de la persiana verde?
—El Botón de Oro. Era de mi abuela y luego de mi madre. Cerró en 2010.
—¿Y qué hay dentro?
—Cajas.
—¿Cajas de qué?
—Cajas. —Guarda la leche—. Botones, hilos, esas cosas. Está lleno hasta arriba, no entra nadie.
—¿Ni tú?
—Ni yo.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y no te parece raro?
—Es un local con cajas, Irene.
—Es un local con cajas al que el hijo de la propietaria no ha entrado en quince años.
—Es que huele a cerrado.
—Todo esto huele a cerrado, cariño.
Y sigue guardando la compra, tranquilísimo, como si acabara de decirme que en el bajo de mi edificio hay una habitación de la que solo una persona tiene llave, cosa que efectivamente acaba de decirme.
Al día siguiente bajo a tirar el vidrio y me encuentro a Encarna en el portal, sentada en el escalón de mármol con una bolsa del Mercadona a los pies y las dos manos encima de las rodillas, en la postura universal de la mujer que no está descansando sino esperando a que pase alguien.
—Ay, mi niña. ¿Tú no eres la del segundo?
Lleva cinco semanas viéndome subir la compra.
—Soy la del segundo, sí. Irene.
—Encarna. Yo estoy en el tercero, encima de vosotros. Si oís pasos de noche soy yo, que me duele la cadera y ando.
—No se oye nada.
—Se oye todo. Esta finca es de papel. —Se echa a un lado en el escalón, invitándome, y yo, que iba al contenedor, me siento con una bolsa de botellas en el regazo—. ¿Y qué, cómo lo llevas?
—Bien. Bien, bien.
—Ya.
—Estamos instalándonos.
—Ya. —Coge aire—. ¿Y con Milagros?
Y ahí está la pregunta por la que llevaba cinco semanas sentada en ese escalón.
—Muy bien.
—Es muy buena mujer.
—Sí que lo es.
—Muy buena mujer y muy suya.
—Ajá.
—Que yo la quiero como a una hermana, ¿eh?
—Ya.
—Como a una hermana. —Sorbe—. Y a mi hermana la veo dos veces al año.
Me río antes de decidir si debo. Encarna registra la risa como quien registra una firma en un albarán, y a partir de ese momento tengo una fuente.
—Yo llevo aquí desde el 78. Yo vi a Milagros venir a este portal recién casada, con veintitrés años y una permanente que parecía un casco. —Se le arruga toda la cara de gusto—. Y luego lo de la mercería.
—El Botón de Oro.
—Aquello era una institución, mi niña. Aquello era el barrio entero. Aquí venía a comprar hilo gente de Capuchinos.
—¿Y por qué cerró?
—Ay. —Movimiento de mano hacia el suelo, que es como se dice «2010» en esta ciudad—. Se juntó todo. Que si el bazar de la esquina, que si el centro comercial, que si la gente ya no cose. Y luego lo otro.
—¿Qué otro?
—Lo de Maribel.
—¿Quién es Maribel?
—La socia. —Y aquí Encarna hace algo notable: mira a un lado, mira al otro, en un portal de tres por cuatro donde no hay nadie—. Cuarenta años juntas detrás del mostrador y ahora no se hablan.
—¿Por qué?
—Por dinero, ¿por qué va a ser? Las cosas de toda la vida se rompen siempre por dinero. Las de la tele se rompen por amores y las de verdad se rompen por dinero.
—Ya.
—Y ahí sigue el bajo. Cerrado y lleno hasta arriba.
—¿Usted ha entrado?
Encarna se ríe con la boca cerrada.
—Mi niña, en ese bajo no ha entrado nadie más que ella desde que se murió el Papa. El otro Papa, digo. El polaco.
Cojo mi bolsa de vidrio. Me levanto. Y ya con la puerta abierta, con esa cosa de las conversaciones que se ponen buenas justo cuando terminan, le pregunto:
—Encarna, ¿y Julián?
—¿Julián?
—El marido de Milagros. Mi suegro. Llevo cinco semanas aquí y no lo he visto.
Encarna coge su bolsa del Mercadona. Se pone de pie apoyándose en la rodilla buena, muy despacio, y tarda en ese movimiento exactamente el tiempo que necesita.
—Está en Zamora —dice—. Con lo de la tía Puri.
—¿Y eso qué es?
—Pues lo de la tía Puri, hija. —Empieza a subir—. Que está malísima la mujer.
Y sube. Y yo me quedo en el portal con una bolsa de botellas, pensando que acabo de hacer una pregunta que ha durado cuatro segundos más que las demás.
El sábado subo la compra y me la encuentro en mi cocina.
Son las once y diez. Yo llevo cuatro bolsas y la llave en la boca. Ella está de espaldas, con un trapo, frotando la placa de inducción en círculos pequeños y furiosos, y en la radio de mi cocina —una radio que yo no había encendido jamás porque no sabía que fuese una radio— suena Radio Olé.
—Ay, mi niña, qué susto.
Le he dado un susto. En mi cocina. Con mis bolsas.
—Milagros.
—Que se te ha ido esto. —Señala la placa con la barbilla—. Se te quemó anoche el aceite y si no se coge en caliente, luego ya no sale. Fíjate.
Me enseña el trapo. Tiene una mancha marrón. La mancha es mía. Es objetivamente mía. Yo freí unos huevos anoche y el aceite hizo lo que hace el aceite cuando lo trata una persona que está pensando en otra cosa.
—Ya lo limpiaba yo.
—Si no cuesta nada.
—Ya, pero prefiero limpiarlo yo.
—Bueno, pues lo limpias tú.
—Es que ya está limpio.
—Pues entonces no hay problema.
—Milagros, el problema no es la placa.
—¿Y cuál es el problema?
Y aquí es donde yo, que me gano la vida con las palabras, que llevo once años eligiendo palabras ajenas por dinero, me quedo con cuatro bolsas en la mano y la boca abierta, buscando una manera de decir que has entrado en mi casa que no suene a lo que es.
—Que no hace falta —digo.
Milagros deja el trapo. Se seca las manos en el paño. Y me mira.
Es importante entender cómo mira Milagros Carmona, porque es la mitad de su técnica.
No entorna los ojos. No frunce nada. Milagros mira con la cara completamente relajada, durante un segundo más de lo que dura una mirada normal, y en ese segundo de más te da tiempo a repasar todo lo que has dicho y a encontrarle tú sola el defecto.
—Ah —dice—. No te digo nada.
Coge su trapo. Coge su llavero. Apaga mi radio, que era su radio.
—Milagros.
—Dime, hija.
—Nada.
—Pues eso.
Y se va.
No te digo nada. Cuatro palabras. En galeradas yo esto lo marcaría con la señal de párrafo suprimido, esa que parece una hoz.
Porque no es que no me diga nada: es que me acaba de decir «has rechazado un favor delante de mí, lo vas a pensar toda la tarde, y yo no he levantado la voz ni una vez».
Es información comprimida. Es un archivo . zip.
La paso toda la tarde pensándolo. Toda. Con el portátil abierto en un pésame para un señor llamado Antonio Ruiz Peñalver —no el mío; hay muchos Antonios Ruiz y todos se mueren— y las manos quietas encima del teclado.
Esa noche, en la cama, se lo cuento a Rubén con la voz baja, aunque no haga falta. Ya hablamos bajo. Llevamos tres semanas en la casa y ya hablamos bajo, y eso pasó sin que ninguno de los dos lo decidiera.
—Es que ella lo hace por ayudar.
—Ya sé que lo hace por ayudar. Ese es el problema entero, Rubén. Ahí está el problema. Si lo hiciera por fastidiar sería facilísimo.
—Ya.
—Si lo hiciera por fastidiar yo tendría razón, ¿entiendes? Tendría razón y podría estar enfadada y sería todo comodísimo. Pero lo hace por ayudar y encima ayuda, y entonces la que queda mal soy yo.
—Nadie ha dicho que quedes mal.
—Tu hermana lo va a decir el sábado.
—Mi hermana...
—Tu hermana lo va a decir el sábado, Rubén. Apúntalo.
Silencio. Se gira hacia la pared.
—Pues díselo tú —dice—. A ti te respeta.
Me quedo mirando el techo un rato largo, con esa frase encima.
A ti te respeta. En seis palabras me acaba de subcontratar una guerra. Y lo ha hecho con un tono de piropo, que es la forma más limpia de subcontratar nada: dándole al otro las medallas por adelantado.
—Rubén.
—Mmm.
—¿Tú alguna vez le has dicho que no a tu madre?
Tarda en contestar lo que se tarda en fingir que uno se ha dormido.
—Es tarde, Irene.
Y a las dos y diez de la mañana, cuando ya me estaba durmiendo, oigo los cascabeles en la escalera. Bajando. A las dos y diez.
Me incorporo. Escucho. Se paran abajo del todo, más abajo del portal, en el nivel de la calle, donde no vive nadie porque ahí solo está la persiana verde del Botón de Oro.
Luego, nada. Nada durante veinte minutos.
Y luego los cascabeles otra vez, subiendo despacio, con una pausa cada tres escalones, como sube alguien que carga con algo o alguien a quien le pesa la subida más de lo que le va a contar nunca a nadie.
Fe de erratas: donde dije «tiene once llaves», léase «tiene doce, y de la número doce no habla».