Mi suegra es un dragón 1. Check-in
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Mi suegra es un dragón

Mi suegra es un dragón

Por Anabel Llorente

© inepub.com

1. Check-in

Hay tres clases de malas noticias: las que te dan por teléfono, las que te dan en persona y las que te dan por burofax con acuse de recibo un martes de enero a las nueve y diez de la mañana, cuando has bajado a por el pan en pijama y con el abrigo encima, que es un conjunto que solo funciona si nadie te ve.

El cartero me ve.

—¿Quesada Molina, Irene?

—Depende.

—¿Cómo que depende?

—Depende de lo que traiga.

—Señora, yo esto se lo tengo que entregar igual.

—Entonces no dependía.

—Firme aquí, por favor. En la rayita.

Firmo. Todo el mundo firma. Esa es la primera cosa que aprendí trabajando con papeles ajenos: que la gente firma lo que sea con tal de que el señor de la puerta se vaya.

Subo, dejo el pan en la encimera, abro el sobre y lo leo dos veces. La primera, como inquilina. La segunda, como profesional.

DOCUMENTO 1

Muy Sres. Míos: [Sra. Mía. Soy una. Y llevo cuatro años pagándole el IBI.]

Por medio de la presente le comunico mi voluntad de no renobar el contrato de arrendamiento [ renovar ] que nos vincula desde el 1 de febrero de 2022, en base al [ en base a → con base en ] artículo 10 de la LAU, disponiendo Vd. del plazo legalmente establecido para el desalojo del inmueble.

Le comunico asimismo que el inmueble será destinado a otro uso, sin que ello afecte a la relación contractual mantenida hasta la fecha, que ha sido siempre cordial y satisfactoria por ambas partes.

Sin otro particular, reciba un cordial saludo,

Fdo.: D. Antonio Ruiz Peñalver

«Otro uso.» Dos palabras. En mi oficio se llama eufemismo y en la calle Carretería se llama caja de llaves atornillada a la fachada, esas cajitas grises con teclado numérico que van saliendo por los portales como una erupción.

Nuestro edificio ya tiene cuatro. Nosotros somos los últimos vecinos con nombre y apellido de un inmueble que dentro de dos meses se llamará Sunny Málaga Center Deluxe Apartments y tendrá una foto de la catedral en la pared del salón, por si el huésped se despista y cree que ha aterrizado en Bilbao.

Le hago una corrección más con boli rojo, lo dejo encima de la mesa del desayuno y espero a que Rubén se levante. Es mi forma de dar las malas noticias: subrayadas.

—Buenos días —dice a las diez y cuarto, con la tostada en la mano.

—Lee eso.

—¿Qué es?

—Lee eso y después hablamos de lo de «cordial y satisfactoria por ambas partes».

Lee. Mastica. Vuelve a leer.

—Es una faena.

—Es un desahucio.

—No es un desahucio técnicamente.

—Técnicamente no. Emocionalmente sí, y yo trabajo en el ramo de lo emocional.

—Tú trabajas en un tanatorio.

—Llevo las redes de un tanatorio, que es peor, porque tengo que ser conmovedora con caracteres contados.

—Bueno, pues escríbele algo conmovedor a este.

—A este le escribo un burofax de vuelta con las faltas señaladas.

—No hagas eso.

—Ya lo he hecho.

—Irene.

—Con lápiz. Se borra.

Empezamos a buscar piso esa misma tarde, con el optimismo de los que no han buscado piso en Málaga desde 2022.

Primera visita: un estudio en Cruz de Humilladero, veintiocho metros, «muy luminoso», que significa que la ventana da al descansillo de otro edificio.

Ochocientos euros. Cuando llegamos hay once personas en la escalera.

Once. Con carpetas. Un chico de veintipocos lleva las nóminas plastificadas y le brillan como una carta de restaurante.

—¿Vosotros venís a las seis? —nos dice una señora con una niña de la mano.

—Nos citaron a las seis.

—A todos nos han citado a las seis, mi niña. Yo he venido a las cinco.

—¿Y por qué a las cinco?

—Porque el mes pasado vine a las seis.

Sale el chico de la inmobiliaria, veintiocho años, camisa blanca, esa alegría profesional que da haber nacido después del año 2000.

—¡Buenas tardes a todos! Vamos entrando en grupitos de cuatro, ¿vale? Que si no, no cabemos.

—¿Y la fianza cómo es? —pregunta alguien desde abajo.

—Dos meses de fianza, uno de agencia y aval bancario o seguro de impago.

—¿Y sin aval?

—Sin aval también se puede.

—Ah, menos mal.

—Con tres nóminas que sumen tres veces el importe.

—Somos autónomos.

—Entonces con la declaración de la renta y una fianza de seis meses.

La señora de la niña me mira. Yo la miro a ella. Es un segundo de intimidad absoluta entre dos desconocidas, más intenso que muchas de mis amistades.

—Nos vamos —le digo a Rubén.

—Si acabamos de llegar.

—Nos vamos, cariño. Aquí lo que están haciendo es un casting.

La segunda visita ni siquiera llegamos a entrar.

Nos llaman desde el coche para decirnos que ya está alquilado, que gracias, que nos avisan si sale algo.

En el paseo marítimo un grupo de guiris cruza en patinete en dirección contraria y con la felicidad intacta de quien está pagando ciento veinte euros la noche por el salón donde yo he cenado lentejas cuatro años.

Y a la tercera semana llama Milagros.

Milagros Carmona es la madre de Rubén. Tiene sesenta y cuatro años, una mercería cerrada desde 2010, un llavero con cascabeles que se oye a dos pisos de distancia y una manera de decir «mi niña» que no siempre es cariñosa y siempre es información.

Llama a su hijo, no a mí, porque Milagros considera que las noticias importantes viajan por vía sanguínea.

Rubén pone el manos libres. Craso error, que diría el burofax si supiera escribir.

—¿Estás comiendo? —dice la voz.

—Estoy con Irene.

—Eso no es comer.

—Son las cuatro y media, mamá.

—Por eso lo digo. ¿Habéis encontrado algo?

—Estamos en ello.

—«Estamos en ello» es lo que decía tu padre cuando no estaba en nada.

Rubén me mira. Yo miro el techo.

—Estamos mirando, mamá.

—El segundo B está vacío desde que se murió la Loli.

—Ya.

—Y me da una pena verlo cerrado que me pongo mala. Con lo bonito que está. Yo lo limpio los jueves.

—¿Limpias un piso vacío?

—Un piso vacío es el que más se ensucia, hijo mío. Eso es que no sabes nada de la vida.

Aquí hay que hacer una pausa técnica. El segundo B está enfrente del segundo A.

No cerca. No en la misma finca. Enfrente.

Puerta con puerta, con un rellano en medio de dos metros y medio que es, en la práctica, un pasillo interior de la vivienda de mi suegra que el catastro ha decidido llamar zona común.

—Mamá, es que no sé si...

—¿Si qué?

—Si es buena idea.

—¿El qué no es buena idea, tener un techo?

—Nosotros queremos pagar algo.

—Ni se te ocurra.

—Mamá.

—Que ni se te ocurra, Rubén. Sin alquiler, ¿eh? Sin alquiler, solo cariño.

Y ahí está. Cinco palabras. En mi oficio eso no es una oferta: es una cláusula.

Miro a Rubén. Rubén mira el teléfono como si el teléfono pudiera contestar por él. Es un gesto que le voy a ver mucho a partir de ahora, y todavía no lo sé, y esa ignorancia es lo más parecido a la felicidad que tuve ese mes.

—Lo hablamos, mamá.

—Claro que sí, mi niña —dice Milagros, aunque le esté hablando a su hijo.

Yo también soy mi niña. Todo el mundo es mi niña. Es un cargo, no un afecto.

Lo hablamos esa noche en la cama, que es donde se hablan las cosas cuando ya están decididas.

—Son dos meses —dice él.

—Son dos meses hasta que encontremos algo.

—Eso.

—Y si no encontramos algo en dos meses, ¿qué?

—Encontraremos algo.

—Rubén.

—¿Qué?

—Los números.

Se calla. Los números son los que son. Rubén lleva siete meses sin trabajo.

Siete. La consultora lo dejó en la calle en junio con un finiquito que fuimos gastando en cosas que parecían pequeñas por separado, que es como se gasta el dinero de verdad.

Yo facturo lo que facturo, que da para vivir en un sitio que no exista.

—Y tu madre no lo sabe —digo.

—Mi madre no lo sabe.

—Rubén, van a ser dos metros y medio de rellano.

—Mi madre no se entera de nada.

Me giro hacia él en la oscuridad. Tengo que decir aquí, para que conste, que en ese momento me pareció una frase inocente. La frase más inocente del mundo.

—¿Tú te estás oyendo?

—Es que si se entera, se preocupa. Y cuando mi madre se preocupa no se preocupa como las demás madres. Se preocupa con recursos.

—¿Qué significa eso?

—Que aparece con un tupper, con una lista de empresas y con el cuñado de una amiga que trabaja en Recursos Humanos y que ya me colocó una vez.

—¿Y qué pasó?

—Que trabajé cuatro meses en un almacén de material de fontanería en Torremolinos y todavía me lo recuerda por Navidad.

—Solo hasta que encontremos algo —digo yo.

—Solo hasta que encontremos algo —repite él.

Y suena como suenan las cosas que se repiten para creérselas: como una oración de un idioma que ya no se habla.

La finca está en la calle Amargura, en la Victoria. Le hice el chiste a Rubén en el coche, subiendo la cuesta, con el maletero lleno de cajas, y me miró como se mira a alguien que se ríe solo en un ascensor. No lo repito. Es un chiste de una sola bala y me la he gastado en enero.

La mudanza es de las baratas: una furgoneta, un amigo de Rubén que se llama Chule y del que nunca he sabido el nombre real, y la cuesta. La cuesta es un personaje. La cuesta tiene voz propia.

—Esto no lo subimos —dice Chule a mitad de rampa, con la lavadora entre los tres.

—Sí lo subimos.

—Esto no lo subimos, Rubén.

—Chule.

—Que yo te lo digo con cariño. Esto se queda aquí y le ponemos una maceta encima.

Milagros baja a supervisar a las once con una bata de casa y unas gafas de sol, combinación que en el barrio equivale a un uniforme de gala.

—Eso ahí no.

—Es provisional, Milagros.

—Ya, mi niña, pero es que ahí estorba.

—Es que estamos subiendo cosas.

—Si yo no digo nada. Digo que ahí estorba.

—¿Dónde lo pongo?

—Donde tú quieras. —Pausa—. Pero ahí no.

Está en mitad del rellano. Todo estorba en mitad del rellano, incluidos nosotros, la lavadora y el concepto occidental de propiedad privada.

A las nueve de la noche se va Chule, se va la furgoneta y se va la luz de la escalera, que tiene un temporizador de once segundos calculado por un ingeniero que odiaba a la humanidad.

Nos quedamos Rubén y yo sentados en el suelo del salón, entre cuatro columnas de cajas mal etiquetadas, comiendo una pizza que sabe a cartón dulce y bebiendo un vino que trajo Chule y que probablemente fuese suyo.

Y estamos bien.

Esto hay que apuntarlo, porque después van a pasar cosas: estamos bien.

—Tengo una teoría —dice Rubén, con el móvil metido dentro de un vaso para que la música se oiga más, invento de estudiante que sigue funcionando como el primer día.

—A ver.

—Mi primo Fali no existe.

—Tu primo Fali estuvo en nuestra boda.

—Alguien estuvo en nuestra boda. Nadie ha demostrado que fuera Fali.

—Comió sopa.

—Eso lo hace cualquiera.

—Se llevó el centro de mesa.

—Eso lo hace todavía más cualquiera. —Se incorpora sobre un codo—. Escúchame. ¿Tú has visto una foto de Fali de pequeño?

—No.

—¿Sabes dónde vive?

—En Rincón.

—Todo el mundo dice que vive en Rincón. Nadie ha ido.

Me río tanto que me atraganto con la corteza y él me da golpes en la espalda con una mano y sostiene el vaso con la otra para que no se caiga la música, y esa es exactamente la clase de cosa que hace bien este hombre y por la que se le perdonan tantas.

Tiene una caja etiquetada COSAS que pesa veintidós kilos. Yo tengo una etiquetada COSAS 2. Somos, esa noche, dos personas de treinta y tantos sin nada resuelto y con toda la sensación de haberlo resuelto, que es un fenómeno que solo ocurre en el suelo y sin muebles.

—Aquí vamos a estar bien —dice él.

—Aquí vamos a estar gratis.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo, cariño. Nunca ha sido lo mismo.

Y entonces se abre la puerta.

No suena el timbre. No llaman con los nudillos.

No hay ese ruido de cortesía que hace la gente con la garganta antes de entrar en un sitio.

Se abre la puerta de la calle de mi casa a las diez y veinte de la noche del día en que me he mudado a ella, y en el marco está Milagros Carmona con una bandeja tapada con un paño de cuadros y el llavero en la mano, sonando, sonando, sonando.

—Ay, que estáis a oscuras.

Enciende la luz. Mi luz. Con la mano izquierda, sin mirar, porque sabe dónde está el interruptor y yo todavía no.

—Mamá, que estábamos cenando.

—¿Eso es cenar?

—Es pizza.

—Ya veo lo que es. —No dice nada más de la pizza. Lo que hace con la barbilla al mirarla es más elocuente que catorce páginas—. Os he hecho un poquito de cena, que con la mudanza no habréis comido en condiciones.

—Milagros, de verdad que no hacía falta.

—Si no cuesta nada.

—Es que ya hemos cenado.

—Eso no es cenar, mi niña, eso es picar. —Deja la bandeja en el suelo, entre las cajas, y se incorpora con las dos manos en los riñones—. Lo dejo aquí, que peso.

Y hace el barrido. Cortinas, enchufes, la humedad de la esquina, la lavadora todavía en el pasillo, mi vino, mi marido descalzo, yo con una servilleta en la mano.

—Estáis muy bien aquí —dictamina—. Como si estuvierais en vuestra casa.

—Es que es nuestra casa —digo.

Y se hace un silencio pequeñito, de medio segundo, que en el patio de luces se habría oído.

—Pues claro que sí —dice ella—. Eso he dicho yo.

—Ya. Eso has dicho.

—Rubén, hijo, ponte unos calcetines, que el suelo está frío.

Rubén se pone unos calcetines. Rubén tiene treinta y siete años y se levanta a buscar unos calcetines dentro de una caja etiquetada COSAS.

Y yo, mientras tanto, miro la mano derecha de Milagros. La que sostiene el llavero.

Cuento las llaves. Es un tic. Cuando algo me supera, cuento.

Son once. Once llaves en un aro con dos cascabeles dorados de esos que se les ponen a los gatos y a las cortinas de las peluquerías.

Y dos de ellas —dos, las dos nuevas, las dos brillantes, sin una sola raya— son exactamente iguales a las que me han dado a mí esta mañana en un sobre con mi nombre escrito en bolígrafo azul.

Ella se da cuenta de que las estoy mirando. No las esconde. Al contrario: las levanta un poco, las hace sonar y sonríe con la naturalidad de quien enseña el carnet a un guardia que se lo ha pedido por error.

—Por si acaso —dice.

—¿Por si acaso qué?

—Por si acaso, hija. Por si acaso es por si acaso.

Y se va, y deja la puerta entornada, porque las puertas entornadas son gratis y las puertas cerradas cuestan una conversación.

Nos comemos su cena. Está buenísima. Eso es lo peor de todo lo que ha pasado hoy y no lo sabré hasta dentro de seis meses.

Fe de erratas: donde dije «solo hasta que encontremos algo», léase «hemos firmado sin leer la letra pequeña, y la letra pequeña riega geranios».