Mi suegra es un dragón 11. La cerradura (II)
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11. La cerradura (II)

Es jueves. Son las once y veinte de la mañana.

Yo estoy en el salón, en pijama, corrigiendo un texto de la clínica dental que dice «sonrisas que hablan por si solas» —sin tilde, cuarta vez este mes— cuando oigo los cascabeles subiendo la escalera y me pongo de pie sin decidirlo, como se pone de pie un animal.

Los cascabeles se paran en el rellano.

Y esta vez sí lo oigo. Oigo perfectamente el ruido de una llave que entra dos centímetros y se para.

Sale. Vuelve a entrar. Se para.

Sale.

Silencio.

Un silencio de dos segundos, tres, cuatro. Yo estoy a un metro de la puerta, descalza, con un boli rojo en la mano, sin respirar.

Y entonces la llave entra otra vez y ahora hay fuerza detrás. Hay una mano de sesenta y cuatro años empujando y girando y empujando, y el bombillo nuevo hace un ruidito de plástico caro que no cede, y la puerta se mueve tres milímetros en el marco y no se abre.

—¿Rubén?

Yo no digo nada.

—¡Rubén, hijo!

Yo no abro. Y esto lo tengo que explicar, porque es la única cosa de todo este asunto de la que me sigo avergonzando: no abro porque no tengo preparada la frase.

Llevo cuatro días imaginando esta escena y en todas mis versiones yo abría la puerta y decía algo.

Y ahora está ocurriendo, y no tengo nada, y me quedo detrás de la madera como una idiota de treinta y cuatro años, descalza, con un boli en la mano.

Los cascabeles bajan.

Bajan deprisa. Bajan tres pisos deprisa, con esa cadencia irregular de las rodillas que se están dando más prisa de la que pueden, y yo pienso, con un alivio inmenso: se ha ido a por Encarna.

No se ha ido a por Encarna.

Los siguientes veinte minutos los paso en el salón, sentada en el borde del sofá, con el móvil en la mano.

Ha intentado entrar , le escribo a Rubén.

y??

Y no ha podido.

bueno ya está. ya pasó lo peor

Rubén, ¿dónde estás?

Tarda cuatro minutos en contestar y contesta esto: en el merca . Y luego, a los dos minutos: quieres algo?

Estoy escribiendo «quiero que subas» cuando oigo la puerta del portal. Y no es la puerta del portal como suena la puerta del portal. Es la puerta del portal sostenida por alguien mientras entra alguien más.

Y luego voces en el hueco de la escalera. Voces de gente que sube andando porque no hay ascensor y que va hablando mientras sube porque no le cuesta.

—...pues sí, señora, pero es que nosotros para eso...

Me levanto. Voy a la mirilla.

Y por la mirilla, deformados por el ojo de pez, en un blanco y negro de pesadilla, veo dos uniformes.

Los agentes llegan a las doce menos veinticinco.

Son dos. Un chico y una chica, jovencísimos los dos, con esa cara de la Policía Nacional que en el barrio le hace a la gente asomarse a las ventanas.

Y cuando yo abro la puerta —porque esta vez sí abro, porque han llamado con los nudillos y con la voz, «¡Policía, buenos días! »— me encuentro con el cuadro completo:

Los dos agentes. Detrás, Milagros Carmona, con la bolsa del mercado todavía en la mano. Detrás de ella, Encarna, en bata, en el tramo de arriba de la escalera, agarrada a la barandilla con las dos manos, con la cara de una mujer que ha esperado veintidós años para ver algo así en su rellano.

Y en el patio de luces, ocho ventanas abiertas.

—Buenos días. ¿Vive usted aquí?

—Sí.

—¿Nos permite el DNI?

Voy a por el DNI. Descalza. En pijama. Los tres pasos más largos de mi vida.

Vuelvo. La agente lo mira, apunta algo, me lo devuelve.

—La señora nos ha comunicado que es la propietaria de la vivienda y que no puede acceder.

—Es la propietaria.

—¿Y usted?

—Yo vivo aquí. Es mi suegra.

—¿Tienen ustedes contrato de arrendamiento?

Y aquí, señoras y señores, es donde empieza a hacerse de noche a las doce del mediodía.

—No.

—¿No hay contrato?

—Es un acuerdo familiar.

—¿Verbal?

—Verbal.

—¿Y pagan ustedes renta?

—No.

El chico levanta la vista de la libreta.

—¿No pagan nada?

—No pagamos nada.

—Ya.

Y apunta. Apunta más de lo que yo he dicho, estoy segura.

—¿Y desde cuándo residen aquí?

—Desde enero.

—¿Y la cerradura?

—La he cambiado yo.

—¿Con conocimiento de la propietaria?

—Sin conocimiento de la propietaria.

—Ya.

Y en ese «ya» de un agente de veintiséis años cabe todo el derecho civil español.

—¿Y por qué? —pregunta la agente.

Y es la única persona en todo este rellano que me hace esa pregunta en dos horas.

—Porque entraba.

—¿Entraba cómo?

—Entraba y ya está. Con la llave. Sin llamar.

—¿A qué horas?

—A las nueve y veinte. A las once y diez. Un sábado a las once y diez estaba fregando mi vitrocerámica.

Y por primera vez en toda la mañana algo se mueve en la cara de la agente. No mucho. Lo que tarda en parpadear.

—Yo lo que quiero —dice Milagros entonces, con la voz un poco temblorosa, y no está fingiendo, y eso es lo que más me duele— es entrar en mi casa.

—¿Esta es su vivienda habitual, señora?

—Mi vivienda es la de enfrente. Pero esta también es mía. Yo tengo las escrituras.

—¿Las tiene aquí?

—Las tengo en el cajón de la cómoda.

—Si es tan amable.

Y Milagros cruza el rellano, entra en su casa, y vuelve en dos minutos con una carpeta azul de gomas, de esas de toda la vida, y saca de dentro unas escrituras del año 1991 en un papel amarillento con un sello de notario, y también —también— la escritura del segundo A, y también la del bajo, y las deja las tres en las manos de la agente porque no sabe cuál de las tres le van a pedir.

Tres escrituras. En un rellano. A las doce menos cuarto.

Y yo, descalza, mirando esos tres documentos en las manos de una policía, con el patio de luces retransmitiendo, entiendo con una claridad que no había tenido nunca que en este edificio hay una sola persona que sea dueña de algo, y que no soy yo, y que no es mi marido, y que no es el barrio.

—Todo está en regla —dice la agente.

—Ya lo sé —dice Milagros.

—Señora, esto es un asunto civil. Nosotros no podemos abrir una puerta.

—Yo no quiero que abran nada.

—¿Entonces?

—Yo quiero que conste.

Y ahí lo dice. Con la bolsa del mercado en la mano, con los pimientos dentro, en el descansillo de una finca del setenta y dos.

Yo quiero que conste.

—¿Que conste dónde? —pregunta el agente joven.

—Donde ustedes lo apunten.

—Es que nosotros esto no lo apuntamos en ningún sitio, señora.

—¿Y esa libreta?

—Esta libreta es mía.

—Pues ahí.

Y el chico, que lleva diez minutos intentando que esto se acabe, mira su propia libreta como si acabaran de traicionarlo.

—Mire, señora, lo normal en estos casos es que la propiedad tenga una copia. Si ustedes se lo hablan y le facilitan una llave, esto se soluciona hoy.

—Es que el problema no es la llave —digo yo.

—Ya.

—El problema es que entra cuando no estoy.

—Ya.

—Entra en mi casa. Con la compra. Antes de las diez. Sin llamar.

—Ya, señora, pero es que eso no es un delito si es la propietaria y ustedes no tienen contrato.

—¿Y si tuviéramos contrato?

—Si tuvieran contrato sería allanamiento.

—¿Allanamiento?

—Allanamiento de morada, sí.

Y en el tramo de arriba de la escalera, Encarna Ruiz, setenta y un años, bata de flores, suelta la barandilla con una mano y dice, hacia abajo, con toda la claridad de este patio:

—¡ALLANAMIENTO!

—Señora, no.

—¡PERO SI LO HA DICHO USTED!

—He dicho que lo sería si hubiera contrato. Y no hay contrato.

—¡Pues que lo hagan!

—Señora, por favor.

Y desde el quinto, una voz de hombre que no ha intervenido en toda la mañana pero que evidentemente lleva veinte minutos con la ventana abierta:

—¡EL CONTRATO SE HACE EN QUINCE MINUTOS Y SE FIRMA EN LA COCINA!

—¡GRACIAS, ANTONIO! —contesta Encarna.

—¡DE NADA!

Y entonces Milagros, que lleva callada seis minutos, que ha estado esperando exactamente este momento, se dirige a los dos agentes con la voz más tranquila del mundo:

—Yo le llevo la compra porque el niño está todo el día liado con las reuniones y ella trabaja mucho. —Pausa—. Lo digo por vosotros , hija. Yo por mí no subo.

Y se lo dice a mí. Pero mirando a los policías.

Encarna, desde arriba, hace un ruido con la garganta.

Los agentes se van a las doce y diez. Nos aconsejan que hagamos un contrato de alquiler, aunque sea simbólico, «por el bien de las dos partes». La chica me da un papelito con un teléfono de mediación familiar del Ayuntamiento y, al dármelo, sin bajar la voz del todo, dice:

—Y póngase unas zapatillas, que se va a poner mala.

El chico, ya bajando, se para en el primer descansillo, se gira y dice, mirando hacia arriba, a las ocho ventanas del patio:

—Buenos días a todos.

Y ocho ventanas se cierran a la vez.

Milagros y yo nos quedamos solas en el rellano. Dos metros y medio. Ella con la bolsa. Yo descalza.

—Milagros...

—No, mi niña.

—Déjame que te explique.

—No hace falta.

—Yo no he hecho esto contra ti.

—Ya.

—Lo he hecho para poder vivir aquí.

Y ella se coloca bien el asa de la bolsa en el antebrazo, se saca las llaves del bolsillo de la rebeca y las sostiene un momento a la altura del pecho, con los dos cascabeles quietos.

—Once llaves —dice—. Y una que ya no vale.

—Milagros.

—Te he traído pimientos otra vez. Están en la bolsa. —Empieza a girarse—. Los dejo aquí en el suelo, que como no puedo entrar...

Y los deja. En el felpudo. Una bolsa de pimientos en el felpudo de mi puerta, a las doce y cuarto de la mañana, con el rellano todavía oliendo a policía.

Se mete en su casa.

No da un portazo.

Rubén sube a las doce y veinticinco con la bolsa del Mercadona.

—¿Qué ha pasado?

—Ha venido la policía.

—¿QUÉ?

—Que ha venido la policía, Rubén.

Y este hombre, mi marido, el hijo de esa mujer, se queda parado en el rellano con una bolsa de tela en cada mano, mirando la bolsa de pimientos del suelo, y dice:

—¿Y esto?

—Son pimientos.

—¿Ha traído pimientos?

—Ha traído pimientos, ha llamado a la policía y ha bajado tres escrituras. En ese orden no, pero todo.

Entramos. Cierro la puerta con la llave nueva, que es un gesto que ya no me da ninguna alegría.

—¿Ha llamado a la policía? ¿A la policía policía?

—Al 091.

—¿Y qué le han dicho?

—Que somos okupas.

—¡No somos okupas!

—Somos dos personas viviendo sin contrato y sin pagar renta en una vivienda ajena, cariño. Eso técnicamente tiene un nombre y no lo he elegido yo.

Rubén se sienta. Se levanta. Se vuelve a sentar.

—Voy a hablar con ella.

—No.

—Voy a hablar con ella ahora mismo.

—Rubén, no.

—¡Es que esto no se hace, Irene! ¡A la policía! ¡A su nuera!

Y aquí tengo que decir algo incómodo, y es que durante unos segundos —cuatro o cinco— yo soy inmensamente feliz.

Porque lo veo de pie en mitad del salón, colorado, con las llaves en la mano, dispuesto a cruzar dos metros y medio de rellano y decirle a su madre una cosa que lleva treinta y siete años sin decirle.

Y luego llaman a la puerta.

Con los nudillos.

Es Encarna.

—¿Se puede?

—Pasa, Encarna.

Pasa. Se sienta en el sillón sin que nadie se lo diga. Coloca las manos en las rodillas.

—Vengo a deciros una cosa y me voy.

—Dinos.

—Que la Milagros está llorando.

Y Rubén se sienta.

Se sienta como se sienta un globo. Y ahí, en ese sofá, con las llaves todavía en la mano, se le acaba a mi marido la única sublevación que iba a tener en ocho meses, y se le acaba en cuatro segundos, y la mató una vecina de setenta y un años con una frase de cinco palabras.

—¿Llorando cómo? —dice.

—Llorando de las de sentarse en la cocina.

—Voy.

—No vayas ahora, niño.

—¿Por qué no?

—Porque si vas ahora, mañana ya no hace falta que vayas.

Y en el sillón del segundo B, Encarna Ruiz, con su bata de flores y sus doscientos once euros de renta antigua, acaba de decir la cosa más inteligente que se ha dicho en este edificio en tres meses.

Se levanta.

—Y tú, mi niña.

—Dime.

—Ponte unas zapatillas.

Fe de erratas: donde dije «he cambiado la cerradura», léase «he cambiado la cerradura de una casa que no es mía, y lo he hecho un martes, que es el día en que ella no está, y eso no lo hace nadie que se crea con derecho».