Mi suegra destruyó mi matrimonio (Su matrimonio en crisis nº 71) 9 Nova
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Esa misma noche - Continuación

El mundo se vuelve blanco.

Está dentro de mí —por fin, por fin dentro de mí— y no puedo respirar, no puedo pensar, no puedo hacer nada más que sentir. Es grande, más grande de lo que esperaba, me dilata de una forma que roza el límite de lo soportable, y mi cuerpo se contrae a su alrededor, tratando de adaptarse, de acomodarlo.

—Respira —ordena, y su voz suena tan destrozada como me siento yo.

Inhalo profundamente. Luego otra vez. Poco a poco, mi cuerpo se relaja a su alrededor.

—Buena chica —su mano acaricia mi espalda, calmándome—. Eso es. Solo respira.

—Muévete —jadeo—. Por favor... muévete...

Se retira. Lentamente, tan lentamente que siento cada centímetro de él deslizándose contra mi interior. Y luego empuja de nuevo, igual de lento, y gimo contra la almohada.

—¿Más?

—Sí... Dios... sí...

Lo hace de nuevo. Y de nuevo. Embestidas largas y lentas que siento en cada célula de mi cuerpo. No es rápido, no es el embate desesperado que pedí, pero es minucioso. Deliberado. Como si estuviera aprendiendo mi forma desde dentro.

—Te sientes increíble —dice con voz entrecortada—. Tan apretada. Tan húmeda. Como si estuvieras hecha para mí.

Quiero responder, pero no puedo formar palabras. Solo puedo sentir: cómo se desliza dentro de mí, el calor de su cuerpo detrás del mío, el agarre de sus manos en mis caderas sujetándome mientras me deshace con una paciencia agonizante.

—Luca... por favor...

—¿Por favor qué?

—Más fuerte. Necesito... necesito más...

Sus manos se tensan en mis caderas. Su ritmo cambia.

Ya no es lento. Ya no es suave. Se retira y embiste con fuerza, y grito, los brazos me ceden, la cara se me hunde en la almohada. De nuevo. Y de nuevo. Me está follando en serio ahora, cada embestida me empuja hacia delante en la cama, el sonido de piel contra piel obscenamente alto en la habitación silenciosa.

—¿Es esto lo que querías? —su voz es un gruñido, apenas reconocible—. ¿Así de fuerte te gusta?

—Sí... joder... sí...

—Eres mía —otra embestida, imposiblemente profunda—. Dilo.

—Soy tuya...

—Otra vez.

—Soy tuya, Luca... soy tuya, soy tuya, soy...

Desliza la mano hacia delante. Sus dedos encuentran mi clítoris, acaricia, y grito.

El orgasmo me atraviesa sin previo aviso. Un segundo estoy al borde, y al siguiente caigo, me destrozo, todo mi cuerpo se convulsiona a su alrededor mientras ola tras ola de placer me arrasa.

No se detiene.

Sigue follándome mientras dura, sigue acariciando mi clítoris, sigue hundiéndose en mí hasta que el primer orgasmo se difumina en un segundo, y el segundo en un tercero, y ya ni siquiera son orgasmos separados, solo una larga explosión continua de sensación que no termina, no se detiene, no...

—Uno más —dice entre dientes—. Dame uno más.

—No puedo...

—Puedes —su otra mano se cierra en mi pelo, tirándome de la cabeza hacia atrás, y el ligero pinchazo de dolor me recorre la columna como un rayo—. Puedes, y lo harás. Córrete para mí, Nova. Ahora.

Me corro.

Este es diferente. Más profundo, más oscuro, arrancado de lo más hondo de mí. Sollozo contra la almohada, las lágrimas me corren por la cara, el cuerpo me tiembla tan fuerte que apenas puedo mantenerme erguida. Detrás de mí, lo siento tensarse, siento cómo su ritmo se entrecorta, cómo se entierra profundamente y gime mi nombre mientras me sigue al precipicio.

Nos desplomamos juntos.

Se sostiene sobre los codos en el último segundo para no aplastarme, pero su peso se asienta sobre mi espalda: cálido, que me ancla, real. Todavía lo siento palpitando dentro de mí, siento las réplicas recorriéndonos a los dos.

Durante un largo momento, ninguno de los dos se mueve.

Luego, despacio, sale de mí.

Gimo por el vacío. Mi cuerpo se siente vacío sin él. Hueco, dolorido, ya anhelando más. Rueda sobre su costado y siento su mano en mi cadera, que me gira para mirarlo.

—Oye —su voz es suave ahora, sin rastro de aspereza—. Mírame.

Abro los ojos.

Está justo ahí, tan cerca que podría contar cada pestaña que enmarca sus ojos oscuros. Tiene el pelo revuelto, húmedo de sudor. Los labios hinchados. Parece completamente deshecho, y probablemente yo estoy peor.

—¿Estás bien? —pregunta.

Me río. Me sale temblorosa, abrumada.

—No estoy segura de recordar cómo se camina.

Sus labios se curvan.

—¿Tan bien?

—Eso es... —busco palabras. No logro encontrar ninguna que sea adecuada—. No sabía que podía ser así.

Algo cruza su rostro: satisfacción, posesión, quizá algo más suave debajo. Me atrae hacia él, me acurruca contra su pecho, me envuelve con los brazos como si temiera que pudiera desaparecer.

—Siempre va a ser así —murmura contra mi pelo—. Cada vez. Voy a arruinarte para cualquier otro.

—Ya lo has hecho.

Sus brazos se aprietan.

—Bien.

Permanecemos allí en silencio mientras nuestra respiración vuelve poco a poco a la normalidad. El sudor se enfría sobre nuestra piel. La luz de la luna se desplaza por el techo. Y pienso en lo que acaba de pasar: no solo el sexo, sino todo lo que nos trajo hasta aquí. La espera. El deseo. Esa lenta y agonizante tensión que convirtió el alivio en una revelación.

—Luca.

—Mm.

—Lo que me dijiste. Aquella mañana. Sobre que me habías estado observando durante tres años.

Su cuerpo se tensa ligeramente contra el mío.

—¿Qué pasa con eso?

—Me diste la confesión.

Echo la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—Ahora quiero la historia. Toda. Lo que hiciste realmente, todo ese tiempo. Y por qué tardaste tanto en venir a buscarme.

Guarda silencio durante tanto tiempo que estoy segura de que no va a responder. Pero entonces empieza a hablar, con la voz baja y mesurada, y me doy cuenta de que me está contando cosas que nunca le ha contado a nadie.

—Ya conoces el principio —dice—. La cena. La pintura bajo tus uñas. El momento en que supe que estaba perdido.

Su mano busca la mía, me recorre los dedos en la oscuridad.

—Lo que no sabes es lo que vino después.

—Cuéntamelo.

—Te vigilé. A través de intermediarios, sobre todo. Gente a la que pagaba para que te tuviera controlada. Para asegurarme de que estabas...

Suelta una risa amarga.

—Para asegurarme de que estabas bien, como si alguien en esa familia pudiera estar bien alguna vez.

—Los informes empeoraron, ¿verdad?

—Sí. Con el tiempo. Vi cómo te iban aislando, cómo Vivienne te apartaba de tus amigos, de tu carrera, de tu familia. Vi los moretones en las fotografías. Me enteré de los «accidentes» que no eran accidentes.

—Y después de que ella me rompiera la muñeca para castigarte, dejaste de acercarte donde ella pudiera ver.

—Sí.

Su voz suena áspera, cargada de autodesprecio.

—Me convencí de que la paciencia era lo mismo que mantenerte con vida. De que construir el caso en la sombra era el único camino que no acababa contigo bajo tierra. Me dije...

Se detiene. Respira hondo.

—Me dije muchas cosas que me permitían dormir por las noches.

—Pero no dormías.

—No. No he dormido bien en años. No hasta...

Me besa el pelo.

—No hasta ti.

Permanecemos allí en silencio mientras el peso de su confesión se asienta sobre nosotros. Debería estar enfadada, pienso. Debería estar furiosa con él por quedarse mirando mientras yo sufría, por no rescatarme antes, por todo el dolor que soporté mientras él guardaba las distancias.

Pero no puedo estar enfadada.

Porque lo entiendo. Sé lo que es estar atrapada por las circunstancias, por las expectativas, por la creencia de que guardar silencio es lo mismo que estar a salvo. Sé lo que es tomar decisiones que parecen correctas en el momento y cargar con las consecuencias durante años.

—¿Cuándo decidiste actuar? —pregunto.

—La noche en que Marta me llamó.

—¿Marta?

—El ama de llaves. De la casa de mi madre.

Vuelve a acariciarme los dedos con suavidad.

—Sirvió a mi abuela antes que a mi madre. Ha sido mi informante desde el día en que me fui: me pasaba información sobre la familia, sobre los planes de mi madre. Fue ella quien me avisó cuando las cosas se pusieron realmente mal.

—Y esa noche...

—Esa noche me llamó muerta de miedo. Dijo que mi madre había estado interrogando al personal sobre filtraciones. Que estaba tramando algo, algo peor de lo habitual. Y entonces...

Se le tensa la voz.

—Entonces dijo que te habías ido. Que habías dejado a Dante y que mi madre iba a ir a por ti.

—Así que viniste a buscarme.

—Vine a buscarte.

Se aparta un poco para mirarme. Tiene los ojos oscuros, intensos.

—Tenía gente rastreando los movimientos de mi madre. En cuanto supe que se dirigía al centro, hacia la zona donde mi gente te había localizado, entendí lo que tramaba. Así que la seguí.

—Estabas allí —susurro—. Todo el tiempo.

—Estaba observando desde lejos cuando te encontró en aquel callejón. Cuando...

Se le tensa la mandíbula.

—Cuando te hizo daño. Quería matarla con mis propias manos. Quería destrozarla.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque matarla habría sido demasiado fácil. Demasiado rápido.

Me clava la mirada.

—Quiero que sufra, Nova. Quiero que lo pierda todo: su reputación, su libertad, su preciada posición social. Quiero que lo vea derrumbarse y sepa que se lo ha buscado ella sola.

La fría furia en su voz debería asustarme. No lo hace.

—El caso que estás montando —digo—. Las pruebas que has ido reuniendo.

—Está casi listo. Historiales médicos, documentos financieros, testimonios. Todo lo que mi madre ha hecho, documentado e irrefutable ante un tribunal.

Me acaricia la mejilla.

—Cuando llegue el momento, voy a destruirla. Y tú vas a verlo.

Debería sentir algo: horror, quizá, o dudas. Presenciar la destrucción de alguien, incluso de alguien que me hizo daño, debería hacerme vacilar.

No es así.

—Bien —susurro—. Quiero verlo.

Algo feroz y hambriento destella en sus ojos. Me besa: profundo, posesivo, de esos besos que se te graban en el alma.

—Te quiero —dice contra mis labios—. Te he querido durante tres años y te querré hasta el día en que me muera. Y cualquiera que intente hacerte daño, cualquiera, tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

—Yo también te quiero.

Las palabras se me escapan antes de poder detenerlas. Antes de poder analizarlas, cuestionarlas o convencerme de no decirlas.

Pero son verdad.

No sé cuándo sucedió. Quizá fue la primera noche, cuando me recogió de la calle y me llevó en brazos como si fuera algo precioso. Quizá fue después, cuando me creyó sin cuestionarme, cuando curó mis heridas con manos delicadas, cuando me dio pinturas y espacio y tiempo para sanar. Quizá fue todo eso, acumulándose como la nieve, hasta que levanté la vista y me di cuenta de que estaba enterrada.

—Dilo otra vez —susurra.

—Te amo.

—Otra vez.

—Te amo, Luca. Te amo, te amo, te...

Me interrumpe con otro beso. Y luego otro. Y entonces sus manos empiezan a moverse, y mi cuerpo responde, y empezamos de nuevo, más despacio esta vez, con más delicadeza, su boca adorando cada centímetro de mí mientras me deshago entre sus caricias.

***

Hacemos el amor tres veces más esa noche.

La segunda vez es lenta, cara a cara, sus ojos fijos en los míos mientras se mueve dentro de mí. Me dice que soy hermosa. Me dice que soy fuerte. Me dice que nunca me dejará marchar. Lloro, y él me besa las lágrimas, y ninguno de los dos se disculpa.

La tercera vez es en la ducha, la misma ducha donde lo observé antes, el vapor arremolinándose a nuestro alrededor, mi espalda contra los azulejos fríos y mis piernas rodeándole la cintura. Es duro y rápido y desesperado, ambos persiguiendo el clímax como si tuviéramos miedo de que todo esto desaparezca si nos detenemos.

La cuarta vez es justo antes del amanecer, cuando la primera luz gris se cuela por las ventanas. Me despierto con su boca entre mis muslos, su lengua acariciándome hasta hacerme volver en mí, y me corro antes de estar completamente despierta.

Cuando por fin caemos rendidos de verdad, el sol ya ha salido y ambos estamos exhaustos, exprimidos, saciados, enredados en sábanas que huelen a sexo y sudor y a nosotros.

—Deberíamos dormir —murmuro contra su pecho.

—Deberíamos —su mano me acaricia el pelo—. Pero no quiero cerrar los ojos. Tengo miedo de despertar y que todo esto haya sido un sueño.

—No es un sueño.

—¿Cómo lo sabes?

Levanto la cabeza. Lo miro, a este hombre hermoso y devastador que me ama, que me ha amado durante años, que está dispuesto a destruir a su propia familia para mantenerme a salvo.

—Porque en mis sueños —digo— nunca fui tan feliz.

Su expresión se suaviza. Me acerca más, me acurruca la cabeza bajo su barbilla, me rodea con sus brazos como si pudiera protegerme del mundo.

—Duerme —murmura—. Estaré aquí cuando despiertes.

Le creo.

***

Luca

Marta me llama pasada la medianoche, y su voz tiembla tanto que apenas puedo distinguir las palabras. Mi madre lo sabe.

Alguien le contó todo: que Nova está aquí, conmigo, detrás de estos muros. Que nos han visto juntos. Íntimamente.

«Esa puta desagradecida», seguía diciendo mi madre, me cuenta Marta. «Esa puta venenosa y desagradecida».

Pero no se enfureció durante mucho tiempo. Se quedó callada, como siempre hace justo antes de causar el mayor daño. Sacarnos de esta fortaleza requeriría un ejército, y a mi madre nunca le han gustado los ejércitos. Demasiado ruidosos. Demasiados testigos.

No necesita un ejército. Necesita un escenario. Algo a lo que no podamos resistirnos, algo que nos haga entrar por nuestra cuenta.

Dante se va a comprometer, dice Marta. Va a haber una boda, pronto, y será muy pública. Y mi madre se asegurará de que Nova y yo recibamos una invitación.

«Cuando muerdan el anzuelo, y lo harán», le dijo a Marta, «me avisarás en cuanto crucen sus puertas. Serás mis ojos ese día».

Aún puedo oír el temblor de las manos de Marta en su voz, mucho después de que se queda en silencio.