Mi suegra destruyó mi matrimonio (Su matrimonio en crisis nº 71) 6 Nova
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Semana tres

Los sueños siempre empiezan igual.

Tacones sobre el pavimento. Clic. Clic. Clic.

Ese ritmo caro que anunciaba su presencia como una marcha fúnebre, ese sonido que aprendí a temer más que los gritos, más que los portazos, más que cualquiera de las advertencias obvias que recibe la gente normal antes de que la violencia la alcance.

Vivienne nunca daba portazos. Vivienne nunca alzaba la voz.

Vivienne solo... hacía clic. Cada vez más cerca, ese metrónomo constante de Louboutin sobre mármol, hasta que estaba justo detrás de ti y ya era demasiado tarde.

Clic. Clic. Clic.

Luego el perfume.

Chanel N.º 5, empalagoso y dulce, que me llenaba los pulmones como gas venenoso. Lo huelo incluso ahora, incluso en el sueño, aunque sé que estoy soñando —esa parte de mi cerebro todavía funciona, todavía grita despierta, despierta, esto no es real—, pero saberlo no ayuda. Saberlo nunca ayuda.

El perfume se intensifica. Más cerca.

Y luego su voz.

—¿De verdad pensaste que podrías irte?

Intento correr, pero mis piernas no responden. Intento gritar, pero tengo la garganta paralizada. Estoy de vuelta en el callejón, me doy cuenta: el pavimento frío bajo mi cuerpo, la oscuridad que me oprime, el sonido lejano del tráfico que bien podría estar a mil kilómetros.

—¿Pensaste que alguien te ayudaría?

Su rostro aparece sobre mí. Hermoso. Terrible. Esa sonrisa que aprendí a temer más que sus puños, porque la sonrisa significaba que lo estaba disfrutando.

—No eres nada, Nova. Siempre fuiste nada.

Su mano se cierra en torno a mi muñeca. La misma muñeca, siempre la misma muñeca, su lugar favorito para dejar sus marcas. Siento los huesos crujir. Siento la piel ceder bajo sus uñas. Siento—

—Y nadie va a venir a salvarte.

Me despierto gritando.

El sonido me desgarra la garganta antes de estar del todo consciente, crudo y animal, el tipo de grito que nace de un lugar más profundo que el pensamiento. Estoy enredada en las sábanas, empapada en sudor, el corazón golpeándome las costillas con tanta fuerza que parece querer escapar.

La habitación está a oscuras.

No no no—

No puedo ver. No puedo respirar. La oscuridad me oprime desde todos lados, y no sé dónde estoy, no sé si estoy en el callejón o en la mansión o de vuelta en casa de Vivienne con sus suelos de mármol y sus lámparas de araña y sus hermosas, hermosas prisiones—

Clic. Clic. Clic.

Lo oigo. Lo oigo, en algún lugar en la oscuridad, esos tacones sobre piedra, y retrocedo a rastras en la cama, la espalda contra el cabecero, mientras un sollozo se me escapa del pecho—

—Nova.

La voz corta el pánico como una cuchilla.

Grave. Firme. Familiar.

Luca.

No puedo verlo. La oscuridad es demasiado densa, o mis ojos aún no se han acostumbrado, o todavía estoy atrapada en la pesadilla y esto es solo otro truco, otra forma de hacerme daño—

—Nova. Mírame.

Una luz cobra vida. Solo una vela, solo una pequeña llama en la mesita de noche, pero basta. Basta para ver la habitación a mi alrededor: las cortinas de terciopelo, el fuego moribundo, la cama con dosel en la que llevo tres semanas durmiendo. Basta para ver la figura en el umbral.

Luca.

Lleva unos pantalones oscuros holgados y nada más. Tiene el pecho desnudo a la luz de la vela, todo ángulos duros y sombras, y no debería fijarme en eso, no debería estar catalogando el vello oscuro que le cubre los pectorales y desciende por su estómago, no debería seguir ese rastro con la mirada hasta donde desaparece bajo la cinturilla—

Basta. Estás teniendo un ataque de pánico. Este no es el momento.

—Estaba aquí —jadeo—. La oí. Los tacones...

—Era yo. —Entra en la habitación, y ahora lo veo: tiene los pies descalzos, pero hay una mesa junto a la puerta, y sobre ella un juego de llaves, y debió de golpearlas al entrar, metal contra madera, y mi cerebro roto lo convirtió en—

En ella.

—Lo siento. —Estoy temblando. No puedo parar de temblar—. Lo siento, creí... oí...

—No te disculpes.

Ahora está más cerca. Lo bastante cerca para ver la preocupación en sus ojos oscuros, la tensión en su mandíbula. Lo bastante cerca para olerlo: sándalo y humo y algo cálido debajo que me hace querer acercarme y respirar hondo.

—¿Puedo sentarme?

Asiento, sin fiarme de mi voz.

Se sienta en el borde de la cama, manteniendo una distancia prudente entre nosotros. El colchón se hunde bajo su peso. La luz de la vela le baila sobre la piel, tiñéndolo de oro y sombra alternativamente.

—Dime qué necesitas —dice en voz baja.

A ti, pienso, y el pensamiento es tan intenso que me aterra haberlo dicho en voz alta. Te necesito a ti. Necesito no estar sola. Necesito sentir algo que no sea este miedo que me devora.

—No puedo... —Se me quiebra la voz—. No puedo estar sola. Esta noche no.

No responde de inmediato. Observo la luz de la vela bailar sobre sus rasgos, lo observo procesar mis palabras, tomar algún tipo de decisión detrás de esos ojos oscuros e indescifrables.

—Ven conmigo —dice.

Se pone de pie. Extiende la mano.

Me quedo mirándola: esos nudillos llenos de cicatrices, esos dedos largos, esa mano que lleva semanas apareciendo en mis sueños. Y pienso en todas las razones por las que esto es una idea terrible. Es el hermano de mi exmarido. Me asusta de formas que no acabo de entender. Estoy vulnerable, rota, en ninguna condición de tomar decisiones sobre nada, y mucho menos sobre meterme en la cama con un hombre que me mira como si quisiera devorarme.

Le tomo la mano.

Sus dedos se cierran en torno a los míos: cálidos, firmes, seguros. Me levanta con suavidad. Tengo las piernas flojas, todavía temblando por la pesadilla, y tropiezo.

Él me atrapa.

Por supuesto que me atrapa.

Su brazo me rodea la cintura para sostenerme, y de pronto estoy pegada a su pecho, con la mejilla contra su piel desnuda, las manos extendidas sobre la dureza de su abdomen. Siento los latidos de su corazón junto a mi oreja: rápidos, más rápidos de lo que esperaba, como si quizá no estuviera tan tranquilo como aparenta.

—¿Estás bien? —murmura.

Asiento con la cabeza contra su pecho. No me fío de mi voz.

Me mantiene rodeada con el brazo mientras caminamos. Por el pasillo, más allá de los apliques que parpadean, a través de la oscuridad que ya no parece tan amenazante con él a mi lado. Su piel irradia calor contra mi costado, calor que atraviesa la fina tela de mi camisón, y soy terriblemente consciente de cada punto de contacto: su mano en mi cadera, mi hombro contra sus costillas, el roce de su muslo contra el mío a cada paso.

Su habitación está al final del pasillo.

La he imaginado, en esas noches que no confieso a nadie. Imaginé madera oscura y líneas masculinas, quizá cuero, quizá libros, algo que oliera a él y supiera a él y...

No se parece en nada a lo que imaginé.

Es más grande, para empezar. Una enorme cama con dosel domina el espacio, la madera oscura tallada con patrones intrincados que no distingo con esta luz tenue. Las ventanas son altas y sin cortinas, y dejan entrar grandes haces de luz de luna que lo tiñen todo de azul plateado. Hay libros —estanterías llenas, del suelo al techo, cubriendo una pared entera— y una chimenea con brasas todavía encendidas, y un sillón junto a la ventana que parece llevar décadas de uso.

Huele a él. Sándalo y humo y ese matiz cálido y oscuro que no sé nombrar.

—La cama es bastante grande —dice, y hay algo cauteloso en su voz, algo contenido—. Puedo quedarme en mi lado. Ni siquiera notarás que estoy ahí.

«Lo notaré», pienso. «Lo notaré a cada segundo».

Me suelta, y enseguida echo de menos su calor. Se mueve hacia el lado más alejado de la cama, aparta las sábanas, espera.

Debería volver a mi habitación. Debería agradecerle la oferta y retirarme a mi propio espacio y enfrentarme a mis pesadillas como llevo haciéndolo dos años: sola, en la oscuridad, sin nadie que me oiga gritar.

Me meto en su cama.

Las sábanas son suaves —más suaves que las mías, no sé cómo, más cálidas— y huelen a él. Me las subo hasta la barbilla y me quedo tumbada boca arriba, mirando el dosel, y siento el colchón hundirse cuando él se acomoda a mi lado.

No me toca.

Nos separa una distancia calculada: treinta centímetros, quizá, de sábana fresca y aire vacío. Él también está boca arriba, lo noto por cómo se hunde la cama, y los dos simplemente... estamos aquí. Mirando al techo. Sin tocarnos.

El corazón me late con fuerza.

Ya no de miedo. De otra cosa. Algo que me tensa la piel y me calienta la sangre y hace que todo mi cuerpo vibre con una tensión que no sentía desde hace años.

Compartí cama con mi marido durante dos años y dormía como un tronco.

Una sola noche en la suya y me estoy deshaciendo.

—Puedes acercarte más.

Su voz es grave. Ronca. Como si las palabras le costaran.

—Yo...

—Estás temblando.

Es verdad. No me había dado cuenta hasta que lo dijo, pero es verdad: pequeños temblores me recorren el cuerpo, ya sea por la pesadilla o el frío o la insoportable consciencia de tenerlo a mi lado, no sabría decirlo.

—No tienes que hacerlo. Pero si necesitas...

Me muevo antes de que acabe la frase.

No lo pienso. No lo analizo. No me doy tiempo para convencerme de lo contrario. Simplemente... me acerco. Elimino la distancia entre nosotros. Y de pronto estoy pegada a su costado, con la cabeza en su hombro, la mano en su pecho.

Se queda completamente inmóvil.

Lo siento: cada músculo de su cuerpo tensándose, su respiración cortándose, los latidos de su corazón martilleando bajo mi palma. Se mantiene rígido, perfectamente controlado, como si temiera que al moverse fuera a hacerse añicos.

—¿Está bien así? —susurro.

Una larga pausa.

—Sí —su voz suena estrangulada—. Esto es... sí.

Lentamente, muy lentamente, su brazo me rodea. Se apoya en mi espalda, su mano encuentra la curva de mi cintura, y siento la tensión en él: no relajándose exactamente, sino... transformándose. Reajustándose. Como si tuviera que anular manualmente cada instinto que le dice que haga algo más que simplemente abrazarme.

Aprieto la mejilla contra su pecho.