CAPÍTULO 22
El pasillo de la clínica privada en Cavendish Square era un remanso de silencio apenas roto por el crujido discreto de las baldosas bajo sus pasos.
Aunque la garganta todavía le ardía como si hubiera tragado brasas y un mareo persistente le nublaba los contornos de las cosas, Sarah rechazó el brazo que Kate le ofrecía para sostenerla.
Reuniendo las escasas fuerzas que el veneno y las maniobras médicas le habían dejado en el cuerpo, caminó con una terquedad febril hasta detenerse frente a la pesada puerta de caoba que daba acceso a la suite de su hijo.
Apoyó la mano en el pomo de latón. El corazón, débil aún, le dio un vuelco violento contra las costillas. Cogió aire despacio y empujó la madera.
Al cruzar el umbral, la primera sensación fue de una calidez envolvente.
La estancia no se parecía en nada a los lúgubres pabellones donde la muerte solía rondar en Londres.
Una chimenea encendida esparcía un calor constante y agradable, mientras el aroma a eucalipto, lavanda y lino limpio impregnaba el ambiente.
Sobre la mesa auxiliar descansaban frascos de cristal fino con remedios traídos del extranjero, compresas de seda y un instrumental impoluto que denotaba la presencia constante de la ciencia médica más avanzada.
Thomas dormía plácidamente en el centro de un lecho imponente, cubierto por mantas de lana purísima.
Todo en aquel espacio respiraba una opulencia serena, un despliegue absoluto de recursos puestos al servicio de una sola vida.
Y todo aquello existía gracias a un solo hombre.
En el extremo opuesto de la habitación, junto al ventanal alto que daba a los jardines interiores, una figura alta y esbelta permanecía de pie.
Le daba la espalda. Vestía un chaleco oscuro sin capa, con las mangas de la camisa ligeramente arremangadas y la postura de quien ha pasado la noche entera en vela, guardando un turno invisible.
Sarah dio un paso en falso y el dobladillo de su vestido rozó la alfombra. El leve sonido bastó.
Michael se giró bruscamente.
Durante varias fracciones de segundo, el tiempo pareció detenerse por completo en la estancia. Sus miradas se cruzaron en el aire con la fuerza de un impacto físico.
En los ojos de Sarah, enmarcados por sombras violetas y arrugas de cansancio, había una marejada devastadora: el dolor atroz de los días pasados, el sufrimiento acumulado durante doce años de miseria y secreto, y, muy al fondo, sepultado pero inextinguible, un destello de ese amor antiguo, ciego y absoluto que la había gobernado desde su juventud.
En los ojos de Michael, en cambio, la mirada reflejaba una angustia profunda y una vergüenza abrasadora.
El conde de Gleeson la observaba con una intensidad casi desesperada, escudriñando cada rasgo de su rostro, la curva de sus pómulos, la palidez de sus labios...
buscando con todas las fuerzas de su voluntad un destello de memoria, un recuerdo olvidado de aquella muchacha de quince años o de la mujer de los jardines de Mayfair.
Pero la memoria no respondió. Por más que se esforzara, por más que le doliere admitirlo, el pasado seguía siendo una hoja en blanco.
No la recordaba. Y esa incapacidad de reconocer a la madre de su hijo, frente a la inmensidad de lo que ella había sufrido, se convertía en una culpa insoportable que le quemaba en el pecho.
Sarah rompió el trance bajando levemente la mirada. Ignorando la presencia del noble por un instante, caminó con pasos vacilantes directamente hacia la cama de Thomas.
Se inclinó sobre el pequeño. El cambio era un milagro que le encogió la garganta.
La palidez verdosa de la noche anterior había dado paso a un tono más natural en la piel.
El pecho del niño ya no se convulsionaba en aquellos ataques agónicos de asfixia; ascendía y descendía con un ritmo pausado y profundo.
—Su respiración ha mejorado mucho —dijo la voz de Michael, suave, rasgada por el cansancio, pero impregnada de un tono bajo que cortó el silencio de la estancia.
Sarah se quedó inmóvil, escuchando por primera vez en años aquella voz dirigida directamente a ella.
—Los médicos han aplicado inhalaciones de vapores concentrados durante la madrugada —continuó él, dando dos pasos cautelosos hacia la cama, como si temiera asustarla—.
Han conseguido que su cuerpo reaccione. Ha podido expulsar la mayor parte de las flemas y el agua del río que le anegaban los pulmones. El peligro más grave ha pasado.
Un sollozo mudo escapó de la garganta de Sarah. Se llevó los dedos a los labios, dejando que dos lágrimas silenciosas le resbalaran por las mejillas, esta vez de pura gratitud hacia el cielo.
Michael contempló la fragilidad de la mujer y se acercó un poco más.
—Por favor... siéntese —le pidió con una cortesía despojada de toda arrogancia aristocrática, señalando la silla de caoba que él mismo había ocupado durante la noche—. Necesita hablar. Necesito que hablemos.
Sarah dudó un instante, pero la debilidad de sus piernas la obligó a ceder. Se dejó caer despacio sobre el asiento mullido, sin apartar la mano de la sábana, rozando apenas los dedos de su hijo.
Michael no se alejó. Para sorpresa de Sarah, el conde se inclinó y se sentó despacio en el propio borde del lecho de Thomas, muy cerca de ella, acortando la distancia física y social que siempre los había separado.
La miró a los ojos, sintiendo que la dignidad humilde de aquella mujer lo desarmaba por completo.
—Sarah... —pronunció su nombre por primera vez, y la palabra pareció pesarle en la lengua—. Tengo que pedirle perdón.
Sarah parpadeó, sorprendida por la humilde inclinación de cabeza del aristócrata.
—Perdón por la indignidad de mi ignorancia —continuó Michael con una voz quebrada, con los ojos fijos en los de ella—.
Perdón por no recordarla. He pasado la noche entera buscando en mi memoria el rostro de la mujer que me escribió esa carta, buscando la noche en que nuestras vidas se cruzaron...
y me roe la culpa al confesarle que no puedo hallarlo.
No la recuerdo, Sarah. Y me avergüenza profundamente saber que mientras yo continuaba con una existencia vacía, cómoda y despreocupada, usted atravesaba el Infierno en la soledad, cargando con el peso de la pobreza y la crianza de un hijo nuestro.
Michael hizo una pausa, apretando los puños sobre las rodillas para contener el temblor de sus manos.
—No era consciente de sus padecimientos —agregó él con una angustia transparente en la mirada—.
Si hubiera sabido... si tan solo me hubiera llegado el menor rumor de la existencia de este niño, jamás las habría dejado solas.
Le suplico, por lo que más quiera, que no me odie por el pasado.
No me odie por la ceguera y la negligencia en la que he vivido.
Sarah inclinó la cabeza de inmediato, ocultando el rostro tras la sombra de sus pestañas.
El pecho le palpitaba con furia. Sentía un miedo cerval de que, si lo miraba a los ojos durante un segundo más, él pudiera leer en su rostro la terrible verdad: que jamás había podido odiarlo.
Que cada sacrificio, cada noche de hambre en Dover y cada costura bajo la luz de la vela habían sido soportados con resignación porque Thomas era la huella viviente del único hombre al que su corazón había pertenecido.
Mostrarle esa devoción ahora, cuando él la miraba solo con culpa y piedad, le parecía la mayor de las humillaciones.
Tragó saliva, recuperando la firmeza en la voz, aunque la cabeza seguía gacha.
—No hay nada que perdonar sobre lo que no se sabía, milord —murmuró Sarah, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que sus palabras sonaran serenas, distantes—. Usted no tenía forma de conocer mi existencia ni la de Thomas. Yo elegí el silencio. Yo construí esa muralla para protegerlo.
Hizo una pausa larga y levantó despacio la mirada. La piedad desapareció de sus ojos, reemplazada por una determinación materna que hizo que Michael se mantuviera inmóvil.
—Usted me pide que no lo odie por lo pasado —dijo Sarah con una fijeza estremecedora—. Y no lo hago. Pero escúcheme bien, señor: solo lo odiaré si intenta separar a Thomas de mi lado. Solo lo odiaré si usa su poder, su título o su fortuna para arrebatármelo.
Michael abrió levemente los labios para responder, pero ella levantó la mano pidiéndole silencio.
—Sé muy bien quién es usted —continuó Sarah, con la voz templada por el dolor de años de renuncia—.
Sé lo que significa el apellido Dalby Stuart y entiendo la importancia de su linaje.
Sé que cuando Thomas abra los ojos y descubra quién es su verdadero padre, su vida ya no podrá ser la de un muchacho humilde en la trastienda de una casa de Kensington.
Entiendo que él pertenece a un mundo más grande, y estoy dispuesta a entregárselo cuando llegue el momento.
Estoy dispuesta a permitir que le dé su apellido, que lo eduque como a un caballero y que tome el lugar que le corresponde por sangre.
Una lágrima solitaria corrió por la mejilla de Sarah, pero su postura permaneció erguida.
—Entregaré a mi hijo a su linaje si es por su bien... pero no me pida que me separe de él. No me aparte de su vida, Michael. Si me quita a Thomas, me estará quitando la única razón por la que el cielo me ha devuelto la respiración esta mañana.
Michael la escuchó en un silencio sepulcral.
La profundidad del sacrificio de aquella mujer, dispuesta a renunciar a la exclusividad de su hijo con tal de asegurar su futuro, lo atravesó como una espada.
Se dio cuenta de que tenía frente a sí a la criatura más generosa y noble que jamás había cruzado el umbral de su vida.
Extendió la mano y, con un gesto cargado de un respeto absoluto, cubrió con delicadeza la mano de Sarah que descansaba sobre las mantas.