CAPÍTULO 21 #2
—Y luego... luego se acercó a la cama de Thomas —continuó Kate, apretándole los dedos con fuerza—.
Se sentó en la silla que tú habías ocupado, tomó la mano del niño y ya bo se movió de allí.
Exigió que trasladaran al chico. Él mismo ayudó a llevar la camilla para el traslado.
No se ha separado del niño ni un solo segundo, Sarah.
Los doctores han logrado estabilizar su respiración gracias a un tratamiento nuevo para expulsar las flemas del agua del río.
Thomas ha sufrido una ligera mejoría. Sigue estando muy grave, sigue en peligro... pero respira. Está vivo.
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Sarah, pero esta vez no eran lágrimas de desesperación pura, sino de un sobrecogimiento atroz y milagroso.
Se llevó las manos al pecho, sintiendo el latido torpe de su propio corazón, comprendiendo que la confesión escrita en la soledad de Kensington no solo había salvado la vida de su hijo, sino que había traído de vuelta al hombre que creía perdido para siempre en el abismo del pasado.
***
En el amplio despacho anexo a la suite de cuidados intensivos de la clínica privada de Cavendish Square, la penumbra solo estaba rota por la luz dorada de un quinqué de bronce y el parpadeo constante de la lluvia contra los cristales.
Michael Dalby Stuart permanecía de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda y los nudillos blancos por la tensión.
Había transcurrido apenas unas pocas horas desde que irrumpió en la penumbra del hospital de San Bartolomé, pero en su interior el tiempo se había fracturado en un antes y un después insalvable.
El abrigo de paño, aún húmedo por la tormenta que azotaba Londres, descansaba sobre el respaldo de un sillón de orejas; su chaleco de seda estaba entreabierto y la corbata de raso, deshecha.
Para un hombre obsesionado con el decoro, el control y las formas impolutas de la aristocracia, su aspecto actual era la imagen misma de un naufragio.
Miró fijamente el vaso de cristal que sostenía en la mano, dejando que el ámbar del coñac reflejara la luz del fuego.
Sin embargo, no probó una sola gota. Su mente, habitualmente fría, analítica y distante, era un hervidero de imágenes, recuerdos distorsionados y una marejada de emociones desconocidas que se agolpaban en su pecho con la fuerza de un vendaval.
Pensó en Sarah. Intentó, en la soledad de aquella estancia, escarbar en los pliegues de su memoria para buscar un rostro, una mirada, una sonrisa de aquella muchacha de quince años que lo observaba en silencio desde la ventana de enfrente en Mayfair.
No encontró nada. Salvo por el vacío absoluto de la indiferencia.
Intentó recordar la noche en los jardines de los Farquhar, la velada que según la carta lo había cambiado todo.
Solo halló brumas opacas, el eco lejano de risas aristocráticas, la pesadez del vino tinto en la cabeza y la borrosa sensación de una entrega fugaz en la penumbra de un cenador.
No estaba enamorado de ella. No podía estarlo de una mujer a la que la memoria le había negado la existencia durante doce largos años.
Para él, Sarah Ronan no era el amor de su vida ni la musa de sus insomnios; era una sombra del pasado, la protagonista de una tragedia victoriana redactada con lágrimas sobre papel de hilo.
Sin embargo, aquella carta no solo había traído la verdad; había destrozado el cascarón de bronce bajo el cual Michael se había escondido durante toda su madurez.
A sus treinta y seis años, la vida del conde de Gleeson había sido un desierto impecablemente ordenado.
Criado en el rigor inflexible de una estirpe aristocrática donde el afecto era considerado una debilidad y las emociones una vulgaridad, Michael había aprendido a construirse un santuario de soledad.
Había viajado por Europa, había acumulado títulos, tierras, admiradores y elogios por su pluma distinguida.
Tenía amigos de alta cuna con los que compartía copas de oporto en los clubes de Pall Mall, y mujeres elegantes que suspiraban por una sonrisa suya en los bailes de temporada.
Pero nunca, ni un solo día de su vida, había pertenecido verdaderamente a nadie.
Ninguna criatura sobre la tierra dependía de su aliento, ni esperaba su regreso con el corazón en la mano.
Su existencia era un traje a la medida: elegante, pulcro, perfectamente entallado, pero vacío por dentro.
Los cumpleaños pasaban sin dejar huella y los años se acumulaban como tomos encuadernados en piel sobre las estanterías de su biblioteca.
O así había sido hasta esa misma noche.
Michael dejó el vaso sobre la mesa de caoba y caminó con pasos silenciosos hacia la estancia contigua, abriendo la puerta de roble con extrema cautela para no romper el frágil silencio.
La luz de las velas iluminaba con suavidad el lecho del pequeño enfermo.
Los médicos habían logrado estabilizar el ritmo convulso de su pecho gracias a cataplasmas de mostaza, inhalaciones de vapor con eucalipto y una sonda para despejar el agua estancada.
El niño dormía un sueño profundo, pesado, mecido por los sedantes.
Michael se acercó al lecho y se detuvo a un palmo de la cama. Contempló el rostro de Thomas.
El muchacho tenía la piel pálida, salpicada por pequeñas magulladuras en el pómulo y una venda limpia rodeándole la sien donde las rocas del Támesis le habían abierto la carne.
Pero bajo las marcas de la violencia y la enfermedad, el parecido era una evidencia que le helaba la sangre y, al mismo tiempo, le abrasaba el pecho.
Tenía la misma forma recta de la mandíbula, las cejas tupidas y ligeramente arqueadas, la boca firme que él mismo contemplaba cada mañana en el espejo al afeitarse.
Y aunque el niño tenía los ojos cerrados, Michael no necesitaba verlos para saber de qué color eran: los había contemplado bajo la llovizna de Strand hacía un año, aquellos ojos verdes, intensos e indomables que eran la firma biológica de los Dalby Stuart.
Sentado en la silla de caoba junto al cabecero, Michael extendió una mano temblorosa.
Dudó durante un segundo largo, como si temiera que el menor contacto pudiera romper la frágil criatura que tenía enfrente.
Finalmente, con la delicadeza de quien toca un objeto sagrado, apoyó las yemas de sus dedos sobre la mejilla del niño.
Sintió el calor de su piel. Sintió el pequeño latido de la arteria en el cuello. Sintió la vida.
En ese preciso instante, algo profundo, dormido y enterrado en lo más remoto de su ser, terminó de romperse para siempre.
Una sacudida eléctrica le recorrió la espina dorsal.
No era el remordimiento de un aristócrata ante el escándalo de un bastardo; no era la fría caridad de un filántropo que paga una cuenta médica para acallar su conciencia.
Era un torrente de vida nueva, una fuerza ciega, primaria y sobrecogedora que jamás había experimentado.
Sintió una esperanza salvaje, una ilusión viva que le aceleró el pulso, como si los treinta y ocho años anteriores de elegancia y apatía hubieran sido solo un largo letargo antes del verdadero despertar.
Por primera vez en su existencia, la soledad le pareció una condena y no un refugio.
Por primera vez, entendió el significado de la palabra mañana.
La vida, en su infinita y misteriosa ironía, no le estaba pidiendo cuentas por sus errores; le estaba ofreciendo una segunda oportunidad. Una oportunidad de dejar de ser un espectador helado de su propia historia para convertirse en el protector de algo real.
Michael se inclinó levemente sobre el niño, apoyando los codos sobre las rodillas y entrelazando los dedos.
No sabía cómo ser padre. Ignoraba por completo cómo se educa a un hijo, cómo se consuela el llanto de un niño que ha descubierto la crueldad del mundo o cómo se responde a las preguntas difíciles de la infancia.
Él solo conocía los libros, los discursos del Parlamento, las leyes del duelo y las normas de etiqueta de Mayfair.
Sabía que el camino que tenía por delante estaría sembrado de espinas: el juicio de la sociedad, la bastardía de Thomas, el rencor comprensible que el muchacho sentiría hacia él cuando descubriera que era el hombre que provocó las lágrimas de su madre, y el estado delicado de Sarah, que yacía en otra habitación luchando por recuperarse del veneno.
Ignoraba qué le deparaba el futuro, qué sombras o qué escarnio tendría que enfrentar en los salones de la alta sociedad cuando la verdad saliera a la luz. No le importaba. El cinismo con el que había juzgado el mundo durante décadas se había evaporado como el vapor de la lluvia sobre el asfalto.
Frente a él no había un error del pasado, ni un secreto incómodo que ocultar bajo la alfombra del prestigio familiar. Frente a él estaba su sangre. Su hijo. El niño que llevaba sus ojos y que había sobrevivido a las aguas heladas del río.
Michael acercó su rostro a la pequeña mano de Thomas, la tomó entre las suyas —tan grande y curtida la suya, tan pequeña e indefensa la del niño— y se la llevó a los labios, depositando un beso largo en sus nudillos helados.
—No vas a morir —murmuró Michael en un susurro firme, absoluto, una promesa sagrada pronunciada en la penumbra de la estancia—. Te lo juro por mi vida, Thomas. No te vas a marchar.
Se acomodó en la silla, enderezó la espalda y fijó la mirada en el rostro de su hijo.
No pensaba moverse de allí. No pensaba volver a cerrar los ojos ante el destino.
Si la muerte venía a reclamar al muchacho en mitad de la noche, tendría que pasar primero sobre el cadáver del conde de Gleeson.
Lucharía por defender a esa criatura con su cuerpo, con su fortuna, con su título y con su alma, porque en la mirada apagada de ese niño tiritando entre las sábanas, Michael Dalby Stuart había encontrado, al fin, la única razón para vivir.