Mi silencio, tu olvido CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El despertar no fue un retorno apacible a la luz, sino una sumersión violenta en un mar de dolor físico y mareo insoportable.

Sarah abrió los ojos muy despacio, pero la visión se le emborronó de inmediato por culpa de una náusea voraz y devoradora que le atenazaba las entrañas.

Sentía la garganta en carne viva, abrasada por el ardor ácido de los eméticos que los médicos le habían introducido a la fuerza para expulsar la adormidera de su estómago.

Tenía la cabeza pesada, latiéndole con el ritmo de un martillo furioso sobre el yunque, y los labios tan secos y agrietados que apenas podía despegar el uno del otro.

Trató de incorporarse impulsada por un pánico instintivo, pero sus extremidades no respondieron; estaban torpes, vencidas por el cansancio y las toxinas que aún circulaban por su sangre.

Sin embargo, en cuanto sus pupilas lograron enfocar la penumbra de la estancia, comprendió que no se encontraba en el sórdido y frío pabellón de San Bartolomé.

No había jergones de lona gris, ni paredes de piedra desnuda, ni el peste ahogante a ácido fénico y miseria que impregnaba los pasillos de la enfermería pública.

Se hallaba sobre un lecho majestuoso, vestida con un camisón de lino finísimo y cobijada por edredones de plumas y sábanas de seda suave.

La habitación era amplia, de proporciones señoriales, con paredes tapizadas en brocado damasco de tonos azulados y un fuego generoso crepitando en una chimenea de mármol blanco.

El aroma a lavanda y alcohol medicinal reemplazaba la pestilencia del barro del río.

A su alrededor, moviéndose con murmullos graves y pasos sigilosos, no había celadores de aspecto rudo, sino tres doctores de la más alta alcurnia médica, ataviados con frac oscuro y lentes de plata, que examinaban sus pupilas y le tomaban el pulso con cronómetros de bolsillo.

Sarah no entendía nada. El lujo de ese lugar le parecía una alucinación perversa, un delirio causado por el veneno que había intentado consumir.

Un gemido rasgado y seco brotó de su garganta, haciendo que los tres facultativos se detuvieran en seco.

—Mi.… mi niño... —articuló Sarah con una voz que apenas era un soplo árido, arañándose la garganta al hablar—. Thomas... ¿Dónde está mi hijo?

Los médicos intercambiaron una mirada rápida y discreta. Uno de ellos le posó una mano enguantada sobre el hombro con extrema delicadeza, indicándole que no debía realizar ningún esfuerzo.

—Tranquilícese, señora Ronan —dijo el médico en tono bajo y sumamente respetuoso—. Ha sufrido usted una intoxicación severa y las maniobras para vaciar su estómago han sido extremadamente agresivas. Debe guardar reposo absoluto.

—¡Thomas! —repitió ella con más fuerza, ignorando las advertencias y sintiendo que las lágrimas volvían a brotarle de los ojos como un torrente de fuego—. ¡Díganme dónde está mi hijo! ¡Llévenme con él!

Una figura se levantó precipitadamente de la sombra junto al ventanal.

Era Kate. Su amiga caminó hacia el borde de la cama a pasos temblorosos.

Tenía el rostro descompuesto, las ojeras violetas hundidas en la piel pálida y los ojos completamente hinchados de haber llorado durante horas sin descanso.

Tenía el pañuelo hecho un guiñapo entre las manos y el vestido arrugado por la vigilia.

Al ver el estado lamentable y deshecho de su amiga, Sarah sintió que una losa de hielo helado le caía sobre el corazón.

La interpretación fue instantánea, directa y demoledora: la cara de dolor de Kate, el llanto de los médicos, la habitación extraña...

todo formaba parte de la tragedia que tanto había temido.

Thomas había muerto mientras ella dormía el sueño de la adormidera.

—No... no, por Dios... no... —murmuró Sarah, abriendo los ojos de par en par con un terror absoluto que le deformó las facciones.

—Sarah, escúchame... —comenzó Kate, dando un paso adelante y extendiendo las manos.

Pero Sarah ya no escuchaba. Un chillido agudo, salvaje y desesperado rompió la pulcritud de la estancia señorial.

Sarah empezó a sacudirse en la cama como una fiera atrapada, arrancándose las mantas de encima con la poca fuerza que le quedaba en los brazos, luchando contra los médicos que intentaban mantenerla echada para evitar que su corazón colapsara por la agitación.

—¡Está muerto! ¡Se me ha muerto mi niño!

¡Thomas! ¡Thomas! —gritaba Sarah fuera de sí, golpeando las sábanas con los puños, rompiendo a llorar con sollozos convulsos que le desgarraban los pulmones maltrechos—.

¡Por qué me habéis salvado! ¡Por qué no me dejasteis morir con él!

¡Devolvedme a mi hijo! ¡Devolvedme a mi niño!

El dolor de la pérdida simulada era tan físico, tan devastador, que Sarah comenzó a ahogarse con sus propias lágrimas, retorciéndose sobre el colchón en un ataque de angustia pura que amenazaba con volver a sumirla en la inconsciencia.

—¡Sarah, no! ¡Por el amor de Dios, escúchame! —chilló Kate, abalanzándose sobre la cama, sujetándole el rostro entre las dos manos con desesperación y obligándola a mirarla fijamente a los ojos—. ¡Escúchame, Sarah! ¡Thomas no ha muerto! ¡Thomas está vivo!

Las palabras resonaron en la habitación con la fuerza de un truenos en mitad de la tormenta.

El llanto de Sarah se cortó de golpe. Se quedó paralizada, con el pecho agitado por el esfuerzo, la boca abierta y la mirada clavada en el rostro de su amiga. Los médicos aprovecharon la pausa para dar un paso atrás, permitiendo que ambas mujeres quedaran frente a frente.

—¿Q-qué...? —alcanzó a articular Sarah, temblando de la cabeza a los pies, temiendo que aquello fuera una mentira piadosa para calmar su locura—. ¿Qué estás diciendo, Kate? No me mientas... por favor, no te burles de mi dolor...

—No te miento, te lo juro por la memoria de mis padres —dijo Kate, rompiendo a llorar ella también, pero esta vez con un matiz de alivio y milagro en la voz—. Thomas sigue con nosotros. Está vivo, Sarah.

Sarah negó levemente con la cabeza, mirando a su alrededor sin comprender absolutamente nada. El veneno, la fatiga y el choque de las noticias le nublaban la razón.

—Pero... los médicos dijeron que no pasaría de la noche... Dijeron que sus pulmones estaban destruidos, que el agua del río... —susurró Sarah con la voz rota—. El tónico no sirvió... él se estaba ahogando en mis brazos cuando tomé la adormidera...

—Lo sé, mi amor, lo sé —respondió Kate, acariciándole el cabello empapado de sudor y limpiándole las lágrimas con los dedos—. Pero ocurrieron cosas mientras estabas inconsciente. Cosas que lo cambiaron todo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Sarah, contemplando por primera vez las cortinas de terciopelo y las molduras doradas del techo—. ¿Por qué no estamos en la enfermería de San Bartolomé?

—Estamos en una clínica privada cerca de Cavendish Square —explicó Kate, con una voz más pausada pero cargada de solemnidad—.

Una de las mejores instituciones médicas de toda Inglaterra.

A medianoche, Thomas fue trasladado aquí en una ambulancia privada equipada con estufas y mantas térmicas.

Trajeron a los cirujanos y especialistas en pulmón más respetados del reino, hombres que no atienden en los hospitales públicos.

Sarah parpadeó, completamente desorientada.

—¿Especialistas? ¿Una clínica privada? —repitió Sarah, cuyos recuerdos de la pobreza y los ahorros agotados en la botica aún estaban muy vivos—.

Kate... yo no tengo dinero para pagar esto...

Vacié mi limosnera por el tónico... El capitán Tremayne no puede permitirse un gasto semejante... ¿Cómo es posible?

Kate suspiró profundamente. Se sentó en el borde del lecho, tomó las manos heladas de Sarah entre las suyas y la miró con una mezcla de conmoción, respeto y temor reverencial.

—El capitán no ha pagado esto, Sarah —dijo Kate en un murmullo que rozó el secreto—.

Y los médicos de San Bartolomé tampoco pudieron detener lo que ocurrió.

Todo esto... la ambulancia, los especialistas, las medicinas importadas que han logrado despejar la garganta de Thomas para que el aire vuelva a entrar en sus pulmones... todo es gracias a él.

—¿A quién? —demandó Sarah, sintiendo que un escalofrío helado le recorría la columna vertebral, presintiendo la respuesta antes de que las palabras salieran de la boca de su amiga.

—Al conde de Gleeson —respondió Kate con voz firme—. A Michael Dalby Stuart.

El nombre resonó en la habitación majestuosa con el peso de un destino que se negaba a ser esquivado. Sarah se quedó petrificada. La náusea y el dolor físico parecieron desvanecerse por un instante, reemplazados por una conmoción tan profunda que se le cortó la respiración.

—¿Michael...? —murmuró Sarah, sintiendo que el mundo daba vueltas a su alrededor—. ¿Él estuvo allí?

—Llegó al hospital de San Bartolomé como una exhalación, Sarah —relató Kate, con los ojos brillantes por el recuerdo de la escena—.

Leyó tu carta. Entró en la enfermería como un hombre poseído por la furia y la desesperación.

Cuando te vio tendida sobre el niño, con el frasco de adormidera en el suelo, se abalanzó sobre ti.

Te sostuvo en sus brazos y les gritó a los médicos con una voz que hizo temblar las paredes para que te salvaran la vida.

Él obligó a los doctores a actuar de inmediato.

Sarah escuchaba sin dar crédito, con los labios temblorosos y la mente luchando por procesar aquella imagen: el noble arrogante y distante, el hombre que jamás la había recordado, sujetándola en mitad de la noche en un hospital de la caridad.