Mi silencio, tu olvido CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

En el pasillo principal del hospital, ajena al drama que se consumaba tras la cortina, Kate conversaba entre sollozos con el médico de guardia.

El facultativo, con los brazos cruzados y la mirada abatida, le reiteraba que la medicina ya no podía hacer nada por el muchacho y que era cuestión de tiempo que el fallo respiratorio fuera total.

—Debe preparar a la madre, señora —decía el doctor con tono grave—. El desenlace es inminente.

De pronto, un murmullo sordo y un alboroto inusual comenzaron a propagarse desde la entrada principal de la enfermería. El ruido de botas apresuradas resonando contra las baldosas de piedra interrumpió la lúgubre conversación.

Los celadores, las enfermeras y los enfermos que aguardaban en los bancos de la galería comenzaron a apartarse hacia los lados con gestos de sorpresa y desconcierto.

Nadie caminaba a esas horas por los pasillos del hospital de San Bartolomé con semejante autoridad, ni vestía las prendas de paño fino y seda que reflejaban la luz de los quinqués de aceite.

Un hombre avanzaba con decisión firme y desesperada hacia esa sección del recinto.

Tenía la ropa empapada por la lluvia torrencial de la noche, el cabello revuelto sobre la frente y el rostro desfigurado por una palidez cadavérica y una angustia salvaje que jamás había experimentado en su existencia.

No miraba a nadie, no pedía paso; apartaba a quien se interponía en su camino con la fuerza ciega de quien corre a detener una ejecución.

Era el conde de Gleeson, Michael Dalby Stuart.

Kate se quedó petrificada al verlo aparecer entre las sombras del corredor.

Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de pura incredulidad.

Había visto la carta sobre la mesa de Mayfair horas antes, pero jamás imaginó que aquel aristócrata distante y altivo respondería al llamado con semejante violencia.

—¡Señor! ¿A dónde cree que va? ¡Este es un área restringida! —gritó el médico, intentando cortarle el paso al noble al ver su actitud imperiosa.

Michael ni siquiera se detuvo. Agarró al médico por la solapa con una mano de hierro y lo apartó de un empujón seco que lo hizo tambalearse contra la pared.

—¿Dónde está el niño? —demandó el conde con una voz rasgada, potente y cargada de un pánico atroz que hizo eco en las bóvedas de piedra—. ¿Dónde está Thomas Ronan?

Kate reaccionó de inmediato. Dio un paso al frente y señaló con la mano temblorosa la pequeña estancia del fondo, cubierta por la cortina de lino gris.

—¡Allí! ¡Está allí, milord! —alcanzó a articular Kate entre lágrimas.

Michael no perdió un segundo. Cruzó el espacio que le separaba de la puerta a zancadas gigantescas y apartó la cortina de un manotazo violento, irrumpiendo en la celda.

Lo que encontró al entrar le congeló la sangre en las venas.

Sobre el camastro yacía el pequeño Thomas, respirando con una lentitud aterradora, y sobre su cuerpo inmóvil descansaba Sarah, desparramada como una muñeca de trapo, con la respiración peligrosamente pausada, un hilo de líquido amargo en la comisura de los labios y el frasco vacío de adormidera rodando a sus pies.

—¡Dios mío, Sarah! —gritó Kate, que había entrado tras él y vio de inmediato el envase de la botica sobre la madera—. ¡No! ¡Ha tomado el tónico! ¡Se ha bebido la adormidera!

El médico entró precipitadamente a la estancia, contemplando la escena con horror.

—¡Rápido! —rugió el conde de Gleeson, abalanzándose sobre el lecho y levantando el cuerpo inerte de Sarah entre sus brazos con una fuerza desesperada—. ¡Hagan algo! ¡Sáquenle ese veneno del estómago ahora mismo! ¡No dejen que se muera!

Michael sostuvo a la mujer contra su pecho. Por primera vez en doce años, la miró de verdad. Vio el rostro ajado por el sufrimiento, las pestañas húmedas, las manos desgastadas por el trabajo duro para criar a su hijo en la soledad.

—No... tú no... —murmuró Kate al oído de la mujer inconsciente, con la voz quebrada por un dolor que le destrozaba el alma—. Abre los ojos, Sarah... por favor, abre los ojos.

El doctor y los celadores, reaccionando ante la urgencia atronadora del noble y la gravedad del intento de suicidio, irrumpieron en la pequeña habitación con frascos de eméticos, sondas y cubos de agua.

Entre dos hombres tomaron el cuerpo de Sarah de los brazos de Michael para tenderla de lado y provocarle el vómito de inmediato antes de que el opioide se absorbiera por completo en su sangre, iniciándose una maniobra médica brutal y desesperada por salvarle la vida.

Mientras los médicos luchaban por rescatar a Sarah de la sobredosis de adormidera, el conde de Gleeson se giró despacio hacia el camastro.

Allí, bajo la luz tenue de la linterna de aceite, yacía el niño.

Michael se acercó con pasos temblorosos al lecho de Thomas.

Se hincó de rodillas sobre el suelo frío de piedra y tomó la pequeña mano helada de su hijo entre las suyas.

Al mirar ese rostro infantil marcado por los golpes de la pelea y la palidez de la muerte, vio reflejados en él, con una claridad incontestable, sus propios rasgos, su propia sangre.

El hombre que jamás había amado a nadie, el noble cuya vida se había consumido en la fría rutina de la elegancia y la soledad, lanzó un suspiro largo, pegando la frente a las sábanas del hospital y aferrándose con desesperación a la mano de aquel niño.