CAPÍTULO 20 #2
Ahora estoy escribiendo esto desde el escritorio de Kensington, antes de regresar al hospital de San Bartolomé.
Mis manos tiemblan tanto que apenas puedo sostener la pluma.
He gastado los últimos ahorros de mi vida en un tónico de botica que los médicos dicen que es inútil.
Dicen que no hay esperanza. Dicen que sus pulmones están destruidos, que el agua del río le ha abrasado la carne por dentro y que su cabeza no resistirá la conmoción.
El niño —su niño, su milagro, su secreto— se está muriendo.
Yace en una cama de lona gris, tan indefenso, tan pálido que parece de cera.
No puede respirar. Cada aliento que intenta dar es un chasquido agónico que me rompe las entrañas.
Se ahoga frente a mis ojos sin que yo pueda hacer nada para evitarlo.
Los médicos me han dicho que me despida de él, que no pasará de esta noche.
Fui a su mansión a buscarlo. Quería mirarlo a los ojos por última vez, tragarme mi orgullo y exigirle que viniera a tomar la mano del hijo que nunca supo que tenía.
Quería que Thomas escuchara la voz de su verdadero padre antes de cerrar los ojos para siempre.
Pero me dijeron que estaba usted de viaje, que no sabían cuándo regresaría.
Por eso le escribo esta carta. Por eso dejo esta confesión sobre su mesa, para que cuando vuelva a su vida cómoda y vacía, sepa que en un rincón oscuro de esta ciudad existió un niño maravilloso que llevaba su sangre, que tenía sus ojos y que murió sin saber que su padre caminaba bajo el mismo cielo.
Regreso al hospital a ver cómo se apaga el último aliento de mi hijo.
Sé muy bien que no podré resistirlo. Ninguna madre sobrevive a la muerte de su único niño.
Cuando el corazón de Thomas se detenga, la razón me abandonará para siempre.
Si esta carta llega a sus manos, ya no busque a la mujer que se la escribió, porque Sarah Ronan habrá muerto junto al lecho de su hijo.
Sólo le pido una cosa: si le queda un resto de piedad en el alma, recuerde alguna vez que tuviéramos un hijo. Recuerde a Thomas ."
La carta terminaba allí. Sin firma, sin despedida, solo una mancha grande de tinta corrida en el borde inferior del papel.
Michael Dalby Stuart se quedó petrificado en su sillón. El pliego cayó de sus manos deshechas y flotó despacio hasta quedar sobre la alfombra de la estancia.
El silencio de la biblioteca se volvió atronador. Las palabras de la carta resonaban en sus oídos como el eco de un trueno lejano: El niño —su niño, su milagro, su secreto— se está muriendo...
Un sudor frío le cubrió la frente. El rostro del conde, habitualmente inexpresivo y sereno, se desfiguró por un gesto de pánico absoluto. Se puso en pie de golpe, volcando la pequeña mesa auxiliar y haciendo que el vaso de licor se estrellara contra el suelo, derramando el líquido sobre la madera.
—¡Joseph! —gritó Michael con una voz rasgada, potente y desconocida para él mismo, que retumbó por toda la mansión.
El sirviente apareció de inmediato en el umbral, pálido ante la alteración del señor.
—¡El carruaje! ¡Ahora mismo! —ordenó el noble, sujetando al hombre por los solapas de la librea con manos de hierro—. ¡Que preparen los caballos más rápidos! ¡Al hospital de San Bartolomé! ¡Vamos!
Sin esperar la capa ni el sombrero, el conde cruzó el vestíbulo a pasos agigantados, abrió de un empujón la pesada puerta de roble y se lanzó a la calle bajo la lluvia torrencial que caía sobre Londres, dispuesto a correr contra el tiempo para alcanzar a un hijo del que apenas acababa de saber y al que la muerte amenazaba con arrebatarle en la oscuridad de la noche.
***
La pequeña celda de la enfermería del Hospital de San Bartolomé había quedado sumida en un silencio denso, sepulcral, interrumpido únicamente por el silbido desgarrador que brotaba del pecho de Thomas.
El líquido sedante que los médicos le habían administrado a Sarah horas atrás comenzaba a disiparse, dejando tras de sí una lucidez atroz, un dolor purísimo y lacerante que le quemaba las entrañas.
Sarah permanecía arrodillada junto al camastro de madera.
Tenía la cabeza pesada, exhausta, apoyada sobre el brazo inerte de su hijo.
Con la mano derecha, cuyos nudillos estaban amoratados por la desesperada lucha previa en el pasillo, no dejaba de acariciar el rostro helado del niño.
Le rozaba las mejillas pálidas, la curva de la mandíbula y la frente ardiendo por la fiebre, intentando memorizar cada trazo de su piel antes de que la muerte se lo arrebatara para siempre.
El pequeño apenas podía respirar. Cada inhalación era un estertor agónico, un chasquido cavernoso que denotaba cómo sus pulmones, anegados por el barro y el agua del río, se apagaban inexorablemente.
Sarah lo sabía. Lo sentía en el calor sofocante que emanaba del cuerpo del niño y en la lentitud cada vez mayor de sus latidos.
El fin estaba cerca. A penas le quedaban minutos a esa pequeña vida que había sido su único sol durante doce años.
Una fría y absoluta certeza se apoderó de ella: no podía soportar que se marchara solo. No podía quedarse en un mundo vacío, respirando el aire de una ciudad que le había robado a su hijo, condenada a vivir con el peso insoportable de la culpa y la soledad.
Sin vacilar, con una calma espectral que sustituyó a los gritos y a las lágrimas de horas antes, Sarah dejó de acariciar el rostro de Thomas.
Deslizó despacio la mano temblorosa hacia el bolsillo profundo de su abrigo de paño.
Sus dedos tropezaron con el pequeño frasco de vidrio oscuro que había comprado en la botica de Strand; aquel extracto concentrado de adormidera y opio refinado.
Sostuvo el recipiente con ambas manos. Con los dientes, atrapó el tapón de corcho y tiró de él hasta extraerlo con un chasquido sordo. El olor denso, acre y amargo del narcótico impregnó de inmediato el ambiente saturado de la estancia.
Sarah miró por última vez el rostro de su hijo. Luego, elevó el frasco a sus labios y se bebió la adormidera de un solo trago.
El líquido denso le abrasó la garganta con un amargor insoportable, pero ella ni siquiera se inmutó.
Dejó caer el envase de cristal, que rodó sin ruido sobre las mantas antes de chocar contra el suelo de piedra.
Se inclinó hacia adelante, pegó su mejilla a la mejilla del niño y le rodeó el torso con los brazos, uniendo sus cuerpos en un último abrazo.
Cerró los ojos. Con una voz débil, apenas un murmullo que se quebraba a cada sílaba, comenzó a cantarle una nana.
Era la misma melodía dulce que le cantaba en Dover cuando el viento del canal amenazaba con romper las ventanas de su humilde casa, la canción con la que intentaba espantar sus pesadillas infantiles.
El efecto de la dosis masiva de adormidera no tardó en manifestarse.
Un calor pesado y sedoso comenzó a recorrerle las venas, adormeciendo el latido de su propio corazón.
Los párpados le pesaron como si fueran de plomo; las piernas y los brazos perdieron la sensibilidad, convirtiéndose en extremidades lejanas e inertes.
El dolor atroz que le atenazaba el pecho empezó a disolverse en una niebla espesa y tibia.
En mitad de esa desconexión progresiva, una paz extraña iluminó el rostro cansado de la mujer. Una sonrisa leve y serena se dibujó en sus labios pálidos. Apoyó la boca junto al oído de su pequeño y pronunció sus últimas palabras en este mundo:
—Hijo mío... me voy contigo...
Sus fuerzas se extinguieron por completo. El cuerpo de Sarah se aflojó sobre el torso del niño, dejándose arrastrar hacia la penumbra definitiva de la inconsciencia.