CAPITULO 18 #3
—Doctor... ¿cuál es el estado del muchacho? —preguntó el oficial en voz baja, con la firmeza de quien está acostumbrado a escuchar los partes de guerra más desgarradores.
El médico suspiró profundamente, pasándose una mano cansada por la frente antes de responder. Su tono era plano, exento de dramatismo, con la frialdad propia de un cirujano que veía morir a decenas de niños y adultos cada semana en los muelles de Londres.
—La situación es sumamente grave, señor —explicó el médico, mirando alternativamente al capitán y a la madre—.
El muchacho ha sufrido una severa conmoción en la cabeza, producto de un golpe brutal contra las rocas del muelle o la quilla de alguna embarcación antes de caer al agua.
El cráneo ha encajado un impacto terrible que le mantiene sumido en este sopor del que no responde.
Sarah alzó la cabeza despacio, con los ojos anegados en agua y la boca abierta en una súplica silenciosa.
—Pero... pero respira, doctor... su corazón sigue latiendo —articuló ella con el hilo de voz que le quedaba, apretando la mano inerte de su hijo contra su mejilla—. Diga que se recuperará... se lo ruego, diga que despertará...
El doctor la miró con una mezcla de compasión y resignación profesional. Negó con la cabeza muy despacio.
—Señora, no debo engañarla ni alimentarle falsas esperanzas —dijo el médico, alzando la mano para señalar el pecho del niño, que emitía aquel crujido cavernoso a cada aliento—.
El golpe en la cabeza es solo una parte de la tragedia.
El niño permaneció demasiado tiempo sumergido en las aguas heladas del río.
Tiene los pulmones completamente anegados de agua y fango del Támesis.
Una pulmonía fulminante ha hecho presa en su cuerpo en cuestión de horas.
La fiebre le está abrasando por dentro y su respiración se apaga a cada minuto que pasa. El aire no logra entrar en su pecho.
—Tiene que haber algún remedio... sangrías, cataplasmas, vapores de eucalipto... ¡Lo que sea! ¡Yo puedo pagar los medicamentos! —intervino el capitán Tremayne con vehemencia, dando un paso al frente y sacando su bolsa de monedas—. Apliquen lo que sea necesario, doctor.
—No hay purga ni cataplasma en esta ciudad que pueda salvar a un niño en este estado, caballero —replicó el doctor con firmeza triste—.
Su naturaleza está agotada. Su cuerpo no tiene la fuerza para expulsar el veneno del agua que ha tragado ni para superar la inflamación de la cabeza.
Su estado es desesperado y empeora con cada golpe de reloj.
Kate se cubrió la boca con las dos manos, rompiendo a llorar en silencio detrás del capitán.
El médico dio un paso hacia Sarah, se agachó levemente hasta quedar a la altura de la madre arrodillada y le posó una mano sobre el hombro con gesto paternal. Sus palabras cayeron sobre la estancia como la hoja de una guillotina.
—Señora... le aconsejo que aproveche este tiempo que le queda —dijo el médico con voz grave y pausada—. Háblele, tómelo de la mano, dígale todo lo que tenga que decirle y despídase del joven. Con toda certeza, el muchacho no pasará de las siguientes horas. La noche será su límite.
Despídase del joven. No pasará de las siguientes horas.
Las palabras del doctor retumbaron en los oídos de Sarah no como una frase humana, sino como un trueno devastador que hizo pedazos la última columna que sostenía su cordura.
La imagen de Thomas muerto, de su pequeño cuerpo helado metido en un ataúd de madera ruda, la certeza absoluta de que el único fruto de su vida, la criatura por la que había renunciado a su juventud, por la que había pasado hambre, vergüenza y soledad en Dover, por la que había trabajado hasta dejarse las manos en la carne viva, se le escapaba para siempre sin haberle oído decir una última palabra de perdón...
todo eso se agolpó en su alma en una fracción de segundo.
El aire se le congeló en los pulmones. La realidad se deformó a su alrededor. El rostro del médico, la figura preocupada del capitán, el llanto de Kate y la penumbra del hospital se desvanecieron en una mancha oscura y vertiginosa.
Un grito desgarrador, salvaje, un alarido de puro dolor que no parecía humano y que brotó desde lo más profundo de sus entrañas rotas, rompió el silencio de la enfermería del hospital.
Fue un grito de agonía absoluta que hizo que los enfermos de las camas vecinas se estremecieran y que los celadores del pasillo se detuvieran en seco.
Un lamento que condensaba doce años de sacrificio, de amor silencioso, de culpa implacable y de desesperación materna.
Antes de que el capitán Tremayne o Kate pudieran reaccionar para sostenerla, los ojos de Sarah se pusieron en blanco.
Su cuerpo perdió toda la fuerza de golpe.
La mano que apretaba los dedos de Thomas se soltó inerte, y Sarah cayó de lado sobre el frío piso de piedra del hospital, desmayada, sumida en una oscuridad misericordiosa que la liberaba, al menos por unos instantes, de la pesadilla de ver morir a su hijo.