CAPÍTULO 19
Cuando la penumbra helada del desmayo comenzó a disiparse, Sarah abrió los ojos despacio, encontrándose con el techo abovedado de piedra del hospital.
A su lado, sentada en una pequeña silla de paja y sosteniéndole la mano con firmeza, estaba Kate.
En la mirada de su amiga no había consuelo posible, solo un pozo infinito de pena y abatimiento.
No hicieron falta palabras: la devastadora quietud que flotaba en el aire confirmaba la más terrible de las certezas.
Nada había cambiado. La sentencia del médico seguía en pie y todos en aquel recinto sabían ya que a Thomas le quedaban apenas unas pocas horas de vida.
Kate se inclinó hacia ella y, con una voz rasgada por el llanto pero impregnada de una gravedad inquebrantable, rompió el silencio.
—Sarah... escúchame bien —murmuró, apretándole los dedos con desesperación—.
Ha llegado la hora de revelar la verdad.
Se acabaron los secretos, se acabó el miedo.
Tienes que ir a buscar a ese hombre. Tienes que decirle a Michael que el hijo que nunca supo que tenía se está muriendo en este hospital.
Él tiene que saberlo, Sarah. Y Thomas merece que su verdadero padre esté a su lado antes de que sea demasiado tarde.
Al escuchar aquel nombre por primera vez en años en voz alta, Sarah rompió a llorar de nuevo con un llanto desgarrador, ahogado contra el pañuelo de su amiga.
Las lágrimas le abrasaban las mejillas mientras la culpa la devoraba por dentro.
Admitió, entre sollozos y quebrantos, que Kate tenía toda la razón.
Aceptó que su insistencia en ocultar la verdad había sido una trampa que ahora cobraba la vida de su pequeño.
Cuando logró reponerse mínimamente de la conmoción, reuniendo las escasas fuerzas que le quedaban en el cuerpo, Sarah se puso en pie y caminó con pasos vacilantes hacia el camastro donde yacía su hijo.
Al verlo allí, tan ridículamente pequeño bajo la gruesa manta militar, tan quieto, tan indefenso, con el rostro pálido y el pecho luchando por un aire que apenas podía entrar en sus pulmones, la angustia la volvió a vencer.
Se inclinó sobre él, rompiendo en un nuevo torrente de lágrimas, y le depositó un beso largo y febril en la frente ardiendo de fiebre.
—Perdóname, mi niño... perdóname —susurró sobre su piel húmeda.
Luego se giró hacia Kate y le suplico con la mirada:
—No lo dejes solo, Kate. Por lo que más quieras, no lo dejes solo ni un solo instante. Voy a buscarlo.
Sarah abandonó la enfermería del hospital y se lanzó a la calle, cruzando la ciudad a pie bajo la llovizna gris que impregnaba Londres.
El barro de las aceras manchaba el dobladillo de su vestido, pero ella no sentía el frío ni el cansancio.
Caminaba movida únicamente por una urgencia desesperada, una carrera contra el reloj para encontrar a Michael Dalby Stuart y contarle todo desde el principio: el embarazo en Dover, los años de privaciones, el amor silencioso y la tragedia que ahora amenazaba con destruirlo todo.
Cuando finalmente llegó a la imponente residencia de la aristocrática mansión en Mayfair, subió las escaleras de mármol con el corazón saliéndole del pecho.
Llamó al portón de madera noble. Fue un mayordomo de uniforme impecable quien abrió la puerta.
Sarah, con el rostro surcado de lágrimas y la voz entrecortada, exigió ver de inmediato al señor de la casa.
Sin embargo, la respuesta del sirviente fue como un jarro de agua helada sobre su alma: el señor llevaba varias semanas de viaje en el extranjero. Estaba previsto su regreso pronto, sí, pero nadie en la casa podía precisar con exactitud qué día ni a qué hora cruzaría de nuevo el umbral.
Sarah se quedó paralizada en la entrada, mirando fijamente la majestuosa escalinata vacía de la entrada. Derrotada, sin fuerzas ni para protestar, dio media vuelta y descendió los escalones con la sensación de que el destino se burlaba de su sufrimiento.
Volvió a ponerse en marcha, andando con pasos pesados hacia el hospital de San Bartolomé para pasar las últimas horas junto al lecho de su hijo, para ver de cerca cómo se apagaba el último aliento de la única persona que daba sentido a su existencia.
Pero a mitad de camino, al cruzar una avenida sombría, una certeza atroz se apoderó de sus pensamientos.
Supo con una claridad aterradora que no podría resistirlo.
¿Qué madre sobrevive a la muerte de su propio hijo?
¿Cómo podría seguir respirando, cómo podría mantener la cordura viendo extinguirse la vida de Thomas segundo a segundo?
Sabía, con desgarradora consciencia, que en el instante en que el corazón de su hijo se detuviera, la razón la abandonaría para siempre. La locura o la muerte se la llevarían a ella también, sumiéndola en una tiniebla definitiva donde ninguna verdad podría ser ya dicha.
Por eso, en mitad del trayecto, Sarah giró bruscamente sus pasos.
En lugar de dirigirse al hospital, caminó a paso apresurado hacia la casa del capitán Tremayne en Kensington.
Tenía que escribir una carta. Tenía que poner sobre el papel, con su propia letra, todo lo sucedido.
Necesitaba que Michael supiera la verdad de lo que había ocurrido en Dover, de la existencia de Thomas, de la noche en Vauxhall y de la tragedia en el Támesis.
Tenía que escribirlo todo de inmediato, plasmar cada detalle antes de que fuera demasiado tarde, porque era trágicamente consciente de que, si Thomas finalmente dejaba este mundo, ella ya no estaría en condiciones de volver a hablar jamás.
***
El regreso a la casona de Kensington fue un tránsito febril y casi espectral.
En la penumbra de la biblioteca, con las manos agarrotadas por el frío y un temblor incontrolable recorriéndole los brazos, Sarah se sentó frente al escritorio.
Mojó la pluma en la tinta oscura y volcó sobre el papel de hilo el torrente de una verdad contenida durante doce años.
Escribió sin pausas, sin tachaduras, plasmando con desgarradora precisión la noche lejana, su huida a Dover, los sacrificios de la pobreza, el secreto celosamente guardado para proteger al niño, la funesta pelea en los jardines de Vauxhall y, finalmente, la agonía de Thomas en el hospital de San Bartolomé.
Dobló el pliego con dedos torpes, estampó el sello de cera y se lo entregó a un mensajero de confianza con la orden estricta de entregarlo en mano en la residencia de Mayfair en cuanto el señor de la casa pusiera un pie en Londres.
Cumplido aquel último deber con la verdad, Sarah abandonó la casa y emprendió el camino de vuelta hacia el hospital. Sin embargo, antes de cruzar los puentes hacia el sur del río, hizo detener el carruaje frente a la fachada de una antigua y prestigiosa botica en las inmediaciones de Strand.
El interior del establecimiento olía intensamente a alcanfor, frascos de botica, resinas amargas y hierbas secas.
Tras el mostrador de madera oscura, un boticario anciano la miró con severidad al notar el estado deplorable de la mujer: el rostro cadavérico, las prendas húmedas y los ojos enrojecidos por un llanto inextinguible.
—Necesito el remedio más eficaz que tenga para las vías respiratorias colapsadas —exigió Sarah con una voz rasgada, febril y cortante, apoyando ambas manos sobre la barra—. Un tónico capaz de abrir los pulmones de un niño que se ahoga.
—Señora, los extractos concentrados de adormidera, corteza de quina y esencia de eucalipto destilado son remedios raros y de elaboración compleja —respondió el boticario, examinando su aspecto con desconfianza—. No se venden con facilidad y su precio es desorbitado.
Sin dudarlo un solo segundo, Sarah hurgó en la limosnera que llevaba prendida de la cintura y sacó los ahorros de toda su vida: una pequeña bolsa de cuero con monedas de oro y plata que había ido reservando penosamente para el futuro de Thomas, junto con un pequeño broche de cristal que había pertenecido a su madre.
Lo vació todo sobre el mostrador sin mirar la cantidad.
—Tómelo todo —sentenció ella con la mirada fija y vacía—. Deme el tónico.
El hombre observó la pequeña fortuna depositada sobre la madera, dudó un instante y finalmente se retiró a la rebotica.
Regresó minutos después con un frasco pequeño de vidrio oscuro, sellado con parafina, que contenía un líquido denso y acre.
Sarah lo agarró con violencia, como si sostuviera la vida misma de su hijo en la palma de la mano, y salió precipitadamente a la calle.
El trayecto final hacia el hospital de San Bartolomé se convirtió en una contrarreloj angustiosa.
Cuando Sarah irrumpió en los corredores de piedra de la enfermería, el ambiente de la estancia era más pesado y sombrío que horas antes.
Kate la vio llegar y se puso en pie de inmediato, con el rostro desencajado y las manos temblorosas.
Al acercarse al camastro de Thomas, a Sarah se le heló la sangre.
El niño había empeorado drásticamente durante su ausencia.
La palidez cadavérica de su piel había mutado en un tono azulado y violáceo que cubría sus labios y la punta de sus dedos.
Su pequeño tórax se convulsionaba de forma violenta y errática, en un esfuerzo sobrehumano por atrapar una bocanada de aire que sus pulmones destrozados ya no podían procesar.
Cada inhalación era un silbido agudo, un chasquido cavernosamente húmedo que denotaba que el agua del Támesis y la inflamación de la pulmonía habían anegado por completo las vías respiratorias.
—¡Thomas! ¡Thomas, mi amor! —gritó Sarah, arrojándose sobre el borde de la cama y descorchando el frasco de la botica con los dientes—. ¡Traigo un remedio! ¡Abridle la boca, por favor! ¡Tenéis que ayudarme a que lo trague!
El médico de guardia se acercó a paso rápido, seguido por dos celadores. Al ver el frasco y la desesperada maniobra de la madre, el doctor la sujetó con firmeza por las muñecas, apartándola del cuerpo del niño.
—Señora, deténgase —ordenó el médico con un tono severo pero abatido—. No le dé eso. Es inútil.
—¡Es un tónico concentrado! ¡Me ha costado una fortuna! ¡Tiene que funcionar! —suplicó Sarah, intentando zafarse del agarre del médico con una fuerza ciega y descomunal.
—Escúcheme bien —insistió el doctor, poniéndose frente a ella para bloquearle la visión del lecho—.
El cuadro del muchacho se ha vuelto irreversible.
Debido a la gran cantidad de agua estancada y barro del río que tragó durante horas antes de ser rescatado, sus pulmones están dañados, destruidos por la infección y la falta de aire.
El tejido ha colapsado. Ya no tiene capacidad de intercambiar oxígeno.
Cualquier líquido que le introduzca por la garganta solo acelerará su asfixia.
—¡No! ¡No diga eso! —chilló Sarah, rompiendo a llorar con una desesperación salvaje que resonó por todas las paredes de la enfermería—. ¡Thomas! ¡Mírame, mi niño! ¡Abre los ojos, por favor! ¡Respira! ¡Haz un esfuerzo y respira por tu madre!
La escena se volvió insoportable. Frente a los ojos desorbitados de Sarah, el cuerpo del pequeño Thomas sufrió un espasmo violento.
El niño abrió ligeramente los párpados, mostrando una mirada extraviada, lejana y vidriosa, mientras su boca se abría de par en par en un intento agónico y desesperado por atrapar un último resto de aire que no llegaba. Se estaba ahogando.
—¡Ayuda! ¡Hagan algo, por el amor de Dios! ¡Se está ahogando! ¡Que alguien le abra el pecho! ¡No dejen que se me muera! —gritaba Sarah fuera de sí, arrodillándose, arañando la lona de la cama, sujetando las manos heladas del muchacho mientras las lágrimas le impedían ver.
Sus suplicas se convirtieron en alaridos desgarradores.
Ya no había dignidad, ni contención, ni resignación posible.
Era la protesta furiosa y primaria de una madre a la que le arrancaban las entrañas en vida.
Sarah gritaba al médico, a los celadores, al cielo y a las paredes de piedra, exigiendo un milagro que la medicina de la época no podía conceder.
—¡Sáquenla de aquí! ¡Sáquenla de la sala ahora mismo! —ordenó el doctor al ver que los gritos y los convulsos movimientos de la mujer estaban desestabilizando a toda la planta de enfermos.
Dos celadores corpulentos avanzaron y agarraron a Sarah por la cintura y los hombros. Ella se revolvió con la ferocidad de una fiera herida, pataleando, mordiendo y clavando las uñas en las mangas de los hombres para no separarse de la cama de su hijo.
—¡Suélteme! ¡Thomas! ¡No me dejes, Thomas! ¡Perdóname, mi niño! ¡No me aparten de él! —chillaba Sarah mientras era arrastrada de espaldas por el pasillo central de la enfermería, viendo cómo la pequeña figura de su hijo se alejaba entre la bruma de sus propias lágrimas.
Kate corrió tras ellos, llorando sin control y rogando a los celadores que no la trataran con brusquedad.
Consiguieron llevar a Sarah a un pequeño cuarto anexo utilizado para el descanso del personal, donde la depositaron sobre un camastro de madera.
Sarah continuaba gritando, golpeando el piso con los talones y encogiéndose sobre sí misma en un ovillo de pura agonía.
El médico ingresó rápidamente en la estancia con una pequeña copa de cristal que contenía un potente sedante a base de láudano concentrado.
—Sosténganla firme —indicó el médico a los celadores.
Entre Kate y los sirvientes del hospital lograron inmovilizar la cabeza de Sarah durante unos segundos, los suficientes para que el doctor le hiciera tragar el líquido amargo de forma forzada.
Sarah tosió, ahogándose con el preparado, mientras los sollozos continuaban sacudiendo su cuerpo deshecho.
—Tranquilícese... por favor, señora, deje que el fármaco haga su trabajo —murmuraba Kate, acariciándole la frente empapada de sudor frío y lágrimas.
Poco a poco, el efecto anestésico del opio comenzó a circular por sus venas, ralentizando el ritmo de su corazón desbocado y pesando sobre sus miembros maltrechos.
Sus gritos comenzaron a apagarse, convirtiéndose en gemidos soplados, huecos y monótonos.
Sin embargo, aunque la medicina dormía la fuerza de sus músculos y nublaba su visión, no lograba tocar la raíz de su sufrimiento.
Nada en aquel mundo, ni el láudano más puro ni la anestesia más potente, podía calmar el dolor inmenso de Sarah, un dolor que permanecía despierto, lúcido y abrasador en el centro de su alma fracturada.