CAPITULO 18 #2
Un carruaje de alquiler se detuvo con estrépito frente a la entrada principal de la casa.
Un agente de la policía metropolitana, con el capote chorreando agua y el rostro grave, subió a toda prisa los escalones de piedra y solicitó hablar de inmediato con el dueño de la casa y la madre del niño.
Cuando Sarah escuchó los pasos apresurados en el vestíbulo, su corazón dio un vuelco salvaje.
Corrió desde la biblioteca, tropezando con el dobladillo de su vestido, con los ojos desorbitados y los labios temblorosos.
—Lo han encontrado —dijo el agente, quitándose el sombrero de copa mojado con un gesto de pesadumbre que presagiaba lo peor—. En el río. Cerca de los embarcaderos de Millbank.
La palabra río retumbó en la mente de Sarah con el eco de una condena final. Las piernas le flaquearon, pero la mano firme del capitán la sostuvo por el codo antes de que se desplomara sobre el mármol.
—¿Está... está con vida? —articuló el capitán Tremayne con voz ronca, hablando por ella, pues Sarah había perdido la capacidad de emitir un solo sonido.
—Apenas, señor —respondió el oficial con frialdad profesional—.
Flotaba entre unos maderos cerca del orilladero.
Lo sacaron los barqueros del Támesis al atardecer.
Unos muchachos que pasaban lo vieron a tiempo.
No está muerto, pero le falta muy poco. Los guardias lo han trasladado con máxima urgencia al hospital de San Bartolomé.
Si quieren verlo antes de que sea tarde, deben acompañarme de inmediato.
El trayecto hacia el hospital fue un descenso a los infiernos.
El carruaje avanzaba a toda velocidad entre el barro de las calles, balanceándose violentamente bajo el azote de una llovizna implacable.
Sarah no hablaba, no lloraba, no miraba por la ventanilla.
Acompañada por Kate y el capitán, permanecía inmóvil en el asiento de cuero, con la mirada fija en el vacío y las manos apretadas sobre el regazo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Por su mente no dejaban de pasar las últimas palabras que su hijo le había gritado en la biblioteca: el desprecio, la rabia, el dolor de la traición y la promesa de no perdonarla jamás.
Si Thomas moría en esa noche terrible, aquellas palabras serían la última marca de su existencia, la losa definitiva sobre la tumba de su propia vida.
Llegaron finalmente al imponente y sombrío edificio del Hospital de San Bartolomé.
El aire del recinto olía a ácido fénico, a humedad acumulada, a humos de carbón y a la desesperación de los desamparados que llenaban los pasillos de piedra.
Los pasos acelerados del capitán y de las dos mujeres resonaban bajo los arcos abovedados mientras un celador los guiaba a través de corredores fríos donde las sombras se estiraban a la luz de los quinqués de aceite.
En la enfermería de urgencias, tras una cortina de lino gris que apenas aislaba del resto de las camas, yacía Thomas.
Al verlo, Sarah sintió que el mundo entero se detenía. Un gemido mudo se le ahogó en el pecho.
El pequeño Thomas estaba tendido sobre un jergón de lona blanca, tan pálido que su piel parecía confundirse con las sábanas.
Llevaba la cabeza rodeada por un vendaje de lienzo basto que ya mostraba una mancha oscura de sangre seca en el lado izquierdo.
Sus labios, divididos y amoratados por los golpes de la pelea en los jardines, estaban completamente pálidos, sin una sola gota de color.
Su pechera, cubierta por una manta militar raída, se elevaba y descendía con una lentitud aterradora, acompañada por un estertor ahogado y húmedo que resonaba a cada respiración, como si el agua del Támesis todavía luchara por ahogarlo desde dentro.
Estaba profundamente inconsciente. No reaccionaba al ruido de los pasos, ni al murmullo de las voces, ni al contacto de las manos. Sus ojos verdes, aquellos ojos que solían iluminar la casa con su intensidad, permanecían cerrados bajo unos párpados hundidos y amoratados.
Sarah cayó de rodillas junto al camastro, ignorando la suciedad del suelo de piedra. Con dedos temblorosos, tomó la mano helada de su hijo y la llevó a sus labios, cubriéndola de besos desesperados mientras las lágrimas, desbordadas por fin, le abrasaban la piel.
—Thomas... mi niño... mi pequeño —susurraba una y otra vez, acercando el rostro al oído del muchacho—. Ya estoy aquí. Madre está aquí contigo. Perdóname... por favor, despierta, abre los ojos... abre los ojos, hijo mío...
Pero el joven no dio ninguna señal de respuesta. Su cuerpo permanecía rígido, atrapado en un letargo helado que amenazaba con convertirse en el sueño definitivo.
Un médico de mediana edad, de rostro enjuto y patillas canosas, vistiendo un delantal manchado de antiséptico y sangre, se acercó al grupo.
Traía una linterna de mano en la derecha y un pliego de notas en la otra.
Saludó al capitán Tremayne con una leve inclinación de cabeza y contempló con lástima la figura deshecha de la madre arrodillada.
El capitán se adelantó un paso, interponiéndose sutilmente para evitar que Sarah escuchara la conversación más dura, pero el espacio reducido de la cortina hacía imposible mantener la distancia.