CAPITULO 18
La noche cayó sobre Kensington como un manto espeso de plomo y niebla, sofocando cualquier vestigio de la calidez que horas antes reinaba en la residencia del capitán Tremayne. Sin embargo, el silencio que invadía los pasillos no era de paz, sino el preludio de una pesadilla interminable.
Thomas no había regresado a la casa.
Tras el atronador portazo en la biblioteca y la violenta revelación en los jardines de Vauxhall, el muchacho no había buscado refugio en su alcoba.
Aprovechando el caos generado en el servicio y la conmoción de la discusión, se había escabullido por la puerta trasera del jardín, internándose en las sombras de la ciudad con el rostro ensangrentado, el corazón destrozado y el alma envenenada por el desprecio hacia su madre.
Al percatarse de su ausencia, Sarah estuvo a punto de perder la razón.
La compostura y la serenidad que la habían caracterizado durante años saltaron por los aires, dejando a una madre absolutamente fuera de sí, devastada por un pavor helado que le atenazaba la garganta.
Recorrió la mansión llamándolo a gritos, registrando cada rincón, cada pasillo y los establos, con las manos temblorosas y la voz rota por los sollozos.
La idea de su hijo de ocho años vagando solo por las peligrosas y heladas calles del Londres nocturno, herido física y emocionalmente, la arrastraba al borde de la locura.
El capitán Tremayne asumió el mando de la situación con la contundencia de un oficial de la marina en mitad de una tempestad.
Al ver la desesperación de la institutriz, actuó sin perder un solo segundo.
Convocó a la totalidad del servicio doméstico al gran vestíbulo y ordenó de inmediato una batida sistemática por todo el distrito de Kensington y los alrededores de Hyde Park.
—El joven Thomas no debe de andar lejos —sentenció el capitán, ajustándose la capa de paño y repartiendo faroles de aceite entre los lacayos y cocheros—.
Está cegado por la rabia y el dolor, pero no conoce bien los barrios del sur.
Peinad cada callejón, las tabernas de la calzada principal y las entradas de los parques.
Nadie regresa a esta casa sin una pista.
Arthur y Edward, abrumados por la culpa de haber participado en la fatídica excursión a Vauxhall, se adelantaron de inmediato y se ofrecieron para liderar la búsqueda.
Sin embargo, su padre los detuvo con un gesto severo, enviándolos en compañía de los sirvientes más veteranos para evitar que sufrieran algún percance en la penumbra.
Las horas comenzaron a transcurrir con una lentitud agónica.
Los relojes de péndulo de la casa marcaban las dadas con un eco metálico que retumbaba en el pecho de Sarah como una sentencia.
Las nueve, las diez, las once de la noche...
Los grupos de búsqueda regresaban escalonadamente, exhaustos, con la ropa empapada por la llovizna constante que había comenzado a caer sobre la capital, pero todos traían la misma respuesta desoladora: no había ni rastro del niño.
A la medianoche, ante la falta total de noticias y con la sombra de las bandas criminales que infestaban los muelles y las barriadas pobres planeando sobre la conversación, el capitán Tremayne tomó una decisión drástica.
—Debemos contactar de inmediato con Scotland Yard —declaró el oficial, dirigiéndose a su despacho para redactar la petición formal de auxilio a la policía metropolitana.
En medio de esa angustia insoportable, sintiéndose morir a cada segundo y necesitando imperiosamente la mano de alguien que conociera la verdad absoluta de su calvario, Sarah hizo llamar a Kate.
Envió a uno de los mozos de cuadra con un carruaje urgente hacia la residencia de su amiga.
Necesitaba desesperadamente a su única confidente, la única mujer que había compartido el secreto de Dover y que podía sostenerla en mitad de aquel abismo.
Kate llegó poco antes de la una de la madrugada, envuelta en un capote de viaje y con el rostro pálido por la alarma.
Al cruzar el umbral de la biblioteca y ver a Sarah desplomada junto a la chimenea apagada, con los ojos hinchados de llorar y el vestido arrugado, corrió hacia ella y la estrechó entre sus brazos con una ternura infinita.
—¡Oh, mi pobre Sarah! ¡Mi querida niña! —murmuró Kate, acariciándole el cabello mientras Sarah rompía a llorar de nuevo con un llanto desgarrador sobre su hombro.
—Se ha ido, Kate... se ha ido sabiendo la verdad de la peor manera —articuló Sarah entre sollozos ahogados—. Me dijo que me odiaba... que jamás me lo perdonaría. Le he fallado, Kate. He destruido la vida de mi hijo por mi cobardía, por aferrarme a un orgullo estúpido...
—Escúchame bien, Sarah —dijo Kate con firmeza, tomándola por los hombros y mirándola fijamente a los ojos—. No eres una cobarde. Le diste a Thomas una vida, lo alimentaste con tu propio sudor y lo educaste con amor. Ese niño está herido, pero regresará. Tienes que mantenerte en pie por él.
La llegada del inspector de Scotland Yard, acompañado por un sargento, interrumpió la dolorosa conversación.
El detective, un hombre maduro de gesto adusto y libreta en mano, fue conducido a la biblioteca por el capitán Tremayne.
Tras escuchar los detalles básicos de la desaparición y la descripción física del muchacho, el inspector comenzó a formular preguntas de protocolo con un tono frío y profesional.
—Señorita Ronan —comenzó el agente, observando las facciones de la madre—. Para agilizar las pesquisas en los distintos distritos de la capital y considerar posibles chantajes, raptos o refugios con familiares, necesito que me facilite los datos completos del padre del menor.
El silencio volvió a adueñarse de la estancia. El capitán Tremayne dio un paso al frente, con la intención de intervenir, mientras Kate apretaba la mano de Sarah con fuerza.
Sarah alzó la cabeza. La angustia devoraba sus entrañas, pero la sola mención de esa exigencia encendió una chispa de resistencia instintiva en su interior.
Revelar el nombre de Michael Dalby Stuart a la policía metropolitana significaba desencadenar un escándalo público de proporciones devastadoras en la prensa y en la Cámara de los Lores, arrastrando el nombre de su hijo por el fango de los tribunales e inscribiendo su bastardía en los registros oficiales para siempre.
—El nombre del padre no tiene ninguna relevancia para encontrar a un niño de ocho años perdido en la noche, inspector —respondió Sarah con una voz rasgada, helada y categórica, sosteniendo la mirada del oficial.
—Señorita Ronan, se lo exijo por el bien de la investigación —insistió el policía con impaciencia, apretando el lápiz sobre su libreta—.
Si el muchacho pertenece a una casa de alcurnia o si existen disputas de custodia o reconocimiento, la policía necesita saberlo para registrar ciertas propiedades o interrogar a ciertos entornos.
—No hay ninguna disputa de custodia, ni el padre sabe de la existencia de mi hijo —replicó Sarah, poniéndose en pie con la poca dignidad que le quedaba en las fuerzas—.
No le voy a dar ese nombre. Busquen a mi hijo por las calles, por los parques y por los puentes del río.
Mi vida privada no es el objeto de su búsqueda.
El inspector entornó los ojos, contrariado por la negativa de la madre, pero ante la mirada adusta y amenazante del capitán Tremayne, optó por no presionar más en ese momento.
—Haremos lo que podamos con la descripción, señorita —dijo el agente con frialdad, guardando la libreta—. Notificaremos a las patrullas de los muelles y a los hospicios nocturnos. Buenos días.
Con la partida de los agentes, la casa volvió a sumirse en una espera atroz.
Las horas de la madrugada avanzaron entre la penumbra de la estancia, impregnadas de una angustia sofocante, lágrimas silenciosas y la sensación aplastante de un fracaso irreparable.
Sarah permaneció junto a la ventana, contemplando la lluvia caer sobre los cristales oscuros de Kensington, preguntándose en qué rincón frío de la ciudad su pequeño Thomas estaría sufriendo el castigo de una verdad que ella jamás debió haberle ocultado.
***
Dos días. Cuarenta y ocho horas eternas, insoportables, donde cada minuto que marcaba el reloj de la biblioteca de Kensington se clavaba en la carne de Sarah como un alfiler incandescente.
Durante ese tiempo sin luz, el mundo exterior pareció detenerse en una espera brutal.
Londres entera se convirtió para ella en un monstruo de piedra y niebla que devoraba la infancia, un laberinto de avenidas húmedas, pasajes oscuros y rostros indiferentes por los que su mente vagaba sin descanso, atrapada en un ciclo incesante de culpa y desesperación.
No había probado bocado. Tampoco había cerrado los ojos.
Su cuerpo, sostenido únicamente por el hilo frágil de la angustia materna, se consumía en una fiebre de vigilia.
Kate no se había separado de su lado ni un solo instante, velando sus silencios, sosteniéndole las manos heladas cuando los temblores la sacudían por completo, y obligándola a beber pequeños sorbos de agua que Sarah penas podía tragar.
El capitán Tremayne, incansable y con la severidad marcada en las arrugas de su rostro, entraba y salía de la residencia coordinando a los mozos, enviando notas a los diferentes distritos y hablando personalmente con los inspectores de Scotland Yard que recorrían las estaciones de calzadas y los hospicios de la capital.
Pero cada informe que regresaba a la casona traía la misma respuesta desoladora: nadie había visto al muchacho.
Era como si la noche del jueves se lo hubiera tragado la tierra.
Hasta que la tarde del segundo día trajo consigo la fatalidad.