CAPÍTULO 16
Pasaban los años como pasan las estaciones: sin pedir permiso, sin detenerse, sin compasión.
La infancia de Thomas se desvanecía a pasos agigantados en las aulas y los jardines de Kensington, mientras la capital continuaba su pulso frenético.
Sarah siguió viviendo en Londres, trabajando con la misma entrega infatigable, cuidando de su hijo y sosteniendo su vida con una mezcla inquebrantable de ternura y sacrificio.
A sus veintinueve años, la joven tímida que un día contempló los acantilados de Dover se había transformado en una mujer de una belleza madura, serena y de una dignidad impenetrable.
Por su parte, Michael Dalby Stuart siguió siendo él: el aristócrata brillante, el hombre de las tertulias políticas en el Parlamento, el habitual de las veladas refinadas y el dueño de una vida bohemia que parecía flotar muy por encima del mundo real y de sus miserias.
Y entonces, en una noche helada de finales de otoño, el destino volvió a cruzar sus caminos.
No fue un encuentro dramático. No hubo música solemne, ni truenos en la penumbra, ni señales del cielo.
Fue Londres, simplemente Londres, con sus aceras húmedas por la llovizna, las luces doradas de las farolas de gas reflejándose en el asfalto y ese aire característico de una ciudad que siempre parece guardar secretos bajo la niebla.
Sarah caminaba a pasitos prisa por el tramo que conectaba Mayfair con la calle principal, envuelta en un abrigo oscuro de lana y con la capota ajustada contra el viento.
Sentía el peso de un cansancio abrumador en los hombros; la menor de las hijas del capitán Tremayne, la pequeña Eleanor, había caído enferma con una tos convulsiva al atardecer, y Sarah había tenido que esperar durante más de tres horas en la trastienda de una botica atestada para obtener las hierbas y la cataplasma de linaza necesarias para aliviar el pecho de la niña.
Apretando el pequeño paquete contra su regazo, apretó el paso frente a las pórticos iluminados del Drury Lane.
En ese mismo instante, la sesión de la ópera acababa de concluir y la multitud de la alta sociedad comenzaba a ganar la calle entre el estruendo de los cascos de los caballos y los gritos de los cocheros.
Entre el grupo de caballeros que salía por las puertas principales se hallaba él.
Michael salía del teatro rodeado de conocidos de la Cámara de los Lores, envuelto en una capa de paño negro con cuello de terciopelo, riendo con esa elegancia despreocupada e indolente que siempre lo había acompañado.
La luz de los faroles de la entrada iluminó su rostro de perfil, sus facciones aristocráticas y esa mirada verde que parecía no haber envejecido un solo día.
Y de pronto, al girar la cabeza hacia la acera, la vio.
La vio como se ve a una desconocida interesante. Como se observa por azar a una mujer que llama la atención en mitad de la multitud por su serenidad, por su belleza silenciosa y por algo indefinible y noble que la separaba por completo del resto de los transeúntes.
Sarah se detuvo en seco. Sintió que el corazón se le detenía en la caja torácica con la fuerza de un golpe físico.
El ruido de los carruajes se apagó, las voces de la calle se convirtieron en un eco lejano y sintió que el tiempo retrocedía de golpe doce años atrás: la niña de catorce años volvía a estar sentada en la fría escalera de la casa de su padre en Berkeley Square, aguardando con el aliento contenido para escuchar el sonido de sus llaves en la acera de enfrente.
Michael se separó de sus acompañantes con una disculpa ligera y dio unos pasos decididos hacia ella, fascinado por la figura solitaria que permanecía inmóvil bajo la llovizna.
—¿Nos conocemos? —preguntó él con una sonrisa amable, ladeando la cabeza con refinada curiosidad.
Sarah sintió un golpe devastador en el alma.
La pregunta era inocente, pronunciada con la cortesía de un caballero fascinado por una hermosa transeúnte, pero para ella supuso una herida abierta que volvió a sangrar con la misma crudeza de los primeros días.
No, no la conocía. No la había conocido nunca.
No la recordaba. La mente de aquel hombre no guardaba el menor rastro de la noche del café bajo la lluvia, ni de la conversación sobre los libros y el invierno, ni de la luz cálida del ventanal, ni del pacto silencioso de la entrega en la penumbra del cuarto de abrigos de los Farquhar.
No recordaba la eternidad que ella había guardado durante años como un tesoro sagrado en el pecho.
Pero ella, esta vez, no sonrió. Tampoco se puso pálida ni agachó la mirada como la joven indefensa del pasado.
—No, señor —respondió con una sequedad cortante, sosteniendo la mirada con unos ojos oscuros que ardiendo de una dignidad helada—. No nos conocemos.
Michael alzó una ceja, sorprendido y extrañamente estimulado por la frialdad de su respuesta. La serenidad de la mujer y el matiz de su voz, tan culta como distante, terminaron de cautivarlo.
—La noche es demasiado fría y la calzada está peligrosa para una dama que camina sin compañía —dijo el conde, indicando con un gesto de la mano la dirección del bulevar—. Permitidme al menos acompañaros unos pasos.
—Negativo, sir —replicó Sarah con voz firme, dando un paso atrás—. Debo regresar a mi hogar sin demora.
No podía hacer otra cosa. Negarse era la única defensa que le quedaba a su orgullo.
Habían pasado demasiadas cosas, demasiado dolor, demasiados sacrificios en la soledad de Dover y demasiado amor entregado en vano a un fantasma.
Era como si el destino, en una ironía cruenta, quisiera ofrecerle un último instante a su lado, un último respiro, un último sueño de lo que pudo haber sido; pero Sarah ya no podía aceptar las migajas de su atención.
Sin embargo, por la urgencia del encargo de la botica y la insistencia elegante del noble, tampoco podía echar a correr y dejarlo plantado como una sirvienta asustada.
Comenzó a caminar a paso ligero hacia la parada de carruajes, tratando de acortar el encuentro.
Él caminaba a su lado, amoldando su zancada a la de ella.
Sarah le puso excusas breves y distantes sobre la prisa de sus deberes, pero Michael no parecía dispuesto a retirarse; la escuchaba con un interés genuino, fascinado por esa voz tranquila que rezumaba una educación exquisita, por la profundidad de su mirada y por esa tristeza dulce y misteriosa que parecía acompañarla como una sombra imperturbable.
Para él, la mujer que caminaba a su lado era una revelación en mitad de la noche londinense, una compañía que despertaba en su espíritu apático una atracción insólita. Para ella, mirarlo era contemplar un milagro amargo que sabía perfectamente que no volvería a repetirse.
Al llegar frente al carruaje de alquiler que ella había solicitado en la esquina de la avenida, Sarah se detuvo bajo la luz dorada de la última farola.
Miró al hombre que tenía enfrente, sintiendo que la contención de tantos años de silencio amenazaba con romperse en la garganta.
La madurez, el cansancio acumulado y la indignación reprimida se impusieron.
No pudo morderse la lengua.
—¿De verdad no me recuerda en absoluto, milord? —preguntó Sarah con una naturalidad fría, cruzando los brazos sobre el pecho.
Michael se detuvo, sorprendido por el tono directo de la pregunta. Hijo de la aristocracia, examinó los rasgos de la mujer con atención durante unos segundos, buscando en vano un detalle en su memoria, pero terminó haciendo un gesto negativo con la cabeza.
—Lo lamento, señorita... no logro ubicar vuestro rostro.
—Nos encontramos una vez —dijo ella, con una voz que cortaba el aire nocturno como una hoja de afeitar—. En el baile que dieron los barones Farquhar en Upper Grosvenor Street... hace ya bastantes años.
Michael arrugó ligeramente la frente, haciendo un esfuerzo vago por recordar aquella velada lejana en la casa de sus amigos, pero la neblina del tiempo y de sus viejos excesos no le devolvieron ningún dato.
—Lo lamento sinceramente —dijo el conde con una leve sonrisa de disculpa—. He asistido a cientos de bailes en Mayfair. Si no recuerdo esa velada en particular, o lo que ocurrió en ella, me temo que es porque sería una fiesta del todo insignificante.
Las palabras cayeron sobre el alma de Sarah como un golpe de maza.
Insignificante. La noche en que ella le había entregado su honra, su boca y la devoción de toda su vida; la noche que había dado origen a la existencia de su hijo, para él no había sido más que una fiesta insignificante, borrada por el vino y el olvido.
En ese preciso instante, Sarah sintió que el mundo entero se quebraba y se recomponía dentro de ella al mismo tiempo.
La última venda de la fantasía romántica se desprendió para siempre.
Sabía que él no la recordaba, y comprendió con una claridad brutal que no era culpa del conde: para un hombre de su cuna, ella nunca había sido más que una sombra pasajera, una compañía agradable encontrándole por azar en la penumbra de una casa de la aristocracia.
Pero esa comprensión no alivió el dolor; lo transformó en una llama ardiente de orgullo herido.
Por primera vez en años, el rostro sereno de Sarah Ronan se endureció por completo. Sus ojos oscuros brillaron con un enfado feroz, contenido y absoluto. La mujer dulce y resignada desapareció, dando paso a una madurez implacable.
Se acercó un paso hacia él, erguida con toda la estatura de su dignidad, y lo miró con una brusquedad hiriente que dejó a Michael mudo de la impresión.
—En ese caso, lord Gleeson, le ruego que tenga la decencia de apartarse de mi camino —dijo Sarah, con una voz rasgada por la rabia y el desprecio—. No me haga perder más el tiempo. Mi tiempo es infinitamente más valioso que el suyo.