CAPÍTULO 15 #2
—¡Es él, Sarah! ¡Santo Dios en el cielo! —susurró Kate con un hilo de voz aterrorizado, mirando hacia la puerta por donde acababa de salir el niño—. Ese niño... esa forma de erguirse, esa barbilla, esos ojos... ¡Es clavado al conde de Gleeson! ¡Es el vivo retrato de Michael Dalby Stuart!
El aire se congeló en los pulmones de Sarah. La sangre se le evaporó de las mejillas, pero luchó con todas sus fuerzas por mantener el semblante sereno.
—Kate, te estás dejando llevar por la imaginación... —intentó mentir Sarah, con la voz temblorosa.
—¡No me mientas! —estalló la baronesa, poniéndose en pie con vehemencia y encarando a su antigua amiga—.
¡Lo conozco desde que éramos niños! He visto esa misma mirada severa y esos ojos verdes en la familia Dalby Stuart toda mi vida.
¿Es él, verdad? ¡Michael es el hombre al que te entregaste!
¡El oficial de la India era una mentira!
Sarah bajó la cabeza, incapaz de sostener la acusación frente a la evidencia innegable del rostro de su hijo. El silencio que siguió fue la confirmación definitiva.
—¡Estás completamente loca, Sarah! —exclamó Kate, pasando de la sorpresa a una desesperación frenética mientras caminaba de un lado a otro de la estancia—.
¿No te das cuenta del peligro en el que estás poniendo a ese niño y a ti misma?
¡Estamos en Londres! ¡En la misma ciudad!
Tienes que sacar a tu hijo de aquí inmediatamente.
Tienes que enviarlo lejos, internarlo en un colegio en el norte o llevarlo de vuelta a Dover.
Si Michael llega a ver a ese niño, o si algún conocido de Mayfair lo contempla por un segundo, el noble terminará enterándose de la verdad.
¡Te lo quitará, Sarah! Destruirá tu vida, creará un escándalo devastador y te quitará a la criatura para siempre.
Sarah se irguió de golpe. Las palabras de Kate tocaron la fibra más íntima y protectora de su ser, y el orgullo de madre encendió una llama de indignación en sus ojos.
—Cálmate, Kate —dijo Sarah, forzando un tono de voz firme y controlado—.
Te aseguro que la situación está bajo control.
Los niños no salen nunca de los límites de esta propiedad.
Vivimos en Kensington, alejados de los salones de Mayfair y del circuito de la alta sociedad.
Nadie que frecuente la vida de lord Gleeson tiene motivos para cruzar las verjas de esta casa. Thomas está seguro aquí.
—¿Seguro? ¿Bajo el mismo cielo de Londres?
—replicó Kate con amargura, cogiéndola por los hombros con desesperación—.
¡Estás ciega por el amor maternal! El capitán Tremayne es un hombre influyente, tarde o temprano recibirá visitas de la nobleza o del Almirantazgo.
Basta con un solo paseo por el parque, una sola coincidencia desafortunada en la calle para que todo se derrumbe.
Insisto, Sarah: debes internar a tu hijo.
Complacer tu deseo de tenerlo a tu lado es una imprudencia que os destruirá a ambos.
Aquella sugerencia cayó sobre el corazón de Sarah como un insulto intolerable. Se zafó con firmeza del agarre de Kate y dio un paso atrás, con la frente alta y la mirada ardiendo de ofensa.
—¡Jamás! —sentenció Sarah con una frialdad categórica—.
Jamás me separaré de Thomas. He pasado hambre, soledad y penurias por criar a mi hijo con mis propias manos y no voy a recluirlo ni a entregarlo a extraños en un internado por el miedo a los fantasmas de Mayfair.
Si eso es lo que piensas de mí y de la educación de mi hijo, te ruego que recuerdes que esta es mi casa y que Thomas es mi única vida.
Las dos mujeres se miraron en un silencio tenso y doloroso. La discusión había alcanzado un punto de no retorno. Kate, al ver la inflexibilidad absoluta en el rostro de Sarah, dejó escapar un largo suspiro impregnado de amargura y resignación.
—Veo que no hay razón que valga contra tu obstinación, Sarah —dijo la baronesa con voz apagada, ajustándose el manto de viaje sobre los hombros—.
He venido como tu amiga, con la intención de protegerte de la ruina...
pero veo que prefieres caminar sobre el filo de la navaja.
Dios permita que nunca tengas que arrepentirte de esta decisión.
Sin esperar la respuesta de Sarah ni permitir que la acompañara a la salida, Kate dio media vuelta y abandonó la salita con pasos apresurados. El sonido de la puerta principal al cerrarse retumbó en la casa como un eco nefasto.
Sarah se quedó sola en mitad de la estancia. El fuego de la chimenea continuaba crepitando, iluminando la vajilla de té intacta sobre la mesa. Se llevó lentamente las manos al pecho, sintiendo que el latido de su corazón se desbocaba.
Intentó repetirse a sí misma que las palabras de Kate eran únicamente el reflejo de una mente atormentada por la angustia y la envidia involuntaria.
Intentó convencerse de que Kensington era un refugio inexpugnable y de que el destino no podía ser tan cruel como para cruzar sus vidas.
Pero al mirar por el ventanal hacia la penumbra de la tarde que caía sobre los tejados de Londres, una sombra helada de preocupación se instaló en el fondo de su alma.
Una inquietud sorda y amenazante que, a partir de ese instante, no dejaría de crecer con el paso de los días.