CAPÍTULO 15
La vida en la residencia de Kensington encontró pronto un compás armónico, impulsada por la mano firme y la calidez serena de Sarah.
La gran mansión, que durante años había permanecido envuelta en la rigidez de un barco de guerra y la frialdad del luto, se llenó de una vitalidad cotidiana que transformó cada uno de sus rincones.
Cuidar a seis niños no era una tarea sencilla, pero Sarah asumió la responsabilidad con un equilibrio impecable entre la disciplina y la ternura.
La casa albergaba ahora a un pequeño batallón de personalidades: los cinco hijos del capitán Tremayne —el intrépido Arthur de diez años, el reservado Edward de ocho, y las pequeñas Clara, Sophia y la pequeña Eleanor, de entre cuatro y nueve años— junto al propio Thomas, que con sus casi siete años se había integrado de forma tan natural que pocos en el servicio recordaban ya que no compartía la misma sangre.
Las dos niñas mayores, Clara y Sophia, resultaron ser una bendición para el espíritu de Sarah.
Dulces, tranquilas y poseedoras de una docilidad innata, encontraban en la nueva institutriz la figura materna que tanto habían echado de menos.
Sarah pasaba con ellas largas horas en la salita de mañana, enseñándoles las labores de bordado, la práctica de la acuarela y la lectura de los clásicos adaptados.
La pequeña Eleanor, la menor de la casa, solía sentarse sobre la alfombra a sus pies, imitando las puntadas de sus hermanas mayores con pedazos de cinta y una aguja sin punta, llenando la estancia de una paz acogedora.
Sin embargo, la tranquilidad de las damas se veía frecuentemente sacudida por la energía inagotable de la ala masculina de la infancia.
Arthur, el mayor de los hijos del capitán y heredero de la audacia naval de su padre, era un torbellino de astucia y vitalidad.
Dotado de una imaginación desbordante para la travesura, el muchacho vivía constantemente ideando bromas e ingeniosos complots para sobresaltar a la casa.
Ocultaba ranas del jardín en los cajones de la cómoda de sus hermanas, cambiaba los mapas de geografía del preceptor por dibujos de barcos piratas o preparaba pequeñas trampas de cuerda en las escaleras de servicio.
Thomas se convirtió en el objetivo principal de las incursiones de Arthur, pero no como una víctima de acoso, sino como el compañero perfecto de batallas.
Lejos de amedrentarse o buscar el amparo de su madre, Thomas respondía a las bromas con una inteligencia serena y una agudeza que dejaban al propio Arthur desconcertado.
Si Arthur escondía las botas de Thomas en los matorrales, Thomas reaparecía con un plano detallado de la huerta para "rescatarlas", ganándose la admiración inmediata del mayor.
Entre Arthur, Edward y Thomas se tejió un lazo de complicidad genuino.
Para el resto de la servidumbre y para los tutores, el hijo de la institutriz no era un allegado ni un dependiente por caridad; Thomas caminaba por los pasillos de la casa como uno más de la familia Tremayne, compartiendo los libros, las travesuras en el parque de Kensington y las mesas de estudio con la misma soltura de un hermano.
El capitán Tremayne apenas hacía breves apariciones en el hogar.
La Marina de Su Majestad atravesaba un periodo de intensa actividad, con la flota británica desplegada en múltiples frentes para proteger las rutas comerciales en las Indias Orientales, mantener la presencia en el Mediterráneo y patrullar las costas de las colonias.
Las breves visitas del oficial eran acontecimientos casi solemnes: llegaba precedido por el aroma a sal de mar y cuero de sus baúles, permanecía tres o cuatro días revisando los informes de la casa y asegurándose del bienestar de sus hijos, para luego partir de nuevo hacia el Almirantazgo o a los astilleros de Chatham.
En esas cortas estancias, el capitán observaba con una satisfacción absoluta el desempeño de Sarah.
La casa funcionaba con la precisión de una fragata impecable, pero con el calor de un verdadero hogar.
Encontraba a sus hijas educadas y sonrientes, a sus hijos respetuosos y bien encaminados en sus lecciones de latín y matemáticas, y a la servidumbre trabajando en perfecta concordia con la dirección de la institutriz.
Para Sarah, aquellos días en la mansión de Kensington representaron la conquista de una felicidad sencilla pero profunda.
Atrás habían quedado la angustia sofocante de Mayfair y las penurias heladas de la casita frente a los acantilados de Dover.
Allí, rodeada por el bullicio de los niños, las risas en el jardín al atardecer y la satisfacción del deber cumplido, el tiempo transcurría de manera serena, continuo y sin altibajos.
En la inmensidad de esa casa de Kensington, contemplando a Thomas correr tras sus compañeros con los ojos verdes encendidos de alegría, Sarah encontraba la paz que tanto había anhelado, sabiendo que, aunque la ciudad de Londres guardaba historias incompletas en su interior, ella había logrado construir un santuario inexpugnable para su pequeño universo.
***
La tarde de otoño traía consigo un aire frío que hacía crujir los grandes castaños del jardín de Kensington.
En la salita privada de la primera planta, el fuego de la chimenea proyectaba un resplandor cálido sobre la vajilla de porcelana de China y los finos manteles de encaje que Sarah había dispuesto para la ocasión.
Hacía casi un año que las dos mujeres no se veían a solas. Sarah, movida por un deseo sincero de estrechar los lazos con la amiga que jamás la había abandonado del todo, había enviado una invitación para tomar el té, la cual Kate aceptó con prontitud.
Sin embargo, al ver cruzar el umbral a la baronesa, el corazón de Sarah se apretó de compasión.
La antigua frescura y la vivacidad de Kate se habían esfumado.
Aunque vestía con la elegancia impecable de siempre, su rostro mostraba una palidez cenicienta, una mirada apagada y una delgadez que delataba un sufrimiento profundo.
La falta de descendencia tras años de matrimonio la había sumido en una melancolía severa, esa sombra pesada del alma que en la sociedad de la época marchitaba en silencio a tantas mujeres de la nobleza.
—Me alegra tanto volver a tenerte cerca, mi querida Kate —dijo Sarah con infinita dulzura, sirviendo una taza de té humeante y ofreciéndosela con manos atentas—. Lamento profundamente verte tan abatida. Tu salud me preocupa más de lo que puedes imaginar.
Kate sostuvo la porcelana con dedos temblorosos, dejando escapar un suspiro amargo que parecía salirle del fondo del pecho.
—El silencio de mi casa me sofoca, Sarah... George intenta mostrarse comprensivo, pero sé lo que la sociedad espera de la esposa de un baronet. Pasan los años y el cielo no me concede la bendición de un heredero. A veces siento que la vida se me escapa en una espera inútil.
Sarah se inclinó hacia ella y le cubrió cariñosamente la mano, intentando transmitirle el consuelo de su propia fortaleza.
—Todavía eres joven, Kate, no debes perder la esperanza. Hay mucho tiempo por delante. Te lo suplico, no dejes que el desánimo te consuma el espíritu; las preocupaciones continuas y la tristeza del alma jamás traen nada bueno para la salud del cuerpo. Debes confiar.
La conversación, pausada y confidencial, fue bruscamente interrumpida por el estruendo de unas pisadas apresuradas por el pasillo de madera.
La puerta de la salita se abrió de par en par y la pequeña Eleanor, la menor de las hijas del capitán Tremayne, irrumpió en la estancia con las mejillas encendidas y las lágrimas a punto de brotar de sus ojos azules.
Detrás de ella, con el paso firme pero la mirada desafiante, entró Thomas.
—¡Señorita Ronan! —se quejó la niña con voz entrecortada, corriendo a refugiarse tras la falda de Sarah—. ¡Thomas ha sido muy malo conmigo! ¡Me ha dicho que soy fea y que mis trenzas parecen colas de ratón!
Sarah se puso en pie de inmediato, disculpándose con la mirada ante su invitada. Se giró hacia su hijo, manteniendo una expresión de firme severidad.
—Thomas —dijo Sarah con tono grave pero calmado—. Sabes perfectamente que en esta casa no se tolera la falta de respeto hacia las damas, y mucho menos hacia Eleanor.
El niño no bajó la cabeza. Dio un paso al frente, irguiendo la espalda con una postura impecable que rezumaba un orgullo innato.
—Ella tiró mis láminas de dibujo al suelo a propósito, madre —respondió Thomas con una voz limpia, clara y sorprendentemente madura para sus casi siete años.
—Eso no justifica tu respuesta —sentenció Sarah con autoridad inquebrantable—. Un caballero jamás utiliza palabras hirientes para defenderse. Vas a disculparte con Eleanor ahora mismo.
Thomas sostuvo la mirada de su madre durante dos largos segundos. Finalmente, en un gesto de impecable hidalguía, se giró hacia la pequeña, hizo una leve e inclinada reverencia y pronunció:
—Lamento haberme expresado con rudeza, Eleanor. Te pido que me disculpes.
La niña, satisfecha con la restitución de su honor, se limpió las lágrimas con el puño del vestido, dedicó una sonrisa tímida al niño y salió corriendo de nuevo hacia la zona de juegos.
Thomas, tras recibir un asentimiento severo de Sarah, hizo una última inclinación hacia Kate y abandonó la habitación en silencio, cerrando la puerta con delicadeza.
Fue en ese preciso instante cuando Sarah notó el cambio en la atmósfera.
Kate no había probado el té. Permanecía paralizada en el sillón de orejas, con la cara pálida como el mármol, las manos apretadas sobre el regazo y los ojos desencajados por un sobresalto espantoso. Su respiración era agitada, como si acabara de presenciar la aparición de un fantasma.
—¿Kate? Por el amor de Dios, ¿qué te ocurre? —preguntó Sarah alarmada, acercándose a ella a toda prisa—. Te has puesto pálida... ¿te encuentras mal?
Kate la tomó bruscamente de la muñeca. Su agarre era frío y desesperado.