CAPITULO 10
El aire del salón de fumar de White’s olía a humo denso de cigarros de la Habana, cera de abejas y al cuero antiguo de los enormes sillones que acogían a la élite de Mayfair.
A través de los ventanales en arco de St. James’s Street, la luz dorada de la tarde iluminaba el deambular constante de los carruajes.
En el rincón habitual, cuatro copas de cristal de cortado impecable reposaban sobre una mesa de caoba junto a una botella de oporto de añada.
Michael Dalby Stuart permanecía reclinado con elegancia indolente, observando las burbujas invisibles de su bebida.
Vestía una levita de paño azul oscuro de corte impecable y una corbata de seda perfectamente anudada.
A sus veinticinco años, la madurez le había asentado las facciones, dándole un aire aún más severo y distinguido.
A su alrededor, la atmósfera era considerablemente más ruidosa. Lord Edward Percy, el baronet Thomas Ashworth y Julian Farquhar comentaban entre risas los ecos del baile de la noche anterior en casa de los Farquhar.
—Veinticinco años, Michael —dijo Edward, apuntándole con la boquilla de su pipa mientras soltaba una bocanada de humo gris—.
Has alcanzado la edad crítica. Las madres de Mayfair ya no te ven como un joven prometedor, sino como una presa madura que necesita con urgencia una condesa.
Las tres herederas de la casa de Northumberland debutan este mes y la duquesa de Richmond ya ha preguntado dos veces por tus intenciones.
Debes engendrar al próximo heredero de la estirpe Dalby Stuart antes de que te vuelvas demasiado rancio para el vals.
Thomas se unió a las carcajadas, dando una palmada sobre el brazo del sillón.
—Es verdad, Gleeson. Un título como el tuyo y una fortuna que hace suspirar a todo el Parlamento no pueden quedar a merced de un primo lejano. La patria te exige cumplir con el deber conyugal.
Michael esbozó una leve curva en los labios, una mezcla de indulgencia y frialdad calculada. Sostuvo la copa a la altura de la luz antes de dedicarles una mirada divertida a sus acompañantes.
—Acepto vuestras bromas con la paciencia habitual, caballeros —respondió Michael con su voz grave y bien modulada—, pero os recuerdo un detalle de pura aritmética: de los cuatro aquí presentes, yo sigo siendo el menor.
Edward tiene veintiséis y Thomas roza los veintisiete.
Si la patria está tan urgida de herederos y si el matrimonio es una institución tan deseable, os cedo con generosidad el honor de abrir el camino.
Hasta que no os vea a vosotros doblar la rodilla ante un altar y entregar vuestra libertad a un suegro exigente, no esperéis que yo dé el primer paso.
—¡Eso es una retirada cobarde detrás de la edad! —se rio Edward, alzando su copa para brindar.
Sin embargo, a su lado, Julian Farquhar no compartía el tono festivo. Permanecía inusualmente taciturno, jugueteando con el pie de su vaso y con una expresión de frustración mal disimulada. Al notar el silencio de su primo, Thomas le dio un codazo burlesco.
—¿Y a ti qué te pasa, Julian? Tu primo George dio un baile magnífico anoche y tú pareces un ajusticiado antes de subir al cadalso.
Julian suspiró con amargura, dejándose caer contra el respaldo del sillón.
—Me pasa que estoy absolutamente cautivado por cierta joven... y no recibo de ella más que desplantes helados. Anoche volví a intentarlo y fue un desastre absoluto. Es la mujer más hermosa y exasperante de todo Londres.
Michael alzó una ceja, reconociendo de inmediato el tema de conversación. La imagen del rostro sonrosado de Sarah Ronan en la penumbra del cuarto de abrigos cruzó fugazmente por su mente, pero la devolvió con rapidez al fondo de su memoria bajo una capa de compostura impecable.
—Si te refieres a la señorita Ronan, la compañera de la esposa de tu primo, deberías agradecer que George no te expulsara a patadas de su casa —intervino Michael con tono seco y severo, haciendo que la sonrisa de Julian se desvaneciera—.
La noche anterior bebimos demasiado, Julian.
Tú, en particular, cruzaste la línea de la cortesía.
Te vi acorralarla en un aposento de servicio como si fueras un rufián de taberna y no un caballero de la sociedad.
Dimos un espectáculo lamentable que no le hace ningún honor a nuestro nombre.
Julian se ruborizó de vergüenza, esquivando la mirada penetrante de los ojos verdes del conde.
—Estaba ebrio, lo admito —masculló Julian, pasando una mano molesta por su cabello—.
Esta mañana le envié flores y una nota de disculpa con el mayordomo de George, pero se negó a recibirme.
Es inexpugnable, Michael. Ningún caballero de Mayfair ha logrado sacarle una sola sonrisa favorable.
No entiendo cómo una mujer en su posición, sin dote ni título, puede permitirse semejante altivez.
—Tal vez precisamente porque tiene la dignidad que a ti te faltó anoche —replicó Michael con frialdad, tomando al fin un sorbo de su oporto—.
La señorita Ronan es una dama educada que merece respeto bajo el techo de tu familia, no las torpezas de un hombre que no sabe medir el vino.
Si deseas que te considere un pretendiente digno, empieza por comportarte como tal y deja de perseguirla como un muchacho caprichoso.
Edward y Thomas intercambiaron una mirada de sorpresa ante la inusual firmeza con la que el conde defendía a la joven dama de compañía, pero no dijeron nada. Julian apretó los labios, claramente picado en su orgullo, aunque sabedor de que discutir con Michael en White's era una causa perdida.
Michael volvió a fijar la vista en el cristal de su copa.
Por fuera mantenía la imagen impecable del aristócrata severo que aconsejaba cordura a sus amigos; pero en lo más profundo de su ser, el eco del calor de aquella boca, la suavidad de la piel de Sarah y la pasión contenida con la que ella le había devuelto el beso en la penumbra continuaban quemando su memoria con una intensidad que no lograba explicarse.
***
Al caer la tarde, tras concluir un encargo de mercería para Kate en Bond Street, Sarah emprendió el regreso a la residencia de Upper Grosvenor Street.
La lluvia comenzó a caer sobre la capital con una delicadeza casi musical, haciendo repicar gotas finas sobre las adelas de las aceras.
Las farolas de gas encendieron sus luces doradas una a una, reflejándose sobre el asfalto mojado y convirtiendo a la ciudad en un escenario perfecto, envuelto en una penumbra romántica, como si Mayfair estuviera esperando algo. O a alguien.
Sarah caminaba despacio, envuelta en la protección de su capa de paño oscuro, disfrutando del aire fresco de la tarde, cuando al doblar la esquina de Albemarle Street lo vio.
El noble.
Michael Dalby Stuart estaba de pie frente a la entrada de un elegante café, resguardado bajo el voladizo del tejado y bañado por la luz cálida y ámbar que escapaba a través de los amplios ventanales de cristal.
Tenía el mismo porte soberbio de siempre, la misma expresión levemente distraída de quien habita en sus propios pensamientos y esa inconfundible aura de hombre acostumbrado a vivir rodeado de ideas, tratados y melodías.
Pero esta vez no pasó de largo. Ahora la miraba. La miraba de verdad.
Sarah sintió que el mundo entero se detenía en seco.
Que las gotas de lluvia dejaban de caer en el aire, que el murmullo de los carruajes se apagaba y que Londres contenía el aliento junto a ella.
En un segundo devastador, recordó con una claridad radiante lo que había sucedido entre ambos en la penumbra del cuarto de abrigos: la entrega absoluta de su cuerpo y su alma, la pasión desatada y la devoción de años consumada en una entrega de la que no se arrepentía.
Michael dio unos pasos hacia ella con esa mezcla de curiosidad refinada y encanto natural que siempre lo había caracterizado. Sin embargo, al tenerla a dos palmos de distancia, la luz de la farola iluminó unos ojos verdes donde no había memoria.
No la reconoció.
Para él, la penumbra de la noche anterior y el exceso de alcohol habían borrado la identidad de la muchacha a la que había amado entre los mantos; no veía en ella a la hija del abogado de su infancia ni a la dama de compañía de los Farquhar.
Un dolor agudo y punzante hizo presa del pecho de Sarah al descubrir que en la mirada del conde solo había un interés efímero y educado hacia una desconocida hermosa que caminaba bajo la lluvia.
Se puso pálida como la cera. La respiración se le cortó, sus ojos se cerraron por un instante de puro sufrimiento y tuvo que tragar saliva con fuerza para no romper a llorar allí mismo.
—¿Está usted bien, señorita? —preguntó Michael con una voz suave, grave y preocupada, al notar su repentina palidez.
Sarah asintió levemente, incapaz de articular palabra durante unos segundos. Su corazón latía en sus costillas con la fuerza acumulada de todos los años perdidos. Se había entregado con fuego al hombre que ni siquiera recordaba su rostro.
—Sí... no se preocupe —alcanzó a decir con un hilo de voz, esforzándose por mantener la dignidad—. Es solo que... recordé que he olvidado algo.
Michael sonrió. Fue una sonrisa leve, casi tímida y de una calidez que desarmaba cualquier prevención.
—La noche es demasiado fría para caminar sola bajo esta lluvia —dijo el conde, indicando con un gesto elegante la entrada del establecimiento—. ¿Le gustaría acompañarme a tomar un café?
La razón de Sarah le gritaba que debía negarse.
Tenía que dar media vuelta, dejarlo plantado en la acera y marcharse antes de que la ilusión terminara de destrozarle el corazón.
Pero su amor, ese sentimiento terco y profundo cultivado desde los quince años, se impuso de forma aplastante a la cordura.
Aceptó. No podía hacer otra cosa. Era como si el destino, después de tantos años de silencio y distancia, hubiera decidido abrir una puerta que ella creía cerrada para siempre.
Entraron al café. Las luces cálidas del interior los envolvieron de inmediato, aislándolos del frío de la calle.
El aroma reconfortante del vino caliente con especias, las notas suaves de un piano que sonaba al fondo del salón y el murmullo discreto de las conversaciones parecieron encenderse alrededor de ellos, como si la ciudad misma celebrara ese encuentro fortuito.
Se sentaron junto a una mesa de caoba cercana al ventanal.
Hablaron durante casi una hora. Hablaron de libros de historia, de los viajes por el norte, de la nieve de invierno y de la vida.
Michael la escuchaba con una atención fascinada, abiertamente impresionado por la inteligencia afilada de la joven, por su serenidad sin afectación y por esa tristeza dulce que parecía acompañar cada una de sus palabras.
Para Sarah, contemplarlo tan cerca era como presenciar un milagro.
Cada frase pronunciada por la voz de Michael era un regalo; cada gesto de sus manos, una revelación que guardaría en la memoria.
Para él, era simplemente una noche bella. Una compañía sumamente agradable. Una joven culta e interesante a la que el azar de la lluvia le había permitido conocer.
Para ella, era la eternidad. La realización en vida de un sueño que había guardado en secreto desde la infancia. El instante sagrado que justificaba todos los años de espera, todas las lágrimas derramadas en los acantilados de Dover y todas las renuncias de su juventud.
Cuando Michael la acompañó a la puerta del café para despedirse, la lluvia continuaba cayendo con suavidad sobre Mayfair.
Sarah se detuvo en el umbral y lo miró una última vez, grabando la luz de sus ojos verdes bajo la penumbra de la noche.
Él le dedicó una última sonrisa afable y respetuosa antes de verla subir al carruaje que ella había solicitado, sin saber jamás que esa sonrisa sería para Sarah un tesoro invaluable que conservaría durante toda su existencia.
Y así terminó la noche en que Londres volvió a cruzar sus caminos. Una noche casual que él olvidaría muy pronto. Una noche sagrada que ella recordaría para siempre.