CAPÍTULO 11
El mes de abril tocaba a su fin y la primavera londinense envolvía los jardines de Grosvenor Square con un florecer de lilas y un sol aún esquivo, empañado por nubes movedizas.
En el salón de mañana de la mansión Farquhar, la luz entraba a raudales sobre la alfombra iluminando la mesa de caoba donde reposaban los periódicos del día y la bandeja de la correspondencia.
Sarah permanecía sentada frente al ventanal, alineando con absoluta minuciosidad las tarjetas de invitación para las próximas veladas de la temporada.
Por fuera, lucía la impecable serenidad que la caracterizaba: el peinado castaño pulcro, la postura recta en su vestido de lana fina y la mirada serena.
Pero por dentro, cada fibra de su ser continuaba vibrando con el eco de aquella tarde bajo la lluvia en el café de Albemarle Street.
Cada gesto de Michael, el tono de su voz grave y el calor de su sonrisa sin memoria se reescribían en su mente una y otra vez, como una herida dulce que se negaba a cerrar.
El sonido de unos pasos apresurados y el crujido de un vestido de seda interrumpieron el silencio de la estancia.
Kate entró en el salón sosteniendo un pliego de papel grueso entre las manos, seguida de cerca por Sir George, quien leía concentrado el Times mientras se acomodaba la solapa de la levita.
—Es del todo inaudito, George —decía Kate con un tono de sincera contrariedad, dejando caer la carta sobre la bandeja de plata—.
Pensé que el conde de Gleeson honraría nuestra mesa este viernes.
Contaba con su presencia para equilibrar la lista de invitados, especialmente después de lo agradable que estuvo durante nuestro baile.
Sir George alzó la vista del periódico y dejó escapar un leve resoplido de indulgencia masculina.
—Mi querida Kate, Gleeson es un hombre impredecible cuando el tedio de la temporada empieza a rozarle los talones. Su mayordomo me comentó ayer en el club que el viaje estaba planeado desde hacía semanas, aunque nadie esperaba que partiera con semejante precipitación.
Sarah sintió un calambre frío y sutil ascenderle por la espalda. La aguja de caligrafía que sostenía entre los dedos quedó suspendida a un milímetro del papel.
—¿El conde de Gleeson ha rehusado la invitación, Sir George? —preguntó Sarah, forzando una voz modulada, limpia de toda agitación.
—No solo la ha rehusado, Sarah, sino que ha abandonado Inglaterra por completo —respondió Kate, dejándose caer en el sillón de orejas frente a ella y tomando la nota rehusada con un gesto de enfado—.
La nota la envía el administrador de su mansión en Berkeley Square.
Explica con mil excusas protocolares que lord Gleeson partió ayer al alba hacia Dover para embarcar rumbo al continente.
Al parecer, tiene la intención de emprender un largo recorrido por Europa: París, las provincias italianas y quién sabe si Viena.
No se espera su regreso a Londres hasta bien entrado el año que viene.
Un golpe directo a su corazón.
No hubo un sonido dramático, ni un desmayo, ni un gesto que traicionara la conmoción de su alma. Pero por dentro, la noticia cayó sobre Sarah con la fuerza aplastante de un derrumbe. El salón pareció perder de golpe la luz, y el aire en sus pulmones se volvió denso como el plomo.
Michael se había ido. Había cruzado el Canal de la Mancha, el mismo mar helado que ella había contemplado durante tres años de exilio, alejándose de Mayfair, de la temporada social y de ella.
Una marea de amargura y humillación, profunda e incontrolable, la inundó por completo.
La cruda realidad se le reveló sin los velos de la fantasía romántica: ella se había entregado a él.
En la penumbra de un cuarto de abrigos, rodeada de telas y olor a lavanda, le había entregado su boca, sus caricias y la inocencia de toda su juventud a un hombre que ni siquiera se había molestado en indagar quién era.
En el café, bajo la lluvia, le había regalado sus pensamientos más íntimos y su devoción más pura a un noble que la miró como a una desconocida fascinante de una sola noche, un entretenimiento pasajero antes de armar los baúles para huir del aburrimiento de la capital.
Por primera vez desde que tenía quince años, el arrepentimiento hizo presa de su corazón con una garra ardiente y dolorosa.
Se arrepintió de verdad. Se arrepintió de haber guardado su recuerdo como una reliquia sagrada en Dover, de haber rechazado a hombres dignos que la buscaban con intenciones honestas, de haber alimentado una llama que para él no era más que humo de una velada embriagada.
Se arrepintió de haberse entregado a un fantasma.
Porque mientras él viajaba libremente hacia Europa, sin llevar en su memoria un solo rasgo del rostro de Sarah Ronan, ella se quedaba atrás, encadenada a la condena de no poder olvidarlo jamás.
—Sarah... ¿te encuentras bien?
La voz de Kate, suave y cargada de una preocupación genuina, la devolvió bruscamente al presente.
Sarah parpadeó, sintiendo que la sangre le había abandonado por completo las mejillas. Había dejado caer la pluma sobre la mesa, manchando el borde de una de las cartulinas con una gota de tinta negra.
Sir George, notando la repentina incomodidad, guardó su periódico y ofreció una leve inclinación de cabeza.
—Os dejaré a solas, damas. Debo pasar por el club antes de mi reunión en la Cámara —dijo el baronet, dándole un beso afectuoso a su esposa en la frente antes de abandonar el salón con pasos firmes.
En cuanto la puerta se cerró, Kate se levantó de inmediato y se acercó a la mesa.
Tomó las manos de Sarah entre las suyas; las encontró frías como el hielo y ligeramente temblorosas.
La joven baronesa, que conocía cada matiz del rostro de su amiga tras años de intimidad compartida, examinó sus ojos oscuros con una fijeza llena de ternura y alarma.
—Sarah, por Dios... te has puesto pálida como la cera —dijo Kate, arrodillándose prácticamente junto a su silla para quedar a su misma altura—.
Llevas días extraña, abstraída, como si caminaras por esta casa, pero tu mente estuviera a cien leguas de aquí.
Y ahora, al mencionar a Gleeson... la vida parece habérsete escapado del rostro.
¿Qué te ocurre? Sabes que puedes decírmelo todo.
Sarah apretó los labios, sintiendo el impulso sofocante de romper a llorar sobre el hombro de su amiga, de confesarle el peso insoportable de su secreto: que la hija del difunto abogado Ronan amaba al conde de la acera de enfrente, que se había entregado a él en su propia casa y que el dolor de su olvido la estaba matando por dentro.
Pero el orgullo, el sentido del decoro y la lealtad hacia la posición que ocupaba la detuvieron a tiempo. No podía arrastrar a Kate a un escándalo de semejante magnitud.
—No es nada, mi querida Kate... te lo aseguro —mintió Sarah con un hilo de voz, esforzándose desesperadamente por recomponer el semblante—. Es solo un mareo repentino. Creo que la falta de sueño y la acumulación de preparativos para las recepciones de esta semana me están pasando factura.
Kate la miró con los ojos entrecerrados, llena de un afecto sincero, pero nada convencida por la explicación. La baronesa se negaba a tratar a Sarah como una sirvienta o una simple empleada; la quería como a la hermana que nunca tuvo, y su malestar evidente le causaba una angustia real.
—No me mientas, Sarah —insistió Kate, acariciándole los nudillos con frialdad maternal—.
Te conozco demasiado bien. Sé cuándo estás agotada físicamente y cuándo llevas una pena en el alma que te carcome por dentro.
Desde la noche de nuestro baile hay una sombra en tu mirada que no puedo descifrar.
Si alguien te ha faltado al respeto, si Julian Farquhar o cualquier otro caballero te ha dicho algo que te haya herido...
dímelo. George se encargará de ponerle remedio de inmediato.
La calidez y la lealtad incondicional de Kate hicieron que las lágrimas quemaran la garganta de Sarah con más fuerza, pero logró sostener la mirada de su amiga con una firmeza desgarradora.
—Nadie me ha faltado al respeto, Kate. De verdad.
No hay ningún secreto ni ningún mal de amor que deba preocuparte —dijo Sarah, forzando una sonrisa triste pero serena, y devolviéndole el apretón de manos—.
Tu amistad y el techo de esta casa son la mayor bendición de mi vida.
Solo necesito aire fresco y un poco de reposo.
Te prometo que para el té de esta tarde seré la de siempre.
Kate permaneció unos segundos en silencio, estudiando la dignidad inexpugnable de su amiga. Sabía que continuar presionando sería en vano; la fortaleza de Sarah era un muro que pocas personas podían franquear.
—Está bien —suspiró la baronesa, poniéndose en pie con un gesto de resignación afectuosa—.
Pero no vas a redactar ni una sola tarjeta más hoy.
Vas a subir a tu habitación, le dirás a la camarera que te prepare un té con flores de azahar y descansarás hasta la tarde.
Es una orden de la señora de la casa, señorita Ronan.
—Acepto la orden con gratitud, milady —respondió Sarah, intentando que su voz sonara ligera.
Cuando Kate abandonó finalmente el salón, Sarah se quedó inmóvil junto a la mesa. La nota de rechazo de la casa del conde yacía a escasos centímetros de sus manos, escrita con la caligrafía fría de un secretario.
Se levantó despacio y caminó hacia el ventanal.
Afuera, la ciudad de Londres continuaba su ritmo indiferente: los carruajes cruzaban Upper Grosvenor Street, los vendedores ambulantes anunciaban sus mercancías y el viento primaveral mecía las ramas de los tilos.
Pero para Sarah, la ciudad había quedado vacía.
Michael Dalby Stuart estaba lejos, recorriendo los caminos de Europa, ajeno al fuego que había dejado encendido en el pecho de una mujer de dieciocho años.