CAPÍTULO 9 #2
Michael, interpretando la rendición en sus ojos oscuros, no esperó más. Dio el último paso que los separaba y extendió una mano de dedos largos para acariciar con delicadeza la mejilla de Sarah. Su piel rozó la de ella con un calor embriagador que le hizo dar un brinco involuntario al corazón.
Inclinó la cabeza y sus labios se posaron sobre los de Sarah.
El beso comenzó con una suavidad exploratoria, pero al sentir que ella no se retiraba, sino que ahogaba un pequeño suspiro contra su boca, Michael la atrajo hacia sí con firmeza.
Sus brazos rodearon la cintura de la joven, pegando su cuerpo al de ella entre el refugio protector de las capas pesadas, los abrigos de lana y el aroma embriagador a cuero y lavanda que llenaba el recinto.
Sarah le correspondió con una desesperación contenida durante años.
Levantó las manos con timidez hasta apoyarlas en los hombros del conde, sintiendo la tela finísima de su frac y la firmeza de su espalda.
Respondió al contacto de sus labios con una entrega absoluta, abriéndose a sus caricias como quien bebe agua tras un largo desierto.
Han sido demasiados años anhelando su sonrisa, soñando con que sus ojos verdes se posaran en ella con deseo, y por eso no había espacio en su mente para el miedo, la moralidad o el orgullo.
Michael, sorprendido por la pasión limpia y profunda que emanaba de la muchacha, intensificó el beso.
Sus dedos se enredaron en los bucles del recogido de Sarah, deshaciendo la pulcritud de su peinado mientras sus labios descendían por la línea de su mandíbula hasta el cuello, provocando que un temblor de puro fuego le recorriera a ella la espina dorsal.
Allí, en la penumbra del cuarto de abrigos, rodeados por la sombra de los ropajes de la aristocracia que los dividía en el mundo exterior, Sarah se entregó por completo al toque de sus manos y al calor de su boca.
Sin medir las consecuencias de lo que la sociedad de Mayfair diría si los sorprendían, sin pensar en su posición como dama de compañía ni en el futuro que se abriría al amanecer, Sarah se dejó llevar por la marea de un amor que había nacido en una calle de la infancia y que, en esa noche mágica, encontraba al fin su consumación en los brazos del conde de Gleeson.
***
La primera luz del alba se filtraba a través de los visillos de encaje de su dormitorio en Upper Grosvenor Street, tiñendo el techo de un suave tono dorado.
Sarah permanecía entre las sábanas de lino, con la mirada fija en el dosel de la cama y una sonrisa leve, casi imperceptible, dibujada en sus labios.
No había en su pecho ni una sombra de arrepentimiento.
Al despertar, el recuerdo de la noche anterior la envolvió con una calidez deslumbrante que le hizo latir el corazón a un ritmo acelerado.
Se llevó la yema de los dedos a la boca, sintiendo todavía la pulsación latente de los labios de Michael sobre los suyos.
Recordó con una dicha contenida la dulzura inesperada del conde, su sabor embriagador a buen vino y sombra nocturna, y la firmeza de sus brazos envolviéndola entre la densidad de las capas de terciopelo.
Aquel lugar escondido, el pequeño cuarto de abrigos que en la rutina de la casa no era más que un espacio banal, se había convertido para ella en un santuario sagrado que siempre recordaría con un intenso rubor en las mejillas.
Se había entregado al hombre que amaba con todo su corazón desde los catorce años, y la certeza de haber sido tocada y deseada por él iluminaba la soledad de su historia.
A media mañana, el sonido de la campanilla del recibidor interrumpió la tranquilidad del salón principal. El señor Bennett subió a la salita de estar portando una bandeja de plata donde descansaba una tarjeta de visita y un ramo de lirios blancos.
—Lord Julian Farquhar aguarda en la entrada, milady —anunció el mayordomo dirigiéndose a Kate—. Solicita unos minutos para presentar sus más sinceras disculpas a la señorita Ronan por los inconvenientes de anoche.
Kate alzó las cejas con sorpresa y miró a su amiga, que se encontraba sentada junto al ventanal bordando un pañuelo.
El rostro de Sarah se volvió impenetrable al instante.
—Diga a lord Julian que no me encuentro disponible para recibir visitas esta mañana, Bennett —ordenó Sarah con voz serena y tajante—. Y le ruego que devuelva las flores.
El mayordomo hizo una inclinación perfecta y se retiró sin hacer preguntas. Kate, sin embargo, dejó caer la revista de moda sobre su regazo y cruzó los brazos, observando a Sarah con una mezcla de intensa curiosidad y fingida severidad.
—¿No vas a recibirlo, Sarah? —preguntó la joven baronesa, inclinándose hacia adelante—. Julian parecía sinceramente avergonzado esta mañana cuando habló con George en el club. Pero lo que verdaderamente me intriga no es la insolencia de Julian... sino lo que ocurrió anoche contigo.
Sarah mantuvo la aguja suspendida sobre la tela, sintiendo que el calor amenazaba con traicionar su compostura.
—No ocurrió nada fuera de lo común, Kate.
—¿Nada fuera de lo común? —se rio Kate, levantándose del sillón para acercarse al ventanal—.
Estuviste ausente casi dos horas en mitad del baile.
Cuando bajé a buscarte, la servidumbre me dijo que no estabas en los salones principales.
Y cuando finalmente regresaste a la fiesta...
¡por Dios, Sarah, parecías otra persona!
Sarah bajó la mirada hacia su bordado, intentando fijar la atención en el trazo de la seda.
—Simplemente me marché a la cocina a tomar una infusión de manzanilla —mintió con suavidad—. Me sobrevino un dolor de cabeza repentino por el rumor de la música y el calor de las velas, y preferí retirarme a un lugar tranquilo hasta recuperarme.
Kate se detuvo a dos pasos de ella, ladeando la cabeza con una sonrisa pícara que delataba que no creía del todo la versión de su amiga.
—Una infusión de manzanilla... —repite Kate, enfatizando cada palabra—.
Vaya, no sabía que la manzanilla tuviera efectos tan milagrosos.
Porque cuando cruzaste la puerta del salón de baile, tenías el rostro bellamente sonrosado, la mirada brillante como no te la había visto en tres años y los labios visiblemente hinchados.
Cualquiera habría dicho que habías estado en los brazos de un caballero, no frente a una tetera.
Un rubor encendido y traidor ascendió rápidamente por el cuello de Sarah, tiñéndole las mejillas de un rosa vivo que no pudo ocultar por más que intentó mantener la vista fija en la aguja. La imagen de los labios de Michael recorriendo su piel volvió a su mente con la fuerza de un rayo.
Apretó las manos sobre el regazo y, forzando un tono de altivez divertida para enmascarar el vuelco de su corazón, respondió:
—Simplemente... me tomé la infusión demasiado caliente y demasiado deprisa, Kate. El vapor y las prisas por volver a tu lado causaron ese efecto, nada más.
Kate soltó una carcajada fresca y cristalina, complacida por haber hecho sonrojar a su siempre imperturbable confidente, y le dio un apretón cariñoso en el hombro.
—Está bien, guardaré tu secreto de la infusión hirviendo, mi querida Sarah —dijo la baronesa con ternura—. Pero si ese dolor de cabeza vuelve a producirte semejante resplandor en el rostro, me veré obligada a pedirle al cocinero que me prepare la misma receta todas las tardes.
Mientras Kate se alejaba hacia el piano para repasar una partitura, Sarah dejó escapar un largo suspiro y miró hacia el cielo azul que se abría sobre los tejados de Mayfair.
Sabía que la ilusión de esa noche pertenecía solo a ella, que para Michael podía haber sido únicamente un desliz impulsivo dictado por el vino y la penumbra; pero al tocarse sutilmente el labio inferior, Sarah supo que ese beso marcaba el punto de no retorno de su vida.