Mi silencio, tu olvido CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Las puertas de la mansión de Upper Grosvenor Street se abrieron de par en par para recibir al todo Mayfair.

La gran escalinata de mármol, adornada con guirnaldas de hiedra y rosas blancas, vibraba bajo el murmullo de las sedas, el destello de los diamantes y el eco leve de la orquesta que afinaba los violines en el salón principal.

Para Kate, que no concebía la vida sin su amiga, Sarah no era una empleada ni una mera dama de compañía; era la hermana que nunca tuvo.

Por eso, exigió que vistiera como una verdadera dama de la familia.

Sarah lució para la ocasión un vestido de raso en tono verde esmeralda oscuro, de talle imperio y corte impecable, que resaltaba la blancura porcelana de su piel y la solidez de sus dieciocho años.

Su cabello castaño, denso y brillante, estaba recogido en un moño alto de bucles pulidos que dejaba al descubierto la curva elegante de su cuello.

A su belleza tranquila se sumaba esa inteligencia fina y ese sentido del humor agudo, sutilmente cultivado, que encandilaba a cualquiera que lograse sostenerle la conversación.

Junto a Kate y Sir George, Sarah recibía a los invitados con una gracia natural que eclipsaba a muchas debutantes de la temporada. Sin embargo, su atención permanecía alerta, midiendo cada paso que resonaba en el recibidor.

Fue a las diez en punto cuando el mayordomo anunció con voz potente los nombres que hicieron detener el pulso de la estancia:

—¡Lord Julian Farquhar y el conde de Gleeson, Michael Dalby Stuart!

Sarah sintió un calambre eléctrico recorrerle la espalda, pero mantuvo el rostro sereno y la postura erguida.

Michael cruzó el umbral. A sus veinticuatro años, el joven conde imponía una presencia soberbia.

Vestía un frac negro de paño finísimo, cravat de encaje blanco impecable y una postura de absoluta autoridad.

Sus ojos verdes, profundos y severos como el musgo tras la lluvia, recorrieron el salón con esa indiferencia distinguida que lo caracterizaba.

A su lado caminaba Julian Farquhar, el primo del baronet.

Julian, el hombre insistente que no dejaba de perseguirla, venía como su acompañante tras haber coincidido en el club.

Al divisar a Sarah entre la comitiva de recepción, los ojos de Julian se iluminaron con un brillo de triunfo.

Ignorando el decoro, el joven apretó el paso, arrastrando casi de la mano al conde hacia el lugar donde ella se encontraba.

—¡George, Kate! Qué velada tan espléndida —exclamó Julian con voz potente, antes de girarse de inmediato hacia Sarah con una reverencia exagerada y una sonrisa llena de osadía—.

Y señorita Ronan... debo confesar que esta noche habéis dejado en la absoluta penumbra al resto de las damas de Mayfair.

Os he buscado en el paseo de la tarde sin éxito, pero veo que la espera valió cada segundo.

Sarah ofreció una leve inclinación de cabeza, manteniendo la distancia con una sonrisa helada.

—Lord Julian, siempre tan dado a la exageración —respondió Sarah con agudeza serena—. Bienvenidos a la casa de los Farquhar.

Michael, que permanecía medio paso por detrás de su vehemente amigo, ajustó el puño de su levita y fijó por fin su mirada en la joven que tenía enfrente.

Los ojos verdes del conde se encontraron directamente con los de Sarah.

Por primera vez en tres años, a escasos centímetros de distancia, el hombre por el que había guardado una devoción secreta la observó con detenimiento.

***

El murmullo de la música de vals y el fragor del salón principal llegaban amortiguados al pasillo del piso inferior, convertidos en un eco distante.

Sarah había bajado a la antesala de la vestimenta en busca de una estola de visón que Kate le había pedido para salir a la terraza, huyendo al mismo tiempo por unos minutos de la sofocante atención de los invitados.

El recinto, concebido para guardar las capas de terciopelo, los abrigos de paño y las chisteras de la aristocracia, olía a cuero refinado, lavanda y lana húmeda por la brisa nocturna.

Sarah apenas había alcanzado el perchero de caoba cuando una sombra interrumpió la luz del pasillo. La puerta de roble se cerró de golpe a sus espaldas con un sonido seco, y al girarse se encontró de frente con Julian Farquhar.

El primo del baronet no estaba solo en su insistencia; una pesado tufo a brandy y jerez precedía sus pasos. Tenía la mejilla encendida, el cravat ligeramente torcido y los ojos empañados por el exceso de alcohol que había consumido desde su llegada a la fiesta.

—Al fin os encuentro a solas, mi bella e inalcanzable señorita Ronan —balbuceó Julian, dando un paso tambaleante hacia ella y bloqueándole la salida con el cuerpo—. Llevo semanas persiguiendo una sola sonrisa vuestra, y esta noche no pienso permitir que os escondáis tras el protocolo de Kate.

—Lord Julian, estáis ebrio y este no es el lugar adecuado —dijo Sarah, manteniendo la espalda erguida contra el estante de los mantos y forzando una voz firme, aunque el corazón le golpeaba con fuerza el pecho—. Os ruego que me permitáis salir de inmediato.

—No hasta que me dediquéis la atención que merezco —persistió él, acorralándola contra la madera gastada del mueble y extendiendo un brazo para cortarle el paso. La proximidad de su aliento y la rudeza de su gesto hicieron que a Sarah se le helara la sangre.

—He dicho que os apartéis —repitió ella con indignación, intentando esquivarlo.

Pero Julian, cegado por el alcohol y el orgullo herido, la tomó con brusquedad del antebrazo. Antes de que Sarah pudiera alzar la voz o zafarse del agarre, la puerta de la estancia se abrió de par en par con una firmeza impecable.

En el umbral se alzaba la silueta imponente de Michael Dalby Stuart.

El conde de Gleeson también había bebido —la liquidez en su mirada y la soltura inusual de su postura revelaban que el vino de los Farquhar no le había sido ajeno—, pero a diferencia de su amigo, Michael conservaba ese dominio absoluto y aristocrático que jamás lo abandonaba.

Había seguido los pasos errantes de Julian al notar su ausencia prolongada, y la escena que presenció bastó para disipar la neblina del alcohol en su juicio.

—Julian —la voz de Michael resonó como un látigo de terciopelo en el pequeño espacio. Un barítono grave, frío e inapelable.

El joven Farquhar se detuvo en seco, soltando el brazo de Sarah y girándose con torpeza hacia la puerta.

—Michael... solo le estaba pidiendo un baile a la dama...

—Estás acorralando a la compañera de la dueña de la casa en un aposento de servicio, comportándote como un mozo de cuadra sin modales —cortó el conde, dando tres pasos firmes hacia el interior.

Tomó a Julian por el solapa de la levita con una fuerza contenida pero aplastante y lo empujó suavemente hacia el pasillo—.

Sube al salón, bebe un vaso de agua y no vuelvas a molestar a la señorita Ronan si no quieres que sea yo quien se lo explique a tu primo George.

Julian masculló una protesta inaudible, pero la severidad en los ojos verdes de Michael no daba margen a réplicas. Con pasos inciertos, el primogénito se perdió por el pasillo hacia las escaleras.

Michael cerró la puerta de madera detrás de sí, devolviendo la estancia a una penumbra cálida, iluminada únicamente por la llama vacilante de un aplique de pared.

Sarah permanecía apoyada contra las capas de terciopelo, respirando con agitación. El choque por el trato grosero de Julian y la humillación de la escena la habían dejado congelada, con las manos temblorosas apretadas contra la tela de su vestido verde esmeralda.

El conde se giró hacia ella. Su rostro, iluminado por la luz dorada de la vela, mostraba una expresión que Sarah jamás le había visto en la distancia: una mezcla de preocupación, soltura masculina y una calidez sazonada por el licor.

—Lamento profundamente la conducta de Farquhar, señorita Ronan —dijo Michael, acercándose un paso. Su voz, tan cerca de ella, era un murmullo envolvente—. Los jóvenes de esta ciudad suelen perder el juicio cuando el vino es bueno y la dama es extraordinariamente hermosa.

Sarah alzó la vista. Los ojos verdes de Michael, intensos y magnéticos, la examinaban ahora sin la prisa de las recepciones.

Por primera vez en su vida, a escasos centímetros de distancia, el hombre por el que había suspirado en secreto durante tres años la miraba de verdad, reparando en la blancura de su piel, en la boca entreabierta por la emoción y en el brillo de su mirada.

Una sonrisa lenta, seductora y apenas sesgada se dibujó en los labios del noble.

—Debo decir que tiene unos ojos fascinantes —murmuró Michael, inclinando levemente la cabeza, cautivado por la belleza serena de la joven que tenía enfrente—.

Y un porte que hace parecer injusta tanta frialdad.

Dime, dulce Sarah... tras haberme encargado de libraros de un pretendiente tan molesto...

¿no merezco acaso un pequeño beso de agradecimiento?

La petición, formulada con la audacia de la noche y la embriaguez, habría hecho que cualquier otra dama de la alta sociedad se indignara o abandonara la estancia. Pero para Sarah, aquellas palabras cayeron sobre su alma como una lluvia sobre tierra seca.

Colapsada por la tensión del momento, abrumada por la presencia física del hombre que reinaba en sus sueños desde los quince años, Sarah sintió que el mundo entero se detenía.

Tres años de exilio en Dover. Tres años de silencio, de soledad, de guardar su recuerdo como un relicario sagrado bajo la ropa.

Las noches frías escuchando su piano en la distancia, la impotencia de verlo marchar desde la ventana de Berkeley Square...

todo se agolpó en su pecho en un segundo atronador.

No podía negarse. La oportunidad de ser tocada por él, de sentir su aliento, de saber que por un instante él la deseaba, era una tentación frente a la que la razón no tenía defensa alguna.

—Milord... —alcanzó a susurrar Sarah, con la voz quebrada por un hilo de emoción pura.