Mi silencio, tu olvido CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La residencia de los Farquhar en Upper Grosvenor Street era una joya de la arquitectura georgiana: tres plantas de ladrillo rojo y piedra caliza pulida, con amplios ventanales en arco que atrapaban la luz tamizada del invierno londinense.

En su interior, la casa olía a cera de abejas, madera de caoba barnizada y a las telas recién desdobladas que vestían los salones principales.

Durante las seis semanas en que Sir George y Kate disfrutaron de su luna de miel en los valles templados de Devonshire, Sarah se convirtió en el alma y el motor de la mansión. No por imposición, sino por la absoluta confianza que su amiga había depositado en ella antes de partir.

A sus dieciocho años, Sarah asumió la dirección de la casa con la precisión de un intendente experimentado y la elegancia propia de su cuna.

Desde su amplio despacho en la planta baja —una estancia luminosa con vista al jardín posterior—, revisaba los libros de cuentas que el mayordomo, el señor Bennett, le presentaba cada mañana.

Su agudeza para las matemáticas y sus profundos conocimientos de administración, aprendidos en la biblioteca de su padre, impresionaron al servicio desde el primer momento.

Bennett, un hombre maduro que había servido a la alta nobleza, no tardó en reconocer en la joven dama de compañía a una mujer de intelecto superior, distante pero profundamente justa.

Sarah supervisó la contratación del personal restante, seleccionó los manteles de lino holandés, coordinó la llegada de los muebles encargados a los mejores ebanistas de la capital y dispuso la distribución de la gran vajilla de porcelana de Sèvres.

Se aseguraba de que los fuegos de los salones se encendieran a tiempo, de que la bodega guardara los caldos preferidos por el baronet y de que los aposentos de la señora Brough tuvieran la calidez y el aroma a lavanda que Kate tanto apreciaba.

Para Sarah, cada tarea era una forma de mantener la mente ocupada y el espíritu sereno.

Trabajar hasta el anochecer le impedía ceder al impulso de caminar esas pocas manzanas que la separaban de Berkeley Square, aunque la certeza de la proximidad de Michael Dalby Stuart latía en su pecho como un pulso constante.

A finales de marzo, el crujido de las ruedas de una imponente berlina sobre la grava del patio anunció la llegada de los recién casados.

Las puertas dobles de la mansión se abrieron de par en par y el servicio completo se alineó en el vestíbulo bajo la dirección de Bennett y Sarah.

Cuando Kate cruzó el umbral, envuelta en un elegante manto de terciopelo verde y con el rostro radiante por la dicha, sus ojos buscaron de inmediato a su amiga.

Olvidando por un instante la rigidez del protocolo, la joven baronesa corrió hacia Sarah y la abrazó con ímpetu.

—¡Oh, Sarah! ¡La casa es hermosa! —exclamó Kate al separarse, contemplando la grandiosidad del recibidor y el brillo impecable de las lámparas de araña—. George me ha dicho durante todo el viaje que no encontraríamos un hogar mejor gestionado en todo Mayfair, ¡y tenía razón!

Sir George Farquhar entró tras su esposa, quitándose los guantes de cabritilla con una sonrisa de sincera gratitud.

—Habéis hecho un trabajo prodigioso, señorita Ronan —dijo el baronet, inclinando la cabeza con afecto—. Kate no dejaba de repetir que nada estaría en su sitio sin vos, pero he de confesar que habéis superado cualquier expectativa. Esta casa funciona con la precisión de un reloj de plata.

Con el regreso de los señores, la rutina de Sarah adoptó de forma definitiva su nuevo y elevado rol dentro del hogar.

Ya no era la administradora solitaria ni la doncella de uniforme austero que limpiaba cenizas en Dover; era la dama de compañía oficial de Lady Farquhar, su confidente más cercana y su mano derecha social.

Sarah ocupaba ahora una hermosa suite de habitaciones en la segunda planta, decorada con telas florales y provista de su propia librería.

Se sentaba a la mesa principal durante las comidas familiares, acompañaba a Kate en el carruaje descubierto por Hyde Park durante las tardes de paseo y compartía el té de las cinco en el salón de recibir, donde participaba con solvencia en las conversaciones con las visitas.

Para Kate, que aún se sentía insegura frente a las exigencias de la alta sociedad londinense, la presencia de Sarah era un escudo indispensable.

Era Sarah quien redactaba las invitaciones para los banquetes con una caligrafía perfecta y un tono impecable; quien seleccionaba las lecturas y las partituras para las veladas en el salón; y quien, con una sola mirada discreta, advertía a su amiga sobre las sutilezas y los peligros de las damas más intrigantes de Mayfair.

Sir George, viendo la serenidad que Sarah infundía en su joven esposa y la impecable marcha de sus asuntos domésticos, la trataba con un respeto casi fraternal.

Le otorgó una asignación generosa que le permitía vestir con la sobria elegancia propia de su posición y disponer de total libertad para sus asuntos personales.

Así, afianzada en su nuevo estatus, querida por sus protectores y respetada por la servidumbre, Sarah Ronan completó su transformación.

La niña de quince años que había partido al exilio en Dover consumida por el luto y la pobreza había quedado atrás.

Ahora, con dieciocho años, una inteligencia educada y una posición firme en el corazón de la sociedad de la capital, Sarah estaba finalmente lista para mirar cara a cara a la ciudad...

y al hombre que, al otro lado de la plaza, continuaba ignorando que el destino había vuelto a colocarla en su mismo camino.

***

Durante semanas caminó por las calles de Mayfair como quien recorre un sueño finalmente recuperado.

En sus breves horas de libertad, paseó frente a su antiguo edificio en Berkeley Square, aunque no se atrevió a cruzar el umbral.

Miró la puerta de madera, la barandilla de hierro forjado, las ventanas del segundo piso donde solía suspirar...

Todo seguía igual. Todo seguía siendo suyo en la memoria, aunque ya no viviera allí.

Y mientras el viento de la tarde movía las copas de los tilos, su mirada se desviaba inevitablemente hacia la acera de enfrente, hacia la majestuosa fachada de piedra clara, pensando en el noble que continuaba siendo el dueño absoluto de su corazón, y preguntándose con un temblor en el pecho cuándo llegaría el día en que volvería a verlo.

La preparación para el primer gran baile de la temporada en la residencia de Upper Grosvenor Street llenaba los salones de una actividad frenética.

Kate, entusiasmada con su debut como anfitriona en la alta sociedad de Mayfair, pasaba las mañanas revisando junto a Sarah los tarjetones de cartulina con letras doradas que el calígrafo acababa de entregar.

Fue en la tercera bandeja, entre la nómina de vizcondes y miembros del Parlamento, donde los ojos de Sarah se fijaron en una caligrafía impecable: El Conde de Gleeson, Michael Dalby Stuart.

El corazón le dio un vuelco violento, pero su rostro permaneció impasible, educado tras años de contener cada emoción.

—¿El conde de Gleeson vendrá a la fiesta, Kate? —preguntó Sarah con una voz cuidadosamente neutral, sosteniendo la tarjeta entre sus dedos.

Kate alzó la vista del catálogo de flores y sonrió con ligereza.

—¡Oh, sí! George insiste en que no puede faltar.

Es un viejo conocido suyo de los clubes de St. James; al parecer compartieron varias jornadas de caza el invierno pasado y George admira enormemente su juicio en el Parlamento.

Es un hombre bastante reservado y rara vez acude a los bailes de las debutantes, pero aceptó la invitación de George por pura cortesía académica. ¿Acaso lo conoces, Sarah?

Sarah bajó levemente la mirada hacia la tarjeta, manteniendo los dedos firmes sobre el papel.

—Vivía en la casa de enfrente, en Berkeley Square, cuando mi padre aún vivía —confesó con sencillez, sin alterar el tono de su voz—. Su mansión estaba justo al otro lado de la calzada.

Kate la observó con curiosidad, esperando algún detalle adicional o una anécdota de juventud, pero la mirada distante y serena de Sarah dejó claro que no habría más explicaciones.

Respetando el misterio natural de su amiga, Kate no presionó, aunque aprovechó la pausa para cambiar de tema con una sonrisa maliciosa.

—Por cierto, Sarah... George me ha comentado esta mañana que uno de sus amigos está completamente prendado de ti. Dice que no hace más que preguntarle cuándo volverás a acompañarnos a los paseos de Hyde Park.

Sarah no respondió. Se limitó a tomar la siguiente tarjeta de la bandeja y a alinearla con precisión sobre la mesa de caoba.

Desde su regreso a la capital y su consolidación como dama de compañía de la baronesa, su presencia no había pasado desapercibida entre los caballeros que frecuentaban la casa.

Varios de los jóvenes conocidos de Sir George habían intentado acercarse a ella, atraídos por esa belleza madura, su conversación ilustrada y su porte inalcanzable.

Un joven capitán de la Guardia le había solicitado un baile durante la última velada musical; un estudiante de leyes de Lincoln’s Inn la había invitado a tomar un café en las galerías de Bond Street.

A todos ellos, Sarah los había rechazado con una cortesía tan impecable como fría, disipando cualquier esperanza sin perder jamás los modales.

Sin embargo, había un hombre que se negaba a aceptar su indiferencia: lord Julian Farquhar, primo hermano del baronet.

Julian, un joven de posición acomodada, rostro atractivo y un orgullo acostumbrado a salirse con la suya, no se dejaba amedrentar por la distancia de Sarah.

Lejos de desanimarse por las negativas, la buscaba con persistencia en cada lugar donde creía que podría encontrarla: aparecía por sorpresa en la librería de Hatchards cuando ella acudía a encargar volúmenes para Kate, la esperaba a la salida de la iglesia de St. George los domingos y buscaba cualquier pretexto para iniciar una conversación en el salón de recibir.

Para Julian Farquhar, la fría elegancia de la señorita Ronan no era un freno, sino un desafío fascinante.

Pero para Sarah, sus atenciones no eran más que un murmullo distante.

Su mente y su corazón permanecían ciegos a los requiebros del primo del baronet, centrados únicamente en la cartulina dorada que descansaba sobre la mesa y en la certeza de que, en pocas noches, volvería a cruzarse con los ojos verdes del único hombre que dominaba su destino .