CAPÍTULO 7 #2
Kate, pálida y temblorosa por los nervios de la juventud, buscaba constantemente la mirada de Sarah en el espejo del tocador.
—Siento que las piernas me van a traicionar antes de llegar al altar, Sarah —murmuró la novia, apretando entre los dedos el pañuelo bordado que su amiga le tendía.
—No lo harán, Kate —respondió Sarah con una sonrisa cálida y tranquilizadora, colocándole una pequeña ramita de azahar en el recogido—.
Lord George ha esperado este día con la devoción de quien sabe que recibe un tesoro.
Cuando cruces la nave y veas su rostro, la catedral entera se reducirá a vosotros dos.
—¿Te has asegurado de que tus baúles estén en el carruaje de avanzada? —preguntó Kate, tomando un respiro profundo—. No quiero que falte nada de tu equipaje.
—Todo está cargado desde el alba, Kate. La servidumbre de la casa de Londres ya tiene mis instrucciones para disponer tus estancias antes de vuestra llegada.
A las once en punto, las campanas de St. Mary repicaron en la campiña.
La ceremonia fue un despliegue de elegancia contenida.
Lady Catherine lloró en silencio desde el primer banco, apoyada en el brazo de sus parientes, mientras el reverendo Finch oficiaba la unión con la solemnidad propia del evento.
Sarah, de pie a poca distancia del altar en su papel de dama de honor y confidente, contemplaba el intercambio de votos con una emoción contenida.
Al ver a la pareja sellar su compromiso, una punzada de esperanza inconfesable le recorrió el pecho: la vida, que con tanta crueldad le había arrebatado a su padre, a su hogar y a su madre, le devolvía ahora el camino de regreso al único lugar donde su alma pertenecía.
Tras el almuerzo nupcial en el gran salón de Brough Hall, donde se brindó con vino de Burdeos y se cortó el pastel de bodas, llegó el momento de la partida.
El plan trazado por Sir George era perfecto en su pragmatismo.
Los recién casados partirían de inmediato en un viaje de novios de seis semanas por las fincas del sur de Inglaterra, buscando el clima más templado de Devonshire antes de la temporada de primavera.
Sin embargo, para evitar que la flamante residencia de Mayfair fuera entregada al desorden o a la apatía de la servidumbre contratada a distancia, George había dispuesto que Sarah se trasladara a Londres ese mismo día.
Su misión era instalarse en la mansión, supervisar al personal, organizar los aposentos principales y asegurarse de que la casa estuviera lista hasta en el último detalle para la llegada definitiva de los baronet en abril.
En el patio de honor de la finca, los carruajes aguardaban. George Farquhar tomó las manos de Sarah antes de subir a la gran berlina nupcial.
—Le confío el corazón de nuestro nuevo hogar, señorita Ronan —dijo el joven noble con sincero afecto—. Mi esposa no dejaría la casa en mejores manos. Nos veremos en seis semanas en Londres.
—La mansión estará impecable a su regreso, Sir George —aseguró Sarah con una inclinación perfecta.
Kate la abrazó con ímpetu por última vez, entre risas y lágrimas de emoción, antes de subir al carruaje. Con un chasquido de riendas y el rumor del galope sobre la grava, la berlina de los novios se alejó por el camino flanqueado de hayas, rumbo a Devonshire.
Sarah se quedó sola en el patio por un instante.
Se ajustó la capota de terciopelo oscuro, tomó el embozo de su manto y caminó con paso firme hacia el segundo carruaje, un carruaje de viaje más ligero que la aguardaba con sus pertenencias.
El cochero le abrió la portezuela con una reverencia respetuosa, reconociéndola no como a una sirvienta, sino como a la administradora de la casa y la dama de compañía de la señora.
Subió al carruaje y se acomodó contra los cojines de piel. Cuando la portezuela se cerró con un golpe seco y el vehículo se puso en marcha, el traqueteo de las ruedas marcó el inicio del viaje más esperado de su vida.
El trayecto hacia la capital duró el resto de la tarde. A través de la ventanilla, Sarah contempló cómo los campos verdes de Kent cedían paso gradualmente a las afueras pobladas, a las posadas de camino atestadas y, finalmente, al humo característico que anunciaba la cercanía de la metrópoli.
Cuando el carruaje cruzó los límites de Londres al anochecer, el pulso de Sarah se aceleró.
Las calles iluminadas por faroles de gas, el murmullo incesante del tráfico de carruajes, el olor acre a carbón, lluvia y cuero...
era el ambiente de su infancia, la ciudad que le habían arrebatado a los quince años y a la que regresaba convertida en una mujer de dieciocho, independiente y segura.
El carruaje avanzó con fluidez por las arterias principales hasta girar en el corazón del distrito de Mayfair.
La nueva residencia de Sir George Farquhar se alzaba en una calle elegante a escasas manzanas de Grosvenor Square y a solo un breve paseo de la plaza que durante tres años había reinado en sus sueños.
Era una imponente casa georgiana de piedra clara y ladrillo rojo, con una escalinata de mármol y faroles de hierro forjado que arrojaban una luz dorada sobre la acera.
Al detenerse el carruaje, las puertas de la mansión se abrieron de par en par. El mayordomo y el servicio de la casa se alinearon en el vestíbulo para recibir a quien representaría la autoridad de los señores durante las próximas semanas.
Sarah descendió del vehículo, sintiendo el aire frío de la capital acariciarle el rostro.
Subió los escalones con una compostura impecable, la mirada alta y el corazón insuflado de una determinación luminosa.
Al cruzar el umbral y escuchar el eco de sus propios pasos sobre el suelo de mármol del recibidor, supo que la espera había terminado.
Estaba de vuelta en Londres. Mañana tendría tiempo de supervisar la casa, pero esta noche, en la soledad de su nueva estancia, saboreaba la certeza absoluta de que cruzando unas pocas calles, al otro lado de la arboleda de Berkeley Square, la mansión del conde de Gleeson guardaba el pasado que ella estaba dispuesta a reclamar.