Mi silencio, tu olvido CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El carruaje de alquiler detuvo sus ruedas de madera reforzada sobre el adoquín húmedo de Marine Parade.

El traqueteo de la marcha, que las había acompañado durante dos largos días desde la salida de Londres, cedió paso al bramido ronco y constante del viento que llegaba directamente del Canal de la Mancha.

Susan Ronan bajó del carruaje con la espalda rígida, apoyándose con una mezcla de cansancio y orgullo en el brazo de su hija.

Traía los labios apretados y el rostro pálido por el mareo del viaje, pero al alzar la vista hacia la casa, alisó las arrugas de su falda de luto con un movimiento seco, como si se vistiera con una armadura invisible.

—Así que esto es Dover —murmuró la viuda, contemplando el portal de madera oscura cuya pintura se desconchaba en los bordes—.

Al menos las paredes son firmes. El abogado de la tía Clara nos aseguró que el tejado no filtraba agua, y eso es más de lo que podíamos decir del último piso en Berkeley Square cuando apretaba el invierno.

El conductor del carruaje dejó los dos únicos baúles de cuero sobre los escalones de entrada, cobró la tarifa acordada con una inclinación desganada y partió de inmediato, dejando a las dos mujeres solas en mitad de la calle ventosa.

Al girar la llave de hierro en la cerradura, la casa las recibió con un soplo de aire helado, impregnado del olor característico de las viviendas que han permanecido cerradas durante meses: madera vieja, polvo acumulado y un rastro permanente de salitre.

El vestíbulo era reducido, con un perchero de pie y una escalera de peldaños empinados que conducía a las plantas superiores.

A la izquierda, un salón austero con una chimenea de ladrillo visto, dos sillones de espadaña y una mesa redonda de pino constituía toda la estancia principal.

En la parte posterior, una pequeña cocina con un hogar de hierro colado y una pileta de piedra daba a un patio interior diminuto, ahogado por altas paredes de ladrillo gris.

Sarah cruzó el salón y se acercó a la ventana delantera.

Pasó la yema del dedo por el cristal empañado, dejando al descubierto una franja del paisaje exterior: los mástiles de los pesqueros alineados en el muelle, los toneles de brea acumulados en la playa y, más allá, la línea infinita del mar perdiéndose en la bruma.

No había arboledas de tilos, ni balcones de hierro forjado, ni la fachada de piedra clara de Gleeson Hall.

La ausencia de la acera de enfrente era un vacío físico que le oprimía el pecho con la fuerza de una losa.

—Debemos ponernos a trabajar de inmediato, Sarah —dijo Susan, entrando en la cocina y abriendo los cajones para comprobar el estado de los enseres—.

El equipaje no se desempaquetará solo, y el dinero que nos queda tras pagar el transporte apenas cubre la compra de carbón y víveres para los próximos diez días.

La nueva realidad económica de los Ronan no tardó en imponer su disciplina inflexible.

La frágil pensión de viudedad que el colegio de abogados otorgaba a Susan resultaba insuficiente incluso para la modesta vida de provincia.

Tras una semana de gestiones discretas conducidas por los parientes locales, se había hecho evidente que la única forma de evitar la ruina absoluta era que ambas asumieran responsabilidades que jamás habrían imaginado en los años de esplendor en la capital.

Susan Ronan, la esposa de uno de los apoderados más influyentes de la sociedad londinense, se vio obligada a ofrecer sus servicios como institutriz residente en la casa de la familia Pemberton, unos prósperos comerciantes de lana que buscaban pulir los modales de sus tres hijas menores.

El trabajo implicaba que Susan pasaría la mayor parte de la semana en la mansión de los Pemberton, a dos millas del centro de Dover, regresando a la pequeña casa de Marine Parade únicamente los sábados por la tarde y los domingos.

La partida de su madre dejaba sobre los hombros de Sarah, a sus quince años recién cumplidos, la responsabilidad completa del hogar.

Ella tendría que encargarse de la limpieza de la casa, de administrar el carbón para que no se agotara antes de tiempo, de cocinar, remendar la ropa y hacer las compras en el mercado del puerto con una economía de peniques contados.

Para una muchacha que había pasado su infancia entre volúmenes de historia, tratados de derecho y ejercicios de traducción francesa, el cambio era drástico; pero Sarah aceptó la carga sin una sola queja, utilizando el trabajo físico como una anestesia contra la melancolía que amenazaba con devorarla.

El día a día en Marine Parade adquirió pronto una rutina marcada por las tareas domésticas y las pocas interacciones sociales que el pequeño vecindario imponía.

Apenas a dos puertas de distancia, en el número 8, vivía la Sra.

Gable, una anciana viuda de un oficial de la Armada que padecía un reuma severo.

La Sra. Gable, de rostro arrugado como una manzana seca y voz cascada, pasaba los días sentada junto a su ventana, contemplando el movimiento del puerto con una manta sobre las piernas.

Al enterarse de la llegada de las dos damas de Londres, no tardó en requerir la ayuda de la joven Sarah.

—La brisa del mar es buena para los pulmones, muchacha, pero es una maldición para los huesos de una anciana —decía la Sra.

Gable cada mañana cuando Sarah cruzaba su umbral llevando consigo una taza de caldo caliente o un cesto con ropa limpia para ayudarla a doblar—.

Eres una buena chica, Sarah. Tienes las manos suaves pero trabajadoras, no como las mozas del puerto, que rompen la loza con solo mirarla. Tu madre debería estar orgullosa.

Sarah pasaba al menos una hora diaria en casa de la anciana: le leía los pasajes del periódico local sobre las llegadas de barcos, le alimentaba el fuego de la chimenea y le ordenaba los frascos de medicinas que el boticario enviaba desde la parte alta de la ciudad.

La Sra. Gable, a cambio, le pagaba con un chelín semanal o con consejos prácticos sobre cómo conservar la salazón y elegir el pescado fresco en los puestos del muelle.

Para Sarah, las charlas de la anciana eran un refugio sencillo; en la penumbra de aquel salón repleto de recuerdos de la Marina, nadie le hacía preguntas incómodas sobre su pasado en Mayfair.

Sin embargo, no todos en la comunidad veían con buenos ojos que la hija de un distinguido abogado de Londres pasara sus días limpiando hollín y cuidando ancianas.

El reverendo Mr. Finch, el párroco de la iglesia de St. Mary, era un hombre de unos cincuenta años, de figura enjuta, mirada severa y un celo desmedido por la moralidad y la estructura social de su parroquia.

Desde el primer domingo en que vio a las dos mujeres de luto ocupar uno de los bancos traseros del templo, el clérigo comprendió que la situación de los Ronan era una anomalía que requería su intervención.

Un martes por la tarde, mientras Sarah se encontraba en el diminuto patio posterior sacudiendo las alfombras contra el muro de piedra, el toque firme de una vara de madera sobre la puerta principal anunció la llegada del párroco.

Sarah se limpió las manos en el delantal, se ajustó el moño con prisa y abrió la puerta. Mr. Finch permanecía en el umbral con su sombrero de copa en la mano y el libro de oraciones bajo el brazo, observando a la joven con una mezcla de conmiseración y desaprobación paternal.

—Buenas tardes, señorita Ronan —saludó el párroco con su voz grave y pausada, cruzando el umbral sin esperar una invitación formal—. He pasado por la casa de la Sra. Gable y me ha informado de que se encontraba aquí. Quería comprobar cómo avanza la acomodación de su hogar.

—Buenas tardes, reverendo —respondió Sarah con una reverencia pulcra—. La casa está limpia y ordenada. Mi madre se encuentra en la residencia de los Pemberton atendiendo sus deberes de enseñanza, pero regresará el sábado.

Mr. Finch avanzó hacia el centro del salón, pasó la mirada por los muebles sencillos y fijó sus ojos en el pequeño estante de la pared, donde descansaban tres volúmenes de historia que Sarah había logrado conservar de la biblioteca de su padre.

—He estado reflexionando profundamente sobre la situación de su familia, señorita Ronan —comenzó el clérigo, apoyando ambas manos sobre el pomo de su bastón—.

Su madre está haciendo un esfuerzo honorable al servir como institutriz para los Pemberton, pero usted es demasiado joven para permanecer aquí sola, entregada a tareas domésticas que poco tienen que ver con la educación que su difunto padre le proporcionó.

No es adecuado para una muchacha de su condición pasar los días como una ama de llaves en solitario.

Sarah mantuvo la espalda Erguida, sosteniéndole la mirada con la seriedad quieta que la caracterizaba.

—Atender mi casa y ayudar a la Sra. Gable son deberes dignos, reverendo. No me avergüenzo del trabajo.

—No se trata de vergüenza, señorita, sino de orden social y decoro —corrigió Mr. Finch, dando un paso hacia ella—.

Una joven de quince años sin dote ni protección paterna en una ciudad portuaria como Dover se expone a vicisitudes desfavorables.

Por esa razón, he tomado la iniciativa de hablar en su favor con Lady Catherine Brough, cuya finca se encuentra en las afueras de la parroquia.

Lady Catherine busca una doncella personal, una joven educada, de modales finos y buena caligrafía, que pueda asistirle en su vestidor, leerle por las tardes y llevar el control de su correspondencia privada.

Es una posición sumamente respetable dentro de una casa de la nobleza local.

El corazón de Sarah dio un vuelco helado. La propuesta del párroco, formulada como un acto de caridad cristiana, no era más que el intento de colocarla definitivamente en la servidumbre, apartándola de la poca independencia que le quedaba en su propio hogar.