CAPÍTULO 3
Susan Ronan permanecía sentada en el sillón de orejas, sosteniendo una lista de gastos trazada con su propia caligrafía temblorosa. Los números, fríos e inexorables, contaban una historia de declive imparable.
—Las cuentas no mienten, Clara —suspiró Susan, pasándose una mano cansada por la frente—.
El alquiler de este piso en Berkeley Square consume más de la mitad de la paga de viuda que el colegio de abogados ha asignado a la memoria de Richard.
Nos quedan apenas unos meses de margen antes de agotar los escasos ahorros que dejó en el banco.
Para una mujer en mi posición, no hay nada más humillante que la caridad no solicitada de los parientes lejanos o el cobro de deudas atrasadas.
La Sra. Henshaw, una mujer de aspecto próspero, rostro amable y mirada práctica, dejó su taza sobre el plato con un tintineo suave.
—Londres es una hoguera que consume las fortunas de los incautos y las rentas de los vulnerables, querida Susan —respondió Clara con tono sereno pero firme—.
Insistir en mantener esta dirección solo por el prestigio del nombre de Richard es un sacrificio inútil.
Nadie en Mayfair va a extenderte la mano si no puedes devolver las invitaciones con cenas de tres platos y carruajes propios.
Un lugar más tranquilo, como la costa de Dover, sería infinitamente más beneficioso para ambas.
Allí el alquiler de una casa entera cuesta una fracción de lo que pagas por estas cuatro habitaciones, el aire del mar es saludable para tus achaques y la vida discurre con una modestia digna.
Susan volvió la mirada hacia la puerta del pasillo, que permanecía entreabierta. Desde allí se escuchaba el leve hojear de las páginas de un libro en la habitación contigua.
—Dover suena a un retiro pacífico para una viuda, Clara, no lo niego —murmuró Susan en voz baja, inclinándose hacia su prima—, pero mi verdadera zozobra es Sarah. Mi hija no es una joven común, y me temo que un traslado a la provincia la aislará por completo.
—Sarah es una muchacha de quince años, Susan. A su edad, adaptarse es cuestión de unas pocas semanas.
—No conoces la naturaleza de mi hija —replicó la madre con un deje de amarga ternura—.
Richard la educó más como al hijo varón que nunca tuvo que como a una señorita destinadas a los salones de baile.
Desde muy pequeña, mientras las hijas de la aristocracia aprendían a tocar el arpa, a bordar flores de seda y a memorizar la genealogía de los pares del reino para cazar un buen partido, Sarah pasaba las horas en la biblioteca de su padre.
Susan hizo una pausa, recordando con nostalgia la figura de su difunto esposo instruyendo a la niña entre volúmenes de cuero.
Para una joven de la sociedad acomodada pero sin título ni gran dote, la educación no buscaba el deslumbrante lucimiento social de las herederas de la nobleza, sino una preparación sólida para la vida práctica y la gestión doméstica de categoría.
—Ha estudiado gramática inglesa y francesa con una precisión impecable —continuó Susan—, domina la aritmética comercial y la contabilidad del hogar para llevar los libros de gastos sin error, y ha leído más tomos de historia antigua, geografía y literatura clásica que cualquier muchacha de su edad.
Sabe redactar correspondencia con la elegancia de un pasante y conoce las leyes básicas sobre contratos y propiedades porque escuchaba a Richard dictar sus escritos.
Es una joven extraordinariamente aplicada en sus estudios, inteligente y observadora... pero carece de amistades.
—Eso no es un defecto, Susan, es una cualidad en los tiempos que corren —intervino Clara.
—Es una condena a la soledad —corrigió la madre con tristeza—.
En Londres no tiene jóvenes de su edad con quienes compartir sus pensamientos.
No frecuenta las escuelas de señoritas ni las clases de danza de la alta sociedad porque nunca pudimos costearlas.
Se pasa los días encerrada entre sus libros, leyendo obras que apenas comprendo o contemplando la plaza desde la ventana con una melancolía que me oprime el corazón.
Me preocupa profundamente su falta de relaciones sociales.
A veces creo que vive en un mundo de fantasía, alimentado por su propio intelecto y por la sombra de esta ciudad.
La Sra. Henshaw tomó suavemente las manos de su prima entre las suyas.
—Por esa misma razón, un cambio de aires le vendrá maravillosamente bien, Susan.
Londres la está marchitando. Esta casa huele a luto, a recuerdos de Richard y a la presión constante de guardar las apariencias frente a vecinos opulentos que ni siquiera saben cómo os llamáis.
En Dover, el horizonte es amplio, el mar aporta frescura y la comunidad es pequeña pero acogedora.
Allí no tendrá la presión de compararse con la nobleza de Mayfair.
Podrá pasear por los acantilados, respirar aire puro y quizás, con el tiempo, conocer a personas sencillas que valoren su inteligencia sin exigirle una dote deslumbrante.
Un cambio de escenario es exactamente lo que Sarah necesita para dejar atrás la sombra de su padre y empezar a vivir.
Susan se quedó pensativa, fijando los ojos en la llama vacilante de la chimenea.
La idea de abandonar la capital le desgarraba el orgullo, pero las palabras de su prima poseían la aplastante lógica de la necesidad.
¿Qué futuro le esperaba a Sarah en ese segundo piso de Berkeley Square?
Ninguno. En Londres solo eran dos mujeres invisibles al borde de la indigencia disimulada.
Al otro lado de la pared, en la penumbra del pasillo, Sarah permanecía inmóvil con un tomo de historia medieval apoyado contra el pecho.
Había escuchado cada palabra de la conversación.
La sola idea de abandonar Londres, de dejar atrás la calle donde cada tarde el carruaje de Michael Dalby Stuart hacía crujir los adoquines, le produjo una sensación de vacío insoportable.
Dover significaba el olvido; significaba alejarse de la única luz que iluminaba su joven existencia.
Apretó los labios con firmeza, conteniendo las lágrimas que amenazaban con asomar a sus ojos, mientras en el salón la voz de su madre confirmaba el principio del fin:
—Tienes razón, Clara. Mañana mismo escribiremos a la agencia de Dover para consultar el alquiler de la casa. Nos iremos de Londres antes de que termine el otoño.
***
La lluvia fina de la tarde había convertido la acera de Bond Street en un espejo oscuro sobre el que se reflejaban los escaparates iluminados de las tiendas más exclusivas de Mayfair.
En el interior del establecimiento del señor Farthing, un modesto pero elegante taller de guantería y artículos de equitación, el aire olía a cuero refinado, cera de abeja y la tibia humedad de las capas de los clientes.
Sarah se encontraba de pie junto al mostrador de caoba, sosteniendo con dedos temblorosos un pequeño envoltorio de papel de seda.
Dentro descansaba su posesión más preciada: un par de guantes de piel de cordero, de un tono crema impecable, con costuras hechas a mano que revelaban una factura exquisita.
Habían sido el último regalo de su padre, traído directamente de uno de sus viajes a París antes de que la enfermedad lo venciera.
Para Sarah, desarmarse de aquel recuerdo era como desprenderse de un pedazo de su propia infancia.
Sin embargo, el cumpleaños de su madre se celebraba al final de esa misma semana, y la joven de quince años no podía soportar la idea de ver llegar la fecha sin un solo detalle para ella.
Había visto a Susan sufrir en silencio durante meses, tragándose el dolor de la viudedad y la humillación de la estrechez económica, manteniendo la espalda erguida y la mentón alto frente a las miradas piadosas de las visitas.
Si vender su tesoro personal le permitía comprar el devocionario empastado en piel que su madre tanto anhelaba para hallar consuelo, el sacrificio valdría cada penique.
El señor Farthing examinaba la prenda con la lente sobre el ojo, emitiendo breves gruñidos de aprobación.
—Ciertamente es una piel magnífica, señorita Ronan —murmuró el tendero—. Una factura francesa de primera clase. Podría ofrecerle cuatro chelines por ellos...
En ese preciso instante, la campanilla de latón de la puerta de entrada repicó con un sonido claro y metálico, cortando el aire de la tienda. Una corriente de aire frío se filtró en el local, y con ella, la presencia impetuosa de una figura que Sarah reconoció antes incluso de volverse.
Michael Dalby Stuart cruzó el umbral.
El joven conde de veintiún años traía la elegancia natural de quien camina por el mundo sabiendo que le pertenece.
Vestía una capa de paño azul marino de corte impecable sobre la levita, y al quitarse el sombrero de copa con un gesto fluido, dejó al descubierto su cabello oscuro, húmedo por la bruma de Londres.
Poseía una apostura deslumbrante: la espalda ancha, la postura erguida de un oficial y un andar firme y rítmico que infundía un respeto inmediato.
Pero eran sus ojos los que cautivaban con una fuerza casi hipnótica: dos orbes de un verde intenso, profundos como el musgo de los bosques tras la lluvia, escrutadores y de una severidad desarmante.
Sarah, con el corazón martilleándole contra las costillas y la respiración contenida, dio inmediatamente dos pasos hacia atrás. Se retiró a un lado del mostrador, pegándose a las estanterías de madera, para cederle todo el espacio al noble y permitir que el tendero lo atendiera en primer lugar.
El señor Farthing, al reconocer al conde de Gleeson, abandonó de inmediato los guantes de Sarah sobre la mesa y realizó una reverencia apresurada, casi cómica en su servilismo.
—¡Milord! Qué gran honor tenerlo en mi humilde tienda. ¿En qué puedo servir a su excelencia esta tarde?
—Busco una fusta de montura muy específica, Farthing —dijo Michael.
Su voz era una melodía profunda, un barítono cálido y terroso que llenó la estancia por completo, haciendo que a Sarah le recorriera un calambre involuntario por la espalda—.
De empuñadura de plata cincelada y trenzado de cuero de Rusia.
Es un regalo para el baronet Ashworth; insiste en que solo los talleres de Bond Street conservan el trenzado tradicional, y deseo comprobar si su reputación es merecida.
—Por supuesto, milord, por supuesto. Tengo dos piezas traídas esta misma mañana desde el taller. Permítame un segundo para traerlas del almacén posterior.
El tendero desapareció tras una cortina de terciopelo verde, dejando el establecimiento en un silencio repentino, interrumpido únicamente por el tictac de un reloj de pared y el suave crepitar de la estufa.
Fue en ese segundo de calma cuando Michael, esperando frente al mostrador, giró levemente la cabeza. Sus ojos verdes e intensos recorrieron el espacio hasta posarse en la figura menuda que permanecía en la sombra, junto a las estanterías.
Los ojos de ambos se encontraron.
Para Michael fue un instante fugaz, la simple mirada de un caballero que repara en la presencia de una jovencita desconocida que aguardaba su turno.
Pero para Sarah, esos tres segundos duraron una eternidad.
Sintió el brillo de la emoción arderle en las mejillas, una mezcla de timidez, fascinación y un amor tan puro y desesperado que le cortó el aire.
Quiso sostenerle la mirada, demostrarle la firmeza de su mente, pero la intensidad de esos ojos verdes la obligó a bajar levemente la vista con un rubor encendido.
Michael no dijo nada. Se acomodó los puños de la levita con la tranquilidad despreocupada que lo caracterizaba, sin sospechar siquiera que la muchacha que tenía a dos pasos era la hija del difunto abogado que esa misma mañana había dado orden de liquidar.
Para él, ella era solo una damisela de la sociedad de aspecto dulce y vestimenta sencilla.
El señor Farthing regresó presuroso con dos estuches de madera de nogal. Michael examinó la primera fusta con la minuciosidad de un experto: sopesó el equilibrio de la pieza, pasó el pulgar por el relieve de la plata y probó la flexibilidad del cuero con un movimiento seco del muñeco.
—La segunda es la adecuada —sentenció el conde, dejando la fusta sobre el mostrador—. Envíela a Gleeson Hall con la cuenta habitual.
—De inmediato, excelencia. Es un verdadero placer servirlos.
Michael se colocó nuevamente el sombrero de copa con un movimiento impecable, ajustó los pliegues de su capa y caminó hacia la salida.
Pasó a escasos centímetros de Sarah; el aroma a cuero fino, jabón de afeitar y lluvia fresca que lo envolvía flotó en el aire a su paso, dejando un rastro embriagador.
La puerta de cristal se cerró con el repique de la campanilla, y la figura del conde se perdió en la penumbra de Bond Street, abordando su carruaje tordo que aguardaba en la acera.
Sarah permaneció inmóvil, apoyada contra el mueble de madera, mirando la puerta vacía.
Sintiéndose de pronto ligera y abrumada al mismo tiempo, soltó un suspiro largo, profundo y tembloroso que pareció arrastrar todo el aire de sus pulmones.
El señor Farthing volvió a tomar los guantes de cordero sobre el mostrador, pero para Sarah el mundo había cambiado de eje.
Tenía en sus pupilas el verde intenso de unos ojos que jamás la recordarían, y en sus oídos el eco de una voz por la que habría estado dispuesta a cruzar el océano.