CAPÍTULO 2
El reloj de caja alta del vestíbulo de Gleeson Hall marcaba las siete de la mañana cuando el silencio de la casa comenzaba a ceder frente al rítmico pulso de la servidumbre.
Para Michael Dalby Stuart, conde de Gleeson, la jornada no comenzaba con la indolencia de otros jóvenes de la aristocracia, sino con la seriedad de quien acaba de tomar el timón de una nave colosal.
A sus veintiún años, tras la disolución de la tutela que durante años había constreñido su patrimonio, el peso del nombre Dalby Stuart descansaba por entero sobre sus hombros.
Y él no tenía la menor intención de permitir que el mundo lo viera vacilar.
En sus aposentos del segundo piso, iluminados por la luz fría del amanecer de otoño, el silencio solo era interrumpido por el leve chasquido de los enseres de afeitar.
Liam, su joven ayuda de cámara, se movía a su alrededor con una precisión estudiada.
Con el paño caliente y la navaja de afeitar de acero de Sheffield, Liam atendía al conde mientras este permanecía erguido en la silla, con la mirada fija en el gran espejo de marco dorado.
Michael poseía la fisonomía propia de su estirpe: la mandíbula firme, los rasgos marcados y unos ojos grises que denotaban un intelecto afilado, rápido para juzgar y lento para el entusiasmo.
—La levita azul oscuro para la mañana, milord —murmuró Liam con aplomo, ofreciendo la prenda con una reverencia pulcra—. El sastre de Bond Street ha ajustado los puños tal como solicitó.
Michael se puso en pie sin pronunciar palabra, deslizando los brazos en la seda fina del chaleco antes de ajustarse la levita.
Para un joven conde de veintiún años, el vestido no era una vanidad, sino una armadura.
En los clubes de St. James y en los salones de la nobleza, la apariencia dictaba la autoridad.
Mientras Liam le ajustaba el cuello de lino blanco, Michael repasaba mentalmente la agenda del día.
No había lugar en su mente para ensoñaciones juveniles; la muerte reciente de sus tutores y la firma de las escrituras definitivas lo obligaban a una madurez prematura.
Descendió la imponente escalera de caracol de Gleeson Hall con paso firme, sintiendo bajo sus botas el chasquido del mármol pulido.
En el gran vestíbulo, Joseph, el mayordomo, aguardaba en posición firme, flanqueado por los criados de librea.
Con una inclinación perfecta, Joseph le abrió las puertas de roble del comedor principal, donde la mesa de caoba lucía servida con el té de Ceylán, las tostadas calientes y las gacetas del día.
—Buenos días, excelencia —saludó Joseph con el tono pausado de quien ha servido a tres generaciones de los Dalby Stuart—. El señor Stevens aguarda en la biblioteca con los libros de contabilidad de Kent y las cartas de los arrendatarios.
—Que pase a la biblioteca dentro de veinte minutos, Joseph —respondió Michael, sirviéndose una taza de té sin azúcar—. Primero quiero revisar la correspondencia de la Cámara de los Lores.
Durante esos veinte minutos, el joven noble leía con atención concentrada.
Se interesaba por los debates parlamentarios, las fluctuaciones de los valores en la Compañía de las Indias Orientales y las reformas agrícolas que afectaban a sus fincas del sur.
Tenía la convicción de que la grandeza de un condado no se mantenía con el brillo de los bailes, sino con la firmeza del crédito y la buena administración.
Al entrar en la biblioteca, Noah Stevens ya había desplegado sobre el gran escritorio tres volúmenes encuadernados en piel oscura. Stevens, un hombre meticuloso de mediana edad, observaba al joven conde con una mezcla de respeto y constante evaluación.
—Las cuentas de las fincas de Kent están en orden, milord —comenzó Stevens, pasándose la mano por los escasos cabellos—.
Sin embargo, debemos cerrar formalmente los contratos de representación legal tras el deceso del señor Richard Ronan.
Los abogados de la firma sucesora solicitan la firma de disolución definitiva para liquidar los honorarios pendientes y la pensión asignada a la viuda.
Michael caminó hacia el ventanal que daba a la plaza de Berkeley Square, con una pluma de ganso en la mano y la mente absorta en las cifras del presupuesto anual.
—Envíe a los pasantes el cheque correspondiente por los servicios del señor Ronan —ordenó el conde con tono indiferente, mirando a través del cristal sin fijar la atención en nada en particular—.
Entiendo que el difunto abogado fue un servidor competente durante la gestión de mis tutores.
Asegúrese de que las cuentas queden liquidadas hoy mismo.
No deseo asuntos pendientes de la antigua administración.
—Así se hará, excelencia. Prepararé los pliegos para su firma esta misma tarde.
Desde el amplio ventanal de la biblioteca, la vista de Michael abarcaba la arboleda de la plaza, envuelta en la bruma matutina, y los carruajes que comenzaban a desfilar por la calzada.
Justo enfrente, la fachada de ladrillo oscuro del número 27 se alzaba sobria y gris.
Michael recorrió la calle con la mirada de forma rutinaria: vio al trapero empujar su carro, a una criada sacudir un plumero en un balcón del primer piso y el brillo de los faroles recién apagados.
Para el joven conde de veintiún años, la edificación de enfrente no era más que un elemento inerte de Mayfair, un bloque de pisos modestos que apenas merecía una segunda ojeada.
Ignoraba por completo que, tras los visillos de encaje del segundo piso de ese mismo edificio, unos ojos oscuros de quince años seguían cada uno de sus movimientos con una intensidad devota y silenciosa.
No sospechaba que mientras él revisaba columnas de libras, chelines y peniques, la hija del difunto abogado Ronan retenía en su memoria la curvatura de sus hombros, el tono severo de su voz y la manera precisa en que sostenía la pluma.
Para Michael, Sarah Ronan no existía. No era más que un nombre abstracto en un expediente de liquidación legal, una línea imprecisa dentro del inventario de responsabilidades que debía tachar antes del almuerzo.
A las once de la mañana, tras haber firmado docenas de pergaminos, el conde hizo llamar a Liam para que le entregara el sombrero de copa, los guantes de piel de cabritilla y la fusta.
Un brillante carruaje descubierto, tirado por dos magníficos caballos tordos, lo aguardaba a las puertas de Gleeson Hall.
Joseph le sostuvo el estribo mientras Michael subía con la agilidad y el garbo propios de su juventud.
—Estaré en el club White’s hasta las tres, Joseph. Después iré a Hyde Park a probar los nuevos enganches antes de la cena con el vizconde —indicó el conde, ajustándose los guantes con elegancia impasible.
El cochero chasqueó las riendas y el carruaje arrancó con un traqueteo firme sobre el adoquín mojado, alejándose por la avenida flanqueada de tilos.
Michael se echó ligeramente hacia atrás, disfrutando del aire frío de la mañana y de la complaciente sensación de ser el dueño de su tiempo, de sus títulos y de su futuro.
Era joven, poderoso, rico y libre de cualquier atadura emocional.
El mundo victoriano se abría ante él como un mapa despejado, listo para ser conquistado a través del honor, la política y la alta sociedad.
***
El vapor del té de jazmín y el aroma denso del tabaco holandés flotaban bajo el techo artesonado del salón principal de White’s.
A través de los ventanales en arco, St. James’s Street parecía una pintura en movimiento, surcada por carruajes de ruedas altas y caballeros con chisteras impecables.
Sin embargo, en el rincón más reservado del club, el ambiente discurría a un ritmo muy distinto, dominado por la risa despreocupada y el chocar de copas de cristal.
Michael Dalby Stuart permanecía reclinado en un sillón de cuero caoba, sosteniendo un vaso de jerez sin llegar a probarlo.
A sus veintiún años, la elegancia de sus modales se distinguía sin esfuerzo entre la estridencia de sus acompañantes.
A su lado, lord Edward Percy y el joven baronet Thomas Ashworth, amigos de la infancia y compañeros de correrías en Oxford, discutían acaloradamente sobre la última carrera de caballos en Newmarket y los encantos de la nueva soprano de la Ópera Italiana.
—Te digo, Michael, que Oxford se ha vuelto un páramo insufrible —decía Edward, dejándose caer sobre los cojines con indolencia mientras ajustaba con torpeza el nudo de su cravat—.
Los tutores insisten en hacernos traducir a Aristóteles mientras las damas más deslumbrantes de la temporada pasean por Hyde Park sin que podamos hacerles los honores.
Thomas y yo hemos decidido que tres semanas de lecturas son más que suficientes para este trimestre.
La universidad es para los clérigos, no para hombres con una renta respetable.
—Completamente de acuerdo —asintió Thomas, dejando escapar una bocanada de humo de su cigarro—.
Además, la condesa de Jersey celebra un baile este jueves.
Se dice que debutan tres herederas de la casa de Northumberland.
Michael, amigo mío, pareces un anciano de ochenta años atrapado en el cuerpo de un conde de veintiuno.
Llevas toda la mañana en silencio. ¿Acaso los asuntos de Estado te quitan el sueño?
Michael esbozó una sonrisa helada, apenas un leve movimiento de labios que no llegó a iluminar sus ojos grises.
—Los asuntos de Estado requieren la atención de quien tiene la responsabilidad de administrarlos, Thomas —respondió con voz grave y pausada—.
Mientras vosotros gastáis la asignación de vuestros padres en naipes y puros, yo he tenido que revisar esta mañana cuatro contratos de arrendamiento y la liquidación de las albaceas de la casa.
La libertad de la mayoría de edad no solo trae un título; trae la obligación de no arruinarlo antes de los treinta.
—¡Escuchadle! —se rio Edward, dando una palmada sobre la mesa de caoba—.
¡Habla exactamente igual que mi viejo tutor!
Eres el tipo más aburrido de todo Mayfair, Michael.
Tienes una de las fortunas más envidiables de Inglaterra, no tienes padres ni tutores que te exijan cuentas, y utilizas tus mañanas para hablar con administradores.
La mención indirecta a la ausencia de sus padres provocó un fugaz y sutil endurecimiento en la línea de la mandíbula de Michael. Giró el cristal de su copa, observando cómo el líquido ámbar atrapaba la luz de las velas.
Sus amigos creían que su seriedad era un simple rasgo de orgullo aristocrático, pero la realidad era más profunda y oscura. Detrás de su compostura impecable yacía una sombra que la sociedad convenientemente prefería no nombrar: la tragedia de la finca familiar de Oakridge, en el condado de Surrey.
Oakridge Hall. Solamente evocar el nombre le producía a Michael un frío seco en las entrañas.
Mientras Edward y Thomas continuaban especulando sobre qué damas acudirían al paseo de la tarde, la mente del joven conde viajó diez años atrás.
Recordó el olor acre del humo denso que sofocó sus pulmones a los once años, los gritos ensordecedores de la servidumbre en mitad de una noche de invierno y el resplandor anaranjado que consumió la ala oeste de la mansión.
Un incendio absurdo, iniciado en los fogones de las cocinas por el descuido de un pinche, se había extendido con la rapidez del demonio por las vigas de madera seca.
En cuestión de minutos, el fuego devoró la galería principal y con ella las vidas de sus padres, dejándolo huérfano de la noche a la mañana y a merced de unos tutores más interesados en los rendimientos de las tierras que en el luto de un niño.
Desde aquella noche, Oakridge no era para él un hogar; era una molestia, un montón de piedras malditas cargadas de recuerdos trágicos y remordimientos.
—Mañana enviaré instrucciones a Stevens para poner la finca de Surrey en el mercado —dijo Michael de pronto, interrumpiendo las risas de sus amigos con una frialdad casi quirúrgica.
Edward se detuvo con la copa a medio camino de la boca, parpadeando con sorpresa.
—¿Poner en venta Oakridge Hall? ¿La residencia ancestral de los Dalby Stuart? Michael, estás loco. Es una de las propiedades más fértiles de Surrey. Tu padre invirtió una fortuna en los establos.
—Es una propiedad inútil que solo genera gastos de mantenimiento y recuerdos innecesarios —replicó el conde con tono definitivo—.
No he vuelto a pisar ese suelo desde los once años ni tengo la menor intención de hacerlo.
Prefiero concentrar mis recursos en la consolidación de Gleeson Hall aquí en Londres y en los terrenos del norte.
Stevens se opondrá, como hace con todo lo que altera su rutina de contable, pero la decisión está tomada.
Un hombre de negocios no debe conservar activos por mera nostalgia.
—Nostalgia o no, la sociedad pensará que necesitas liquidez —advirtió Thomas, inclinándose hacia adelante—. Vender la casa ancestral de la familia es un gesto radical para un conde que acaba de tomar posesión de su título.
—La sociedad pensará lo que yo le permita pensar —sentenció Michael, poniéndose de pie con la prestancia natural de su porte.
Ajustó los pliegues de su levita y tomó las riendas de su compostura—.
La opinión de Mayfair se alimenta de rumores vacíos porque la mayoría de los nobles no tienen nada mejor que hacer con su tiempo.
Yo tengo una cita en Hyde Park para probar los caballos tordos antes de la cena con el vizconde.
—¿No te quedas a jugar una partida de whist? —preguntó Edward, intentando retenerlo—. Las apuestas están interesantes hoy.
—Tengo compromisos que atienden a mi nombre, Edward. Disfrutad de vuestro receso universitario antes de que vuestros padres os obliguen a sentar cabeza.
Se despidió con un breve gesto de la cabeza y abandonó el salón con paso firme.
A su paso por la gran galería de White's, los socios de mayor edad le dedicaban inclinaciones respetuosas; el joven conde de Gleeson era considerado una de las promesas más sólidas de la sociedad, un muchacho serio, distante e inalcanzable para las celosas madres de la alta sociedad que ya planeaban cazarlo para sus hijas.
Al salir a la escalinata de mármol del club, el aire fresco de la tarde le rozó el rostro, disipando el olor a tabaco.
El carruaje tordo aguardaba a la puerta.
Michael subió al pescante, tomó las riendas de cuero de manos del cochero y, al mirar por un segundo hacia el horizonte de tejados grises, sintió una extraña sacudida de autosuficiencia.
Se sabía dueño absoluto de su destino, libre del fantasma de su pasado en Surrey y ciego ante el futuro.