Mi querido enemigo CAPÍTULO 32.
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CAPÍTULO 32.

ALEXANDRA.

Desperté con una extraordinaria sensación de bienestar.

Mi cuerpo vibraba, como si cada uno de mis músculos y nervios tuviera vida propia.

Transcurrieron unos instantes sin comprender qué me sucedía, por lo que permanecí inmóvil, con los ojos cerrados, aferrándome a aquella placentera experiencia.

Imaginé que una sensación así probablemente sería efímera, aunque hubiese querido que no terminara jamás.

Poco a poco fui tomando conciencia de un detalle que terminó de espabilarme por completo: el sabor de otra boca en mis labios.

Una idea —o, más bien, un nombre— irrumpió con fuerza en mi conciencia. Logan.

Fue entonces cuando abrí los ojos y reparé en su presencia. Logan estaba a mi lado, tumbado en la cama, mirándome con gesto risueño mientras me acariciaba la barbilla.

—No había visto a nadie sonreír tanto mientras duerme —declaró riendo—. ¿Soñabas conmigo?

—¡No te hagas ilusiones! —repliqué agarrando su mano hasta llevarla a mis labios y besar su dorso—. ¿Cuánto tiempo llevas observándome?

—Un buen rato, pero me daba pena despertarte… —contestó acercándose a mí—. Y, por cierto, son más de las nueve y media. Imagino que, para una maníaca del trabajo como tú, es bastante tarde.

—Las nueve… —murmuré sonriendo con voz somnolienta. La noche había sido una alocada prolongación de lo ocurrido el día anterior en mi despacho, por lo que apenas había dormido—. ¿Qué te parece si nos tomamos el día libre? —.Tenía la agenda repleta, pero me negaba a trabajar en un día como aquel.

—¿En serio? Tengo una cita en el club a las doce, pero la puedo retrasar hasta mañana.

—¡Está decidido, entonces! —exclamé levantándome de un salto sin molestarme en cubrir mi desnudez—. ¡Nos vamos!

—Pero… ¿a dónde quieres ir?

El desconcierto que asomaba en su rostro le daba un aire casi cómico.

Me pregunté si algún día sería capaz de despertar a su lado sin sentir aquella profunda fascinación que ejercía sobre mí.

Probablemente no. Durante un instante valoré la tentación de volver a la cama y retrasar la salida, pero me dije que ya tendríamos tiempo de perdernos entre las sábanas a la vuelta.

Además, tenía un regalo para él y me moría por enseñárselo.

—No lo sé, me apetece ver campo y árboles. ¿Por qué no cogemos el coche y salimos de la ciudad?

—¡Me encanta el plan! —admitió dedicándome una sonrisa que me dejó casi sin respiración.

—Pero antes quiero darte una cosa.

—¿El qué? — preguntó levantándose de la cama sin molestarse tampoco en cubrir su espléndida desnudez.

—Es una sorpresa… —contesté alzando una ceja con aire misterioso.

—¿Una sorpresa? —repitió, receloso—. Dime de qué se trata, que no me fío de ti y de tus sorpresas…

—¡Aún no! Primero vamos a desayunar —propuse vistiéndome momentáneamente con un bóxer y una camiseta, decidida a alargar un poco más la intriga.

Casi una hora después, accedíamos al garaje con César correteando a nuestro alrededor, feliz por participar en la inesperada excursión.

—¿Se puede saber de una vez qué es lo que me ibas a dar? —inquirió Logan dirigiéndose a la plaza de aparcamiento del Volvo. Era la tercera vez que me lo preguntaba en los últimos quince minutos,

—Ven por aquí y te lo enseño.

Cogí su mano y tiré de él hacia otra zona del garaje, guiándolo hasta detenerme frente a un vehículo cubierto por una lona negra. Con un par de movimientos ágiles, la retiré, dejando al descubierto el imponente Porsche 911 que llevaba más de un año oculto allí.

Sonreí, divertida, al contemplar la expresión de pura sorpresa que se dibujó en su rostro.

Tardó unos segundos en reaccionar. Se limitó a alternar la mirada entre el coche y yo, como si tratara de encajar las piezas de un rompecabezas imposible.

Cuando por fin habló, lo hizo con una solemnidad casi reverencial.

—¿De verdad es mi coche…?

—Sí, lo es.

—Aunque… En verdad ya no es mío, claro está —rectificó antes de pasar la mano sobre la brillante superficie del vehículo con un ademán que destilaba, extrañamente, cierta sensualidad—. ¿Se puede saber cómo demonios lo tienes tú?

—Digamos que lo compré hace algún tiempo, pero no me preguntes por qué —reconocí con una pizquita de vergüenza.

No me apetecía dar explicaciones sobre una época en la que había vigilado al milímetro su vida con fines, como poco, cuestionables—.

Ahora me gustaría regalártelo por tu cumpleaños…

ya sé que es dentro de unos días, pero me apetecía dártelo hoy —terminé por decir encogiéndome de hombros.

—Álex… —dijo él abreviando cariñosamente mi nombre y empujándome con suavidad contra el lateral del vehículo.

Después me observó de una forma extraña, como si por una vez fuese capaz de entrar en mi mente y desentrañar mis más íntimos secretos.

Sonrió antes de darme un fugaz beso en la boca que, curiosamente, me pareció el más sentido que había recibido por su parte—. Me temo que no lo puedo aceptar…

—Si lo rechazas me vas a ofender —declaré, persuasiva, besando su barbilla y atrapando por un momento su labio inferior entre mis dientes.

—Espera, ¡espera! Bastante dilema moral me ocasiona lo de las acciones del club, como para aceptar ahora semejante regalo —señaló al vehículo con cierta pena negando enfáticamente con la cabeza.

—¡Pero bueno!, ¿eres bobo o qué? Quiero que lo tengas tú, ¿es tan raro de entender?

—No es que sea raro, es que no puedes ir haciendo estas cosas por la vida, ¿lo entiendes?

—Tranquilo, ¡solo las hago contigo! —repliqué guiñándole burlonamente un ojo.

—Pues ni siquiera conmigo las debes hacer…

—¿Qué te parece si lo compartimos? —. Me apetecía compartir un montón de cosas a medias con él: una casa, perros… Y un coche podría ser lo primero, ¿por qué no?

—¿Te refieres a una custodia compartida? —preguntó él, divertido.

—Sí, pero tú te encargas de hacer los mantenimientos y de llevarlo al taller, ¿te parece bien? —propuse ofreciéndole mi mano derecha para sellar el acuerdo.

—Me parece bien… —aceptó tras considerarlo durante unos segundos y estrechándome la diestra con una mueca de complacencia—.

¡Pero a condición de que hoy conduzca yo!

—añadió arrebatándome las llaves de la mano y entrando con rapidez en el asiento del piloto, esperando con impaciencia a que yo acomodara a César en la parte trasera del vehículo para arrancar el motor.

Salimos de la ciudad por la US-17. Logan conducía bien y yo, reclinada en el asiento de cuero del copiloto, me dedicaba a observarlo sin disimulo.

Él se regodeaba con esa atención y, cada cierto tiempo, cuando lo permitía algún tramo recto de la carretera, me miraba de reojo o alargaba la mano para tocar mi pierna.

De vez en cuando tenía que recordarle los límites de velocidad y entonces él se reía y aflojaba un poco el pie del acelerador.

Tuve la sensación de estar, por fin, en armonía con el universo.