Mi querido enemigo CAPÍTULO 31. #2
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CAPÍTULO 31. #2

Me merecía una respuesta de aquel tipo, pero, aun así, insistí:

—Me acuerdo, tranquila —admití—. Y ahora, ¿me vas a contestar?

—Eres muy curioso… —señaló con un brillo travieso en la mirada, dudando, quizá, si dar respuesta a mi pregunta—.

El hombre del otro día es el arquitecto que está diseñando los planos de mi futura casa —explicó a continuación en tono condescendiente—.

Creo que César necesita un jardín y un compañero.

—No me habías dicho que te querías cambiar de casa…

—Nunca te has interesado demasiado por lo que tenga que ver con mis planes de futuro.

—¡Está bien! — Levanté las manos en señal de capitulación, pues sabía que lo que había dicho era rigurosamente cierto—. Entonces… —decidí indagar un poco más—, ¿no tienes nada con ese tipo?

—No, aunque no es algo de tu incumbencia.

—Llegados a este punto, puede que sí sea de mi incumbencia —objeté intentando disimular el alivio que sentía tras escuchar sus palabras.

—Bien, dime entonces qué quieres de mí de una vez. Y explícamelo bien clarito, por favor.

De pronto sufrí un ataque de mutismo. Era como si las palabras se negaran a salir de mi boca, probablemente porque nunca en mi vida me había visto obligado a exponer mis sentimientos amorosos de una manera tan explícita.

—He pensado que… —comencé a decir— que tú y yo… ¡no sé! Bueno, ya sabes, que quizá podríamos replantearnos las cosas.

—Replantearnos las cosas… —repitió ella, esbozando una media sonrisa que me encogió el estómago—. Vaya… ¿y qué papel jugaría yo en ese replanteamiento? —añadió, acercándose un poco más en un gesto que resultaba tan intimidante como, quizá, conciliador.

—Podrías ser mi… —me interrumpí unos segundos—… mi novia —concluí, bajando ligeramente la voz y cambiando el peso de una pierna a otra.

Me habría gustado poder colarme en su mente en aquel instante, porque el hermetismo que de pronto se instaló en su rostro no auguraba nada bueno.

—Bueno, ¿no tienes nada que decir al respecto? —pregunté, incapaz de soportar su silencio.

—¿Tu novia? —repitió, alargando la última palabra con una mezcla de extrañeza y escepticismo, como si la idea le resultara poco menos que absurda.

Nada estaba saliendo como yo había imaginado.

—Viendo tu reacción, casi me entran ganas de retirar la oferta… —añadí en tono socarrón, fingiendo una seguridad que distaba mucho de sentir.

—A ver si me aclaro… —dijo ella entonces, adoptando una expresión reflexiva mientras acortaba aún más la distancia entre nosotros—. ¿Eso significaría que pasaría a formar parte del selecto club de novias oficialmente aprobadas por la aristocracia de Carolina del Sur?

No pude evitar soltar una breve risa.

—¡Serás idiota! ¿Pretendes tomarme el pelo hasta en un momento así…? —la reprendí propinando un suave cachete sobre su mejilla derecha mientras me dejaba llevar por una gratificante sensación de alivio. ¿Ella también me quería?

—¿Y tú? ¿Se puede saber por qué has tardado tanto en venir a decirme esto? —preguntó con un deje de reproche en la voz, acercándose hasta rozar su cuerpo con el mío.

—Si me hubieses abierto la puerta de tu casa el sábado, te lo habría dicho entonces.

—Pues también hubiese sido demasiado tiempo… —susurró antes de depositar un fugaz beso en mis labios. El contacto apenas duró una fracción de segundo, pero consiguió acelerar mis pulsaciones al doble de lo habitual—. Y ahora, falta que me digas algo más, ¿no crees? —agregó con expresión expectante.

—¿El qué…? —conseguí decir antes de unir de nuevo nuestros labios en un beso profundo y ardiente que revolucionó mi sangre.

Toda cordura y moderación me abandonaron como por arte de magia y mis manos recorrieron su cuerpo por encima de su ropa con celeridad. Ella comenzó a hacer lo mismo conmigo, por lo que comprendí que su deseo debía ser tan grande como el mío.

—¡Dímelo de una vez! —exigió separando por un momento sus labios de los míos mientras me desabrochaba los botones de la camisa sin demasiada delicadeza.

Obvié su petición e introduje la mano dentro de su pantalón, pero, para mi desconcierto, se apartó y se alejó. En seguida comprendí que se dirigía a la puerta a echar el cerrojo, aunque enseguida volvió para arrojarse, desinhibida, a mis brazos.

Nos deshicimos de la ropa con urgencia, dejándola caer sin cuidado sobre el suelo de madera mientras nuestros besos, cada vez más intensos, iban perdiendo cualquier atisbo de suavidad.

Largo rato después, cuando la calma terminó por imponerse a la tormenta que había sacudido aquel despacho con una intensidad desmedida, la estreché con fuerza entre mis brazos, como si aún necesitara asegurarme de que seguía allí.

Ella apoyó el rostro contra mi mejilla, respirando aún con dificultad, tratando de recuperar un aliento que a mí también me faltaba.

—¿Me lo vas a decir…? —susurró, rozándome el oído.

—¿El qué? —respondí, haciéndome el despistado.

Alexandra protestó propinándome un leve pellizco en mi cintura, lo que me arrancó una sonrisa.

—Está bien… —murmuré, acercándome a su oído—. Te quiero. ¿Era eso lo que querías oír?

Esperé unos segundos a que se pronunciara al respecto, pero no dijo nada, se limitó a estrujarme contra su cuerpo en un gesto rebosante de posesión.

Por un momento me pregunté desde cuándo estaría ella enamorada de mí.

Tuve la tentación de preguntárselo, pero decidí esperar a hacerlo en otra ocasión; algo me decía que no estaba preparada, todavía, para hacerme una confesión de ese calibre.

No me importó. Teníamos todo el tiempo del mundo.