CAPÍTULO 31.
LOGAN.
—¿Dice que desea ver a la señorita Alexandra Bennet? —La pregunta, formulada por una de las estiradas y arregladísimas recepcionistas del edificio sede de ScarCompany, destilaba tanta curiosidad como suspicacia.
—Correcto…
—¿Tiene usted cita con ella?
—La verdad es que no.
—Entonces tendrá que ponerse en contacto con su secretaria particular para concertarla.
—Ya… pero verá, Alexandra Bennet es amiga mía. Solo quiero pasar un momento a saludarla —expliqué, esbozando mi mejor sonrisa, esa que tantas puertas me había abierto en el pasado. Aquella chica, sin embargo, parecía inmune a ella.
—¿Y por qué no habla directamente con ella?
—La acabo de llamar, pero debe de tener el móvil en silencio o algo así… no me lo coge.
—Espere un momento, por favor… —indicó con visible desgana la recepcionista antes de descolgar el teléfono para efectuar una llamada que apenas pude escuchar, pues la chica se cuidó de bajar sustancialmente la voz.
—La señorita Bennet se encuentra en una reunión y hoy no puede recibir a nadie —dijo en cuanto colgó de nuevo el aparato.
Asentí, sin discutir, preguntándome si sería verdad o si, sencillamente, Alexandra seguía evitando verme.
Probablemente sería lo segundo.
—De acuerdo —murmuré, dándome la vuelta y encaminándome hacia la salida.
Aquello empezaba a resultar francamente irritante: no respondía a mis llamadas, ignoraba mis mensajes y ahora, además, se negaba a recibirme. Fantástico. ¿Qué se supone que debía hacer entonces?
La decisión llegó por sí sola, pues uno de los sofisticados ascensores del edificio se abrió en ese momento, dejando salir a varios ejecutivos trajeados, y aproveché el instante para colarme en su interior con la mayor naturalidad posible, rezando para que la vigilante recepcionista no reparara en mi maniobra.
Pulsé el botón del último piso.
Necesitaba saber si Alexandra me quería, y lo necesitaba saber ya. Me negaba a seguir viviendo con aquella incertidumbre.
Las puertas del ascensor se abrieron con un suave clic y salí al pasillo, avanzando con decisión hacia su despacho.
Recordaba perfectamente el camino. Pasé junto a la mesa de su secretaria, la tal Julia no sé qué, sin dignarme siquiera a mirarla, lo que provocó que la chica se levantara de un salto, como impulsada por un resorte, dispuesta a interceptarme.
—¡Disculpe!, espere, por favor. ¡No puede entrar ahí! —la escuché decir a mis espaldas en tono apurado.
No le hice ni caso, por supuesto. Continué hasta abrir la puerta de aquel despacho que tanto me impresionó en su momento, pero, para mi sorpresa, se encontraba vacío.
—¿Dónde está Alexandra? —pregunté dirigiéndome a la enfurruñada chica, que me miraba como si hubiese cometido una osadía imperdonable.
—La señorita Bennet se encuentra en una reunión en la sala de juntas.
—¿Y a qué hora termina?
—No lo sé. En cualquier caso, necesitaría concertar previamente una cita conmigo —replicó en tono repelente.
—De acuerdo, ¿podemos concertar ahora una cita para más tarde…?
—Hoy tiene la agenda llena. Tendría que ser para la semana que viene.
—¿La semana que viene…? —repetí con incredulidad.
—Sí, la semana que viene —me confirmó la muy cretina con una sonrisa un tanto despiadada.
Preferí no contestar y me alejé de allí con la desquiciante sensación de que existía una confabulación en mi contra por parte del personal de aquel maldito edificio.
Decidí seguir adelante y acudir a la sala de juntas a la espera de que terminara la reunión.
Solo me faltaba averiguar dónde se encontraba esa maldita sala.
—Disculpa, ¿la sala de juntas? —pregunté a una chica que andaba por el largo pasillo portando un taco de fotocopias.
—Una planta más abajo —contestó dedicándome una sonrisa amistosa—. ¿Quieres que te acompañe?
—No es necesario, gracias.
¡Vaya!, por fin alguien era amable conmigo entre tanta gente odiosa.
Bajé un piso y me dediqué a recorrerlo mientras buscaba con disimulo la dichosa sala.
Cuando la encontré, tomé asiento en una de las sillas colocadas en la sala de espera y me armé de paciencia; intuía que tendría que esperar un buen rato.
Me dediqué a jugar un solitario en mi móvil hasta que lo dejé, aburrido.
Era casi la una del mediodía y llevaba media hora aguardando a que alguien saliera de aquella sala.
¿Cuándo demonios terminarían? Consideré la posibilidad de marcharme y llamar a Alexandra más tarde por si se dignaba a cogerme el teléfono de una vez, pero enseguida descarté la idea; estaba harto de jugar al gato y al ratón.
Me levanté a estirar las piernas, cansado ya de tanta inmovilidad, y me acerqué con disimulo a la entrada de la sala. No se oía nada dentro. ¿Y si la secretaria me había mentido y Alexandra ni siquiera estaba allí?
Resoplé con frustración y solté un taco por lo bajo. Si había algo que detestaba con toda mi alma era perder el tiempo.
Abrí la puerta esperando encontrar la sala vacía, pero no fue así.
Alrededor de una larguísima mesa acristalada había sentadas una veintena de personas que levantaron la vista al unísono al verme entrar.
En la cabecera estaba Alexandra, que me observó con una expresión de profundo desconcierto. Tardé unos instantes en reaccionar.
—Disculpen la interrupción. Alexandra, ¿puedes salir un momento…? —dije de manera algo atropellada.
Se hizo el silencio absoluto. Todos, hombres y mujeres, me miraban inmóviles a la espera de que Alexandra tomara la palabra. El incómodo momento se extendió durante unos pocos segundos, pero a mí me pareció una eternidad.
—Espera a que terminemos, por favor. Cierra la puerta… —. El tono autoritario y despectivo de Alexandra consiguió encender mi sangre de pura indignación.
—No, ¡ahora! —repliqué desafiante—. Aunque, si quieres, podemos hablar aquí —añadí haciendo un gesto con la mano mientras echaba una breve ojeada a los allí reunidos, que de pronto parecían muy interesados en lo que estaba ocurriendo.
Ella suspiró antes de contestar.
—Si les parece, suspendemos la reunión y continuamos esta tarde a las cuatro y media —anunció a los allí reunidos en tono de disculpa. Después se dirigió a la salida con cara de asesina en serie—. ¡Sígueme! —masculló al pasar a mi lado.
No me dirigió más la palabra hasta llegar a su despacho, momento en el que preguntó a bocajarro:
—¿Se puede saber qué demonios haces interrumpiendo una junta de accionistas…?
—¿Y tú? ¿Por qué no me coges el teléfono? —contraataqué a mi vez, obviando su pregunta.
Ella me observó sombríamente mientras se acariciaba el borde de la cicatriz.
Yo aguanté su mirada como pude, consciente de que su expresión altiva, junto con el traje de chaqueta que vestía hecho a medida, resaltaba el halo de poder y solvencia que la envolvía.
Creo que nunca me había parecido más sexy que en aquel mismo instante.
—Está bien, te escucho —claudicó cruzando los brazos con gesto de impaciencia—. ¿Qué me quieres decir?
El timbre del teléfono fijo me regaló unos segundos preciosos para intentar ordenar mis ideas. Alexandra lo dejó sonar sin hacer el menor intento de descolgar, limitándose a observarme en silencio, a la espera de que hablara.
Resoplé y me pasé una mano por el pelo con gesto nervioso; me incomodaba la imagen de inseguridad que, sin duda, estaba proyectando.
Por fortuna, me encontraba en un punto de no retorno y sabía que, para bien o para mal, no acabaría el día sin obtener las respuestas que necesitaba.
Inspiré con profundidad y decidí que lo mejor sería expresarme a través de un gesto.
Me aproximé a ella con decisión y sujeté la solapa de su chaqueta hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros de distancia, pero cuando quise unir nuestros labios, me apartó con un suave, aunque firme, empujón.
—¿Se puede saber qué haces…? —.Su tono de voz era extrañamente neutro, y su cara reflejaba una indiferencia que me dejó profundamente desconcertado.
Nunca me habían rechazado, y sentir cómo mi corazón se ralentizaba me resultó extrañamente perturbador. ¿Había ido demasiado rápido?; puede que Alexandra estuviese en las antípodas de lo que yo sentía por ella. Un frío repentino me recorrió la espina dorsal, indiferente al calor que nos rodeaba.
—Perdona… —me obligué a decir—. Pensé que… Bueno, ya sabes. Quizá debería marcharme —agregué con toda la dignidad de la que fui capaz.
—¡No corras tanto! —exclamó ella efectuando un imperativo gesto con las manos.
Su rostro esbozó una mueca burlona que me enfureció y alivió al mismo tiempo, pues, aunque una vez más parecía reírse de mí, me recordó a la Alexandra de antes, la que me dedicaba incendiarias miradas de deseo—. No te va a resultar tan fácil esta vez…
—¿Tan fácil? —repetí tontamente, aunque intuía a lo que se refería.
—Sí, ¿qué te piensas?, ¿que estoy aquí para lo que se te antoje en cada momento? —preguntó de forma un tanto retórica, pues a continuación se contestó a sí misma tras apoyar el cuerpo en el borde de su escritorio con expresión de niña enfurruñada—: ¡No guapo, no!
—Yo no pienso eso…
—¿Ya te has cansado de ir de la manita de tu ex, esa rubia pastelosa con la que te dabas besitos…?
—No me daba besitos —puntualicé enseguida—. Y no tengo nada con ella, ya te lo he dicho…
—¡Lástima, con la buena pareja que hacíais! Era tan bonito veros bailar…
—¿Qué tal si dejamos las ironías a un lado y aclaramos de una vez las cosas entre nosotros?
—¿Aclarar las cosas entre nosotros? —repitió arqueando las cejas con escepticismo—. ¡Guau!, viniendo del rey de las evasivas, me sorprende tu propuesta, la verdad.
—¡Pues que no te sorprenda tanto! —exclamé, algo cansado de su actitud—. Y, por cierto, ¿quién era el tío ese con el que estabas el otro día?
Ella se tomó su tiempo en contestar, como si intuyera que la duda me tenía a mal traer y quisiera alargar de alguna manera mi agonía.
—¿Desde cuándo te importa con quién voy o dejo de ir? No soy tu novia, ni tenemos compromiso alguno, tú lo dijiste, ¿te acuerdas?