CAPÍTULO 30.
ALEXANDRA.
—Me ha dicho Paige que eres ingeniera, ¡parece una profesión muy interesante!
—Sí, lo es… —repuse, mirando disimuladamente la hora en mi reloj de pulsera y maldiciendo el momento en que me había dejado convencer por mi amiga para acudir a aquella cita a ciegas con David, el famoso vecino que estaba empeñada en presentarme.
Admito que el susodicho era agradable, pero, tras casi una hora de conversación en aquella ruidosa cafetería en la que habíamos quedado, era evidente que, al menos para mí, la química brillaba por su ausencia.
Estaba deseando irme de una vez a casa. Además, aquel hombre no hacía más que hablar de películas de guerra, era alérgico a los perros y llevaba las uñas extremadamente mordidas, algo que conseguía estremecerme —en el mal sentido— cada vez que se las miraba.
¡Dios!, ¿desde cuándo Paige sabía tan poco de mis gustos?
Por fortuna, no parecía importarle demasiado tener que llevar el peso de la conversación.
—Pues yo estudié al lado de la Facultad de Ingeniería, ¡qué casualidad! Y… bla, bla, bla.
¡Paciencia! Menos mal que había tenido la precaución de quedar a media tarde para tomar un café y poco más, lo que me permitiría finalizar la cita en breve.
Le concedería otros diez minutos de cortesía y me despediría con cualquier excusa para irme a casa a ver un par de películas.
O quizá debería vestirme de guerra y dejarme caer por el Purgatorio…
aunque, sinceramente, ¿tenía ganas de eso?
La repentina e inoportuna imagen de Logan invadió con fuerza mis pensamientos e hizo que me abstrajera aún más de las palabras del tal David, que llegaban a mis oídos como meros vocablos carentes de significado.
¿Cuándo conseguiría extraer de mi cuerpo aquella especie de veneno que socavaba mi mente y que el resto de la humanidad se empeñaba en llamar enamoramiento?
Odiaba perder el tiempo divagando sobre el responsable de mis desdichas y sobre la vida de niño pijo y despreocupado que, seguramente, habría retomado después de lo que Paige llamaba mi «estúpido regalo».
Necesitaba pasar página y olvidarme de él cuanto antes, pero era más fácil decirlo que hacerlo, pues rara era la hora del día en la que no pensaba en algo que tuviese que ver con aquel maldito de Logan Dawson.
Había borrado su contacto del móvil para evitar la tentación de abrir nuestra conversación en iMessage y quedarme, como una idiota, mirando su foto, porque cada vez que lo hacía me daban ganas de estampar el teléfono contra el suelo.
Me torturaba la idea de que hubiese vuelto con Carolyn o que estuviera con cualquier otra.
¡Basta! ¿Y a mí qué más me daba? Por mí, como si se metía en un monasterio y tomaba los hábitos.
Aborrecía mi propia debilidad, y me exasperaba que, en el fondo, una parte de mí siguiera esperando noticias suyas desde aquella tarde en que me lo había encontrado al salir del portal de mi casa. Sin embargo, ya habían pasado varios días de ese episodio y no había vuelto a saber nada de él.
—Perdona, David, me voy a tener que ir ya…
—interrumpí de la manera más educada que pude el tedioso discurso del hombre sobre no sé qué proyecto desarrollado por la empresa en la que trabajaba.
Siempre me había aburrido la gente que hablaba demasiado de su trabajo, aunque estoy convencida de que aquel día podría haberme citado con el mismísimo Jacob Elordi y, aun así, no habría parado hasta encontrarle cientos de defectos—.
No sé si te comentó Paige que esta noche tengo un compromiso…
—agregué en tono de disculpa y mintiendo como una bellaca.
—No me dijo nada. ¡Lástima!, quería llevarte a cenar a un japonés estupendo que hay al lado de mi casa…
¡Ay, Dios!, ¿pero qué demonios le había contado Paige de mí? Era obvio que nada en absoluto; aborrecía la comida japonesa.
—Otro día, quizá… —volví a mentir, levantándome de mi asiento con una sonrisa forzada.
Me marché a casa enfadada con el mundo. Tenía la sensación de que el destino, ese que tanto me había favorecido durante los últimos meses, de pronto me daba injustamente la espalda. Decidí llamar a Paige y comentar la frustrada cita con su vecino.
—¡Lexi!, ¿cómo va el encuentro?
—Finalizado. Me voy ya para casa.
—¿Yaaa? Pero si no son ni las ocho, ¿qué demonios ha pasado?
—No me dijiste lo de las uñas mordidas…
—¡Te vas a ir a la mierda, así de claro te lo digo, Lexi! No fastidies, que has pasado de él por eso…
—Entre otras cosas…
—¿Entre otras cosas? ¡Pero si es una monada de chico! Me dan ganas hasta de tirarle los trastos yo…
—Pues ale, ¡no te cortes! Creo que quiere ir a cenar a no sé qué japonés…
—Sí, claro, como si no tuviera ya suficiente con estos dos —. Su voz, de pronto, había bajado el volumen de forma considerable. Debía de estar con Charlie. ¿O le tocaba con el otro? Nunca me acordaba con exactitud de cómo dividía el tiempo libre entre sus dos pretendientes.
—Bueno, te dejo, que veo que estás acompañada. Mañana hablamos, ¿vale?
—De acuerdo, pero que sepas que últimamente estás insoportable…
—Lo sé.
—Y no te pienso preparar ninguna cita más, que luego me dejas fatal.
—Casi mejor.
—¡Eres odiosa!
—Pásalo bien…
Colgué el móvil sabiendo que ella tenía razón. Estaba insoportable y no me aguantaba ni yo. Solo esperaba curarme cuanto antes de aquel estado de profunda estupidez en el que me encontraba.
LOGAN.
—¡Chicos!, voy a abrir otra botella de vino blanco. Creo que la ocasión lo merece —anunció Troy, incorporándose con sorprendente agilidad del gigantesco puff que hacía las veces de sofá en su salón.
Nunca entendí muy bien de dónde le venía a mi amigo aquella obsesión por el mundo árabe; cada rincón de su estrafalario apartamento parecía sacado del interior de un riad en pleno Marruecos, con cojines imposibles, lámparas de luz tenue y un caos decorativo que, contra todo pronóstico, funcionaba razonablemente bien.
—Sí, ¡ábrela! Yo mientras voy a mandar un mensaje a George cancelando la cita de esta noche —dijo Madison, refiriéndose a su nuevo novio, el famoso oftalmólogo que aún no teníamos el gusto —o disgusto, estaba por ver— de conocer.
—Chicos, tampoco os paséis… que no se trata de la noticia del siglo —intervine algo azorado, aunque intuía que, para ellos, probablemente sí lo fuera.
—Pues casi, casi —replicó Troy con fingida indignación—. ¿Se puede saber por qué no nos has contado antes nada de esto?
—Es verdad, Logan, ¿a qué viene tanto misterio con Alexandra? —apostilló Madison, recostándose en su puff y lanzando una palmada al aire, como si acabara de atrapar una idea brillante.
—¿Y qué más da? Os lo estoy contando ahora…
—Muy bien —concedió Troy, sirviéndose vino con aire profesional—. Analicemos el asunto con un mínimo de rigor. Para empezar: ¿qué siente ella por ti?
—No tengo ni idea…
—Fantástico comienzo —murmuró—. ¿Y qué piensas hacer?
—Tampoco lo sé… —admití tras un sorbo de vino—. El otro día la vi salir de su casa con un tipo.
—¿Un tipo? —repitió Madison, incorporándose ligeramente—. Podría ser un amigo…
—Algo me dice que no era solo un amigo —repliqué con amargura.
La imagen de Alexandra con el tío aquel seguía clavada en algún lugar incómodo de mi cabeza. Y dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
—Oh, vamos, Logan —intervino Troy, con ese tono de falsa paciencia que tanto le gustaba usar—. No puedes quedarte de brazos cruzados justo ahora… Además, cuanto más tiempo dejes pasar, más se puede enfriar el asunto.
Tenía razón, por supuesto.
—¿Y si ya no quiere saber más de mí?
—¿Y no crees que sería buena idea salir de dudas de una vez? —propuso Madison, arrebatándome el móvil y dejándolo sobre mis piernas con determinación quirúrgica.
—No sé si me lo va a coger… desde el día de la fiesta, nunca lo hace.
—Venga, inténtalo —me animó Troy, dándome un leve empujón en el hombro.
Marqué su número intentando aparentar una calma que no sentía. Uno, dos, tres… cinco tonos.
Finalmente, saltó el contestador.
—¿Veis? No me lo coge… ¡Será idiota!
—¿Y por qué no vas a buscarla? —propuso Madison, chasqueando los dedos con entusiasmo, como si acabara de descubrir la penicilina.
—¿A su casa? ¿Un sábado a las doce de la noche y sin avisar…?
—¿Y por qué no? —secundó Troy, demasiado rápido—. No pierdes nada.
—Venga, ¡no se hable más! —sentenció Madison—. Te acompañamos. Total, tampoco tenemos nada mejor que hacer.
No tengo muy claro en qué momento acepté, pero quince minutos después estábamos en la calle subiéndonos a un taxi, pues ninguno de los tres habría pasado un control de alcoholemia con dignidad.
Sentía el estómago encogido; no dejaba de imaginarme a Alexandra abriendo la puerta, semidesnuda y acompañada del tío aquel.
—Chicos… creo que deberíamos dar media vuelta. Quizá sea más sensato esperar a mañana.
—Ni hablar —replicó Troy—. Ya estamos de camino.
—Además, lo más probable es que no esté en casa —añadí, aferrándome a esa posibilidad como a un clavo ardiendo.
—Aún no me creo lo tuyo con Alexandra… —comentó Madison, divertida—. Me cuesta imaginaros juntos, la verdad.
—Por cierto —añadió Troy, bajando la voz—, aún no nos has contado qué tal en la cama…
—No es el momento —repliqué, señalando discretamente al taxista.
—Oh, venga…
—Ni hablar.
Llegamos a nuestro destino en tiempo récord, pues el taxista no parecía saber el significado de los límites de velocidad ni de los semáforos en rojo.
Bajamos del vehículo y nos quedamos unos segundos en silencio, frente al moderno edificio donde vivía Alexandra.
—Bueno… habrá que llamar. Era el ático, ¿verdad? —dijo Madison tras agarrar mi mano con decisión para arrastrarme hasta el portal.
—Sí, pero espera…
—¿El ático? —intervino Troy, ignorándome por completo mientras avanzaba hasta pulsar el interfono.
—¡Troy, para!
—Lo peor que puede pasar es que no te abra…
—Eso, tú dame ánimos…
—¿Logan…? —la voz de Alexandra sonó a través del telefonillo electrónico pasados unos largos segundos.
Me quedé helado.
—¡Contesta! —susurró Madison, empujándome.
—Sí… eh… hola, Alexandra. Soy yo.
—¡Hola, Alexandra! —saludó Troy con entusiasmo innecesario.
—Pasábamos por aquí… —añadió Madison— y Logan quería saludarte. ¿Puedes abrir?
Silencio.
—Adiós, chicos. Buenas noches —escuchamos, por fin, decir a Alexandra en tono categórico.
Me quedé perplejo; no me esperaba tan rotunda negativa por su parte, aunque, ¿y si estaba acompañada?
Abrí la boca para decir algo ingenioso, pero era inútil, no se me ocurría nada.
Me limité a mirar a la cámara como un idiota hasta que el aparato se desconectó.
—¡Ostras, con Cara rota! —exclamó Madison, apoyándome una mano en el hombro.
—¿No habíamos dejado de llamarla así? —añadió Troy, conteniendo una risa nerviosa.
—Vámonos —dije en tono seco.
Mi orgullo estaba herido de muerte, y la idea de que pudiera estar con otro me taladraba la cabeza.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Madison.
Levanté el brazo para parar un taxi.
—Quemar la noche.
—Eso sí que suena bien —dijo Troy—. ¿Dónde vamos?
—Donde sea que sirvan una copa.
No solía beber, pero aquella noche lo necesitaba. Ya pensaría al día siguiente cual sería mi siguiente paso.
ALEXANDRA.
Paseé por el salón de mi casa de un lado a otro, como una leona enjaulada incapaz de encontrar reposo, preguntándome si debía bajar antes de que Logan se marchara.
No.
Había hecho lo correcto negándole la entrada.
En realidad, me molestaba profundamente que hubiera aparecido acompañado de sus dos inseparables secuaces y con ese aire inconfundible de haber bebido más de la cuenta. ¿Qué se creían? ¿Que seguíamos en el instituto? ¿Que tenían derecho a irrumpir en mi vida cuando les viniera en gana?
Idiotas.
No tenía ni idea de qué pretendía Logan con aquella aparición, pero sí tenía algo meridianamente claro: no coincidía, ni de lejos, con lo que yo quería de él. Y eso era razón más que suficiente para mantenerlo al margen de mi vida.
Con ese pensamiento me dirigí de mala gana a mi dormitorio con la intención de retomar la película que había dejado a medias.
Sin embargo, antes siquiera de ser consciente de lo que hacía, ya estaba saliendo de casa como una exhalación, atravesando el rellano y bajando los siete pisos del edificio por las escaleras a toda velocidad.
Cuando llegué al portal, me detuve en seco. Miré a un lado y a otro de la calle. Nada. La acera estaba vacía, bastante silenciosa, a aquellas horas.
Casi mejor.
Me apoyé un instante contra la pared del edificio, tratando de acompasar la respiración.
¿Se podía saber qué demonios me pasaba?
Tal vez debería llamar a Paige para que me recordara, una vez más, todas las razones por las que aquel snob arrogante no me convenía en absoluto… pero eran casi las doce y media y no me pareció justo arrastrarla a mis desvaríos a esas horas de la noche.
Suspiré.
Una vez más, me pregunté por qué me había tocado a mí cargar con aquella especie de condena. Si los dioses existían, desde luego, debían de estar divirtiéndose a mi costa.
Deshice el camino a pie, rechazando el ascensor a propósito, y subí de nuevo los siete pisos hasta mi casa por las escaleras, como si aquel esfuerzo físico pudiera redimirme de mi reciente muestra de debilidad.
Necesitaba cerrar aquella herida cuanto antes. Lo único que no sabía era cuánto tiempo tardaría en conseguirlo.
Por primera vez en mucho tiempo, recé para que no fuera demasiado.