CAPÍTULO 29.
LOGAN.
—Y el actor que hace de emperador es una maravilla, ya te digo…
La voz de mi madre llegaba a mis oídos amortiguada, lejana, como si hablara desde otra dimensión.
Yo asentía de vez en cuando por puro reflejo, pero hacía rato que había dejado de escucharla, pues mi mente parecía empeñada en martirizarme con unas imágenes en las que Alexandra aparecía besándose con aquel hombre del BMW.
¿Se habrían acostado ya…? La duda me atormentaba.
Tenía la impresión de que me habían robado en mis mismas narices algo que me correspondía por derecho, lo que me enfurecía tanto como me deprimía.
Removí el café con más fuerza de la necesaria. Necesitaba hablar con alguien de todo eso, con Troy, con Madison, con quien fuera que me ayudara a ordenar mis ideas.
Y luego estaba aquello.
Eso que llevaba días evitando admitir.
Tragué saliva.
Estaba enamorado de Alexandra.
De pronto, la idea se asentó en mi cabeza con una claridad demoledora. Y, contra todo pronóstico, no me asustó tanto como esperaba. Al contrario… hubo un instante de extraño alivio, como si por fin hubiera resuelto una incógnita que llevaba demasiado tiempo persiguiéndome.
Pero el alivio duró poco, porque inmediatamente llegaron las dudas. ¿Y si ella no sentía lo mismo? ¿Y si ya no quería saber nada de mí?
Las últimas palabras que me había dedicado regresaron a mi memoria con una nitidez cruel:
«Nada, ya nada…»
Resoplé, apoyando los codos en la mesa. El café tembló ligeramente dentro de la taza.
—¿Se puede saber qué haces con el café? —preguntó mi madre, devolviéndome de golpe a la realidad—. ¡Estás salpicando el mantel!
Miré aquel pequeño desastre como si no fuera conmigo.
—Perdón… —murmuré, limpiándolo torpemente con la servilleta.
—Últimamente estás en las nubes —continuó mi madre, observándome con ese gesto inquisitivo que tanto conocía—. ¿Te pasa algo? No tendrá que ver con el club, ¿verdad?
—El club va genial, mamá —respondí sin dudar, desviando la mirada.
—Entonces… ¿qué es? —insistió, bajando el tono—. ¿Tiene algo que ver con Carolyn? Os vi en la fiesta de los Harcourt bailando juntos. ¿Os habéis reconciliado?
Otra vez eso. ¡Maldito baile!
Cerré los ojos un segundo.
—Carolyn es agua pasada —repliqué con más brusquedad de la que pretendía.
—Pues hacíais muy buena pareja… —añadió ella, como si nada—. Y además es de buena familia.
Solté una risa seca.
—Me da igual su familia, mamá… además estoy enamorado de otra.
Enamorado. Nunca pensé que me pudiera enamorar de alguien y, aun así, ahí estaba, descolocado, como si de pronto el mundo funcionara bajo unas reglas que nadie me había explicado.
—¿Enamorado? —repitió ella, dejando la taza sobre el plato con un leve tintineo, sorprendida, quizá, de que confesara semejante cuestión delante de ella—. ¿De quién?
Negué con la cabeza.
—Eso… de momento, se queda para mí.
No pensaba hablarle de Alexandra; no sin saber siquiera si la podía recuperar.
Mi madre abrió la boca, dispuesta a continuar con el interrogatorio, pero yo ya me había levantado de un gesto rápido.
—Y ahora, me tengo que ir… —dije, cortando cualquier intento de réplica.
—¡Logan! No me dejes con la palabra en la boca —se quejó mi madre, visiblemente contrariada por no poder seguir indagando sobre el asunto.
No respondí. Salí del salón sin mirar atrás y, al girar por el pasillo, estuve a punto de chocar con Gloria, que fingía recolocar un jarrón con un interés más que sospechoso. No me cabía duda de que llevaba un buen rato escuchándolo todo.
La miré un segundo mientras ella me devolvía una sonrisa inocente que no engañaba a nadie.
Después, crucé la casa a grandes zancadas y salí a la calle como si necesitara escapar de mí mismo.
La luz dorada del atardecer me golpeó en los ojos, pero apenas la sentí.
Bajé los escalones y me encaminé sin vacilar hacia el Jeep, arrancando el vehículo con más brusquedad de la necesaria.
El motor rugió, y por un instante ese sonido me resultó extrañamente reconfortante.
Después cogí el teléfono móvil y marqué una llamada a tres.
—Logan, ¿pasa algo? —la voz somnolienta de Madison fue la primera que escuché.
—¿Qué tal, tío? —añadió Troy enseguida, más despierto—. ¿Algún plan para esta noche?
Respiré hondo.
—Chicos… necesito hablar con vosotros.
Hice una breve pausa.
—Quedamos en media hora en tu casa, Troy.